domingo, 10 de abril de 2011

"Terapia"

Al igual que el calor, la remembranza en las pláticas de los últimos eventos en mi familia, era asfixiantes. Volver, una y otra vez al recuerdo, arrastró mi corazón al pantano del dolor inútil y malsano. Mi ánimo, refrescado en el ambiente juguetón e inocente de mis nietos chapoteando en el agua, pronto se resistió a hundirse en la pesadumbre del dolor de las memorias.
¿Para qué volver al dolor si las risas de mis pequeños traen tanta alegría? ¿Por qué renunciar a disfrutar de ver a mi hija deleitando su pizza favorita? ¿Qué tengo que decir para no ser llevada al torturante calabozo del pasado? Y mi grito fue: ¡Basta! Antes de huir del rumiar de la misma historia de riesgo, de enfermedad, de incertidumbre sobre la vida de mi niña.
En la Toscana, mi cachito de paraíso, encuentro mi refugio. La cola alegre de Ashley me recibe y un vino suave fresco me acompaña. Recostada en la soledad de mi cama ventilada, enciendo el ventilador y, tendida sobre mi espalda, miro al techo mientras escucho la Cantata de mi iglesia que entona canciones de la resurrección de mi Dios, mi Cristo.
La paz va entrando a mi corazón entre sorbos de aire y vino fresco acompañados de voces de alabanza. ¡Sí, Señor! ¡Es el momento de la resurrección! ¡Es momento de volver a la vida y a las risas, al gozo y al presente! Mi corazón se alegra y mi alma expira un último resuello. Estoy viva, estamos juntos, seguimos en Dios.
Un ruido en el patio me despierta del ensueño y miro por la ventana. . . parece que a todos nos están llegando los vientos de esperanza: incluso Lorenzo ha salido a caminar en el fresco del atardecer.

A los cincuenta, he aprendido a ver morir los sueños, llorarlos y dar la bienvenida al porvenir.

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