jueves, 14 de abril de 2011

"Ser"

¡Larga vida para Lorenzo!, dije a solas entre sollozos al salir del hospital veterinario. Tras un diagnóstico concreto y la programación de una cirugía de columna, el majestuoso perro tiene una expectativa de vida. El diagnóstico inicial sólo le daba la opción de ser sacrificado antes de vivir una vida miserable. Así que, lo que podría ser una mala noticia, hablando de la cirugía, es en realidad una esperanza de vida y una buena vida, en realidad.
La forma en que el cachorro se lesionó quedará como una pregunta sin resolver. Aunque el criadero fue diseñado para que estuviera seguro, algo sucedió y sufrió el misterioso accidente. Los hechos son y no hay mucho más que pensarle. Y, aunque ahora su futuro tiene aún vida, también habrá consecuencias que desviarán el proyecto que mi hija tenía para él.
Para comenzar, Lorenzo se retira de las pistas, no sabemos si por meses o de forma definitiva. Tampoco lucirá como hasta ahora, majestuoso y gallardo, pues la recomendación del médico es que, preferiblemente, debe mantenérsele más bien con la estampa de un perro “biafrano”. El peso será un ingrediente importante para su plena recuperación. El ejercicio regular, pero no excesivo, deberá ser parte de su nueva rutina y no podrá participar de los juegos bruscos que normalmente se dan entre la pequeña manada de grandulones a la que pertenece. En resumen, los ajustes son necesarios para que su vida sea saludable y segura.
Pero, algo de todo el asunto, detonó en mi mente. No importa que Lorenzo ya no compita, no luzca en el peso ideal por meses, no juegue con los otros como antes. . . no importa cuanto le imponga su nueva circunstancia, ¡Lorenzo sigue siendo un ejemplar especial por su genética, por lo que realmente es y no por su apariencia o su situación! Su genealogía está intacta y, eso, no lo alterará nada de lo que ocurra en su vida. Así que, el cachorro Lorenzo, algún día, será un perro de crianza y pasará a través de sus genes una cabeza perfecta, un pelaje espectacular,una estampa imponente y, tal vez, hasta la dulzura de sus ojos, reflejo de su nobleza.
A mis cincuenta años, me sorprendo al darme cuenta de cuantas veces olvidamos quienes somos, ignormamos lo que aún podemos dejar como legado a nuestros hijos, cerramos los ojos a lo que si podemos rescatar para el futuro y nos definimos solamente por nuestra circunstancia.

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