lunes, 25 de agosto de 2014

"Can´t hear the beep"

I get home and I notice there´s something different. Something is missing. Finally I figure out what that is: Can´t hear the beep on the other side of the door.

For many months, that sound has announced me that someone we care about and love is going to bed or just woke up. It´s been a reminder that Manny is with us and the reason why we´ve been sharing the same roof.

Somedays, I confess, my heart got so sad after hearing the dyalisis machine starting. Wasn´t easy to think of him plugged to that machine, being alone in his room and not being able to share our family dinner or going out to watch a movie.
Or, in the morning, if the beep didn´t sound, my mind stormed on fears about him not waking up or getting sick.


But tonight, there´s no beep in his room because he´s not here; and next time, when he comes back, the beep will sound no more because he´ll be healthy again and ready to catch up with his life, with his children and with his new projects.

His room is closed and my heart is full of joy. God is giving us the desires of our heart! HE is performing a miracle for us. One for which two little boys have prayed for a long time.

So, putting aside my fears for facing the unknown and my uncertainty for the future, I feel my heart so full of joy, hope and gratitude that happiness tears burst in my eyes.

It´s so good not to hear the beep, my Lord! Let it sound no more because, last night and just because of your Grace, I heard that beep. . . for the last time in Manny´s room.


Praise God! New life to Manny is on the way!

viernes, 22 de agosto de 2014

"Huyendo de la bendición"


-       Lo siento, no puedo. Tenemos que cancelar – anuncié.

Después de tres años de preparación para dar el gran paso, mi voluntad flaqueó y las dudas exigían dar marcha atrás.

Tras décadas de ser sólo dos, decidimos formar un triángulo e incluir a ese tercero que hiciera de nuestra relación algo extraordinario. Habíamos aprendido sobre el alcance de ese cambio, el compromiso que adquiríamos y, sobre todo, ahora sabíamos de lo que podíamos esperar después de entrar en esa nueva relación.

-       ¡Entiende! – le repetía a mi esposo, una y otra vez - ¿no vez que voy a fallar? No puedo hacerlo a sabiendas que voy a fracasar. ¡Nunca estaré a la altura!

Por más desatinada que fuera mi conclusión, en algo acertaba y tenía razón. Incluir a Dios en nuestro matrimonio y formar un triángulo de amor, con Él como base, eran palabras mayores. Su visión de la relación entre esposos exigía de nosotros mucho más de lo que el contrato civil nos había requerido.

Era como iniciar una transformación que nos llevara a la mejor versión de nosotros mismos, y no para nuestro orgullo, sino para convertirnos en el escalón para el otro: en sus proyectos, sus talentos, sus dones y su vida. Y sumados los dos, a fin de cuentas, para que Dios se sintiera orgulloso de nosotros y de participar en el vínculo de amor.

Cuando hablé con mi amiga sobre mis dudas, sus palabras fueron firmes:
-       ¡No seas tonta! ¡Estás huyendo de la bendición!

Recordando la advertencia recién escuchada, volví a mi esposo y le participé de mi cambio de parecer. Seguíamos adelante con nuestra Ceremonia de Votos y resolvimos los últimos preparativos.

El primero en verme con velo y vestido de novia, fue mi hijo.

-       ¡Te ves preciosa! – me dijo, sonriendo – ¡eres la novia más bonita que he visto!


Con esas palabras aún resonando en mis oídos, con el corazón trepidante de emoción y los pasos vacilantes, recorrí la alfombra roja del brazo de mi hijo para ser entrega a mis esposo que, con el rostro iluminado de amor, me esperaba frente al altar. Él había entrado acompañado de nuestra hija y nuestros nietos habían cumplido su tarea de tapizar de pétalos nuestro camino al altar.

No sé si la felicidad era tan grande que mis ojos sólo veían sonrisas en los rostros de quienes serían parte de nuestra historia de amor. Pero, de algo estoy segura, ha sido la boda más hermosa que jamás haya ocurrido porque Dios se dio cita con nosotros y, nuestra relación de dos, se convirtió en el triángulo perfecto del amor que sólo con Él se puede formar.

Han pasado cinco años y, tal como lo temí, he fallado mil veces en el intento de ser una esposa conforme a Dios. Pero ha sido en esos tiempos de desatino donde también han surgido las mejores versiones de nosotros mismos. Hemos perdonado y retomado el camino. Nos hemos levantado tras la caída y confirmado aquellos votos pronunciados. Hemos revestido de gracia nuestras fatalidades y nos hemos aferrado a cada letra de las promesas pronunciadas.

¿Qué si lo volvería a hacer sabiendo de fallaré otras mil veces? ¡Sin duda! De entre todos mis aciertos, haber tomado la decisión de intentar vivir conforme a esas promesas y con las miras del Señor, ha sido mi mejor inversión en esta vida.

Así pues, levanto mi copa para brindar:


¡FELIZ ANIVERSARIO, AMOR! 
¡DIOS GUARDE NUESTRO AMOR HASTA EL FIN DEL CAMINO 
Y QUE SIGAMOS JUNTOS LOS TRES!

miércoles, 13 de agosto de 2014

"Al otro lado de tu ventana"

Con la suelta discreción de la rutina, recogió su manto y, tras de ella, le siguió el cortejo que apagó sus lámparas, una a una.
Entonces todo fue suspenso, como si la tierra hubiera dejado de respirar.
Abrí mis ojos para entender lo que había frente a mis ojos. ¿Vida? ¿Muerte? Era como estar frente a la ausencia hasta que, como un filo de espada, un rayo cortó la cúpula impávida del firmamento.
Suaves y diminutas curvas parecieron despertar sobre el espejo de agua; alientos blancos y epumosos se movieron con pereza en lo alto; una paleta de colores tenues se derramó sobre el azul acuoso que emergía desde lo alto; y, mis dudas sobre la existencia de aquellos matices rosados y violetas, se despejaron cuando la luz empapó la gran esfera de cielo.
Con osadía, un silbar proclamó el anuncio de la procesión de astros, divinamente orquestada desde el principio de los tiempos y, sin pudor, otras aves sumaron su coro al despuntar del día.
Todo era tan perfecto que, una parte de mi, reclamó la intromisión de mi presencia, como si ese espacio prístino e inalterable fuera la extensión del paraíso.

No pude evitar una sonrisa. La travesura de espiar mientras todos dormían me obsequiaba regalías y, sin proponérmelo, había presenciado una de los maravillosos despertares de Dios, Su propio amanecer.

"Penumbras"

¿Cómo esperas que encuentre la puerta y salga, si no soy capaz de distinguir más allá de las sombras?

Ese lugar, ahí donde las razones y la lógica no tienen influencia, donde los sentimientos se viven en tonos menores, y donde el alma levita con una inercia sorda; ese espacio en donde muchos de nosotros hemos quedado atrapados, es  lo que ahora todos llaman: Depresión.
Los caminos que nos llevan ahí son tan diversos y distintos que difícil sería enlistarlos, así como se hace con las precauciones para tener un viaje seguro.

En mi caso, lo que me condujo a ese solitario recinto, fueron la espera y la incertidumbre.
Mi serenidad fue consumiéndose, día a día, ante la amenaza de que, uno de mis seres más amados, resultara sentenciado a vivir un mal que amenazaba su vida. Eran tantas las posibilidades con consecuencias fatales que, cada instante de sosobra, erosionó los colores de mi mundo hasta dejarlo devastado en gris.
Para cuando me di cuenta de lo alejada que estaba de algún puerto seguro, la orilla apenas se divisaba y comencé a vivir en la soledad más fría y sinrazón que jamás sentí. Mi nuevo hogar, entonces, se llamó desolación.
Pero como Dios sabía de mi mudanza, apostó a varios ángeles con calzado de goma frente a mi puerta.

El más atareado de todos es a quien, desde hace décadas, llamo esposo.
Sin quejas y con coraza de amor, él resistió los estallidos volcánicos de mi desesperación, los metálicos silencios, mi gélida y la más de las veces etérea presencia, y los tornados de miedo que hacían volar cualquier rastro de realidad o de esperanza.
Otras veces, como diminutos salvavidas, recibía mensajes de amigos recordándome que, desde esa alejada orilla, abrazos y compañía me esperaban para mi regreso. Oraciones, como murmullos, se escuchaban lejanos, cuando mi mente -agotada de miedo- quedaba en silencio.
Así es ese lugar al que, muchas veces sin quererlo, llegamos para vivir como el lento sumergirse de la arena movediza.

Por eso, cuando alguien se encuentre en su trampa, no levantes el mazo del juicio ni amenaces con llamar a la policía para que te libre de las molestias de la persona deprimida. 
Mejor, si en tu corazón existe amor o al menos compasión, conviértete en su ángel y, recuerda, mantén la mano tendida y la voz amable. Nunca sabes cuando se dará el silencio y, tu presencia, puede ser la señal que ella siga para salir por la puerta de la vida.

domingo, 10 de agosto de 2014

"Mala madre" (Tercera parte)

El veneno de la sentencia contra mi, a mitad de los recuerdos, recrudeció los juicios contra mis propios errores. A borbotones afloraron a mi mente frases que comenzaban todas con: “Si hubiera hecho eso” o “si no hubiera reaccionado así”. Y, la condena de “el hubiera”, casi me hace sucumbir con su peso hasta el fondo de la desesperanza por lo inamovible.
Entonces ocurrió el milagro cuando me hice la pregunta: ¿Por qué yo?
Cuando la felicidad de saber que esperaba a mi hija se trasminaba por mis poros, con frecuencia le preguntaba a Dios, ¿porqué yo soy su madre, si ella merece la mejor y la más perfecta de las madres? Tal era mi amor por ella, aún sin conocerla, que no podía concebir que yo era la elegida. 
Si quería una vida ideal para ella, ¿cómo podría yo, con toda mi imperfección, no arruinar su existencia?

Sólo una respuesta, en momentos de lucidez, llegó a mi mente. Yo sería su madre porque, de todos los seres humanos sobre la tierra, yo la amaría más que nadie.
Asi como los venenos, en algún momento, se convierten en vacunas y antídotos, esa respuesta catalizó su poder de muerte y lo transformó en uno que reanimó mi alma, inmunizándola contra el odio destructor de quien me criticó y me juzgó.
Sin dejar de reconocer mis errores como madre, redescubrí en todas mis acciones la esencia de amor -razón de mis intenciones- en cada una de ellas, y un baño de gracia fue aliviando el dolor de las heridas causadas por las palabras de maldición. 
Con una suave paz, la inmunidad a la maldad contenida en esos dardos, comenzó a fluir en mi alma y, cuando la convicción de mi amor inneglable por mi hija salió a flote, el efecto del odio recibido perdió su efecto.

Esta es un historia de amor. 
¿Qué porqué la comparto? Porque, hace años, cuando nació este blog, me hice el propósito de escribir con honestidad y porque, tal vez, alguna madre al otro lado de la pantalla puede estar en el estrado lista para ser juzgada en su rol de madre. Así es que escribo con la esperanza de librarla del naufragio cuando, con una memoria, se salve a si misma sujetándose de la balsa del amor.


Y no está de más recordarle que, para juzgar, sólo está Aquel que vive eternamente y que, a fin de cuentas, sólo Él conoce “los motivos de nuestro corazón”.

"Mala madre" (Segunda parte)

Entonces ocurrió lo que creo que pasa siempre. La vida se impuso. La realidad se limpió los pies con el mapa de amor que había trazado y todo mi esfuerzo tuvo que ocuparse en intentar sobrevivir.
El embarazo, lejos de una jornada de paz y seguridad, se convirtió en una lucha por retener a aquel fruto de mi vientre dentro de mi cuerpo. Aquel compañero de viaje, lejos de vivir con ilusión el tránsito, se alejaba y corría ante la sola idea de una atadura de por vida. Hasta que, poco después del nacimiento, desapareció dejándome con una hermosa criatura entre los brazos. . . y nos quedamos solas.
Pero Dios es grande y había puesto junto a mi a una persona capaz de hacer lo que yo después aprendí: dar la vida por su hija. Sí, mi madre, después de ayudarme a recoger los trozos de ilusión y vida que me quedaron, se apostó junto a mi puerta y esperó, con mi hija en brazos, a que la vida, la fe y los sueños revivieran. Ella me esperó, me soportó, me cargó y me perdonó lo imperdonable porque así es mi madre.

Cuando mi cabeza volvió a apuntar al cielo, retomé el camino a ojos y corazón abiertos. Sin fe en la humanidad y llena del coraje que sólo un hijo puede infundir, me levanté en armas contra la adversidad y decidí que mi hija viviría una gran vida.
Comencé por convertir en prioridad cada fiesta infantil y festejo escolar. Me comprometí a que su alimentación tuviera todo el balance necesario para cuidar su cuerpo. Y no faltó una revisión médica en la fecha precisa. Busqué toda la información disponible para enterarme de las necesidades y cuidados de mi hija, en cada etapa, y me esforcé por aplicar lo que aprendía.
Después, sin darme cuenta, nos alcanzaron tiempos que siempre parecían rebasar mi entendimiento. Antes de estar lista, nos llegó la adolescencia y, sin haber terminado de digerir la propia, me encontré con que debía comprender la suya.
Más difícil fue comprender la juventud que, en mi propia historia, sólo tenía de bueno la llegada de mi hija.  ¿Qué hace una joven con su vida? ¿Cómo se divierte? ¿Qué disfruta? ¿Cómo decide su futuro profesional y como toma el rumbo a la felicidad?

Sin una referencia en mi propia vida, para ese entonces, me dediqué a improvisar y tratar de estar a la altura de lo que exige ser madre de una joven mujer. (Continúa. . .)

"Mala madre" (Primera parte)

Es extraño enterarse de que algunas sustancias como vacunas, antídotos y medicamentos, tienen como elemento esencial el veneno de alguna planta o animal. Parece contradictorio pensar que algo diseñado para matar, termine sanando o fortaleciendo al organismo.
Y recordé mi reflexión cuando, un dedo acusador, acompañado de palabras llenas de ponzoña, me acusó como “mala madre”.
Confieso que, mi primera reacción, casi fue la bien aprendida opción del mundo: devolver el golpe. Pero apreté los dientes y contuve todos las posibles críticas al ejercicio de la paternidad de mi agresor. Entonces callé. Al instante comprendí que dar un golpe bajo no me haría mejor persona, que el veneno había hecho efecto matando la relación y que el daño estaba hecho.
Entonces ocurrió lo inesperado. La somnolencia que acompaña a un gran dolor, me llevó a un lugar donde procesar mi experiencia: mis recuerdos.
Entre lágrimas, volví a esos días cuando tenía 21 años. La noticia de la llegada de mi primera hija me llevaba a caminar con saltitos por la vida. Comencé a vivir ajena al mundo que anunciaba una guerra entre Argentina e Inglaterra, una devaluación inminente y mil desgracias por doquier. Pues, lo único en que yo pensaba era que, en pocos meses, tendría entre mis brazos a mi bebé.
Y cuando se tiene dentro una felicidad tan grande, lo inevitable ocurre. . . se desborda y es indispensable compartirlo. 
Así fue como, una mañana, mi hermanita –apenas 4 años menor que yo- escuchó el plan de vida completo que había diseñado para mi hija. Incluía clases de natación, una formación musical bien estructurada y, por supuesto, muchos viajes. Le revelé mis hallazgos sobre los beneficios de que escuchara música clásica desde el vientre y que le leyera en voz alta buenas historias.
Auguraba para ella una vida perfecta y yo estaba comprometida a lograr que consiguiera todas sus metas porque, según había leído, lo más importante era descubrir sus talentos, su personalidad y sus intereses. Así podría alentarla, guiarla y acompañarla para desarrollar todo su potencial. ¡Todo sería maravilloso!

Ese desayuno, que terminó convirtiéndose en almuerzo, se volvió en algo memorable para mí. Me sentía fuerte, valiente, poderosa y capaz de cruzar el mundo entero, a pié, por amor a mi hija. (Continúa. . .)

sábado, 2 de agosto de 2014

"Mi historia de amor: ¡Presente!" (Segunda parte)

“Si no te amara, no estaría aquí”. Esa era la respuesta que mi, en aquel entonces novio, me daba cuando le preguntaba si me amaba.

Joven e insegura, buscaba en su respuesta la certeza de que podía confiar nuevamente. Para su desgracia, aún recién casados, las heridas de una relación previa –prematura –me habían convertido en un caracol.
Sobreviviendo a mi desconfianza en sus palabras, desde recién casado, tuvo que intentar algo distinto: Traspasar la barrera con hechos.
Así fue que vivió conmigo, los primeros años, desarrollando la paciencia del minero. Cavando y retirando las piedras tras las que había decidido resguardarme. Tuvo que soportar la soledad por la distancia que yo imponía y que solo le permitía acortar de vez en cuando.

Pero, para tener mi amor, no sólo esperó mientras reconstruíamos mi fe en la humanidad. Ahí estuvo en cada evento escolar y deportivo de nuestros hijos, respondiendo con sus actos como lo había hecho antes: “Si no te amara, no estaría aquí”.
A lo largo de los años, él me ha enseñado con su alegría y desenfado, que está bien reírse por cualquier cosa. Con su silencio y prudencia, me ha convencido de que puedo equivocarme, enojarme y derrumbarme, y revivir con la certeza de que él seguirá esperándome sin reproches.
Con sus palabras buenas y de reconocimiento, me ha enseñado a amar lo bueno que yo no pude ver en mi misma, por mucho tiempo. Por amor, convirtió su abrazo en una cueva donde puedo refugiarme cuando el mundo me parece inhabitable. Y, con su esencia transparente, logró que yo creyera en sus palabras que me aseguran que siempre estará presente.

Cuando pienso en nuestra historia de amor, recuerdo la labor de un jardinero. Que sabe sembrar, esperar y disfrutar las flores cuando crecen. . .amando también a sus espinas.

"Mi historia de amor: Las dudas" (Primera parte)

¿Y estás muy enamorada? –me preguntó la chica mientras me hacía el manicure. No pude responder y la pregunta, desde ese momento, me rondó y atormentó hasta el día de mi boda.

¿Realmente estaba enamorada o simplemente convencida por el número de cualidades que, en mi lista de evaluación para dar el “si”, rebasaba los puntos negativos de mi prometido? –Sólo quien, como yo, ha cometido un error muy grande, ha aprendido que las decisiones ya no debe tomarlas el corazón sino el entendimiento.

La incertidumbre me atormentó hasta el punto de dudar si llegar o no a nuestra boda, hoy, hace 28 años.

Para mi bendición, las cualidades y mis sentimientos por él ganaron. A la hora convenida, llegué y acepté ser su esposa ante la sociedad.
El inicio, para todos, fue complicado. La vida de familia que intentábamos organizar nació con situaciones muy ajenas para un hombre soltero. Vivíamos sorteando esos contratiempos hasta que, una madrugada, en la inconciencia del sueño, descubrí con un intenso dolor en el corazón que lo amaba más allá de lo que podía reconocer.

Entre lágrimas, lo abracé con tal fuerza que lo desperté y, por primera vez,  le confesé el sentimiento que apenas descubría.
Así nació nuestra historia de amor. Con un camino lleno de obstáculos, un montón de miedos y con dudas que casi lo abortan antes de nacer.
Pero muchas cosas surgieron en ese camino escabroso y, hoy, por Gracia de Dios, podemos tomarnos de las manos para sostenernos cuando la tormenta arrecia, para levantarnos cuando el cansancio nos derriba, para jugar y correr por la vida sin perder el ritmo, y para recordarnos que "hasta que la muerte nos separe" seguiremos juntos. . . un día a la vez.


¡Feliz aniversario, amor!

viernes, 1 de agosto de 2014

"¡Cuánta razón tenía!"

Ella tenía una máxima: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”.

Desde que la escuché pronunciarla, me dediqué a observarla. Al paso del tiempo, me acostumbré a ver que sus acciones estaban siempre bajo la sombra de su convicción de vida: el servicio.

Pero no fue sino hasta hoy que comprendí la extensión y efecto de la enseñanza de vida de Licha, mi suegra.

Entendí que servir al prójimo no se limita a dar con generosidad a los necesitados y hacer “cosas” que mejoren la vida de los que nos rodean. El servicio tiene otras formas de actuar e incluyen: renunciar, soportar y, en su máxima expresión, el sacrificio.


Y descubrí la otra cara de la moneda al observar como mucha gente sustenta sus relaciones esperando recibir y no servir. Cargan el vínculo con las expectativas de: “Tú me harás feliz” o “Tu debes completar mi propósito de alcanzar la felicidad”. Cuando la persona no cumple el cometido, corre el riesgo de ser desechado y reemplazado.

La fórmula de mi suegra, por el contrario, se finca en la meta de “contribuyo a tu bienestar, te acompaño a crecer y, de ser necesario, sacrifico mi estado de felicidad para que tú florezcas”.

Poner la propia vida al servicio de otros, no es la opción más popular ni la más entendida. Incluso, me atrevo a decir, es criticada y menospreciada por contradecir a la egocéntrica y moderna idea que nos seduce con su propuesta de: ¡Yo primero debo ser feliz!

Entre más conozco a la gente, más admiro a mi suegra.

Gracias por tu ejemplo, Licha.
Tu nuera que te extraña

Nuria