sábado, 25 de mayo de 2013

"Erase una vez. . . mi vida: Momentos"

“La vida está hecha de momentos”, recitaba una frase publicitaria y, en cierto sentido, coincido. Esos momentos, a veces instantes, tienen la capacidad de imprimir matiz y realce a la cotidianidad, convirtiéndola, con sus pinceladas, en algo que se imprime en la memoria del corazón como con tinta indeleble al tiempo.
Pero, esta vez, no quiero hablar de ese tipo de momentos sino de aquellos que anunciamos y que se prolongan tanto que hacen desaparecer un mejor futuro, pero. . . creo que daré un paso atrás en la historia y mostraré de lo que estoy tratando de hablar.
Hace no mucho tiempo atrás, cuando el iPad y el iPhone con 3G no habían llegado a mi vida, y la tarde comenzaba a caer, siguiendo el impulso de un reloj interno, me levantaba para recorrer la casa. Mi olfato hacía una inspección antes de acercarme al sahumerio y verter unas cuantas gotas de la esencia que me inspiraba para acompañar la temperatura de la habitación, entonces,  encendía la vela para completar el ritual. Con la vista me aseguraba que los muebles y objetos estuvieran en su lugar, y que una luz, al menos, quedara encendida.
Luego pasaba por el espejo de mi tocador y revisaba que mis rizos lucieran en una caída casual, y que mi rostro tuviera la apariencia de quien no se ha maquillado pero que los estragos del día quedaran encubiertos. Cepillados los dientes, daba el toque final aplicándome labial. Y, complementando el ambiente preparado, rociaba mi cuello presionando dos veces el aplicador de perfume, una vez de cada lado.
¿Qué hacía después? Cualquier cosa. A veces leer, escribir, ordenar un cajón o revisar la agenda para el día siguiente. La actividad, en ese lapso del día, era lo de menos pues, lo principal, ya había sido atendido.

Entonces, portafolios en mano, entraba mi marido. Sin parecer el perrito agitando el rabo, levantaba el rostro y concentraba mis labios en recibir los suyos. Con poca originalidad, entonces preguntaba: ¿Cómo te fue? Y mis oídos, mente y corazón, se disponían a escuchar la respuesta que, en más de las veces, comenzaba con una palabra dicha con entusiasmo: ¡Bien! Y continuaba con un breve resumen de los encabezados del día.
Pero, como en todas las historias de modernidad, la tecnología obró y la escena cambió.
La computadora, para cubrir cualquier eventualidad, permanece prendida sobre el escritorio; el iPad, con la excusa de que también funciona como libro, nunca está a más de dos metros de distancia de mí y, el celular, por cualquier emergencia, o está en mi mano o en el bolsillo trasero del pantalón. Los tres elementos indispensables, hoy en día, me hacen pronunciar una palabra que pone en la fila de espera, a todos y a todo, para tener mi atención.
El reencuentro vespertino con mi esposo ahora tiene otra entrada y abre con: ¡Un momento!
Así, cuando él llega, mi mente ordena ¡momento! y se resiste a distraer su concentración de: El juego que requiere de toda mi atención, la conversación por chat con alguna amiga, el párrafo que justo presenta el clímax de la historia, la búsqueda de ese artículo en Google, la lista de canciones que estoy conformando en YouTube, el más reciente comentario de mi hijo  o la fotografía del álbum que mi hija acaba de subir a Facebook. Las opciones y razones para mantener mis ojos en la pantalla y no estirar el cuello, levantar el rostro y ofrecer mis labios para recibir los de mi esposo, en el momento de la bienvenida, son tan vastos como las opciones que ofrece el mundo cibernético.
¿El resultado? Aquellos momentos personales de contacto, íntimos, húmedos y vívidos, se enfrentan con mi actitud de “un momentito” y, para cuando termina la pausa, se han esfumado y se han perdido en un pasado en el que nunca ocurrieron ni dejaron huella.
¿Dónde estarán los momentos memorables si, atropellada por la permanente urgencia y demanda de la comunicación y la tecnología, vivo postergando lo que tengo enfrente y puedo tocar? ¿Será capaz, toda esa información de contactos virtuales, de llenar con hermosos recuerdos mi memoria y ser la fuente de vida y remembranzas para mis tiempos de vejez?
Una punzada de añoranza me hace cerrar los ojos y revivir aquellas bienvenidas, y junto con aquella imagen, se desborda una cascada de recuerdos: Las conversaciones interminables con los ojos puestos en el otro; el abrazo antes de dormir, envueltos en el silencio; las pláticas en el auto durante los trayectos; las reuniones de amigos donde la atención se fijaba en recordar un buen chiste y. . . ¿Cuánto estoy dejando que me robe la modernidad?

Ahora puedo asegurar, “El ayer tenía tiempos mejores”.

viernes, 24 de mayo de 2013

"Nomás por el gusto: Herencia"

Muchos pensamos en casas o empresas como parte de la herencia que quisiéramos dejar a los hijos. También nos esmeramos para transmitirles nuestra experiencia y buenos principios, como una herencia moral y espiritual, pero, ¿qué hacer con aquello que no está bajo nuestro control, nuestra herencia genética?
Con un recuento sobre esa herencia nació la presentación durante el primer encuentro personal que tuvimos, mi amigo Guillermo y yo.
 –Antes de conocernos, colega, tengo que confesarte algo. En tu mundo, el mundo de los sanos, yo soy un discapacitado –me escribió, a manera de introducción.
No me atreví a preguntar a qué se refería y sólo agradecí, para mis adentros, la actitud de cuidar la primera impresión, algo que, después comprendí, sería una fórmula permanente en su trato conmigo y, más tarde descubrí, con toda la gente que lo rodeaba. ¡Siempre cuidando al prójimo!
Finalmente nos conocimos y, entre bromas y anécdotas, me mostró la huella de aquella herencia genética que lo acosaba con dolores permanentes y una constante amenaza de dejarlo postrado.
¡Buen intento, genética canija!, muchas veces pensé pues, a todo dolor o presión por inhabilitarlo, mi amigo Guillermo respondía con más risas, optimismo y largas caminatas al amanecer.
Sí, la adversidad genética quería detenerlo pero nunca pudo. Con buen humor e ingenio, mi amigo sorteaba los contratiempos que la enfermedad quería imponerle y, más de una vez, me mostró nuevos trucos o raros accesorios que conseguía para manipular cosas pequeñas, abrir frascos y resolver movimientos que no lograba hacer. “Más vale maña que fuerza”, decía.
Alentada por su actitud natural y abierta, un día me atreví a preguntarle cómo hacía para escribir en el teclado y el teléfono celular, y cómo lograba hacer los ajustes en la cámara de fotografía. Entre risas, respondió –cuando ya no pueda hacerlo con los dedos que aún funcionan, lo haré con la punta de la nariz, colega que, para mí fortuna, es puntiaguda.
¡Vaya ejemplo! Hizo tal impacto en mí que, cuando pensaba en quejarme por algún malestar, recordaba a mi nuevo amigo y me animaba encontrando lo que sí podía hacer para disfrutar de la vida, aún en medio de la enfermedad.
Guillermo no sólo continuó picando teclados y pantallas, y ajustando cámaras hasta el último de sus días; también, a paso lento, y en días doloroso, fue mi permanente ejemplo de optimismo, perseverancia y amor a la vida. Ese hombre, al que tuve el honor de llamar amigo, anduvo por la vida sosteniendo, como único bastón, la voluntad de exprimir la vida a plenitud.


Tras de sí, dejó una estela de sonrisas en quienes leíamos “juar, juar” en la pantalla y disfrutábamos de las imágenes que, con la cámara vaga, le robaba al amanecer. . . ¡Y qué fotos aquellas! Pero de las fotos, también surgió una historia. . .

P.D. Hoy es viernes, amigo mío y, con el corazón acongojado confieso que ¡extraño tus mensajes, tus palabras de ánimo y hasta tu RT!

viernes, 17 de mayo de 2013

"Nomás por el gusto: Entre líneas"


La tecnología y los tiempos parecían estar a nuestro favor. Mis noches solitarias en la Toscana, lejos de mi esposo e hijo, empataron con las estancias prolongadas, en la Quinta, de mi amigo Guillermo.  Y el creciente uso de las conversaciones electrónicas, tras un teclado, se convirtieron en el paréntesis para iniciar la amistad.
Como en un pausado juego de naipes, cada uno y por turnos, fuimos bajando cartas, escribiendo anécdotas y respondiendo a la curiosidad del otro, dibujando nuestras historias, sin ritmo ni prisa.
Así fue como supe del abuelo Eddy y el mestizaje con la tierra Oaxaqueña; conocí a la abuela, ejemplo de tenacidad y testarudez; y, con ojos risueños, leí las más curiosas historias de Lupita, su madre. Fue entonces que también descubrí el origen de una de las aficiones de Guillermo, coleccionar máquinas de escribir, y sentí mi corazón hacerse agua al escuchar la presentación cariñosa, una a una, de sus adorados hijos.
Nuestras charlas ocurrían como todo lo que tenía que ver con mi amigo, espontáneas y divertidas, tanto que, en esas tardes en las que el cansancio y la desesperanza se empeñaban en derribarme, buscaba en la pantalla su presencia y, chateando con él, me nutría de una buena carcajada.

Conocerlo fue una aventura. No encubría sus errores y parecía haberlos perdonado hace mucho tiempo. Con tono casi infantil, confesaba  a un pasado hombre iracundo y rudo que, por más que hacía por adivinarlo, nunca logré verlo bajo ese tono cálido, jocoso y cariñoso. – ¿Habrá  sido el mismo, alguna vez? –me pregunté muchas veces.
Semanas iba y semanas venían. Las cosas comunes se acumulaban y la semilla de la amistad germinaba. Entre confesiones, bromas y memorias, de “conocido”, la relación fue subiendo los peldaños del escalafón para convertirse en amigo aunque, ¡cosa extraña era no haber jamás estrechado su mano!
Buscando el día y la excusa, decidimos que era tiempo de hacer algo para conocernos personalmente y entonces hizo me una confidencia que terminó de convencerme que, aquel hombre, era especial.
En tono serio y un poco tímido, algo raro en él, se presentó a si mismo de manera oficial oficial pero. . . .¡Esa es otra historia!

miércoles, 15 de mayo de 2013

"Sin fronteras"


Era alta, de cabello negro con destellos de azul, dentadura de formación militar y se llamaba. . . Esperanza.
A mis 16 años y siendo proclive a los sueños, mi maestra de literatura universal se convirtió en la directora de mis primeros viajes sobre caminos de letras. Al iniciar el mes, una lista de cuatro o cinco libros circulaba en el salón y Esperanza, mi profesora, se encargaba de hacer una presentación para engolosinar nuestra curiosidad. Haciendo alarde de sus dones de cuentista, nos llevaba de la mano por el umbral de la historia y, como buena mujer, siempre sabía cuándo detenerse para lograr un coro unánime – ¡Aaaaah, siga por favor!– de sus adolescentes pupilos.

Entonces comenzaban mis actos de escapismo. Incapaz de resistir a la tentación de zambullirme entre las páginas de los libros asignados, por días enteros me transformaba en sombra. Para cuando los profesores entraban al salón, yo me había parapetado en la banca, al final de la fila más alejada de su asiento y,  con mejores dotes que Houdini, lograba la ilusión de mi ausencia.
Embobada en la lectura, dejaba pasar las clases de matemáticas, biología o cualquier asignatura que estorbara mi enajenación en la lectura. Ni maestros ni compañeros parecían reparar en el bulto que, escudado detrás de las portadas, pasaba el día alucinando entre historias y faenas.
El viaje terminaba cuando, antes de que hubiese pasado la semana después de la entrega del listado, pasaba la página final del último libro. El mundo a mi alrededor se redibujaba en realidades que, con urgencia, me recordaban que ahora tenía que iniciar la caza de apuntes y notas de las demás asignaturas. ¡Que martirio!, y no hablo de las clases perdidas, sino de la espera interminable hasta que llegaba la siguiente lista de lecturas.
Hoy, día del maestro, muchos chicos llevarán un regalo a sus profesores y les harán un festejo. A la distancia de 37 años, hoy recuerdo a mi maestra Esperanza y, en secreto homenaje, le escribo estas líneas para agradecerle que ella, con su pasión por los libros, haya puesto en mis manos mil mundos al enamorarme de la lectura. Con su ingeniosa presentación, me mostró el camino al refugio al que siempre viajamos solos y abrió mi pensar a otras mentes.
¿Sabrá ella que, a mis cincuenta y tres años, aún me escapo de la persecución de los deberes para esconderme en el dichoso mundo de papel, tinta  e historias, y me vuelvo invisible? Tal vez ni siquiera lo imagine pero, yo, ¡cómo disfruto desaparecer del mundo!
Cada vez que doy vuelta a la portada de un libro, recuerdo a aquella alegre mujer y agradezco que, en el cruzar de nuestros caminos, su nombre, Esperanza, se convirtiera en el anuncio profético de todos aquellos universos que, hasta en los tiempos más negros, me acogen y regalan la esencia de un futuro sin fronteras: La esperanza.
¡Feliz día del maestro, Esperanza!

viernes, 10 de mayo de 2013

"Mi mami"


Es 10 de mayo y me siento frente a la pantalla. Un borbotón de ideas me fluye y, en un segundo, se convierten en lágrimas. ¿Quién puede escribir con los ojos derramados? Y es que, en los últimos tres años, he vivido más de cinco ocasiones el conato de convertirme en huérfana. Fue así, sin llegar a ese momento (que sé que algún día me alcanzará), que comencé a valorar en toda su dimensión la fortuna de tener a mi madre conmigo.
De ahí que ahora entiendo por qué Europa ya no quiere ser madre, tan indispuesta está a renunciar a su confort y aprender a vivir en sacrificio por alguien; ya no está en su pensamiento la idea de que tiene que dejar sus planes personales y procurar un futuro, preparándolo para un hijo; los desvelos no le apetecen y la preocupación por los sentimientos de alguien que dependa de ella no le son atractivos. Todo aquello que sugiere renunciación, entrega o amor incondicional, está fuera de su agenda pero, para mi madre, todo eso constituyó su decisión y plan de vuelo por la vida.
Mi mami es madre de ocho y madrina de una decena de hijos ajenos; es abuela de 23 y bisabuela de tres, y aunque la suma se convierte en multitud, puedo ver que ha tenido y sigue teniendo amor especial para prodigar a cada uno de ellos. ¡Tanto amor maternal alberga en el corazón, para los suyos!
Su ministerio le ha exigido el desempeño de múltiples carreras: Fue enfermera y nunca hubo queja por doblar turnos cuando se trató de velar por uno de sus hijos; se convirtió en chef y desarrolló la habilidad de conocer el paladar de cada uno de los que ama; la economía fue un reto y aprendió a hacer rendir los recursos; es hada madrina y cumple multitud de deseos y hasta caprichos con regalos; con maestría, ha sido la organizadora de eventos en los que nosotros, su familia, siempre somos el invitado especial. Las cualidades que ha mostrado, como madre, son como los destellos de una estrella, cambiantes y siempre trayendo luz para nosotros.
Sigo en llanto y ahora, más que nada, de alegría. La maleta está lista y mi ánimo se siente festivo. Tengo mil bendiciones que me animan a celebrar, aunque una, especialmente una, es la que me dispone al festejo: ¡Dios me concede la compañía de mi mami! Me la regala para que mis nietos la conozcan, la disfruten y la amen tanto como yo; me la presta para que mis hijos aprendan a agradecerle a la mujer que, con amor y sacrificio, me formó y, si se detienen a observarla, tal vez hasta aprendan a seguir su ejemplo de amor con sus propios hijos.
Tras el recuento, sólo puedo agregar: ¡Gracias, Señor, por tan increíble y apreciado regalo! Y, mi Dios, siguiendo esa mala costumbre de no estar nunca conforme, hoy te pido una cosa más. . . ¡Larga vida para esta mujer extraordinaria, mi madre!

miércoles, 8 de mayo de 2013

"Nomás por el gusto: Existencia"


Dicen por ahí que recordar es vivir y yo, con cientos de horas en la carretera, en los últimos días, he tenido mucho tiempo para recordar y revivir la historia de mi amigo Guillermo o, al menos, desde que nuestras líneas de vida se intersectaron y la amistad comenzó.
Así que, nomás por el gusto de paladearla, decidí escribir algunos recuerdos y, por qué no, compartirlos con quien tenga ganas de disfrutarlos conmigo.
¿Qué cómo comenzó nuestra amistad? Supongo que como todo lo mejor en la vida, sin plan ni propósito y por pura coincidencia (aunque debo aclarar que no creo en las coincidencias, pero sí en las “Dioscidencias”).
Pero por comenzar por algún lado diré que supimos de nuestra existencia en una boda pero, no, no una cualquiera. Cabalgaba, por la plaza de Tequisquiapan, un largo cortejo de hombres vestidos de charro y monturas enjarciadas, abriendo paso a la novia que relucía en un carruaje antiguo. Y, como siempre, alguien puso el ojo en lo no evidente a los demás. Sus ojos y su lente se volvieron hacia una joven mujer, menuda y pequeña, que se acercó hasta los caballos que habían jalado la carroza hasta el frente de la iglesia y que ahora esperaban, pacientes, acosados por las miradas y manos que ansiaban tocarlos.
La mujer, a diferencia de los demás admiradores, se acercó hasta uno de los caballos y, como quien ofrece una caricia sobre la piel de un niño, le tocó el rostro y posó su frente sobre la del hermoso corcel. Sin reservas, la mansa bestia se dejó acariciar y se entregó al mimo. Entonces. . . ¡Click! ¡Click! ¡Click! El obturador de una cámara llamó mi atención y ahí estaba él, Guillermo, borrando al mundo y concentrado en aprisionar ese momento en su caja de fantasías a la que, después me enteré, llamaba la “cámara vaga”.

Mi entorno recobró el movimiento al anunciarse la salida de los novios y todos buscamos un lugar desde donde observarlos. Al furtivo fotógrafo, no lo volví a ver. Tal vez se lo tragó la multitud o tal vez se escurrió como liviana sombra para ir a la caza de nuevos momentos. No lo sé.
Fue hasta que vi el resultado de aquella cámara indiscreta, la imagen del instante de intimidad entre mi hija y el caballo, que conocí su nombre y confirmé su existencia.
-Se llama Guillermo –me respondió mi hija, cuando quise saber el nombre del autor de tan mágico retrato– aunque le gusta que le digan “El Ñero”. ¡Pero es raro! Se quiere hacer pasar por hombre vulgar cuando, en realidad, es “casi” una dama.
El mote me sirvió para retenerlo en la memoria y, por instinto, pude adivinar que algo especial había en aquel desconocido que, al paso de poco tiempo, dejaría de serlo pero. . . eso es otra historia.

martes, 7 de mayo de 2013

"Vivir al día"


Nueve días y contando pero, ¿qué es lo que realmente cuenta en nuestro paso por la vida?
Esa pregunta me ha rondado desde que Guillermo se fue e, inevitablemente, viene a mi memoria la reseña que escuché en su sepelio, la historia de alguien que vino a despedirlo con abundantes y desesperadas lágrimas.
-Todos lloramos su muerte- dijo ella, al contármelo -pero el llanto de quien dejó algo pendiente con el que se fue, es uno que no tiene consuelo.
¡Cuánta razón! Las lágrimas de quienes han vivido al día sus relaciones, tarde o temprano sentirán que las gotas se secarán al calor de los cálidos recuerdos y memorias de risas, vivencias compartidas y amor demostrado.

Pero, aquellos que dejaron sembrada la cizaña de la discordia, el pleito, el rencor o el odio, de cara al muro infranqueable que aparece cuando el otro muere, se quedan atrapados en el remordimiento y la mordaza de la ausencia que jamás les permitirá pronunciar las únicas palabras que podrían devolverles la libertad: ¡Perdón! ¡Te amo!
Las palabras de amor, frescas y pronunciadas con frecuencia, son las que nos regalan la ligereza para vivir la vida al día y estar siempre listos para la despedida imprevista. Ahora lo entiendo.
-¡Te quiero mucho, papito!- le dijo ella como despedida, la hija que ahora llora pero que, tarde o temprano, llegará al remanso suave y grato de la resignación.
Sabía eres, Marcelita, viviendo como tu padre lo hizo: ¡Con el amor al día!

Las cenizas se van enfriando, pero su recuerdo no. ¡A sonreír!

sábado, 4 de mayo de 2013

¡Feliz no cumpleaños!


Hoy, 4 de mayo, no se apagará una vela sobre el pastel. . . ¿o sí?
Desde el amanecer, un pensamiento inundó mi despertar: Mi amigo Guillermo cumpliría un año más de vida. Y el pensar que la vida lo abandonó, me hace apretar los ojos para evitar el enfrentar la realidad. Entonces, se forma en mi mente un caleidoscopio de recuerdos y sus reflejos tiñen los sentimientos que habitan en mi corazón.
En el multicolor de mis memorias, surgen frases y anécdotas que me hacen reír. Entremezcladas brotan aquellas veces que, con su típica picardía, logró hacerme sonrojar y exclamar, ¡eres incorregible, colega! Pero, junto con esos pasajes formados por los pequeños cristales alegres, relucen destellos cortantes de reclamo y, por qué no confesarlo, enojo.
Calladamente y en secreto, con el tono de la impertinencia doliente del que cree en Dios, formulo la pregunta de ¿por qué, mi Dios? ¿Por qué él y por qué tan pronto? Y cobijada en el amor infinito de mi Señor, me atrevo a hacer un lado lo qué, sin duda, sé: “Que ni la hoja se mueve sin Su Voluntad”.
Sé que es mi humanidad la que me empuja a la insensatez pues, el dolor que nace de la ausencia inesperada, se rebela a la verdad bien sabida de que, la fecha de partida de cada humano en esta tierra, está escrita con el dedo sabio del Creador.
En silencio, pido perdón por mi osadía y con lágrimas en los ojos, me atrevo a pedir una cosa más:
“Señor, una última súplica te hago. Danos la capacidad de vivir con alegría de los recuerdos que Guillermo sembró, con su presencia, en nuestra memoria. Que sea tan fuerte la carcajada de nuestro corazón, que no quede más remedio que ver pintada su evidencia en nuestros labios. Y que, aunque nuestro anhelo de sumar nuevas cosas en nuestra historia nos hagan derramar una lágrima más, te pido que el eco del pasado sea tan intenso y tan real, que su resonar nos llene de aceptación a lo que Tú decidiste para él”.

Decido encerrarme en la fantasía de mi interior. Sirvo las copas con su vino favorito. Enciendo una vela, la primera que él soplará en el nuevo espacio de la irrealidad y, entre aplausos y abrazos, brindo por él y, añadiendo buenos deseos, choco la copa por cada uno de sus hijos y sus seres amados.
¡Feliz no cumpleaños, amigo! ¡Nos seguiremos encontrando en mis sueños y recuerdos hasta que, cumpliendo con la fecha marcada para mí, yo también sea parte de ellos!

lunes, 29 de abril de 2013

“¿Quién?” Dedicado a mi querido amigo Guillermo Eddy (Q.E.P.D.)


Un mensaje, apenas un par de renglones para anunciar que se ha ido, y centenares de personas quedamos desconectadas, desvinculadas, tal vez por siempre. . .
Guillemo Eddy, a quien muchos llamaban El Ñero, con la misma forma original que usó para vivir su vida y como en el acto de magia en la chistera, simplemente partió, sin anuncio ni despedida. Mi corazón llora y se acongoja. Sólo han pasado unas cuantas horas y su ausencia empieza a pesarme. ¿Quién me escribirá esas palabras alegres y leerá, siempre el primero, mis escritos?
Sé que el número de sus amigos es incontable y, sin embargo, sólo puedo recordar esa forma de lograr hacerme sentir “especial” en sus afectos. Pero el egoísmo no me ciega y reconozco que, uno de sus tantos dones, era el de hacer amigos y abrir un camino para convertirlos en únicos.
Y si tuviera que completar la lista de sus cualidades, la capacidad de sembrar amistades tendría que aparecer junto a la generosidad porque, ¿quién no recibió de él un consejo, una foto, un regalo o un tiempo memorable? Cada vida que Guillermo tocó, hoy muestra una huella y eso lo hará inmortal en nuestro recuerdo.
Mi amigo, mi “colega”, ¿por qué te llegaron las prisas por partir, habiendo aún tanto mundo que unir? ¿Quién andará por las calles de nuestro pueblito, robándole instantes irrepetibles? ¿Quién paseará a la cámara vaga? ¿Dónde encontraré la inspiración para continuar con nuestros cuentos? ¿Quién será el heraldo de las buenas nuevas de nuestro pueblito, Tequis, y quién me hará reír con mensajes achispados?
Hoy escribo entre lágrimas y risas. Perdí a un entrañable amigo y lloro; pero no puedo evitar sonreír con los recuerdos de nuestras conversaciones y bromas.
Se nos  están quedando muchas cosas pendientes, querido amigo. En unos días, tendré que brindar por tu cumpleaños y no chocaremos las copas. Me quedaste  deber el abrazo de “post-cumpleaños”. Nuestro proyecto de cuentos mágicos quedará en un eterno momento de gestación y, aquella clase de fotografía, tantas veces pospuesta, aparecerá sin palomear en la lista de cosas por compartir.

Ya no me enseñarás a tomar fotografías, colega, pero me alegro de haber aprendido muchas otras cosas de ti: El ilimitado amor a tu familia, el cuidado por tus amigos, la generosidad sin historia, la ayuda solícita e incondicional, el espíritu aventurero, el optimismo en la adversidad, la capacidad de sembrar el futuro de planes y, sobre todo, la alegría de vivir.
Abundante es tu legado, amado amigo, y tu recuerdo será siempre motivo de sonrisas.
¡Te extraño desde ya, querido Guillermo, mi colega en la bohemia de la vida y mi amigo especial!

viernes, 19 de abril de 2013

"Tres. . . dos. . . uno"


Varios días atrás, perdí la cuenta o, ¿realmente quería seguir contando?
En el tintero se quedaron atrapadas mis reflexiones del recuento: Mis pérdidas, mis miedos y. . . mi porvenir.
Sobre las pérdidas, ¿por qué perder el tiempo en algo que ya doy por perdido? Si acaso hubiera algo que rescatar, ¿no tendría que cambiar de página y escribirlo en el renglón del porvenir?
Y los miedos, sólo me hacen pensar en algo que escuché y es que “Sólo hay dos tipos de personas: las que tienen miedo y las que no lo dicen”. Así que, reconociendo que me siguen asaltando los miedos, sólo puedo agregar que tengo un antídoto y es algo que habré de recordar en cada asalto: “El perfecto Amor, echa fuera el temor”.
Pero hoy, justo hoy, abro un capítulo nuevo, con la oportunidad de una nítida página en blanco.
Preparando un poco su entrada, la noche anterior configuré la alarma y dispuse que lo primero que mis 53 escucharían fuera mi canción favorita: “Who am I” (Quien soy yo, de Casting Crowns). La letra de la canción resume en mucho mi sentir, al preguntar a Dios, ¿quién soy yo para que me ames y hagas tanto, Tú, siendo Dios? Y es que, los 52 y sus experiencias, me redimensionaron con toda mi vulnerabilidad. Cada cosa ocurrida en esos 365 días, me recordaron mi pequeñez y me necesidad de confiar, depender y esperar, más que de mí, de un Dios que todo lo puede.
Hoy abrí la puerta al futuro llamado 53. Puedo anticipar un poco lo que viene: Una pequeña personita que apenas me está dando tiempo a preparar su llegada; la aventura de mi hijo en el extranjero; proyectos y retos que enfrentaremos, mi esposo y yo, de la mano; el deleite de ser parte de la nueva oportunidad que mi hija, en la bendición de la maternidad; sumar centímetros a mis nietos y anécdotas juntos; sueños de nieve, libros por nacer, gente por servir y amar, la Verdad por compartir. . . ¡Es tanto! que, hoy que todo está por comenzar, me pregunto si me alcanzarán 365 amaneceres para disfrutarlo.

Me detengo un instante y, a pesar de los dolores que el año que termina me trajeron, siento un poco de nostalgia. Me dispongo a echar el puñado de tierra sobre su féretro y un sentimiento me salta en el pecho, moviéndome a pronunciar un discurso en su honor:
“Queridos 52: Serás memorable por todas las cicatrices que me has dejado. Debo reconocer que fuiste un año lleno de sorpresas y, también es de mencionar, que no todas fueron buenas. Y es por aquellas que no lo fueron que quiero darte las gracias. Gracias por destruir las falsas ideas de autosuficiencia; gracias por no concederme todo lo que quise y gracias, porque al convertirme en polvo, me abriste a la oportunidad de volver a ser moldeada por la Mano del que originalmente me formó en el vientre de mi madre. Nos despedimos en paz, querido año. Ve a reposar en el pasado con la conciencia de que fuiste un importante ciclo de mi vida,uno, muy aleccionador”.

ESQUELA
Ayer, a la media noche, murieron los 52 años de Nuria. Ella lo despidió con palabras de gratitud y, al bajar el ataúd al fondo del pasado, justo en ese momento. . . nacieron los 53.

¡Los 52 han muerto. . . larga vida a los 53!

¡TRES! ¡DOS! ¡UNO!. . .  ¡¡¡COMENZAMOS!!!

lunes, 15 de abril de 2013

"Cinco y contando: Mis esperanzas"


Podría iniciar, escribiendo una lista interminable de cosas que quiero confiar en que ocurrirán. Mis deseos, aunque algunos han sido frustrados, una y mil veces, debo confesar, siguen vivos. Entonces, ¿no habré aprendido nada? ¿Acaso no he leído que “Es más feliz, no aquel que tiene lo que desea, sino el que menos necesita”? La frase me hace sentido y, aun así, algo no encaja.
Me detengo un momento y algo viene a mí memoria: “La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”, así está escrito en el libro de Hebreos. Al dar con la clave, me animo por el diagnóstico que puedo hacer de mí propia esperanza.
Si aún “espero” que cosas buenas ocurran en el futuro, y que ahora se me presenta incierto, quiere decir que no he perdido la esperanza; y aunque ahora mi circunstancia no de visos de ninguna de las realidades que deseo, comprendo que, lo único puede regalarme la convicción necesaria para saber esperar, sin desesperar, es. . . la fe.
Vuelvo a emocionarme al toparme con una importante coincidencia: Mi petición a Dios, día tras día, es que haga crecer y madurar mi fe; así que, si de Él y sólo de Él depende que así ocurra, y si recuerdo que Él escucha mis solicitudes y es fiel para cumplir Sus promesas, entonces ¡mi vida tendrá el final que espero!
Cierto es, que todo es cuestión de tiempo pero, si he llegado hasta los 52, persiguiendo mis anhelos, entonces ¿no están mis esperanzas más cerca de verse cumplidas? La espera, estoy convencida, cada vez es más corta.

¡Casi siento ganas de sacudirme como los perros lanudos, tras un chapuzón, y así deshacerme de cualquier vestigio de desesperanza!
Parece que hoy, con algo más de tino, estoy aprendiendo a poner las esperanzas en las Manos correctas y ya no en aquellas personas que, de tan amadas, a veces he cargado de más “expectativas” de las que debiera.
La cuenta hasta el final se me está haciendo larga pero, como aún me queda algo que decir. . . seguiré contando.

“Deléitate en el Señor, y Él te concederá los deseos de tu corazón”.

domingo, 14 de abril de 2013

"Seis y contando: Mis respuestas"


Como alguna vez oí decir, “Cuando tenía todas las respuestas, me cambiaron las preguntas”, así me ocurrió, este año.
Tal vez, este recuento, sea lo más difícil de escribir y compartir porque, ¿a quién le gusta sentirse sin la certidumbre que algunas respuestas pueden dar? Al menos, las más elementales, siempre sirven de fundamento para que la vida no parezca la revuelta de un loco torbellino sobre el pajar a cielo abierto.
Cuando me quedé sin respuestas, entonces comprendí que había cometido un grave error: Comencé a usarlas para fundamentar mi vida y, que todas ellas, habían sido mías, sólo mías y por ende, falibles y perenes. ¿Dónde había dejado las que no cambian ni jamás cambiarán? ¿Qué pasaje de felicidad me extasió hasta dejarme sin memoria a la Verdad?
En mi mente, y embelesada con las fantasías de un futuro brillante, me aseguré las respuestas que perpetraran mi estado de anhelo por el amor y la paz en mi días.

¿Cómo terminaría mis días?, me preguntaban. Y sin dudas, respondía: De la mano de mí amado y rodeada de hijos, nietos y amigos. No me detuve entonces a pensar que, ni las relaciones ni los afectos son perpetuos, ni obligados, y que a la vuelta de cualquier viento, el amor y las presencias amadas podían hacerse espuma hasta disolverse en la gran ausencia.
¿Qué cosechas si entregas tu vida con amor y sacrificio? La contestación armada en mi mente, con anacrónica inocencia, sólo imaginaba que segaría cariño, respeto, amor y compañía. Luego recordé que, el amor ágape, el amor de la mejor sepa, no siempre recibe con reciprocidad matemática pero que, sin desaliento, igual sigue amando.
Muchas preguntas, como éstas, vivían en mi mente con la respuesta lista y firme. Pero este año, tiempo de mi desengaño, me obligó a replantear las preguntas y contestarlas con la Verdad empuñada en la mano. ¡Cuánto dolor trajo a mi corazón, reconocer cuan erradamente había dibujado el futuro con mis propias conclusiones!
Hoy por hoy, con respuestas nuevas e inamovibles, mi futuro no tiene más el sendero marcado y abandero mi caminar con un lábaro nuevo, el del amor y el perdón, ondeando frescos vientos. Ya no cargo sueños de casas llenas de risas y juegos, ya no hay velos ni oraciones en altares y no busco engaños que me aseguren que me seguirán miradas humanas, de amor y bendición.
Ahora, con la libertad frágil de la incertidumbre, voy andando con los ojos y las manos abiertas para que, de llegar algún regalo, me encuentre lista para abrazarlo, aunque nada me asegure que no serán efímeras y se volverá quimeras.
Ya los seis días no alcanzan ni para llamarle “semana”, a la espera del comienzo, así que, sin apuro y si me quieres acompañar hasta el final. . . yo te seguiré contando.

“Y si tuviera el don de profecía, 
y entendiera todos los misterios 
y todo el conocimiento,
y si tuviera toda la fe para trasladar montañas, 
pero no tengo amor, nada soy” (1 Corintios 13:2)

sábado, 13 de abril de 2013

"Siete y contando: Mi corazón"


Si tuviera que dar alguna mención especial, en este último año de mi vida, sin dudarlo un minuto, la otorgaría a mi corazón. Pues ha sido éste el gran héroe de mi experiencia de vida, el que ha resistido, el que me ha entregado respuestas en momentos clave, el que ha debido aprender a fuerza de dolor y el que, incluso en su función física, se ha tenido que sobreponer al cansancio de latir.
Los que saben de anatomía, tratarán de recordarme cómo el corazón, con sus dos aurículas y sus dos ventrículos, lleva a cabo el bombeo de hacer circular la sangre y así cumplir su función de llevar, a todas las células del cuerpo, oxígeno y nutrición. Y sin negar su función elemental, yo estoy segura que, en alguno de esos compartimentos, el corazón reserva espacio para almacenar los sentimientos y sabiduría para responder a lo que en la vida importa.
El mío, este año, experimento una enorme dosis de rechazo y, al ir guardando ese sentimiento tan maligno, se fue quedando paralizado en su incapacidad de responder. La tristeza, como sarro en tubería, le fue impidiendo dejar correr libremente las emociones y, un buen día, engarrotado por el dolor de ir sintiendo el mazo del repudio, casi desfalleció y quedó sin vida.
Pero mi corazón fue fiel y, antes de renunciar a su labor de mantenerme con vida, con valor envió una alerta de ayuda, lo que algunos llamarían “corazonada”, anunciando que había llegado al límite de sus fuerzas. El dolor permanente a mitad del pecho me hizo reaccionar y, junto con su andar a trompicones, me convenció de que entrábamos a un momento de peligro y con el riesgo de alcanzar un punto sin retorno.

Con desasosiego y alarma llegamos, mi corazón y yo, hasta los médicos y, haciendo equipo con mi mente para desazolvar los residuos que las penas habían dejado en sus arterias, nos dejamos atender con cuidados intensivos. Fueron semanas de tensión hasta que los estudios confirmaron que el peligro había pasado y que, gracias a Dios, no quedó en él daño permanente.
Pasada la emergencia y los tiempos de cuidados para mantenerlo con vida, he puesto un gran empeño en devolverle la salud. Con meticulosa conciencia, he repasado cada uno de sus espacios para limpiarlo de resentimientos; untándolo de esperanza, he suavizado las zonas endurecidas por las cicatrices de las heridas, recientes y pasadas; en el día a día, juntos hacemos un entrenamiento de amor para perdonar y echar fuera los residuos que puedan volver a enfermarlo.
Mi corazón “casi” ha sido dado de alta.  Poco a poco, está recuperando  su capacidad de amar, fluyendo con la misma naturalidad con que impulsa la sangre por mi cuerpo, sin esperar que vuelva a él gratitud o cariño.
Aunque mi viejo corazón casi pierde la batalla, con heroica tenacidad se ha levantado de entre las cenizas y, un poquito más sabio que antes de la guerra, espera la oportunidad de latir emocionado a las experiencias que nos traerá el futuro.
¡Sobreviviste, corazón mío! Y con entusiasmo te digo que, después de lo que has hecho, te viviré agradecida por alargar mis días.
En siete días, encenderé las velas y si tú, mi corazón, lates conmigo. . .juntos las seguiremos contando.

“Y, por sobre todas las cosas, guarda tu corazón pues de él mana la vida”.

viernes, 12 de abril de 2013

"Ocho y contando: Mi mundo"


Para los que vienen atrás de mí, creo que es momento de sacarlos del error.
Cuando escuchen que, “a los cincuentas”, ya sabes de “qué se trata vivir” y que tienes la certeza de “hacia dónde vas”, sólo relean este resumen y verán que no hay nada más lejos de la verdad.
En un rápido recuento, para explicar la existencia a los cincuentas, puedo mencionar lo que sucede en mi mundo: Sobrevives la menopausia, un estado alterado de la conciencia y un enloquecer del cuerpo; continúa el aprendizaje sobre cómo ser padres de hijos adultos (entre el ensayo y el error, y con muchos más errores que aciertos) y, en casos como el mío, sigo entrenándome para  desempeñar “sabiamente” el rol de abuela; comienza el preludio de la despedida de nuestros padres ancianos y nos convertimos en su apoyo durante el proceso de la enfermedad y la vejez; resurgen inquietudes y sueños que quedaron en pausa durante la crianza de los hijos; para muchas, como yo, la rutina laboral del esposo ha sido re-direccionada y, con ello, la personal sale trastocada; entramos, como familia, a la recta final para consolidarnos financieramente y, aunque tenemos más tiempo y experiencia, la energía, a ratos, merma.
Mi entorno, mi circunstancia y mis relaciones, a estas alturas, son novedades con las que tengo que ensayar para aprender a sobrevivirlas vivirlas.

Sólo una ventaja tengo sobre todo este panorama y es que. . . ¡Me gusta el cambio y me engolosina el reto!
Así que, en este nuevo mundo en el que hoy me encuentro y que recién estreno, a diario baila conmigo un deleitoso caos que, como testaruda lengua, se opone a las rutinas viejas y me pasa por la vista, cual confetis de vida al vuelo, las nuevas opciones y oportunidades.
Mi viejo mundo yace bajo los escombros, tras el cataclismo del cambio, y como brote frágil de yerba fresca, surge de entre los recuerdos mi nuevo mundo.
A sólo ocho días del día de estreno, me preparo para verlo aparecer y. . . ¡Sigo contando!

jueves, 11 de abril de 2013

"Nueve y contando: Mi mente"


Dice la Biblia que “todo comienza en la mente” y, después de todo lo que experimenté este año, sólo puedo agregar que es ahí donde, también, “todo termina”.
Mi mente, entenebrecida por las tristezas, se fue convirtiendo en una buhardilla estrecha y de paredes húmedas. Atrapada en la oscuridad de los temores, mis viejos fantasmas cobraron vida: La niña que guardó en secreta culpa el abuso sexual, la joven madre abandonada, la mujer traicionada y al borde de escapar a la vida. Todas y cada una de ellas, por las noches, me visitaban. ¿Qué aliento maligno las había revivido a mi presente?
Aunque tardé en descubrirlo, una tarde de oración, el Señor lo reveló: ¡Había perdido la visión!

Sintiendo el acecho del futuro, con sus posibilidades de enfermedad, pérdidas e incertidumbre, mi mirada fue quedando clavada en el piso del presente bajo mis pies y, al no encontrar salidas o soluciones, mi mente comenzó a rebotar hacia la fatalidad pasada. ¿Y dónde está Dios en todo esto, me preguntaba?
-Porque yo sé los planes que tengo para ti –me susurraba –planes de bienestar y no de calamidad. Pero era su voz tan queda, que los gemidos de mi mente la distorsionaban, dejándola extraviada y muda.
Hasta que ese día de silencio, cuando mi mente se rindió al cansancio de buscar respuestas que acallaran mis terrores, pude escucharlo y, levantando la vista, vi lo que Dios quería mostrarme: La visión de un futuro guiado y planeado por Él.
Al igual que se cuela una sutil brisa por debajo de la puerta, poco a poco, mi mente se fue llenando de promesas de esperanza, rostros de futuros sonrientes de oportunidades, y de voces, tiernas voces de niños, ¡eterno canto de buenos presagios!
Mi fe abrió el paso para que yo recobrara mi visión y, mi mente, comenzó el regreso creyendo que, mi futuro, me hablaba de nuevas oportunidades. En lento éxodo, mis pensamientos fueron liberados de la esclavitud de mi prisión e iniciaron su andar hacia mi tierra prometida: La visión de Dios para mi propia vida.
Para quienes no han escuchado la callada voz de  Dios, seguramente, mi confesión les parecerá un buen cuento. Aun así, sé que eso ocurrió en mi mente cuando enfermé de depresión y, a nueve días del final. . . yo seguiré contando. 

miércoles, 10 de abril de 2013

"Diez y contando: Mi cuerpo"


Si alguna vez tomé conciencia del paso del tiempo sobre mi cuerpo, ocurrió este año.
Con las aspiraciones, sueños, expectativas y relaciones rotas, mi cuerpo, al igual que todas ellas, se quebrantó.
Como el reflejo de un espejo, enfermedades y achaques se revelaron como producto de la forma en que viví estos doce meses de mi vida, etapa que concluirá en diez días. Y, así como decía mi abuelo que, “las carreras que el burro pega, en el cuerpo se le quedan”, todos mis afanes, desvelos y tristezas pasaron su factura, dejándome el cuerpo tieso y agotado.
Cuando más abatida estuve, mi corazón, magullado por el dolor, se debatía entre la decisión de parar o continuar latiendo, y así pasé meses respirando entre lo que los médicos llamaron “arritmias” (aunque bien yo sabía que era mi alma, quien le aconsejaba dejar de latir).
El sueño se convirtió en mi compañero permanente, las ojeras en mi maquillaje y la tristeza en mi vestido. Y a todos este deambular, cansado y gris, con atinada experiencia, el médico le puso nombre: Depresión. Aunque tal nombre parece familiar a todos, para mí fue novedad vivirla y mucho más difícil me resultó entenderla. Cualquier tristeza que podía recordar, se convirtió en pequeña junto  mi nueva acompañante y no me alcanzaba ningún esfuerzo para lograr vencerla.
Así, con el espíritu empequeñecido y el cuerpo roto, llegué al momento de gritar por auxilio.
La ventaja de ser parte de una familia es que, cuando estamos por sucumbir, una sola llamada basta y, como boyas en la tormenta, aparecen los que te aman para ir en tu ayuda.
Fueron ellos: Mi esposo, mi hijo, mis padres, mis hermanos y mis amigos quienes, como enorme red de cariño, me tomaron en sus brazos para cuidarme y, con infinita paciencia, esperaron junto a mí hasta que mi cuerpo recobró la salud y mi alma se sosegó en la esperanza.

Fue el conjuro del amor lo que, con cuidados y ternura, disolvió la enfermedad que la tristeza trajo.
Hoy mi piel ya tiene color, mis ojos han vuelto a sonreír, el corazón ha aprendido un nuevo ritmo y, en el fondo de mi conciencia, se ha sembrado el verdadero sentido del tiempo y su finitud.
El transitar por el valle del dolor, confieso, me hizo desear huir y, aunque espero no volver ahí por mucho tiempo, hoy me alegro de haber pasado por el estrecho y oscuro camino de la depresión pues, ha sido ahí y sólo ahí, donde he podido sentir la más íntima compañía de quien habita en todos lados: Dios.
¡Qué les cuento del paso de mi cuerpo por los 52! Difícil, azaroso e intenso pero, a toro pasado, maravilloso como el mejor porque. . . ¡Estoy de pie! 

lunes, 8 de abril de 2013

"Corregido y aumentado"


Cuando naces, siendo el octavo hijo, abres los ojos enquistado en un organigrama que, de un plumazo, te deja con tres madres y cuatro padres de todas las edades, ¡además del par de progenitores originales!
Para cuando apareces en escena, tu bagaje histórico está repleto de anécdotas familiares que aprendes, festejas y repites como si fueran propias; historias que se tejen en tu memoria junto con las clases de geografía, español y música.
Con una tropa de hermanos por delante, desarrollas la sana costumbre de la codorniz y, casi por instinto, sigues la fila que te precede, a veces sin preguntarse si te encaminas a una nueva travesura o a una junta familiar.
Como silencioso oyente o risueño participante, brevas bromas y manías de todos tus antecesores. Nada queda oculto a tu vivaz mirada y, ante la falta de censura, crece el don de picardía con la naturalidad de la hiedra y sin que nadie se dé cuenta.
Como en el juego de “dónde quedó la bolita”, tus faltas y pecadillos quedan encubiertos por siete aliados que las hacen “perdedizas” a los ojos de maestros, prefectos y papás. Cualquier denuncia escolar ha de pasar por un tamiz interminable de cómplices que, justificados por el amor, retardan una posible sanción hasta convertirla, de infracción, a insignificante travesura.
Y, si eres pescado con las manos en la masa, escucharás, como maestra pasando lista, los nombres de todos sus antecesores antes de que a tu madre se le de pronunciar el tuyo: “Edgar, Carlo, César. . . ¡tú, Rubén Darío!
Así, justo así, es como se forma un hijo, el octavo y último de una enorme familia; creciendo bajo el cobijo de la manada y hasta ganarse el honroso título de: “Corregido y aumentado”.
Pero como es destino de todo bienaventurado, los años pasan y el niño deja de serlo; el adolescente es traspasado por el tiempo y nace el hombre. Y es de ese hombre del que hoy quisiera hablar.
Muchos frutos se ven en la vida del Benjamín de la familia, mi hermano pequeño, Rubén Darío.
De entre toda aquella loca infancia, repleta de sucesos divertidos, como inexplicable alquimia, surgió la sabiduría. Hombre de rostro joven es mi hermano, pero de corazón maduro de reposada sapiencia. Con la madurez lenta de los frutos dulces, se ha llenado de palabras amables de esperanza, el corazón y, con generosidad pausada, las regala a los que ama, siempre entre risas y sonrisas.
Con diques forjados de carácter, aprendió a contener las tempestades del temperamento hasta convertirlas en la entereza de la noria y los molinos de viento. Aquel chico impetuoso de la infancia, a fuerza de convicción, ha domado sus indisciplinados vientos y ahora los usa para empujar, con atinada dirección, sus velas.
Fue él, Rubén Darío, quien enseñó a mi familia a traspasar fronteras. Cual pionero antiguo, sembró en la generación siguiente la semilla de la formación en el extranjero. Fue mi hermano, R.D., quien llevó las oraciones de los otros nueve hasta los confines de Francia y levantó el orgullo familiar al cielo cuando conquistó sus metas.
Mostrando un juicio prematuro, eligió a la mejor esposa y, con tino fiel, marcó en su vida las prioridades, esas, que nuestra sociedad está dejando atrás: Primero Dios, segundo el matrimonio, después familia y al final, trabajo.
Como en fotografía de tonalidades sepia, adorna la imagen de nuestra generación con su hermosa familia y hace rebosar el corazón de nuestros padres con justificado orgullo.
Muchas son las virtudes de mi hermano pero, una en especial, según mis ojos, da particular belleza a su existencia: La integridad. Una que, para mantener como pilar en su cotidiano vivir, le ha exigido: Responder con verdad, aunque el mundo levante las cejas; aferrarse a la fidelidad, cuando ha de defender sus principios y, con un valor poco frecuente, pronunciar el nombre de Dios, incluso cuando los demás no lo reconocen.
Hoy estamos celebrando tu vida, hermano, y no hay aquí quien no lo haga con legítima alegría. Tu paso por nuestras vidas ha dejado la huella del buen ejemplo y, más de una vez, has sido referencia para demostrar que, a la mitad de un mundo caído, aún viven hombres como tú, que aman a Dios y se levantan, cada día, para honrarlo.
Que ese Dios nuestro al que obedeces, te siga bendiciendo cada día, Ruben Dario. Que te siga nutriendo de Su sabiduría para que continúes tu tarea como sacerdote y guardián de tu familia. Que Él te sostenga firme en las sabias convicciones que dan cause a tu vida y te siga llenando de valor para que jamás te dejes vencer y convencer por un mundo que se opone a preservar lo que es tu gran tesoro: Tu fe, tus valores y tu buen testimonio.
Sea siempre nuestro Dios contigo, querido hermano y le doy gracias por regalarme el privilegio de ser tu hermana.
Te amo, te admiro y te bendigo eternamente.

viernes, 8 de marzo de 2013

"Las mujeres son. . ."


Hoy sé que leeré muchas frases que hablarán de las hermosas cualidades de las mujeres: Su privilegio de ser madres, su capacidad de entrega y sacrificio, y todo aquello que, si bien estoy de acuerdo, también creo que es motivo de aclaración.
Nuestro “cableado”, en esencia, contempla todas esas posibilidades por diseño. Conozco a mujeres que se han ganado mi admiración por la entereza con la que enfrentan la adversidad de la enfermedad en uno de sus hijos; y otras que, cumpliendo su promesa de “en la riqueza y en la pobreza”, apoyan a un esposo desempleado por años y años. Y qué decir de las que, viendo como el compañero parte del hogar bajo el argumento de perseguir sus sueños, se levantan para redoblar esfuerzos y asumir el rol de padre-madre para sobrevivir un presente y forjar un futuro para sus hijos.
Y ¿quién no conoce a una madre gestante que sobrelleva los nueve meses postrada y extremando cuidados, por el bien del hijo que aún no conoce pero que ya ama de antemano? O de aquella joven que, doblando turnos y estudiando, se prepara y se supera para abrirse camino más allá de la predestinación de su origen.
Los ejemplos de mujeres dignos de aplauso son interminables pero, aquí me defiendo de las generalidades, no todas echan mano de la fortaleza, capacidad de amor y sacrificio, sabiduría o aprecio por el privilegio de la maternidad. Si así fuera, ¿no sería ociosa la alabanza?
Es día de la mujer y motivo de enorme celebración para nosotras, pero me levanto del asiento para reconocer a aquellas que, por opción y decisión, honran a nuestro género con ejemplos a la humanidad invaluables.
Más allá del labial, los tacones y la medida de nuestra cintura, somos motivo de celebración por la calidad humana que demostramos, día a día.
¡APLAUSO Y HONRA A TODAS USTEDES, MUJERES Y HEROÍNAS!

jueves, 7 de marzo de 2013

"Justicia"


En el rejuego de los sueños, esos que nos arrastran entre el pasado, el futuro y el “nunca fue”, vino a mi memoria el evento que mantuvo en suspenso a mi familia entera. Y, mi primer pensamiento al despertar fue: ¡Qué injusto! ¿Cómo es posible que el primer evento de nuestra vida, nuestro propio nacimiento, y todo su detalle, no nos sea revelado jamás?
Fue entonces que, entre el despertar y el segundo llamado del reloj despertador, me dejé llevar en el río de recuerdos que renacieron frescos en mi memoria.
A los trece años, con algo más de conciencia sobre la vida, seguí de cerca el anuncio de dos mujeres gestantes: Mi madre y mi tía, tan cercana como una segunda madre. Para la primera, el octavo de sus hijos y, para la segunda, el tercero. . . ¿o debo adelantar que la sorpresa llegó como una “tercera”?
Por extraño que parezca, a mis 13, y 14 de mi hermana mayor, aún nos entreteníamos decorando pósters y haciendo recortes de papel, y el acontecimiento ameritó decorar el muro principal de nuestra recámara con un póster de la Pantera Rosa, sonriente y caminando con su estilo rosado bajo un fondo azul. ¿Algo más apropiado que el azul y rosa representados de antemano, listo para cubrir ambas posibilidades?
Sobre el azul y rodeando a la sonriente pantera se delineaban dos nombres, los finalistas, que habrían de llamar a los bebés por nacer.
El siete de marzo, cuarenta años atrás, la casa toda contuvo el aliento y partir a la escuela, ineludible en un miércoles, resultó frustrante. ¿Cómo nos enteraríamos de la llegada del nuevo miembro de la familia?
A la carrera, volvimos a casa después de clases y agregamos frustración al enterarnos de la ausencia de la única informante confiable de la familia: Nuestra madre. Quedó entonces una sola opción y, forzándonos a concentrar nuestra atención en los deberes, esperamos la llamada que resolviera el acertijo. ¿Niño o niña? ¿Cuál nombre resaltaremos primero?
Rodeando el escritorio e interrumpiendo de vez en vez las labores para hablar del nacimiento, pasaron un par de horas hasta que, al sonar de un ring, los cinco tratamos de alcanzar la bocina del teléfono para contestar.
-¡Es una niña! ¡Y está hermosa!- anunció mi madre quien, nunca sabremos, finalmente recordó a su expectante tropa.
-¡Nació Erika! ¡Nació Erika!- saltamos emocionados, en la certeza de cuál era su nombre. ¿A qué hora nació y como fue el parto? A nuestra edad, honestamente, todo eso es irrelevante. Lo importante fue su llegada y que tenía un nombre que. . . ¿Cómo llegó a nosotros y quien lo eligió? Creo que tampoco importaba entonces.
Con cuidado, mi hermana desprendió del muro el póster y, aplicando nuestra mejor destreza, rellenamos las letras marcadas previamente, sólo en el contorno y con plantilla, que decían “ERIKA”.
El fin de semana llegó un poco tarde y con el mismo entusiasmo con el que recibimos el anuncio de su llegada, rodeamos el “bambineto” donde nuestra pequeña prima dormía. Entonces comprobamos que mi madre no había mentido al decir que era hermosa.
Todo esto ocurrió hace cuarenta años y mi piel se eriza con la remembranza pero, mi corazón, hoy día, se alegra aún más al pensar que, esa belleza, traspasó los muros de su propia piel y la convirtió en una mujer fuerte, llena de entereza y lucha; una madre premiada con el amor de sus hijos y una esposa firme en su lealtad. ¿Acaso no es esa belleza la que más importa?
¡Felicidades, Erika! Has honrado el significado de tu nombre: “La que reina por siempre y princesa honorable”. Dios te bendiga por siempre.

martes, 5 de marzo de 2013

"Autorretrato: La de enfrente"


A decir verdad, mi relación con “la de enfrente” comenzó con el pie izquierdo. Su forma de ser y su apariencia me resultaban inaceptables. Con sus ojos pequeños y tristones, los rizos rebeldes y tan fuera de moda, el cuerpo casi sin curvas y los huesos revelados entre las pocas carnes, me generaban desaliento.
Hasta que, un buen día y sin darme cuenta, la comencé a mirar con un poco de gracia y hasta me llegó a gustar. Desde entonces, y sin mucho apuro, me he ido acostumbrando a quien ella es. Pero, aclaro, aunque el tiempo pasa y nuestra convivencia es cotidiana, vamos distanciando nuestra naturaleza y verdadera esencia cada día más.
Ella, sin un acuerdo abierto, se ha hecho una experta de las formas. Cuando yo imito a un canguro emocionado por alguna sorpresa, la de enfrente sonríe y, a lo mucho, hasta aplaude para demostrar su contento.
Otras veces, avasallada al sentir mi corazón herido, yo lloro y me postro para desbordar mis lágrimas con la complicidad de mi almohada; y ella, dueña de sí, abre los ojos vidriosos y muestra una media sonrisa como representando el destello de una ligera contrariedad.
A la de enfrente, todos la conocen y, a mí, solo quienes se han ganado mi confianza. Y aunque algunos nos confunden, sólo a quienes viven cerca de mi corazón les revelo nuestra verdadera identidad.
Llevamos ya tantos años juntas que, la gente, ha aprendido a mirarla más a ella y, en secreto, prefiero que así sea. Tal vez sea mejor que vivan convencidos que ella, la de imagen asentada y atenta al protocolo, es la verdadera yo. Dentro de mí, confieso, supongo que también optaría por la de enfrente: más obvia. . . más simple y predecible.
Pero en la intimidad de la soledad, yo disfruto a la verdadera mujer que soy: Esa que aún frunce la nariz cuando la comida no le gusta y que patalea por alguna contrariedad; que ríe hasta el llanto y que llora hasta que le sobreviene el hipo; que espía con curiosidad, que sueña con las cosas más absurdas y que es absurda en las cosas que más teme; en el fondo, lo sé, aún soy esa adolescente que, aunque en su mente comprende el paso de los años, todavía no le es fácil entender que, las arrugas y las canas de la de enfrente, también le pertenecen.