martes, 10 de mayo de 2011

¡CELEBRACIONES!

Hoy es día de la madre y amanecí entre suspiros y café, flotando en la nostalgia del pasado y las ausencias del presente. ¡Qué extraña celebración de madres será el día de hoy! Tras el saludo del despertador, la voz de mi esposo que está en el extranjero me felicitó por el día y, gracias a la tecnología, recibo muestras de cariño que me han llenado los ojos de lágrimas. La agenda del día no tiene nada especial, así que, el descansar será mi celebración.
Esta ausencia de festejo me hace pensar en el preludio de lo que, la mayoría de las mamás, viven al paso de los años: un nido vacío y callado. Aunque es la ley de la vida, reiteran muchos, no deja de ser una paradoja que así ocurra.
En el caso de mi mami, por ejemplo, que parió a 8 hijos, ¿cuántas tardes no ha pasado acariciando en solitario sus recuerdos de una casa desordenada y ruidosa? Y, aunque han llegado los nietos a reemplazarnos con sus borucas, sé que su corazón aún añora las mesas con la limonada derramada y los pleitos entre nosotros por ganar la última tortilla.
Y, es por ella que hoy estoy lejos de mi hija, quien merece una celebración especial por todo el esfuerzo diario de criar sola a sus dos pequeños hijos. Mi corazón se entristece por no ser capaz de estar en muchos lugares al mismo tiempo. Las decisiones, incluso para las celebraciones, pueden ser difíciles.
Mi mami, que ya se ha vuelto una persona mayor y ahora está enferma y estar con mi hijo en este día, son las razones para no estar con mi hija, aunque mi corazón añora estar a su lado para alabar su valor y sus sacrificios. Otra vez, mis ojos están goteando y empiezo a creer que, finalmente, puedo entender el corazón de mi mami. ¿Cómo logra vivir el anhelo de estar con cada uno de nosotros, sus 8 hijos?
Me convenzo que, ser madre, es el ministerio con más retos que Dios dio a ser humano alguno. La maternidad es una labor que exige, a veces, sacrificar las aspiraciones personales y profesionales; dejar belleza y salud por las faenas extras de la crianza; poner, no sólo una vez, sino muchas, la otra mejilla cuando la rebeldía es parte del crecimiento de los hijos; amar hasta el punto de aprender a callar para dejar que los hijos aprendan con sus errores y sufrir a su lado su dolor; y, todo, para llegar a un final en donde sólo los recuerdos nos acompañen a celebrar en el día de las madres.
Al releer el párrafo que acabo de escribir, me parece que es un trabajo injusto y, sin embargo, me doy cuenta de que al entregar, amar y sacrificar tanto de nuestra vida, se cumple lo que Jesús mismo dijo: “Porque es más bendecido aquel que da, que el que recibe”. ¡Verdad absoluta!
Así que, declaro a todo pulmón que, ¡no cambiaría por nada el privilegio de ser mamá! Y, ahora, a celebrar que, al final del día todas podemos decir que ¡DIOS BENDICE A TODAS LAS MADRES POR EL PRIVILEGIO DE SERLO!

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