sábado, 10 de noviembre de 2012

"Viejo, mi querido viejo" (Segunda parte: Los puentes)


Cuando se llega a esa parte final del camino, he descubierto, existen dos puentes por los que se pueden continuar.
Uno, obvio a los ojos y muy transitado, se forma de una la secuencia de recuerdos, recapitulados como los maderos de los puentes colgantes, con toda su realidad. Algunos travesaños parecen como nuevos y seguros de pisar. Son aquellos formados de los aciertos y los éxitos. Su apariencia es firme y lustrosa y, los ancianos, pisan y se estacionan en ellos por largos ratos. Pero otros, de apariencia mugrosa y podrida, también forman parte de la larga estructura. Esos, como amenaza de trampa para osos con dientes afilados, tienen su origen en los errores, las faltas y todos aquellos fracasos que muchos de nosotros vamos acumulando en nuestra actuación humana, siempre falible e imperfecta.
Por alguna extraña razón, cuando la soledad recrudece, ésta empuja a los viejos hacia esos peligrosos peldaños, inquietando su corazón. En medio de los perniciosos recuerdos, las culpas y arrepentimientos tardíos, los atacan como mosquitos letales, robándoles la calma y el reposo del alma. ¡Que triste es ver a un viejito consumiéndose a la mitad de ese puente!
El otro, un espejo del primer puente, es idéntico al primero excepto por el primer tablón a los que algunos de nosotros llamamos “Gracia”. El efecto de la Gracia es simple pero tiene un origen divino y lleva en su esencia algo que, aunque todos reconocemos, pocos llegamos a usar para nosotros mismos: el “Perdón”.
Para que la Gracia no se confunda con la auto-indulgencia o el cinismo, el primer paso que da el anciano, antes de cruzar el puente, debe ser motivado por el arrepentimiento auténtico. Entonces el trayecto por el puente, que cuelga sobre el vacío del tiempo de la reflexión, está libre de las plagas de culpas, nubarrones de depresión y miedos por el castigo. El caminar del viejito, lento y seguro, es entonces uno placentero y amable.
Ese puente, lo digo con tristeza, es recorrido por muy pocos pues, sólo los que conocen a Aquel que lo sostiene, buscan caminar por el puente de la Gracia.
Pero algo más alienta al anciano a cruzar por el puente llamado Gracia y es lo que le espera al otro lado. Algo de lo que, tal vez, en otro momento, también hable.

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