miércoles, 14 de marzo de 2012

"Destierro"

Cuando jóvenes, observamos situaciones y sabemos de ellas pero, es sólo hasta que comenzamos a envejecer, que logramos comprenderlas.
Una de ellas es la etapa conocida como “el nido vacío”. Ese momento cuando la mujer mira a su alrededor y se encuentra con una casa callada, devastada muchas veces por un tedioso orden y con pocos deberes en el hogar. Pero donde también goza, después de mucho, de tiempo para hacer todo aquello que quedó pendiente y que antes no logró colarse entre los ratos de su agenda, rescatar amistades y disfrutar de un nuevo ritmo. Una nueva vida donde, por primera vez, disfruta de hijos y los nietos, sin más obligación que gozarlos.
En el caso del hombre, las cosas son distintas. Su reino, las relaciones de negocio y trabajo, a veces inesperadamente o por las limitaciones de salud, lo echa fuera con el mensaje de “obsoleto”. Él, de quien se esperó siempre que fuera un buen proveedor para clasificarse como buen padre y esposo, ahora se encuentra en un limbo de indefinición.
La casa, donde la mujer ha sido soberana, no es su espacio natural y, si intenta participar en su funcionamiento, la reina del hogar lo echará entre suspiros de impaciencia.
Tal vez su vista, también, esté en su contra y la lectura, su vieja compañera, igualmente lo abandone. Y, si ha sido un hombre de “casa”, es muy probable que los amigos no sean tampoco parte de su nueva situación.
Así parecen iniciar las vidas de muchos hombres en la última etapa de su vida: desterrados al retiro, desdeñados en su propia casa y condenados a terminar sus días en la soledad y el silencio mientras, la mujer, continúa en su propio reino, tal vez más silencioso, pero aún en su cotidiano hogar.
Aunque parece lejano el tiempo de vivir esa parte de mi vida, me pregunto: ¿Seré capaz de recordar esta reflexión cuando me llegue el tiempo, y tener compasión y empatía por mi compañero? No lo sé, tal vez por eso la escribo y espero, por el bien de él, que así sea.

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