viernes, 7 de junio de 2013

"Festejando la vida"

Hoy mi alma está de buenas y ¡no quiere dejar de sonreír!
Y es que, aunque amenazó con arruinarnos la fiesta, la muerte no llegó hasta aquí. Mi primo, un poco mallugado por la sorpresiva enfermedad, esta tarde, lucía como rey en la visita: Vestido de sonrisa y corazón de buen humor.
¡Cuánta felicidad me desbordaba al entrar a esa habitación de hospital! Con bromas y risas hablamos de la sorprendente capacidad de los “Arnáiz” de burlar a la muerte, aunque bien he aprendido que, ésta visitante, siempre se acerca hablando en serio.
Volver a ver a mi primo, Darío Arnáiz o “Arnáiz”, como algunos lo conocen, fue como volar sobre una ráfaga al país de los recuerdos.
Aun cuando Darío era de los primos pequeños, su flema y actitud adulta nos impresionaba a los demás. Sólo bastaba escucharle unas palabras, para los aires de adultez temprana se esfumaran y descubriéramos al chico dulce, inteligente y sensible que realmente era.
Y, de entre mis memorias favoritas, está aquel día junto a la fuente del Instituto Politécnico Nacional que, para nosotros, era el parque para andar en bicicleta, trepar árboles y pasear a nuestros perros.
Una tarde, animados por el día soleado y aprovechando la visita de los primos Arnáiz Salvador, decidimos cruzar la calle para pasar la tarde andando en bici. Pero, algo más atractivo que la bici cambió los planes de Darío. El agua, fresca y chisporroteante, sedujo al espíritu investigador de mi primo. Y, sin pensarlo dos veces, comenzó a competir con el chorro de la fuente en acalorada guerrilla.

¡Y que aparece mi tío! Alto y delgado, con el cuello tenso y exageradamente erguido, lo parecía aún más. Entonces llamó a su hijo, ordenándole parar. Los demás, deteniendo cada cual lo que estaba haciendo, nos concentramos en la escena. ¡Se había metido en problemas! La voz del tío Güero anunciaba un castigo y, conteniendo la respiración, nos dedicamos a observar.
-¡Deja de hacer eso! –volvió a ordenar, pero Darío hijo la estaba pasando bien y se resistió al mandato. –Te digo que saques esa mano de ahí –nuevamente amenazó, mientras continuaba con paso decidido hacia el chico que, con cara inexpresiva, jugueteaba los dedos en la fuente.
Los ojos del uno se clavaron en los del otro. Varios dejamos la bicicleta en el suelo. El castigo se vislumbraba mayúsculo cuando, quedando apenas un metro entre ellos. . . ¡Darío echó a correr con una velocidad insospechada!
Nosotros, los primos, no sabíamos si contener las ganas de aplaudirle y alentarlo a correr más rápido o reírnos ante aquella imagen del hombre, siempre tenso y en pose calculada, pegando la carrera tras su hijo, alrededor de la fuente.
La risa nos venció cuando vimos la estrategia de Darío. Como en un acto de precisión, dejaba a su padre acercarse hasta la distancia mínima de seguridad para, con ímpetus de liebre silvestre, volver a salir corriendo.
¿Qué cuantas veces se repitió la escena? Creo que las suficientes para que nadie pudiera contener las carcajadas. Montando de nuevo nuestra bici, nos alejamos para no ser escuchados mientras, tal vez cansado de tanto corretear, mi primo tomó camino de vuelta a casa. Cruzando la ancha avenida, quedó fuera del alcance de su padre y nos mostró el camino a seguir para dar fin al episodio.
Las buenas costumbres, supongo, obraron a su favor y, como una visita educada, mi tío se ahorró el montar una escena en casa de la hermana, mientras, en la habitación de los chicos, todos mirábamos con un guiño de admiración al osado primo.
Mientras pasaba nuestra infancia, la vida de nuestros padres, las distancias o, simplemente, el destino, nos fue alejando poco a poco. Las visitas se espaciaron, los hermanos dejaron de promover los encuentros entre sus vástagos y nosotros, como adultos, no opusimos resistencia a la inercia establecida. . . hasta hoy.
Dicen que “la sangre llama” y yo creo que tienen razón pues, aunque las canas y las sondas quisieron engañarme, al volver a ver a mi primo Darío, pude reconocer a aquel valiente y dulce niño, mi primito de la infancia, al que sigo queriendo como entonces.
¡Gracias a Dios por tu vida, querido primo! Y organicemos la fiesta porque, ahora sí, tú y yo sabemos, ¡el tiempo corre!


P. D. Debo confesar que ese evento cambió mi destino muchas veces pues, al reconocer la efectividad de la estrategia de mi primo Darío, comencé a usarla para dejar atrás a mi madre, cuando amenazaba con infringir un castigo. ¡Gracias por el ejemplo, primo, me ahorraste muchas tundas!

No hay comentarios:

Publicar un comentario