jueves, 24 de mayo de 2012

"Penélope"


A mi generación, el nombre de “Penélope” nos remonta a la canción de Joan Manuel Serrat que, entre estrofa y estrofa, relata la historia de una mujer que, con paciencia y anhelos, pasa la vida sentada en el andén de una estación. El final, a pesar de lo melodioso del canto, nos envuelvía de frustración al ver como ella, cuando el amante vuelve muchos años después, ya no reconoce en el rostro envejecido al largamente esperado amor. ¡Cuánto tiempo perdido y que absurdo resulta el final!
Lo curioso es que, observando con algo de detenimiento, me veo rodeada de un mundo lleno de “Penélopes”. Hombres y mujeres que, habiendo concebido un sueño de vida en su juventud, ven pasar su existencia esperando a que se cristalice y desdeñando muchas oportunidades y bondades que les salen al paso, simplemente, porque no son lo que alguna vez forjaron en su mente.
Entonces veo matrimonios y familias sucumbir cuando, al paso del tiempo, no encajan con aquel diagrama de perfección que permanece dibujado en su proyecto inicial. Ella se queja con amargura de las deficiencias de él y, él vive la desilusión de la mujer perfecta que necesitaba para cumplir sus sueños.
Los ancianos, por su parte, se llenan de tristezas cuando su mundo, incesantemente, les presenta pérdidas, retos y problemas. Y ven como sus vidas se agotan, en la inútil espera del día impecable y perfecto para entonces ser felices.
Los padres se decepcionan de los hijos, los profesionales, de sus carreras y la cadena de desilusión es tan grande que, al final, se vuelve insalvable y sólo queda la espera de lo que nunca vendrá en patética resignación.
 Creo que Penélope, después de todo, no está tan sola en el andén pues, muchos tantos como ella, viven con los ojos fijos en la quimérica ilusión y con el cuerpo ausente de lo que la realidad les ofrece.

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