domingo, 24 de julio de 2016

"GRACIAS, PAPÁ: Entre amigos"

¡No me lo vas a creer!
Tú, que amaste a Querétaro como la "patria chica" adoptiva que te hacía falta y en la que cultivaste infinidad de amistades –a las que abriste las puertas de tu casa y les brindaste un asiento en tu mesa–, hace una semana se vistió de manteles largos para celebrar una unión especial: ¡la boda de dos amigos!
Y aunque han declarado a "Querétaro" como la palabra en español fonéticamente más bonita, yo digo que la palabra más hermosa es "Amistad".
Pero, para no caer en controversias, en el evento familiar que vivimos el 16 de julio, se fusionaron las dos y de ahí que sólo pueden ocurrir cosas buenas de esa combinación.
¡Cómo lo hubieras disfrutado, pá!
Aun cuando el lugar lucía maravilloso, con papel picado con la inscripción de "Montse y Adrián" dando la bienvenida a los invitados, arreglos de coloridas flores (sí, adivinas bien, hechas con amor por la tía Chayo) e infinidad de originales detalles preparados por mi hermana Lina, el verdadero toque mágico en la boda fue. . .¡la naturalidad!
Sí, todo fluía entre las sonrisas frescas de un par de amigos que habían decidido unir sus vidas en el proyecto común de convertirse en matrimonio y pilar de una futura familia.
Porque eso son nuestra "Linita" y mi ahora sobrino (y nieto tuyo) Adrián: una pareja de "viejos" amigos que se respetan, se apoyan y se aman desde la libertad que sólo un verdadero amigo puede regalar.
¡Son mi pareja favorita!

Es tan hermoso ver el reflejo de uno en los ojos de otro, disfrutando el gusto de estar juntos y con con la serena determinación de paladear la paz alegre de vivir la vida, que no son pocos los que se deleitan y buscan su compañía. Y creo que, por eso, cada lugar preparado para los invitados fue ocupado por quienes acudieron sin falta al festejo.
¡Qué bonito es celebrar la vida con quienes refrendan su decisión de ser felices cada día!
No sé si desde donde estás pudiste ver a nuestra güerejita –ahora una belleza de mujer– cuando recorrió la alfombra que se extendió hasta el altar, con el vestido que era el reflejo de su alma llena de sabia sencillez y la cola que me recordaba la estela –alegre y sutil– que deja su presencia al pasar por la vida de la gente. (¡Buen trabajo hizo tu hija Lina, papi!). Y si lo viste a él –Adrián–, vestido lejos de los estereotipos, mostrando la autenticidad de su naturaleza fresca. ¿Sabes, pá? Sus formas me dieron la certeza de que será un buen director para el destino de ambos y que será creativo y flexible para hacer crecer su matrimonio –y no lo dudes–, lo alejará de caminos demasiado andados (y aburridos) para crear sus propias sendas.
Por primera vez, papi, Querétaro se convirtió en el escenario que albergó la unión de un miembro de nuestra familia que –con una sólida amistad como cimiento– tiene por destino el vivir conforme a la promesa que todos escuchamos: "Hasta que la muerte los separe".

Así que, desde allá, papi, levanta tu copa y repite conmigo: 
¡ARRIBA LOS NOVIOS!

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