miércoles, 7 de enero de 2015

"LA PROMESA: Correr y ganar"

Sólo quien ha crecido en una familia numerosa, puede comprender lo que es vivir en una competencia perpetua. Nada explica mejor el tema como aquel dicho popular que advierte: “¡Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente!”.

En mi casa, si querías comer esa dona cubierta de chocolate, tenías que aguzar el oído para escuchar el regreso de la empleada con la bolsa de pan. O si esperabas viajar mirando por la ventana, debías anticipar la salida y correr al auto gritando ¡pido adelante! Y si querías arreglarte para estar a tiempo, era importante desarrollar una técnica para colarte y poder tomar de los primeros turnos en la regadera.

Así es como sobrevive un hijo que crece “en manada”. Compitiendo, anticipándose y corriendo para obtener el mejor lugar, la mejor oportunidad, la mayor atención. La vida –en ocasiones– resulta difícil y no faltan los momentos en que suspiras preguntándote porqué no fuiste hijo único.

Pero una parte de la competencia recuerdo con cariño y me hace pensar que hay un aprendizaje en todo eso.

Como la mayoría de las familias de mi tiempo, mi papi volvía del trabajo alrededor de las siete de la noche. En su caso, dos claxonazos anunciaban su llegada y, para asegurarse que no hubiera pasado inadvertido (aunque puedo asegurar que todos los vecinos lo habían notado), mi mami ordenaba con un grito: ¡Bajen a abrirle al señor!

Con el mismo efecto que el tronar de una pistola en el arrancadero del hipódromo, por lo menos tres de nosotros nos poníamos en acción. Sin importar si había escaleras de por medio y dejando de lado lo que estuviéramos haciendo, corríamos hasta el buró de nuestro padre y nos enfrascábamos en una contienda para lograr ser quien tomara las pantuflas de papá.

 –¡Carlo las agarró ayer! –era una de las quejas a mitad de los pleitos en que solían terminar nuestras competencias– ¡mamá, dile que me las dé! ¡Hoy me toca a mí!

Después venía el paréntesis que exigía dominio propio y paciencia. El tiempo de las bienvenidas, saludos, preguntas de rutina y acusaciones por las faltas del día. Terminado todo aquello, se escuchaba la pregunta obligada que alertaba al ganador de las pantuflas para el siguiente paso.

–¿Quieres merendar algo, hijo? –preguntaba mi madre, quien siempre ha llamado así a mi papá.

Él respondía, mi mami giraba la instrucción a la empleada y entonces mi papi se sentaba del lado de su cama después de quitarse saco, corbata, mancuernillas y de colgar su leontina en el perchero.

El momento esperado llegaba. Mi papá se sacaba los zapatos y el ganador se acercaba para ponerle las pantuflas. ¡Había triunfado y merecía el honor de calzar a mi papi, esa noche!

No puedo recordar cuando dejó de ocurrir esa rutina de competencia por las zapatillas de noche de mi padre. Tal vez cuando empezamos a crecer y nuestros intereses se volcaron en nosotros mismos. O tal vez fue cuando él cambió su rutina al ir prosperando en sus negocios o. . . honestamente, ¡no lo sé!


Sólo sé que hoy me alegro de haber nacido en una familia de tanta gente donde mi egoísmo tuvo un límite y mi espíritu competitivo tuvo una de las mejores oportunidades para ejercer: ¡Honrando a mi padre!

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