martes, 18 de octubre de 2011

"Post-its"

Las consecuencias, ahora veo, son como “post its” que Dios usa para recordarnos lo que hemos vivido antes. Igual que esos papelitos con pegamento, nuestra vida está plagada de ellos.
Algunos son muy gratos de admirar pues, como pequeños trofeos, nos recuerdan que algo hicimos bien. Esa buena elección nos trajo buenas consecuencias y que forman parte de nuestro presente, por ejemplo.
Pero también hay otros que, por más que nos esforcemos en olvidarlos, nos refriegan en la cara los errores cometidos, nuestras necedades o nuestra inexperiencia. Esos, entre más grave la falta, más chillante y escandaloso el color. ¡Cómo duele hasta mirarlos!
Lo que es innegable es que, todos, tenemos un montón de papelitos con recordatorios escritos. Y la diferencia entre un sabio y un necio, creo yo, está en la forma y el tiempo de leerlos. El necio, de vez en vez, los mira tan rápido como los olvida, sólo para ir a cometer el mismo error una y otra vez. El sabio, por el contrario, regresa a mirarlos y echa a andar nuevamente recordándolos. Éste último acumula lo que algunos llaman “experiencia”.
Algunos papelitos parecen vivir pegados en nuestra nariz y existe el riesgo de que, en lugar de tenerlo como experiencia, se conviertan en un yunque pesado de culpa. Esos, a mi parecer, son los más peligrosos porque, si los leemos como culpa, más que ayudarnos a construir un futuro en base a la experiencia, nos van destruyendo y carcomiendo con su mensaje.
¿No es extraño que, aunque no cambia lo que está escrito, la perspectiva de nuestra lectura tenga tan contrarias consecuencias? Porque, algo debemos aceptar, ¡lo escrito, escrito está y no lo podremos cambiar!
Ahora, ¿qué hace más sabio al sabio? Que no sólo lee sus pequeños “post its” sino, con discernimiento, echa un ojo a los de los demás para aprender las lecciones que no le han tocado vivir. . . aún.
A mis cincuenta y uno, me alegro de tener a la mano el tablero de post-its “maestro”, aquel que tiene todas las respuestas que me ayuden a aprender, tropezando un poco menos. . . la Biblia.

"Esperar" (Primera parte)

Quedarse en un lugar hasta que llegue una persona u ocurra una cosa.  Creer que va a ocurrir o suceder una acción generalmente favorable. Tener la esperanza de conseguir algo que se desea”. Estas tres frases son definiciones que encontré para la palabra: “Esperar” y, aunque reviso y repaso, “quedarse, creer y tener” son las únicas acciones que parecen apoyar ese deseo de que las cosas ocurran. Pero, confieso. . .ninguna me convence sobre el arte de esperar.
Y no es que tenga un gran gusto por esperar pero, me doy cuenta que, consciente o secretamente, todos esperamos algo.
Como padres, esperamos a que los hijos tomen buenas decisiones y tengan una buena vida. Como hijos, esperamos que nuestros padres tengan salud y larga vida. Cuando elegimos una carrera, esperamos acertar y que sea la forma de desarrollar todo nuestro potencial. En la juventud, esperamos que llegue la persona que nos complemente y que nos robe el corazón.
Esperar, esperar, esperar. . .
Si, ineludiblemente, hemos de esperar a lo largo de nuestra vida, ¿no deberíamos aprender a hacerlo?
Pienso y repienso hasta que llego a una conclusión. En todas las esperas existe una parte que nos corresponde hacer para que, lo tan deseado, ocurra, surja, llegue y sea.
Si queremos una vida plena para nuestros hijos, no sólo debemos esperar con la mirada al vacío y desear. Como padres, podemos sembrar los principios, valores y creencias que los equipen para que decidan correctamente.
El buscar una vejez saludable, no es esperar que la genética de un golpe de suerte y dejar que se revele en el tiempo. También podemos contribuir con alimentación, ejercicio y buenas rutinas de vida.
Cada ejemplo que reviso, me va descubriendo mi rol. Esa parte que ocupe mi energía y mi voluntad, como copartícipe, evitándome vivir con un “verbo pasivo” que me limite a la contemplación.
Parece entonces que “esperar” es un verbo más dinámico de lo que las definiciones plantean. O al menos, hasta aquí, es lo que creo. . .

lunes, 17 de octubre de 2011

"¡Mío!"

Aunque no nos guste la idea debemos reconocer que, todos los niños, son egoístas y que al paso del tiempo, es una característica que se mantiene en nuestra vida ya como adultos.
Tal vez mi primer recuerdo consciente de ello lo tuve cuando, a los 8 años, mi hermano, un año menor que yo, me explicó el ejercicio que hacía constantemente para “quitarse” eso que no tenía nombre y que no era otra cosa que egoísmo.
-Cuando estoy comiendo mi “Gansito” y ya me lo voy a terminar, le pregunto a alguien si quiere el último cachito que es el que más me gusta- me dijo, compartiendo lo que parecía algo muy importante para él.
En ese momento no entendí el “porqué” hacía algo tan tonto. Yo, contra su práctica, me alejaba del grupo cuando engullíamos los panecillos rellenos y volvía sólo hasta que todos hubieran terminado. Y, deliberadamente, guardaba la mayor parte para comerlo frente a todos y ver como sus caras se entintaban con un poquito de codicia. Sí, me complacía ver surgir algo de envidia en los ojos de mis hermanos.
Muchos años después entendí la extraña actuación de mi hermano y vi, mejor dicho, disfruté de los frutos de su constante práctica para vencer el egoísmo. De aquel ensayo nació un espíritu generoso y desapegado. Y, en lugar de aquellos panecillos cubiertos de chocolate, comenzó a dar ayuda, tiempo, consejo, apoyo material o todo aquello que el prójimo necesitara.
A mis cincuenta y uno, finalmente comprendo que las virtudes se pueden aprender y como en todo aprendizaje, es importante practicarlas para llegar a dominarlas con maestría.

"Aventuras"

A veces Dios me lleva a la aventura y yo, confieso, voy hacia ella con el mismo entusiasmo de. . . ¡Un gato en reversa jalado por la cola!
Y es que mis aventuras más notables, como aquel viaje por Egipto, tienen por lo menos un año de planeación minuciosa. Los riesgos, bien medidos, se intercalan entre itinerarios y programas. Así que, reconozco, ¡no tengo el valor de los pioneros!
Tal vez por eso la admiración por mis amigos es tan grande.
Ellos, a diferencia de mi pasión por encerrarme en la seguridad de los muros de mi casa, hace tres meses salieron de la suya para mudarse al país de origen de ella, los Estados Unidos.
Después de quemar barcos y rematar su pasado, se entregaron a la aventura de luchar para hacer de su sueño una realidad. Sus hijos, echando mando de la certeza del amor de sus padres, confiaron y los siguieron. Y hoy, 16 de octubre, abrirán por primera vez el negocio que habrá de servir para llevar el sustento a su mesa.
El corazón me salta al pensar en el momento en que esas puertas se abran y, con puños y ojos cerrados pido a Dios: Señor y Dios de los valientes, ¡bendice mucho a mis amigos!

"Noticias"

Noticias fraguándose me han quitado el sueño.
Comienzo el día con la anticipación que nace del insomnio y, tras un “buenos días, Señor”, mi mente inicia el recuento que termina de alertarme.
Vienen a mi mente números y fechas ligadas a eventos que, en su espera, me tientan a desesperar. Algunos son buenos y otros. . . no lo sé. ¡Esos son los que más inquietan a las hormigas que caminan agitadas en mi corazón!
“Dos semanas y la rutina de mi hija cambiará y, ¿Volverá a la iglesia? Dos semanas y mi nieta cumplirá tres y, ¿Llegará el dinero para la celebración? Tres semanas y el socio centroamericano vendrá y, ¿Se firmará el contrato? Cuatro semanas y el ciclo escolar de mi hijo terminará y, ¿Estará satisfecho, continuará convencido? Cinco semanas y se anunciará el veredicto y, ¿Ganaré el concurso? Catorce semanas y, ¿Qué nos traerá el mar? Hoy, en unas horas, nos dirán el resultado y. . . ¿Entrará mi papi en una lucha contra el cáncer?
Las noticias me mantienen conteniendo el aliento y me roban la paz. Detengo la cascada de preguntas. Retomo la conversación pendiente, la que iniciara mi mañana con un “Buenos días, Señor”. La paz regresa cuando Él responde: “Porque Yo sé los planes que tengo para ti”, dice el Señor, “planes de bienestar y no de calamidad, para darte un futuro y una esperanza”.
A los cincuenta y uno, confieso, a veces olvido subirme a la balsa de la fe que Dios me dio para navegar las incertidumbres de mi diario vivir y me dejo arrastrar en las corrientes de las dudas del futuro.

domingo, 16 de octubre de 2011

"Personajes"

En una familia con tanta gente, las historias y experiencias se acumulan de manera exponencial. Cada contacto, cada intercambio de opiniones, cada evento, dan material suficiente para escribir un sinnúmero de novelas y relatos que, al final, van compilando un guión de vida que abarca, hasta hoy, cuatro generaciones.
Y en noches como ayer, en que tuvimos un espacio para decir al festejado dos de las razones más importantes por las que ha sido especial en nuestra vida, me puse a pensar que, en esas pequeñas historias, todos fuimos actores.
¿Y, qué dijimos la mayoría del personaje estelar de la noche, mi hermano? Entre relato y relato, fuimos dibujando un personaje cuyas cualidades más relevantes son: generosidad, bondad, sacrificio y una determinación inspiradora para la mayoría de nosotros.
¡Qué hermosas lágrimas brotaron de los ojos de mi hermano! Los sinceros reconocimientos de los miembros de su familia lo llenaron de emoción. Entonces comprendí que, de alguna manera, todos nos vamos apropiando de un rol, un personaje al que vamos recreando y dando vida en el escenario familiar.
Sin darnos cuenta, nuestra caracterización va dejando huella en los otros y, de acuerdo a ella, esperan respuestas, reacciones y aportaciones a su historia personal.
A mis cincuenta y uno, no puedo evadir preguntarme, ¿cuál es el personaje que he vivido? ¿El honesto, el justiciero, el amoroso, el compasivo, el mata sueños, el amigo. . .? Con tantas opciones y tan diversas, me propongo revisar, depurar y remodelar mi legado, mi personaje, en la memoria de los míos.

"Contando y cantando"

Mi familia está herida. En los últimos meses, nuestras raíces recayeron en enfermedades que nos sacudieron de temor ante la idea de perderlas. Mi mami, con entereza, aún vive entregada a la tarea de recuperarse para seguir presente entre nosotros. Y hace sólo unos días, mi papi entró a una cirugía y, el diagnóstico final aún está pendiente de anunciarse.
Pero, justo ayer, nos llegó el tiempo de celebrar los 50 años de uno de mis hermanos. ¡Es fascinante ver llegar, de todas partes, a cada uno de los miembros de esta familia! Aunque, es difícil coordinar a tantos “líderes” juntos, el resultado siempre termina siendo perfecto.
Unos corren por las compras, otros hacen pastelillos o inflan globos, y hay quienes simplemente. . . llegan, porque bien saben que, ¡todos cuentan!
El estar y llegar, contra viento y marea, también es parte del regalo. Y sólo lo ha de entenderlo quien tiene una familia con 42 miembros. La meta de reunirnos se ha convertido en un reto que, muy pocas veces, logramos.
Es cierto que la preocupación por el anuncio de mi papi estuvo latente pero, con sabiduría, todos bailamos y cantamos por una sola razón: contamos nuestras bendiciones y el saldo sigue siendo a favor.
Sí, mi familia tiene ahora una herida y duele. Pero tenemos en nuestra historia común muchas otras que, con la fe puesta en Dios, hemos superado y hemos visto a la salud volver, poco a poco, día a día, pero siempre juntos. Y ¿cómo comprobar que es cierto? ¡Contando!. . .porque aún estamos, todos los que somos.
A mis cincuenta y uno, pienso en Dios cada vez que repaso, uno a uno, los rostros de mis seres queridos y, es inevitable entonces, celebrar con Él. . .cantando.

sábado, 15 de octubre de 2011

"Distancias"

Según los científicos, la distancia es “el espacio entre dos puntos, un valor exacto y concreto”, definición que me hace ver que, el corazón, es indescifrable científicamente.
Porque, si así fuera, ¿cómo explicar la separación que vive la madre de un bebé prematuro que duerme bajo un capelo entre tubos y oxígeno? Para ella, ese plástico que la separa de su hijo es inmenso y difícil de sobrellevar.
La distancia que interponen los muros, el mar y hasta el silencio, muchas veces, parecen infranqueables.
Sólo hay que preguntar a los amantes que viven separados por el océano, como miran ese espacio que no les permite tomarse de las manos. Sólo a través de sus ojos podemos entender que, el corazón, no mide igual la lejanía que el estricto metro.
Y, tal vez, los huecos que surgen en un hogar, con muros de silencio que desconectan a los esposos sean los más complicados de recorrer. ¿Quién puede negar que, esos centímetros entre espalda y espalda, son el cañón que, tarde o temprano, destruirán su hogar?
A los cincuenta y uno, me tomo muy en serio las mediciones que el corazón hace de las distancias, pues más que la extensión, puedo percibir sus consecuencias.

"Sólo él"

-¿Cuándo un hombre ha parido un hijo?- argumentó la mujer, al escuchar que muchos pacientes opinan que, arrojar cálculos de riñón, es más doloroso que el dolor de parto.
Entre un ir y venir de opiniones al respecto, una sola idea me convenció.
¿Cómo puedo medir el dolor de otro que no soy yo? Porque, ya sea físico o emocional, ¿acaso puedo entrar en su forma de sentir para medirlo?
Yo jamás he perdido a mi esposo o un hijo, así que, ¿cómo atreverme a sugerir si ya es tiempo para esa mujer de reiniciar su vida y sobreponerse a la pérdida? Y, tal vez, este ejemplo es de los más fáciles de aceptar. Pero, ¿qué hay del sufrimiento de un joven al ser rechazado por la chica de la que cree estar enamorado, la tristeza del niño que tiene que enfrentar la ausencia de su padre tras un divorcio o de la mujer herida por la traición de su compañero?
El tiempo para que las heridas sanen es tan personal como la forma de hacerlo. Algunos se refugian en el silencio y otros lo expresan peleando con la realidad. La verdad es que, al final, a los que lo rodeamos sólo nos corresponde acompañar al doliente y asegurarle que ahí estará nuestra mano para él.
Las historias de pérdidas y dolores son innumerables, pero la manera en que las observamos podría ser, idealmente, una: con compasión.
A mis cincuenta y uno, confieso, que por ansiedad e incapacidad de ver a mi ser amado sufriendo, muchas veces he olvidado agregar a mi compañía, lo más importante para ayudarle a sanar: mi compasión.

"Hubiera"

El que diga que no ha caído en la tentación de vivir y pensar en el “hubiera”, perdería mi confianza en un instante. Porque, ¿no es el “hubiera” una especie de protesta contra la realidad presente?  Y todavía no conozco a un ser humano que viva conforme y plenamente de acuerdo con su realidad.
Como una trampa de araña, el “hubiera” nos pega los pies en un presente inexistente y, dejándonos tan atorados que no podemos seguir andando en el presente.
Ayer, no menos, después de que mi pequeña nieta estuviera a punto de ahogarse, atragantada con un pedazo de manzana, las horas siguientes fueron una tormenta de sentimientos: culpa, sorpresa y un horror ante la sola idea de perderla.
Y, la otra combinación, igualmente ponzoñosa a la conciencia es el “si no hubiera”, un arrepentimiento tardío que nos aleja de una forma sana de vivir la llamada responsabilidad. Tras el pasaje de asfixia de mi nieta, me torturé con las ideas de “si no la hubiera correteado para jugar mientras comía” y “si no hubiera estado mi hija, médico, para atenderla, ¡que inútil habría sido mi intervención!”.
Mientras escribo, el “hubiera” y el “si no hubiera”, me hacen sudar con un dolor a mitad del estómago.
Luchando por recuperar un poco la serenidad trato de convencerme que, el pasado es inamovible y que sólo me queda la opción de sustraer el aprendizaje y seguir adelante. Así que, mi proyecto para el otoño es tomar un curso de primeros auxilios aplicado a niños. Y, mi segundo, revisar mi lista de “hubieras” para retirar las telarañas que, como hilos invisibles, boicotean mi futuro caminar.
A mis cincuenta y uno, tan humana como el primer día, me siento vulnerable a los ataques de lo que, en mi mente fantasiosa, aún creo pude evitar.

viernes, 14 de octubre de 2011

"Recordando a José"

Hoy me acordé de José. Y, supongo, soy de las pocas que ha reparado en ese personaje bíblico que, por mucho, dista de ser un protagonista. Tal vez el único momento en que los reflectores le caen encima es cuando ha de tomar una decisión y definir su postura respecto a María. Afortunadamente, y como siempre, Dios no se equivocó pues, el padre elegido para Jesús, con todas sus dudas y su humanidad, era un hombre comprometido, bondadoso y muy generoso. ¡Un hombre de fe!
¡Cuánto bien nos haría tener muchos “Josés” en nuestra época! En estos tiempos en que la paternidad se extingue y la familia sufre las consecuencias, esos hombres que imitan al discreto y abnegado José son, lo que yo llamaría, los tesoros del amor.
Porque, ¿qué sería de todas esas familias cuyo pilar se desvanece? ¿Cuántos hogares quedarían incompletos si, un José”, no tomara su lugar? ¡Cuántos hijos no se perderían de experimentar la firmeza de una mano camino a la escuela o de la caricia en el cabello al terminar el cuento antes de dormir!
Existen grandes figuras del amor y la fe en mi libro favorito, la Biblia, pero José me ha devuelto la confianza de que, gracias a hombres como él, en mi tiempo y en nuestra vida, el padre por elección hará la diferencia en nuestros hijos y nuestros hogares.
Y, por sorprendente que parezca, hoy a los cincuenta y uno, descubro que mi segundo nombre Josefina, ese que he reducido a una inicial por carecer de significado a mis oídos, no es más ni menos que un homenaje a José, ese varón ejemplar y padre putativo de Jesús.

jueves, 13 de octubre de 2011

"De vez en vez"

De vez en vez, amanezco sudando verdad. Desde el momento que respiro, tengo necesidad de hablar sin cortapisas ni dobleces. La sinceridad se adueña de mis dedos y, con mucho de valor, bajo la máscara que uso para ser lo que los otros buscan de mí.
Es entonces que hablo de mis miedos y mis dudas. Sin pudor, saco a ventilar mis sueños para agitarlos cual banderas. Con un dejo de osadía, comparto mi pasado, mis historias, mis dolores. Y, como recién nacida, confío en que no harán de ellos armas contra mí.
Hoy desperté fuera del caparazón y, por el momento, no quiero volver. Tengo tantas ganas de sentir el aire, respirar la libertad y estremecerme con el frío de la realidad que se esconde en esta piel.
No sé, tal vez mañana me arrepienta. Pensaré que, más que valentía, ha sido necedad la que me lleva a ser sincera. Pero, igual, hoy necesito hablar con tinta de mi corazón encerrado en el silencio.
A mis cincuenta y uno, con toda humildad, pido perdón a aquellos que han seguido mis excesos y prometo que, sólo de vez en vez, volveré a salir para sudar otro poco de verdad.

"Socio con acciones"

Ayer, con mezcla de satisfacción y de tristeza, escuché el anuncio de independencia de quien fue, por más de 13 años, una hija más.
Con la carrera universitaria concluida y estrenando alas, inicia la aventura de vivir, llevando sobre sí el peso de las decisiones y su futuro. ¿Es ella la misma niña menuda y tímida que llegó a mi casa con apenas doce años? Supongo que, como a toda madre, el tiempo me rebasó y mi mente no alcanzó a ajustar los cambios, siempre vertiginosos y repentinos.
Al cerrar los ojos, esta noche, suspiro: Un proyecto más de vida que se lleva parte de la mía, porque, ¿cuántas veces he sido cómplice y socia en las empresas de otros? Y, aunque al final nada se queda de ese fruto, me alegro de ser socia con acciones. Y no acciones de esas que reclaman propiedad o derechos, sino acciones de apoyo, de esfuerzo, de ánimo y de fe.
Mi lista de “proyectos en marcha” sigue abierto, borrando los que han llegado a su fin, aceptando los que han fracasado y agregando, con esperanza, los nuevos. Confieso. . . estos últimos son los que más me gustan.
Su sabor a riesgo, esos primeros trazos tan llenos de “ensayo y error”, con tanto tiente de futuro y expectación. . . ¡Cuánto me seducen y me ponen en acción!
Hoy, a mis cincuenta y uno, cierro el capítulo de la crianza de esa hija no nacida de mi vientre y abro uno nuevo con el título de “amor”.

"Amores viejos"

Después de mucho pensar lo que diría a quien cree que ha empezado a amar, sólo entre mi propia historia, pude encontrar una pista para iniciar:
Si empiezas el romance pensando en lo que recibirás, detente y sólo camina el amor si en tu pensamiento vive un deseo. . . el deseo de entregar.
Cuando toques la puerta del corazón de tu amado, piensa si estarás dispuesto a entrar para morir. Y no hablo de cortar tus venas para desfallecer sino de la muerte, la del día a día, para vivir: Entregando tus sueños para perseguir los del ser amado; renunciando hasta tu propia tierra para habitar en el del otro; dejando el ritmo propio de tus pasos para caminar al lado del de aquel que dices amar; levantándote cada mañana con las manos vacías de rencores y, con un corazón nuevo, para volver a amar. Y, si puedes ver morir aquella persona ideal en tu mente, nacida de tus necesidades para decidir amar las heridas, los errores y las dudas de quien ahora persigues, sólo entonces, ¡sigue adelante y deja de ser amante para ser mucho más!
Pero, si descubres que no, ¡huye, corre y vuélvete polvo! ¡No enturbies con tus deseos el agua de los anhelos de quien, sinceramente, te quiera amar!”
A mis cincuenta y uno, creo que estas serían las palabras, que sólo diría, a quien cree y espera tener amores como el mío. . .amores viejos.

"Lluvia"

La lluvia es una buena amiga. Discreta y, a la vez, entrometida.
En las tardes de nostalgia, resbala calladamente por el cristal de la ventana asegurándome su compañía. Y, cuando tengo ganas de saltar, prepara charcos en mi camino para que los esquive o salte dentro de ellos, sólo con el afán de divertirme.
También la he visto formar los ríos en mi memoria, removiendo con su fuerza los recuerdos desde el fondo para traerlos a flote en mi conciencia. Y, aunque me disgustan a veces sus corrientes, sé que sólo descubre mis secretos para ayudarme a vivir.
Cuando es un trabajo de muchos días, se vuelve incesante su caída y, como con una roca de bosque, limpia para mí verdades que después se revelan con sus aristas y huecos.
Pero lo mejor de todo, es que tiene algo de divino. Sí, lo he sabido desde siempre.
En los momentos de dolor, cuando el mundo parece armar la guerra en mi contra, la tormenta afuera me habla de la voz de Dios. Con indignación arrecia vientos, airados contra los que me hieren y, cuando su ira se acalla, lágrimas gruesas y tristes corren por el rostro del cielo, por la faz de Dios.
Hoy es un día nublado y mi alma tampoco encuentra el sol. Salgo para sentir el aire y, clamando en callados pensamientos le pregunto: Amiga mía. . . ¿Dónde estás?
La lluvia es una buena amiga. Amorosa, callada, ruidosa, sincera. . . húmeda de agua viva.

"Érase una vez. . ."

Érase una vez. . . una princesa frente al mar.
Con ojos jóvenes y tristes lo miraba. -¡Es tan grande!-, se decía,- ¡jamás me volveré a adentrar!
Y, aunque el oleaje y su bramar la amedrentaban, su mirada no resistía el seguirlo y en su ronroneo, cada tarde, se dejaba arrullar.
Cierto día, cuando la princesa mojaba sus pies y soñaba con subir a la barca que la llevara hasta altamar, una brisa acarició su melena y cantos salados la hicieron suspirar.
Ese mar que siempre le gritó tormentas y la zarandeó hasta sus sueños ahogar, hoy la llamaba con voz calma y tiernos sueños de paz.
¿Será que el mar puede ser tranquilo y también me puede acariciar?, pensó.
Al otro lado del mar, entre arenillas y sales que flotaban, brisas de amor y ensueño llegaron, animando el corazón de la mujer. En los espejos vivos del horizonte, reflejos de manos enlazadas y caminos uniéndose la hicieron sonreír.
Deseos locos de remontar las olas y caminar el mar destellaron en sus pupilas mientras el corazón susurró,- ¡Debo volver a intentarlo, debo aventurarme al mar!
La reina miraba a su princesa triste y al ver la danza nueva de aquel mar, se preguntó: ¿Qué será esta brisa nueva? ¿Será un viento de fiar? ¿Cuidará del corazón de mi princesa o sólo un ladrón de sueños será?
Bajando del balcón, la madre reina a la orilla se acercó y en silencio, con un manto suave de lana, a su princesa abrigó.

miércoles, 12 de octubre de 2011

"Supuestos"

Su cabello es oscuro y lacio. La piel morena y los ojos marrones comienzan a definirlo. De estatura media y complexión delgada, joven y muy risueño. La gente, sin pensarlo, se dirige a él y. . . ¿Cómo que no entiendes español?
Tratando de echar mano del limitado vocabulario que recuerda haber escuchado de las conversaciones entre sus padres, responde en español con un fuerte acento norteamericano.
Su forma de hablar detona las interrogantes de sus interlocutores quienes tratan de entender por qué, si su físico es el de un mexicano promedio, sus padres son mexicanos y él nació en México, ¿por qué no habla español?
La historia, brevemente explicada, deja claro que él es americano, que se educó en Estados Unidos y que, por una regla impuesta por sus padres inmigrantes, en casa sólo se hablaba el idioma del país que los había adoptado.
Para mi sorpresa, más de una ocasión, pude notar la molestia de gente y hasta la crítica porque, aquel joven, no hablaba y actuaba como un “mexicano normal”. Para ellos, si se veía como mexicano, tenía que hablar como uno, sin importar su origen o historia.
Como este, podría escribir mil ejemplos que muestran nuestros caprichos de percepción y supuestos que quieren imponerse como realidad, casi con necedad. Si yo te percibo de una manera, ¡tienes que actuar conforme a ella!, gritamos en silencio con nuestra crítica.
A mis cincuenta y uno, me gustaría encontrar la forma de librarme de los supuestos de algunos que me rodean pues, aunque parezco muchas cosas, ni siquiera por complacerlas, soy capaz de transformarme en lo que no soy.

"Huésped"

En el umbral de la puerta de mi habitación en la Toscana, me detengo y observo.
Con el ir y venir entre mi casa en la ciudad y este espacio, prácticamente todo el tiempo, las cosas se ven como si estuviera a punto de salir al minuto siguiente. Las maletas, que antes permanecían en la bodega hasta que hubiera un viaje en puerta, ahora son objetos que mantengo a la mano por su uso constante.
Los libros, las bolsas para acarrear cosas de último momento y el escuche de mi computadora están a la vista y con un orden improvisado. Y así ha sido por los últimos once meses. Una forma de vivir muy distinta a mi natural manera de hacer parecer, hasta un cuarto de hotel, mi morada permanente.
Aunada a esta nueva costumbre y por la incertidumbre sobre el tiempo que aún podré vivir en la Toscana, aprendí a no cambiar la ubicación original de las macetas, adornos y hasta piedras, pensando que así lo encontré y así habré de dejarlo al partir.
Algo de todo esto me hace pensar: ¿No será esta la manera correcta y sana de vivir la vida, en todos mis entornos? ¿Qué pasaría si, al igual que con las macetas, venciera mi deseo de cambiar la vida de la gente a mi llegada? ¿Es acaso, esta nueva experiencia, el recordatorio de que en este mundo todo es pasajero? ¿Podría ser un ensayo para vacunarme de mi natural apego a la permanencia?
A mis cincuenta y uno, cuando creo haber diseñado una equilibrada fórmula de vivir, me veo empujada a enfrentar una distinta que me saca del tan buscado equilibrio, para seguir aprendiendo.

martes, 11 de octubre de 2011

"Hojas muertas"

A pesar del cuidado, riego constante y mis más intensos deseos, en los patios y el jardín de la Toscana siguen apareciendo hojas muertas. El limón ya sólo tiene unos cuantos frutos y su follaje, al igual que la higuera, se está entintando de amarillo. Los troncos comienzan a mostrarse ahora que las ramas, con debilidad constante, se liberan de la carga de sus hojas.
En el pasto, poco a poco, están apareciendo espacios como pequeñas zonas de calvicie y la buganvilia sigue perdiendo las coronas de flores, dejando el lugar a hojas pálidas y frágiles.
Sin pensarlo, comencé mi fantasía de vivir en el espejismo de colores como en una eterna fiesta. Y descubro que, no es mi mano ni mi voluntad las que van a imperar en mi pequeño nido de piedras viejas y plantas, sin la mano de su Creador. ¿Por qué me cuesta tanto trabajo aceptar los ciclos?
Al igual que en la Toscana, yo misma he dedicado mucho para cuidar mi cuerpo y, sin embargo, mi cabello ya no es abundante, el contorno de mis ojos siguen olvidando su original silueta y mi piel va relajando su tensión día tras día. Yo también, frente al espejo, he comenzado a percibir hojas muertas y finos hilos de plata en mis sienes.
A los cincuenta y uno, quiero aprender a amar, aceptar y disfrutar los colores del otoño que, con sus hojas pardas y secas, me anuncian el invierno que, con sus aromas de final, algún día me ha de llegar.

"Fluidos"

Hace pocas semanas, revelé el secreto de la Toscana cuando les hablé de ese ruido de la tubería.
Sin saber de hidráulica, mas que lo aprendido en las clases de física de la preparatoria, comprendí que una burbuja quedó atrapada, obstruyendo el fluir del agua a través del tubo. -El fenómeno- explicó el plomero, -es muy frecuente en las instalaciones de las casa antiguas.
Así que, inevitablemente, el estruendo se convirtió en mi razón para salir escurriendo de la regadera para cerrar la perilla por unos segundos y luego abrirla para reanudar mi baño y, dicho sea de paso, mi momento más especial del día quedaba interrumpido y casi arruinado.
Pero, hace ya algunos días, la rutina de salir envuelta en la toalla se suspendió. La lluvia y los inesperados fríos me hicieron desistir del intento de salir para detener el golpeteo. Con resignación, en lugar de música de fondo, me acompañaron los golpes desacompasados del tubo contra el techo. ¡Algo bastante incómodo y estresante!
Lo extraño es que, después de cuatro o cinco días y casi sin darme cuenta, volví a escuchar la música y el caer del agua de la fuente. Y, desde entonces, aquella burbuja escandalosa no ha vuelto a interrumpirme en la regadera.
El hallazgo me hizo levantar la ceja. ¿Cuánta gente, incluida yo, no andamos por la vida con una burbuja que nos hace reaccionar con violencia, enojo y agresión? En la mejor intención, vamos enterrando en el fondo del corazón el origen de nuestro malestar y lo encubrimos con buenas maneras, una aparente calma o una fingida alegría que no sentimos.
En lugar de dejarlo salir, armando un sano aunque incómodo ruido, preferimos ir haciendo pausas que nos enfrían en la vida, alargando el mal.
A mis cincuenta y uno, la Toscana, a la que sin saberlo permití luchar y echar fuera el incómodo e invisible tampón, me enseña cuán importante es ser paciente con la gente que trae escondidas las burbujas de dolor y que, para que sanen, es mejor escuchar con amor sus quejas y dolores.

lunes, 10 de octubre de 2011

"Insaciables"

¡Seis meses!
Después de orar, día y noche, Dios concedió seis meses más para disfrutar de la Toscana.
La idea del jardín hidropónico, proyecto soñado para compartir con mi nieto y pospuesto por mil razones, tendrá tiempo de iniciar y florecer. También la Navidad tendrá lugar entre los muros de este lugar amado y, con un poco de empeño, aprenderé a hornear pan en el horno de adobe para la celebración.
Tras conversar con la dueña, finalmente, se extendió una prórroga, una puerta para dejar entrar varios de los sueños que parecían tener el destino de esfumarse sin esperanza de ser realidad, jamás.
-¿Estás contenta?- me preguntó mi Gordo, al salir de la entrevista,- ¿aunque, hasta ahora, sólo sean unos meses más?
-¡Claro!- respondí, -Dios me está regalando un tiempo más para vivir en mi paraíso personal.
Aquella noche, al recorrer esos kilómetros de carretera bajo la noche campirana, traté de descifrar la última pregunta de mi esposo. . . “Aunque sea. . .”
Era cierto, en un descuido, pude haber caído en el sentimiento de tristeza pues, ese “aunque sea”, sería el recordatorio de que, hoy, no tengo la seguridad de que surja una nueva prórroga y, mi deseo de hacer de la Toscana mi hogar permanente, quedar insatisfecho para siempre.
Los deseos, empiezo a pensar, pueden ser como un barril sin fondo, con apetitos insaciables que van llenándonos de resentimiento con la vida si no los alimentamos a su gusto.
A mis cincuenta y uno, ruego a Dios que me muestre las trampas de los deseos insaciables, que como minas, están ocultos en el camino de mi vida.

"Y entonces. . . fui bella"

La noticia, confieso, me tomo por sorpresa.
Al menos en mi generación, a los 21, las mujeres aún teníamos una ingenua manera de vivir al ir entrando de puntitas al mundo de los adultos. Así pues, el anuncio de que en ocho meses llegaría mi primer bebé, fue como sacudir un árbol grande cubierto de mariposas.
Mis conversaciones, abandonando los pendientes escolares, se llenaron de planes y proyectos para mi nuevo amor que estaba en camino. La nota tecnológica del año hablaba de su imagen en el monitor de un novedoso y sofisticado ultrasonido.
Los libros de mercadotécnica, arrumbados por semanas, tuvieron que esperar su turno detrás de todos aquellos que me informaban sobre la manera ideal de cuidar al bebé que crecía dentro de mí.  Y, el ejemplo perfecto de la paciencia, lo encontré en todos aquellos que debieron escucharme explicar su mapa de vida que, si mal no recuerdo, llegaba hasta el día de que dejara el nido al volar detrás de su propio amor.
Y, lo más maravilloso ocurrió. Junto con el latir de ese pequeño corazón en mi vientre, a mi vida llegó la belleza. Sí, sólo por la presencia de esa personita, la imagen que me devolvía el espejo, con mi vientre redondo, me hacía sonreír. Porque, sólo por ella, entonces. . . fui bella.
El momento más importante de mi vida llegó. La indiscreción del ultrasonido me reveló que tendría un varoncito y, sábanas, almohaditas y toallas azules, esperaban bordadas y listas para recibirlo.
Contracciones iban y venían pero nada ocurría. Y, entre carreras y miedos, entré al quirófano para la cesárea.
Entre los temblores de la anestesia y el temor de la inmadurez de los veintes, una voz abrió el regalo que, hasta hoy, disfruto con todo el corazón: ¡Es una nena! ¡Es una nena!
¡Bendito error!, pensé, con lágrimas que dibujaban mi  rostro pasmado en una sonrisa.
A mis cincuenta y uno, HOY, celebro aquella noticia escuchada hace veintinueve años, con alegría renovada y con un corazón que se postra de gratitud ante el Dios que la puso junto a mí.
¡FELIZ CUMPLEAÑOS, MI NENA, MI BENDICION Y MEJOR REGALO!

sábado, 8 de octubre de 2011

"Placer"

Las primeras imágenes que llegan a mi mente cuando alguien menciona la palabra placer son: viajes en familia, fiestas con amigos, una celebración especial u otros ejemplos de eventos fortuitos surgidos del azar. Pero, ayer aprendí, que existe una forma diferente y casi olvidada de vivirlo. Un estilo que incluye compromiso. Sí. . . compromiso, dedicación y disciplina.
Esa combinación de tres actitudes más suena a  deberes escolares o proyectos de trabajo. ¡Nada más lejos de la verdad! ¿Cómo me atrevo a asegurarlo? Porque al escuchar el entusiasmo y pasión de mi amigo Fernando sobre la meta de clasificar y digitalizar su colección de miles de acetatos y ordenar en un archivo electrónico los otros tantos cientos de discos compactos, me hizo sentir su deleite al invertir una a dos horas cada noches para lograrlo.
Y no sólo es una nueva forma de organizar su preciada música pues, durante esos minutos íntimos y personales, escucha con atención melodías que lo transportan a las diferentes épocas de su vida. ¡Qué placer entregarse a una tarea tan deliciosa!
Y, a mis cincuenta y uno, comienzo a preguntarme, ¿cuántas oportunidades habré dejado pasar para disfrutar del hechizo de placeres simples por no haber pensado antes que, la disciplina y el orden pueden ser parte de ellos?

viernes, 7 de octubre de 2011

"Propósitos"

En nuestra tradición, los propósitos se determinan al inicio de año y conforme a esa lista de metas y según su prioridad, van a consumiendo nuestra atención, tiempo y esfuerzo el resto del año.
Busco en mis apuntes y en mi memoria sólo para comprobar que, ninguno de aquellos proyectos que parecían cruciales en enero aparecen o se han hecho realidad.
¡Es octubre! ¿Será prudente navegar por los días que me restan este año sin una dirección? Definitivo. .. ¡No!
Y como me rehúso a esperar para elaborar una nueva lista, he decidido que, de manera tardía, lo haré esta semana tomando prestado el año nuevo judío, Rosh Hashana, celebrado apenas unos días atrás.
El problema es que entre tantos ires y venires, los propósitos que establecí al inicio del 2011, no sólo se han extraviado sino han quedado obsoletos y sin razón de ser. ¿No es extraño que las metas, que en su momento parecieron importantes, hoy ni siquiera pueda recordarlas?
Un foco rojo deslumbra mi conciencia. ¿Cuántas cosas que he subrayado como “importantes” a lo largo de mi vida han retenido su valor? ¿Cuantos proyectos han sido de trascendencia? ¿Será que la trascendencia, la de a de veras, tiene que ver con las cosas mundanas?
Desacelero. . . necesito pensar. ¿Es esta vida la verdaderamente importante con sus quehaceres y menesteres?
A los cincuenta y uno, reviso, medito y concluyo que, si Dios me creó sólo para resolver las “cosas importantes” de las que ni siquiera me acuerdo, entonces, no son las que yo veo como importantes sino las que Él tiene en mente las que deben aparecer en mi lista. ¿Qué sigue? ¡Descubrirlas!

jueves, 6 de octubre de 2011

"¿Tú?"

-¿Tú?-, dijo mi asistente, sorprendida de verme con un delantal y entregada a la tarea de preparar un platillo especial para la cena.
-¿Y lo que olía tan rico hace dos días? ¿También lo preparaste tú?- volvió a preguntar, esta vez con mayor asombro.
El tono de su voz me hizo comprender que, no sólo le era difícil creer que yo supiera cocinar sino, además, que el resultado superara a un plato de cereal con leche.
Además de risa, sus preguntas me hicieron pensar en otras ocasiones cuando, con la misma sorpresa, otros dudaban sobre mi capacidad en muchas áreas.
“No tienes el tipo de mujer maternal”, dijo alguien, alguna vez, cuando le hablé de mis aventuras y desventuras con la maternidad. “No precisamente intelectual”, confesó un compañero de la maestría cuando hice referencia a un libro. “¿De veras sabes tocar el piano?”, alguna vez escuché preguntar a un desconocido. “¿Tú, introvertida? ¡No!”, fue la respuesta de quien escuchaba mi auto-definición psicológica.
Aparentemente, mi cabello tan rizado, las respuestas diplomáticas con las que logro alternar con desconocidos, las uñas esmaltadas o los altos tacones que solía usar, eran razones suficientes para que la gente supusiera cosas sobre mí y me clasificara respecto a ellos. Y, muy probablemente, esos prejuicios fundados en mi impronta, determinaron mucho la forma como terminamos relacionándonos.
A los cincuenta y uno, aunque me causa gracia, vuelvo a pensar que deberíamos tomar muy en serio el viejo dicho popular que nos advierte que “las apariencias, engañan”.

miércoles, 5 de octubre de 2011

"Cuentos infelices"

Érase una vez una princesa, de alma bella y pura, amada por los reyes y por todos en el reino. Su carácter decidido hizo que todos a su alrededor esperaran que fuera, algún día, una gran reina. Fue educada y cuidada para cuando fuera el turno de tomar  su lugar en la corte real. ¡Nada faltaba a la princesa! Pero un día, la princesa conoció a un mendigo que le habló del mundo fuera de los muros del palacio y, aunque sus padres le dijeron que no era el hombre para ella, la joven se empeñó en seguir el camino de aquel desconocido.
Desde ese día, su corona quedó colgada de un perchero y todos la extrañaban.
El tiempo pasó y el vagabundo comenzó a cansarse de la compañía de la princesa. ¡Era tan molesto escuchar a aquella jovencita con sus quejas! Esperaba reverencias y un buen trato, pero el mendigo no entendía por qué no era feliz en los caminos y la vida sin compromiso.
Un buen día, el hombre comenzó a molestar y golpear a la princesa para ver si lograba echarla de su lado, y la princesa, en lugar de volver junto a los reyes, comenzó a convencerse de que ser vagabunda y vivir entre los golpes era su destino.
Los años pasaron y la princesa-mendiga aprendió a maltratar y abusar de la gente en el camino. Y, aunque una mañana el vagabundo malo se había ido, ella se quedó por los senderos malviviendo.
Al enterarse los reyes fueron a buscarla para llevarla a casa y, sin comprender por qué, vieron como la princesa se rehusaba a retomar su lugar entre la corte. ¿Qué pasó con nuestra hija?, se preguntaban y en vano le hablaban de su origen, de su alcurnia y su verdadera identidad.
Cada vez que intentaban coronarla, la princesa huía otra vez por los caminos y se vestía de andrajos para seguir a un nuevo vagabundo.
Los reyes vivían muy tristes y, después de muchos meses, dejaron de recordarle que era una princesa y abrieron la puerta del palacio para dejarla en libertad.
Hoy, la corona de su hija, aún cuelga en aquel viejo perchero. Y, dicen por ahí, que los reyes aún la esperan con la esperanza de volver a coronarla. Cuentan que no pierden la esperanza aunque, todo el pueblo piensa que ella nunca volverá pues aún se ve por los caminos, entre harapos y malvivientes, a la hermosa princesa vagabunda que, un mal día, olvidó quién es.

martes, 4 de octubre de 2011

"Sin lavadora"

Después de diez meses de vivir en la Toscana, ¡sigo sin lavadora! Y no es que tenga una enorme urgencia de ella o que no pueda resolver la necesidad doméstica de alguna manera. Lo que realmente ocurre es que, hace siete meses, recibí la noticia de que mi paraíso personal estará en venta al concluir el año.
A pesar de saberlo, confieso, guardo la esperanza debajo de la almohada de que algo cambiará y que el temido día nunca ocurrirá. Entonces, con la ilusión en marcha, iniciaré algunas compras como la lavadora y la licuadora que completen todo lo necesario para hacer de mi estancia algo permanente o, al menos, de más largo plazo.
Pero para tener mi lavadora, primero, tengo que enfrentar la realidad de una respuesta: ¿Podré quedarme más tiempo o tendré que empacar en tres meses para siempre?
Se requiere valor para hacer la pregunta, un valor que no he tenido en todos estos meses y que ahora me es urgente pues desgasta más la incertidumbre que la verdad.
Así pues, decido echar mano de la valentía, ¡ya es tiempo! Es momento de saber si, debo o no, comprar la lavadora.

lunes, 3 de octubre de 2011

"Puertas"

Al vivir muchos días a solas, he incurrido en un nuevo hábito: no cerrar las puertas.
Además de que el viento corre con libertad por toda la casa trayéndome aromas diferentes según la hora del día, la soledad es una buena compañera y muy discreta.
Desde el portón hasta el patio trasero, pasando por cada habitación, todo, se convirtió en una amplísima recámara personal.
Por la mañana me despierto con fragancias de rocío mezcladas con leña ardiente. Los malvones y el sol entran a casa después de las once y los limones, con su ácido perfume, refrescan por la noche. ¡Todo es tan familiar y deliciosamente seguro entre estos muros!
Vivir a puertas abiertas sólo se convierte en un problema cuando, además de la soledad, me acompañan otros visitantes. Entonces retomo la costumbre, no sin algo de fastidio, y cierro las puertas a conveniencia de mis compañías.
Entonces me es inevitable darme cuenta de cuantos cerrojos hemos tenido, la mayoría, que cerrar. El acceso a nuestra vida, nuestros pensamientos, nuestra convivencia es franqueada por portones que impiden a la gente estar demasiado cerca. Nuestros muros de protección se han elevado y, ahora, pocos saben cómo somos y sentimos. Vivimos, casi todo el tiempo, a puerta cerrada.
La imagen de gente tomando un café en los portales de los pueblos o conversando en el atardecer sentados en el corredor de la entrada de sus casas, se están convirtiendo en un pasado que se extingue. Y, al hacerlo, se van cerrando puertas impidiendo que los seres humanos se conecten y comuniquen.
Lo que llaman “las puertas de la tecnología”, en realidad, están cerrando nuestros ojos, las puertas del alma, a las verdaderas maravillas: los juegos con los niños, los paseos bajo la llovizna, las tertulias en el campo, las caminatas en el zoológico, los conciertos en los kioscos y mil cosas espectacularmente simples pero vivas.
A los cincuenta y uno, quisiera recobrar la seguridad de las puertas abiertas para recorrer el paraíso perdido que aún existe allá afuera.