viernes, 15 de junio de 2012

"Historias de amor. . . ¡Diez años después!"


Diez años después, ella declara: “Decidí unirme al hombre de mi vida 
y no me equivoqué”.
Ante un anuncio semejante, más de uno, pensará que ella tiene el matrimonio perfecto y ¡tiene razón!
En una década, casi puedo asegurar, se habrán escuchado: el estallar de puertas después una discusión, citas al cine canceladas a gritos y muchas exigencias entre las cuatro paredes del “nido de amor” que, esa pareja, se comprometió a formar.
Ella, tal vez, le habrá reclamado que dejara los zapatos a la mitad del pasillo y que la hicieran tropezar. Él, es posible, se enfadara por el monto a pagar de la tarjeta de crédito y que ella olvidara el compromiso de austeridad.
Tampoco es difícil imaginar escenas de rabietas, enojo y mal humor después de una noche de desvelos por la enfermedad de su hija y, ¿acaso sonaría imposible que, en algún momento, pararan a mitad del camino por la duda de querer seguir en el proyecto común? 
Aunque no parece como una “historia de amor” ideal a primera vista, en realidad, lo que la convierte en “la verdadera historia de amor” es que, hoy, estén celebrando el seguir juntos. . . a pesar de todo.
Si por lo menos las parejas, que inician el camino de su alianza, corrigieran la falsa idea de lo que es el amor; si conocieran el significado que Dios le dio a tan maravillosa y, a la vez, difícil relación, muchas, jamás tomarían el reto de intentarla pues, ¿qué de atractivo tiene el amor en su verdadera definición?
Es por eso que, entre gritos y sombrerazos, con besos y portazos, aderezado de promesas, regalos y reclamos, un aniversario de matrimonio, ¡SIEMPRE ES DIGNO DE CELEBRAR!
“El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca la suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” (1 Corintios 13:4-7)

jueves, 14 de junio de 2012

"Pequeñeces"


Cuando hablamos de cosas de poca importancia o sin trascendencia, las llamamos: “pequeñeces”. Pero, ahora veo, no siempre es así.
Hoy, por ejemplo, mi sentido del tiempo cambió al enterarme de que, a mi nieto, le extrajeron dos dientes. Sí, ¡Mudó sus primeros dos dientes! Esas dos pequeñas piececillas, saturadas de calcio, trajeron imágenes vertiginosas que revolvieron mi mente y atontaron mi conciencia. ¿Acaso no fue apenas hace un corto tiempo que, en la pantalla de un ultrasonido, vi algo parecido a una mariposa agitada que se movía y me explicaron que era su diminuto corazón latiendo? ¿Es posible que hayan pasado tantos días desde que apagó una velita solitaria en su pastel y nos maravillábamos con sus primeros pasos? 
La noticia de que, esta noche, él dejaría una  cajita en forma de ratón con los dientes pequeñitos dentro de ella, esperando amanecer con algún billete para comprarse un juguete, me hizo caer en la cuenta del yugo inmisericorde del tiempo.
Al igual que la vida me tomó por sorpresa cuando su madre cruzó el umbral para salir del nido y cuando mi hijo cerró la maleta para ir a vivir al otro lado del mar, esta noche, otra vez, me ha gritado fuerte y claro que, mi chiquitín, antes de que alcance a darme cuenta, también crecerá hasta convertirse en hombre.
Me duele el corazón y mis huesos, en un instante, resienten los años que me han sostenido. Compasiva, mi alma, intenta hacerme sonreír con los miles de recuerdos que hemos guardado en ella: Tardes entre juguetes y calcetines llenos de arena; dibujos colgados en el refrigerador como trofeos y cantos musitados mientras lo acuné en mis brazos; travesuras escondidas bajo nuestra complicidad y risas, ¡muchas risas! al disfrutar el estrepitoso caer de las fichas de una torre.
Hoy tengo más canas que ayer y una lista, cada vez más larga, de cosas que he dejado pendientes por ser abuela. Aun así, ni por un segundo, cambiaría nuestros juegos y vida juntos. Porque, ¿no son esos dientes un recordatorio de que, muy pronto, Gramma será parte del recuerdo de su infancia y él seguirá su camino?
"Señor Dios, ¿porqué la vida tiene tanta prisa? Tú que tienes el poder y tuyo es el tiempo, ¿Por qué no me haces un regalo, uno muy especial y alargas su infancia?".

martes, 12 de junio de 2012

"De 68 a 132"


Dicen que, los verdaderos cambios, surgen desde adentro y creo que es un acierto. Pero esto no es sólo a través de una introspección que cambia la esencia de nuestras convicciones. También se dan de forma colectiva cuando, un elemento del sistema, inicia la sinergia dentro del grupo al que pertenece.
Y, la familia, como todos los sistemas, no es la excepción.
En nuestro caso, el despertar de la conciencia de uno de nuestros miembros, causó un estado de reflexión y análisis que había quedado adormecido al vapor de las fórmulas más generalizadas de reacción: argumentos rápidos descalificando en base a un pasado y aniquilando cualquier futuro; respuestas desde el temor por un arraigo a lo conocido, incluso siendo malo, y hasta las bromas populares más grotescas.
Lo curioso fue que, ese motivador al razonamiento y búsqueda de mejores respuestas, es el más joven de la familia y, probablemente, el que la sociedad descalificaría con la etiqueta de “inexperto”.
Ahora, movidos por los vientos políticos y la urgencia de una decisión sobre a quien otorgar un voto que determine nuestro futuro, estamos aprendiendo, nosotros, -los de la generación que aprendió a callar y agacharse después de observar con ojos de horror lo que sucedió a nuestros antecesores en el fatídico ´68 - a revisar con un sentido crítico y responsable las opciones que se nos presentan.
Ojalá y mi generación, al igual que la de los jóvenes estudiantes, aprendiera de ellos su responsabilidad y empeño político, de la misma manera en que nosotros, en el seno familiar, rompimos la inercia de la inmovilidad y conformismo.
Sí, yo también quiero hablar de las elecciones. . . desde mi óptica, ahora, a los cincuenta.

domingo, 10 de junio de 2012

"El asesino"


La radio, la televisión y hasta en los cortos de cine, somos bombardeados por gente que nos espeta fórmulas y propuestas para mejorar al mundo o, por lo menos, nuestro país.
Con palabras en rima, una retórica estudiada y bien maquillada, se empeñan en convencernos de que ellos son mejores que los demás. En el fondo, bien escribió mi hijo, todos están hablando de lo mismo y, los matices mercadotécnicos, son la única diferencia entre uno y otro.
Pero el drama no termina con lo hueco de sus palabras pues, la verdadera tragedia, es que quienes las pronuncian han perdido, en su mayoría, credibilidad. Antes de ir a dar al pódium, cada uno de ellos, ha sido asesinado por el monstruo de su propia creación: la mentira.
Y este asesino no es exclusivo de los políticos. Él es capaz de ir destruyendo en todos los ambientes, desde el matrimonio hasta las naciones completas.
La verdad, tantas veces asociada con la transparencia, es como un cristal. Es como el escaparate que rodea nuestra integridad y, cuando surge la duda, se empaña y nos desdibuja ante los ojos de quienes nos ven. Pero si llega la mentira la golpea, la verdad se rompe y, muchas veces, las astillas matan la fe y degüellan la confianza con su filo. Y, así como no se puede revivir a un hombre degollado, ni la fe ni la confianza pueden reponerse de la herida y mueren. 
El esposo que miente, habrá de vivir con el cadáver de su  credibilidad y la sombra de la incertidumbre, el resto de su vida, rondará su matrimonio. El hijo que engaña a sus padres perderá la valiosa herencia de la confianza de ellos y, así, hasta llegar a los gobernantes que engañan a los gobernados.
Siendo una fórmula tan simple en las relaciones y aplicable a todas las escalas, ¿por qué parece ser ignorada por aquellos que insisten en que depositemos en ellos nuestra confianza? Y, ¿Acaso no es igualmente grave pensar que su conciencia, adormecida o muerta, no les recuerde de sus mentiras y sus fraudes?
Siempre es difícil decidir en quién entregar nuestra confianza pero ahora, trágicamente, es motivo de duelo el pensar que, ninguno de los que se han levantado merece recibirla pues, el valor de su palabra, es nulo.

sábado, 9 de junio de 2012

"Sobre la mesa"


Sobre la mesa se firman los tratados entre países, contratos de matrimonio y de ella se levantan las copas para celebrar los grandes triunfos del ser humano.
Pero, también es sobre la mesa y frente a un juego de mesa, que se forjan seres humanos con carácter e integridad.
El juego y, en especial el de mesa, es parte de la formación de un niño. De él aprende muchas cosas y no sólo a manejar la competitividad sana que le enseña a ser su propio contrincante, cuando trata de superarse a sí mismo en cada ronda hasta dominar el juego.
También se entrena en la solidaridad, si la dinámica del juego es a través de equipos, y lo exhorta a trabajar en conjunto. Le instruye en el ejercicio de la sujeción a las reglas y la civilidad para acatar el orden de intervención en el sistema, respetando el derecho del otro. Y la honestidad se desarrolla cuando vence la tentación de hacer trampa.
Aunque es cierto que los juegos adiestran en diferentes áreas: memoria, habilidad manual, destreza, estrategia y otras materias específicas, una de sus grandes aportaciones es aprender el difícil arte de “saber perder”. A ganar, nos impulsa toda la sociedad pero, ¿no es mucho más espinoso y complicado responder a la derrota?
Creo que, cuando uno sabe perder, asimila la experiencia y se nutre de ella. Ejercemos gracia sobre nosotros mismos y reconocemos en lo que aún nos hace falta trabajar; también dejamos de tener enemigos cuando aceptamos sin amargura que, el otro, ha sido mejor en esa ocasión y hasta lo acompañamos en el gozo del triunfo. 
En el juego, incluso en el de azar, nos ejercitamos en la sabia idea de que, nosotros y nuestro mundo, no dependen de nuestra voluntad y control.
¿Qué sería de nuestro mundo si todos, en la infancia, hubiésemos sido educados frente a un juego de mesa? Tal vez tendríamos sociedades más armoniosas y seres humanos más felices.
No lo sé, quizás es sólo una utopía pero, lamentablemente, es una costumbre familiar que se ha perdido y, con ella, todas sus bondades.
¿Alguien que recuerde y quiera jugar “Turista”, hoy?

martes, 5 de junio de 2012

"Abandono"


La imagen que surge en mi mente, cuando se menciona la palabra “abandono”, es la de alguien que parte, maleta en mano y sin mirar atrás. Sin embargo, cuando miro en mi entorno con cuidado, descubro que el abandono es, mucho menos obvio y más sutil, pero igualmente doloroso. Su imagen es engañosa pues se reviste presencia aunque está llena de indiferencia.
Así aparecen familias donde los padres, ocupados en los múltiples asuntos, crían hijos como el pastor acarreando el rebaño. Los llevan a la escuela y a las actividades escolares pero, al final del día, no pueden contabilizar un momento de atención a los intereses y necesidades personalísimos de los hijos. Y la coartada, con matices de responsabilidad, excusará que todo lo que hacen es por y para ellos.
Igualmente la esposa, atareada con los menesteres domésticos, podrá argumentar que cuida del hogar para prodigar bienestar a su familia pero, el saldo, al igual que con ese niño abandonado, sólo refleja ausencia.
Así puedo ir sumando ejemplos: El empleado que cumple con sus deberes e ignora al cliente al que se supone debe servir; el esposo que se retrasa cada noche en búsqueda de una mejor economía y que deja vacía la silla durante la cena en familia; o el hombre que llama al amigo en su cumpleaños pero que olvida llamar, cualquier día, para saber de él.
Es en esa reflexión que encuentro una respuesta a la soledad que una inmensa mayoría en nuestra sociedad vive y la devastación emocional que están sufriendo nuestros niños. Con tantas ocupaciones y carreras nosotros, también, estamos abandonando a los nuestros y al mundo.
¿Por qué entonces nos extrañamos de ver al adolescente aislado tras los audífonos o al niño parapetado tras un juego de video? ¿Qué nos hace pensar que debería ser distinto?
¿Habrá alguien más que descubra esta misma razón que hoy me asalta?

viernes, 1 de junio de 2012

"Las dos letras"


“Porqué habría de ocuparme de encender el calentador, si yo no utilizo el agua caliente”. La frase, aunque parece inofensiva, contenía las dos letras que actuaron como un filo para cortar mi buen ánimo y me demostró, por enésima vez, que pueden levantar una barrera muy alta entre dos personas y sembrar la semilla del resentimiento.
“Yo”, en el contexto más sano, nos define, habla de nuestra unicidad y nuestra individualidad. Pero, cuando es usado para borrar a los de nuestro entorno, cercena los lazos que nos hacen formar parte de nuestra comunidad.
“YO no tengo escasez de agua, ¿Por qué habría de preocuparme o cuidarla?”, “YO no padezco de hambre, ¿Por qué ocuparme de la hambruna?”, “YO no utilizo las vialidades, ¿Por qué pagar impuestos?”, “YO no gusto de la política, “¿Por qué ejercer mi derecho al voto?”. Y, aunque los ejemplos son interminables, el resultado es el mismo: Un egocentrismo que destruye toda posibilidad de servir a otros, interesarse en sus necesidades o hasta sacrificar un poco de lo “mío”, anteponiendo “lo tuyo”.
Si iniciáramos un ejercicio, comenzando por la relación en el matrimonio, acomodando las prioridades en sentido contrario a la inercia natural del “YO” y lo lleváramos hasta la relación de gobernador y gobernado, seguramente encontraríamos que muchos de los actuales conflictos se desvanecerían: desde el divorcio hasta la corrupción. Porque, “Yo necesito ser feliz” y “Yo necesito más dinero y poder, a costa de lo que sea”, dejarían de ser las máximas y rectoras.
El “YO” como bandera, advierto, es una de las palabras más desintegradoras y perniciosas de nuestro vocabulario, por lo que deberíamos ser enseñados para usarla con cautela y sólo en los casos en que, su aplicación, edificara y no destruyera.

jueves, 24 de mayo de 2012

"Penélope"


A mi generación, el nombre de “Penélope” nos remonta a la canción de Joan Manuel Serrat que, entre estrofa y estrofa, relata la historia de una mujer que, con paciencia y anhelos, pasa la vida sentada en el andén de una estación. El final, a pesar de lo melodioso del canto, nos envuelvía de frustración al ver como ella, cuando el amante vuelve muchos años después, ya no reconoce en el rostro envejecido al largamente esperado amor. ¡Cuánto tiempo perdido y que absurdo resulta el final!
Lo curioso es que, observando con algo de detenimiento, me veo rodeada de un mundo lleno de “Penélopes”. Hombres y mujeres que, habiendo concebido un sueño de vida en su juventud, ven pasar su existencia esperando a que se cristalice y desdeñando muchas oportunidades y bondades que les salen al paso, simplemente, porque no son lo que alguna vez forjaron en su mente.
Entonces veo matrimonios y familias sucumbir cuando, al paso del tiempo, no encajan con aquel diagrama de perfección que permanece dibujado en su proyecto inicial. Ella se queja con amargura de las deficiencias de él y, él vive la desilusión de la mujer perfecta que necesitaba para cumplir sus sueños.
Los ancianos, por su parte, se llenan de tristezas cuando su mundo, incesantemente, les presenta pérdidas, retos y problemas. Y ven como sus vidas se agotan, en la inútil espera del día impecable y perfecto para entonces ser felices.
Los padres se decepcionan de los hijos, los profesionales, de sus carreras y la cadena de desilusión es tan grande que, al final, se vuelve insalvable y sólo queda la espera de lo que nunca vendrá en patética resignación.
 Creo que Penélope, después de todo, no está tan sola en el andén pues, muchos tantos como ella, viven con los ojos fijos en la quimérica ilusión y con el cuerpo ausente de lo que la realidad les ofrece.

miércoles, 23 de mayo de 2012

"¡Ahora resulta. . .!"


Ataques indirectos, fuego cruzado sobre mi cabeza, una mudanza intempestiva y ahora resulta. . . ¡Que yo tengo gato!
Así de simple. Sin que estuviera contemplado en mis planes y con poco margen para evadir las consecuencias de mi entorno, por mis habitaciones y mis patios, hoy camina ufana una gatita blanquinegra que, sin remilgos, husmea curiosa por cuanto rincón le place. Y yo, que creo no haber mencionado esto antes, trato de armar una fórmula de convivencia con la nueva residente para que no detone mi alergia porque, sí, ¡soy alérgica al pelo y humor de los animales!
Lo extraño es que, después de que mi vida está plagada de ejemplos sobre eventos “fortuitos” que llegan trastornando mi vida cotidiana, aún me atrevo a escribirlo. Porque, ¿no fue de la noche a la mañana que: me convertí en abuela de tiempo completo, enfermera, pre-suegra y suegra, habitante de un pequeño pueblo y, todo, sin que mis planes de vida y voluntad tuvieran mucho que opinar?
La realidad es que, a pesar de que lo inesperado no deja de asaltarme, aún no me acostumbro a estos giros que me desbalancean y me enfilan hacia rumbos inusitados. Y, lo bueno de todo, es que mis sorprendentes “realidades” terminan siendo más divertidas y espectaculares que mis bien trazados y rígidos proyectos.
Sea pues bienvenida, Oreo, el más reciente ingreso como miembro de esta familia tan “singular”.

martes, 22 de mayo de 2012

"Partos"


Un beso en una escena y mis ojos lloran. El abuso de un automovilista atajando el paso a un peatón y mi estómago se cristaliza en mil estalactitas filosas. Mi piel se eriza emocionada cuando el viento la roza. Entonces, no hay duda, sé que ha llegado el tiempo de volver a escribir y, las letras concebidas en ideas, como la mujer que rompe aguas, fluyen en desorden y ensangrentadas.
Así como un parto no ha de retrasarse para evitar la muerte el niño, mi conciencia entiende que ha de sobrevivir mil partos para alcanzar a respirar porque, ¿cómo entender la existencia si permanece enmarañada dentro y sin ver la luz?
No, no puedo retrasar el alumbramiento de cientos de momentos vividos. Así que, como la incansable noria, retomo la labor de echarlos fuera para que fluyan y corran haciendo surcos en las páginas hasta convertirse en hilos frescos de recuerdos. Al final, lo sé, habrán de perderse como el agua del riachuelo que trasmina las capas de la tierra para volver a ella.
Surgen estas primeras líneas como el estertor del casi ahogado, tosiendo, escupiendo ideas. Y, por más grotesca la escena, sigue siendo una de resurrección y de esperanza de continuar con vida.
¡Qué difícil es ser un discapacitado! ¿Por qué no son mi cuerpo y mi mente como el resto de la gente? Capaces de continuar viviendo con tan sólo respirar. ¿Cuándo se decidió que, para yo lograrlo, habría de añadir el resonar de teclas escribiendo?
La tragedia y gloria del escritor. . . escribir para seguir viviendo.

martes, 1 de mayo de 2012

"El amante"


Hay cosas que no podemos dejar nunca atrás, en el pasado, pues de tanto andarlas en la memoria, se funden con la realidad del presente. Y mi esposo, desde que nos conocimos, sabía de lo nuestro y nuestra historia juntos. Así que, ahora que ha vuelto a mí, él mismo le abrió la puerta para dejarlo entrar.
Aunque sabe que robará parte del tiempo que antes era sólo nuestro, parece recordar aquella frase de una canción de trova, “la prefiero compartida. . .”. Por algo han dicho que, el amor, es capaz de renunciar y ceder con el único fin de abrigar al amado en anhelos cumplidos y felicidad.
Como dentadura de artista, él llegó a casa sonriendo, esperando sentir mis dedos, mis suspiros. Con su voz, resonando por cada rincón de la casa, ahora me canta. A veces con dulzura y otras con profunda emoción mientras, mi esposo con paciencia, observa y nos regala libertad para vivirnos el romance.
Sí, mi amante ha vuelto a casa, con sus teclas alineadas y con olor a madera añeja. Mi amado, con su regalo de cumpleaños, mi piano, ha dado nueva vida a esa antigua pasión guardada en mis entrañas: la música.

martes, 24 de abril de 2012

"A los seis"


Algunos personajes usan su vida y su tiempo para conquistar el mundo pero, yo conozco a uno, que a los seis, ha conquistado el mundo y corazón de mucha gente. . . comenzando por el mío.
También, durante esos seis, me ha guiado de regreso al país de la fantasía y de la risa, un lugar que se había perdido en mi memoria. Y está por demás decir que, como guía de corazones, ha sido el mejor que he tenido.
Aunque apenas rebasó su primer quinquenio de vida, él tiene la habilidad de hacer salir el sol hasta en los días nublados con tan sólo sonreír. Desde que nació, también, controla el ritmo de mi corazón con sólo pronunciar tres palabras: “Gramma, te amo”.
Sé que muchos científicos reciben reconocimientos por sus grandes descubrimientos pero me atrevo a decir que, a los seis, él ha reinventado el significado de las cosas y ha descubierto lo mejor de mí, con sus ojitos oscuros y risueños de cervatillo, como nadie jamás lo hará.
La sabiduría de los ancianos, frente a la naturalidad de  sus respuestas, se ve empañada y, como el mejor de los maestros, me enseña a resolver, con la simpleza de un abrazo, hasta los más intrincados enredos de mi corazón.
Sí, este pequeño que hoy cumple 6 años, es mi guía, mi maestro y mi conquistador favorito, el mejor. Y confieso que, ha sido su presencia en este tiempo, la pieza clave para alcanzar mis más intensos momentos de felicidad.
¡Feliz cumpleaños, nieto de mi corazón! ¡Dios te hizo una bendición y tu vida está en Sus manos. . .para bendecirte aún más!

miércoles, 18 de abril de 2012

"La última página" (Parte 4)

Las horas de este último día transcurren y se agotan. Mi vida continúa y, después de esta pausa para revisar el saldo, se abrirán los “Cincuenta y dos”. Lágrimas, suspiros, risas y gozo se mezclan en mi alma durante el recuento pues, tal vez, este año ha sido uno de los más intensos, emocionantes, complejos y útiles de mi vida.
Caí pensándome derrotada, me levanté con la esperanza de la fe, encontré fuerzas donde pensé que ya no había más, estallé de gratitud al reconocer que Dios es la Gracia, me re-enamoré a rabiar de mi amado, perdoné mientras lloraba gotitas de sangre en el corazón. . . ¡Aprendí, crecí, me fortalecí, me vacié de expectativas y me volví a llenar de ilusiones y, así, llena de fe en Dios, me mantuve con vida! 
Hoy, mi espalda tiene un ángulo más agudo, muchos de mis cabellos han olvidado su original tono castaño, mis párpados son un poquito más pesados y mi piel va perdiendo la batalla contra la gravedad; y podría escribir un libro sobre todo lo que viví en los “Cincuenta y uno” pero, una sola cosa realmente es importante de agregar:
¡Gracias, mi Dios, por estar conmigo!

Y ahora, a cantar la canción que me recordará que, lo mejor. . . 
¡está por venir!
http://www.youtube.com/watch?v=BGG02Jrp3I4&feature=mr_meh&list=FLqd-gIN7RrFluXChLYzGAgw&lf=mh_lolz&playnext=0

¡GRACIAS “CINCUENTA Y UNO”! ¡NADA CAMBIARÍA EN NINGUNO TUS DÍAS!
¡ADIÓS, AÑO QUERIDO! ¡NOS DESPEDIMOS EN PAZ!
Y. . . ¡BIENVENIDO “CINCUENTA Y DOS”!

"La última página" (Parte 3)

Fue también en este año que la vida me obsequió dos nuevos amigos.
Uno, mesurado y puntual, un hombre con cicatrices en el alma y sabiduría en el corazón. Un vagabundo que usa la tecnología para robar al mundo pequeños instantes que después comparte con los atareados, como yo, que no tienen tiempo para detenerse a mirar.
El otro, un sonriente ladrón de corazones que llegó a nuestra vida en medio del oleaje, desde el otro lado del mar. Una incógnita, un desconocido que se mezcló en nuestra vida diaria como se cuela el vapor entre las rejas y de quien aún no he descifrado las verdades de su corazón.
Estos dos nuevos amigos, tan distintos y tan extraños, son ahora parte del bagaje de mi vida.
Al intentar redondear mi resumen, mencionando el logro de alguna de mis metas u objetivos, no puedo evitar el sonreír pues, a decir verdad, no concreté ninguno. . . ¡ni uno sólo! Pero, con especial asombro, me doy cuenta de que acerté a completar un propósito que no aparecía en mi lista: Morir a mí misma mientras amé a mi prójimo en acción.
Tal vez, si tuviera que dar un título a este año de mi vida, lo llamaría “Aprendiendo a amar”. Pues ha sido en este tiempo que logré amar mientras recibía la puñalada por la espalda, perdonar cuando aún sangraba la herida, servir cuando era repudiada, dar cuando la desilusión me derribaba y quedarme, aunque el corazón me gritaba que me fuera. Y, con sinceridad y humildad, declaro que nada de eso es mérito mío sino de Quien aún sigue modelándome y enseñándome a permanecer en el verbo más difícil de vivir: AMAR. (continua. . .)

"La última página" (Parte 2)

Al mirar hacia atrás, veo días llenos de quehaceres, carreras, cansancios y soledad. Pero, por extraño que parezca, el sabor de los recuerdos es dulce pues, cada uno de ellos, me enseñó a disfrutar de la presencia de mi mami, el cuidado de mi papi, el amor incondicional de mi esposo, y la presencia de cada uno de los míos con la solidaridad que sólo un amor muy grande puede dar.
En este año y contra mi costumbre, asistí a tres bodas. La primera, madura de experiencia y determinación, aunque sin perder la candidez de la ilusión; la segunda, ejemplo del cimiento de la fe y la obediencia, llena de la naturalidad del amor limpio; y la tercera, toda una celebración del anhelo resguardado con celo por más de una década.
También en este capítulo, festejé con lágrimas de gozo que el talento de mi hijo fuera descubierto y, además, que viera coronados sus esfuerzos con un reconocimiento ganado a pulso de compromiso y persistencia.
Viví, casi conteniendo el aliento, el inicio de la última etapa en el renacimiento profesional de mi hija, con la esperanza de que su corazón aprendiera la lección más importante en el servicio: el amor y la entrega al prójimo. 
Ha sido en este pasaje de 365 días que he podido ver, de cuerpo entero, al hombre al que uní mi vida en juramento frente a Dios. Ante mis ojos, he vivido la fortuna de ver su naturaleza revelada pues, ante cada adversidad y cada reto, me demostró su integridad, su capacidad de compromiso y el tamaño de su fe.
Al final de mis cincuenta y uno, sigo confirmando que, ser abuela, es una de las bendiciones más sublimes que he podido recibir.
La lejanía de mi hogar me regaló tiempos de fascinante convivencia con mis nietos. He visto resurgir la sonrisa de mi nieto y me he reído a todo pulmón al hallar la esencia burbujeante de mi nieta. Por cada día de ausencia de mi propia casa, Dios me entregó la risa y la ternura de mis pequeñitos por consuelo. (continúa. . .)

"La última página" (Parte 1)

Tres intentos de llegar al teclado y, los recuerdos, se embotan en mi mente alterando el ritmo de mi pulso. Porque, sí, hoy es el último día de un capítulo de mi vida, uno llamado “Cincuenta y uno”, y me llegó el momento de recapitular y hacer el resumen antes de continuar el viaje.
El año inició con un reto y una pregunta.
El primer día del “Cincuenta y uno”, acepté el reto de acompañar a Lorenzo, mi perro y amigo, en la recuperación de su cirugía de columna mientras, al mismo tiempo y tras superar un padecimiento que casi la deja paralítica el resto de su vida, festejaba ver caminar a mi hija con la misma emoción que cuando celebré sus primeros pasos. Y, entre la alegría y la gratitud me preguntaba: ¿Qué hará ella con su nueva oportunidad y el resto de su vida? 
Durante estos doce meses, viví tres veces la zozobra ante el acecho de la muerte y me regocijé con agradecimiento a Dios por dejarme disfrutar, por otro tiempo más, la vida de mi madre. También vi a mi padre crecerse para combatir el cáncer y, en mi corazón, renació la admiración que de niña, más de una vez, me hizo decir con orgullo: ¡Ese es mi papi!
Entre tormentas, sinsabores, miedos y dolores, descubrí el secreto de los matrimonios que llegan a viejos. Encontré que, mi esposo y yo, habíamos recibido de Dios ese don de amor incondicional que haría perdurar nuestra unión, hasta que la muerte nos separe.
Noche tras noche, al cerrar la puerta en la soledad de la Toscana, viviendo lejos de mi amado, pude comprender que él y yo nos hemos convertido en uno y que lo que Dios llamó “el gran misterio” es ya una realidad para nosotros.
Por primera vez, sufrí una herida que me cortó el corazón de adentro hacia afuera pues, quien me traspasó, ha vivido en el centro de él desde que existe en este mundo. La última noche del 2011 fue una de las más tristes de mi vida y la viví dormida. Esa cicatriz es ahora parte de mí.
En toda la ausencia de mi hogar, extrañé a mi esposo y a mi hijo pero, a pesar de todo, me sentí unida a ellos. Otro milagro del amor entrañable. (continúa. . .)

lunes, 16 de abril de 2012

"Un tal. . . Zacarías" (Parte 4)

Aún en la penumbra, Zacarías tiene una sombra que lo sigue. Él la llama “mi mujer”.
Con el rostro del color de la tierra que los engendró, la mujer de Zacarías lo ha seguido por más de 40 años y, con sus ojos entrecerrados y la voz como correr de agua entre las piedras, repite: “Zacarías no quiere que corten su pierna”.
Su lenguaje, escaso de artículos y verbos, es el recordatorio de la eterna lealtad de su corazón hacia la sierra entre los mazahuas, sus hermanos. Y, como a su marido, le faltan, no sólo las palabras para decir lo que su mente encierra, sino también esos garabatos en el papel que siempre le han dado miedo.
Aun así, venciendo su temor, se sienta junto a la cama donde Zacarías no quiere dormir. No vaya a ser que si lo hace, los que quieren curarlo, le roben su pie. Y la mujer de Zacarías lo mira, lo escucha y entrecierra los ojos para ver si así logra entender lo que los de bata blanca dicen, pues no se atreve a preguntar.
Aunque parece que el enfermo yace abandonado, la verdad es que no es así. Evangelina, su mujer, como toda sombra leal, lo sigue y seguirá hasta que la tierra, y esperan sea la de su pueblo, lo cubra de rostro a pies y de preferencia. . . los dos. 

sábado, 14 de abril de 2012

"Un tal. . . Zacarías" (Parte 3)

-Él no sabe hablar- se excusan los que hablan y les sobran palabras para hacerlo.
Zacarías, con su lengua náhuatl, se tarda en encontrar las palabras en español para explicar que está herido y necesita ayuda. Mientras al otro lado del escritorio, con bata blanca y mucha prisa, el educado en medicina anuncia: “Te vamos a cortar la pierna, Zacarías, porque ya está muy enferma”.
¿Cómo andar entre los naranjos sin mi pierna? ¿Cómo cargarme todo el cuerpo con muletas, si mis manos ya no cargan como antes?, se pregunta.
La mirada de cristal no explica más y anuncia: “Te amputamos la pierna o te mueres”.
Zacarías no quiere vivir sin su pie y huye de las manos de los doctores que, para curarlo, lo quieren hacer aún menos de lo que la sociedad, culta y blanca, lo ha rebajado por ser indio.
El hombre que va dentro del cuerpo enfermo decide y sólo tiene una respuesta a las opiniones de los que saben de salud: ¡O con mi cuerpo, todito como lo parió mi madre, o mejor me muero bien!
Encerrado en su refugio, Zacarías resiste las amenazas de cortarle la extremidad enferma y sufre el dolor en el discreto silencio que aún le reserva el respeto y la dignidad.
¿Desde cuando el indio de mi México ha aguantado la crueldad del que cree ser más que él? Los años, parecen, son más de 500 y, aun así, ¡el indio aguanta!

viernes, 13 de abril de 2012

"Un tal. . . Zacarías" (Parte 2)

Dicen que las tragedias siempre vienen juntas y, para Zacarías, no hay excepción.
Su piel morena es sólo el comienzo de la gran tragedia pues, la historia de su infancia que lo marcó como iletrado e ignorante, se suma a un viacrucis que, sólo los que no son alcanzados por el beneficio de la educación, viven.
Zacarías, que apenas puede caminar, inicia su peregrinar con ese pie que ya no quiere andar y que lo ha martirizado como espina de huizache encajada por muchos días. Y frente a escritorios rayados, ocupados por los que saben escribir y hacer cuentas, en los hospitales del gobierno, recibe órdenes de ir a sentarse por horas a la sala atiborrada de otros que tampoco tiene derecho a preguntar o exigir atención.
La pierna se entumece, la infección avanza y todos los tejidos le mandan una nueva orden: ¡Vuelve a casa! ¡Necesito un lugar para quejar mi dolor! Y, como el perro callejero con la pata atropellada, Zacarías deja el lugar, sin medicinas, sin doctor, sin consuelo.
¡Que tragedia es ser indio en mi México! Pero, más tragedia es. . . ¡la ignorancia!

jueves, 12 de abril de 2012

"Un tal. . . Zacarías" (Parte1)

Extranjero en su propia tierra, como tantos otros, vive incrustado en una sociedad que no sabe de naranjales, abejas que polinizan sus flores ni de cómo erradicar los hormigueros ocultos bajo la tierra.
Sus manos y pies, encallecidos por un asfalto que le ha sido ajeno por 30 años, ahora sufren. Los dedos morenos, antes entintados de tierra y savia, ahora sólo cuidan de plantas arrinconadas en maceteros de concreto. Y sus pies, ¡oh, sus pies!, pagan el precio de su exilio. Esas plantas de los pies que antes se hundían en el lodo de su tierrita, ahora revientan en llagas, amoratados por enfermedades que sólo los de la ciudad deberían tener.
Pero, tanto tiempo en la ciudad, lo convirtió en uno de ellos en la enfermedad y lo hizo blanco de un antiguo mal. Uno que agrede con dardos de menosprecio por su piel color chocolate y rostro lampiño.
Zacarías, como muchos otros “Zacarías”, ahora paga el precio del pecado heredado por sus ancestros, indígenas mazahuas que ofenden a los de ojos claros y pieles blancas, sólo por ser distintos.
La tragedia de Zacarías inicia una tarde cuando, su pierna derecha, amanece dolorida y se agrava cuando necesita de la ayuda de los rostros de narices afiladas y, en algunos casos, con piel tal vez un poquito más clara que la suya.
Alguien ha llamado, a las historia de los ´zacarías´, “racismo” pero, en estos días, yo he aprendido a llamarlo con un nombre más largo y más profundo, al conocerlo más de cerca: “deshumanización”. 

viernes, 6 de abril de 2012

"Noche"

Las tormentas y huracanes han cesado, las heladas y el invierno se han ido y ceden el paso a nuevos aires.
La brisa recorre de puntitas los rincones y mece sin prisa las pocas hojas que recuerdan el pasado y, en un instante, el mundo se suspende en la calma de nuestros suspiros.
Nuestras siluetas se funden, nuestras almas se tocan y en el sueño del amor, arrullamos lo antes exhaustos cuerpos.
¡Qué bien suenan los silencios apenas interrumpidos por resuellos! La magia nos visita, los sueños cristalizan sus dibujos sin espacio y, desde lo más alto, el Señor nos pinta una sonrisa con el anuncio de un milagro.
No, ya no es invierno ni se viven luces de fiesta navideña y, sin embargo, esta noche, azulosa de luna, él y yo y siendo tres, vivimos nuestra noche. . . “Noche de paz”.

jueves, 29 de marzo de 2012

"Sollozos"

Tres segundos sin movimiento y, sin pensarlo, surgen de ningún lado sollozos y lágrimas.
¿De dónde han salido tantos lamentos? ¿Qué es esta tristeza que me ancla a mitad del pasillo y no me deja avanzar?
Respiro hondo y, cerrando los ojos, busco el origen. ¡Son ellos! Ahora reconozco sus voces y sus quejas apelan a mis razones. La larga lista de ellas se yergue altanera y confirman que sólo usaron su derecho a tomar mi tiempo, mi vida.
Suspiro. Tal vez estén en lo cierto. Las razones para invertir mi tiempo fueron ineludibles y, mi vida les perteneció. Pero, ahora, los que no viven por ninguna razón, porque no la necesitan, buscan las migajas de tiempo que requieren para sobrevivir.
Cada personaje de mi mundo, aquellos que viven en mi mente y se nutre de mis ideas, se mira lánguidos y desfallecientes. Los hilos de la novela que los mueve parecen corroídos por el olvido y se asfixian al vivir en el lugar sin espacio ni tiempo.
Cómo quisiera poder explicar al mundo, al que todos llaman “real”, que el mío, el que sólo yo necesito que exista, se está desvaneciendo moribundo por mi olvido.
Si tan sólo pudiera levar anclas y extender velas para navegar hacia él. Encontrarme con mis personajes y escribir un poco, aunque fuera sólo un poquito, de su futuro, sus emociones y sus dramas.
Un día, tal vez mañana, iré a su encuentro para llenar páginas con sus vidas, sus historias.

martes, 27 de marzo de 2012

"Aposhcaguada"

Si no se entiende lo que escribo, no hay problema porque, confieso, tuve que revisar en internet la palabra “Aposhcaguar” antes de usarla.
La realidad es que, desde el amanecer, me siento así, aposhcaguada. No sé si esa humedad en el alma me venga de tantas lágrimas guardadas o, simplemente, de las que anoche derramé entre sueños. Y, peor aún, ni siquiera puedo recordar el sueño sino sólo esa sensación de tristeza, como de tarde de domingo en mi infancia.
Hoy, el sol, por más que brilló, no logró escampar las nubes de los recuerdos ni calentar mi ánimo para ponerlo en marcha.
Aunque estoy aquí, me siento lejos. Y aunque podría dejar el rincón solitario, me arrebujo entre la soledad de las paredes estrechas. Hoy soy como el mosquito que, atrapado en la telaraña, deja de aletear para zafarse y retomar el vuelo.
Mis pensamientos aguados se han impregnado de aroma a viejo y mis huesos tienen ganas de rechinar de aburrimiento.
¿Será que me he quedado sin aliento nuevo? No lo sé y averiguarlo me suena muy cansado. Así que seguiré, al menos por hoy, aposhcaguada.

jueves, 22 de marzo de 2012

"Hablar bien"

Existe gente que, con gran naturalidad, siempre encuentra palabras adecuadas para describir a otros con benevolencia y optimismo. Tales personas tienen el don de rescatar lo bueno hasta de aquellos que, otros, clasifican de indeseables.
Pero, ¿qué sucede cuando alguien nos pide que hablemos lo bueno de nosotros mismos?
En casi todos los casos, la primera reacción es cierta vergüenza y le precede una modestia que nos alerta de caer en el garlito de la arrogancia y el orgullo.
La verdad es que, para la mayoría de nosotros, hablar bien de nosotros mismos es un ejercicio difícil a pesar de que, en el fondo, podemos reconocer dones y talentos únicos y valiosos que nos hacen especiales, diferentes.
Pero, en mi opinión, practicar de manera regular el hablar bien de uno puede llevar consigo un ejercicio de autoevaluación que nos permite identificar aquellas cosas en las que nos hemos esmerado en generar e integrar como parte de nuestra personalidad y nuestra vida. Y, más allá, al reconocerlas, podemos tener un momento de satisfacción al ver aparecer en nuestro resumen rasgos, conductas o actitudes de las que antes no podíamos jactarnos.
Tal vez nos encontremos que hemos aprendido a callar y controlar nuestra lengua en momentos de crisis, o hemos dejado de ser demasiado críticos, o el orden de nuestra agenda se ha cristalizado en compromiso, o ahora ese orden obsesivo se ha convertido en algo relajado y flexible. 
Los hallazgos no sólo son motivo de satisfacción sino de aliento para recordarnos que, no importando la edad, podemos seguir evolucionando y mejorando, incluso. . . si ya transitas los cincuentas.

martes, 20 de marzo de 2012

"Y, Maslow, ¡tenía razón!"

Para alguien que ha vivido orientado a la productividad y el manejo del tiempo siempre con la intención de hacerlo útil, descubrir que el ocio es necesario, es un gran hallazgo.
Y es que, a últimas fechas, he descubierto gustos inusitadamente placenteros como: tomar café sentada en la sombra, bañarme después de las diez de la mañana, echarme en la hamaca y mirar las nubes pasar, escribir en pijama, leer los comentarios de mi página social sin prisas o leerme un libro, de cabo a rabo, sobre la cama aún desbaratada.
Sin poder precisar cuando ocurrió, sólo puedo asegurar que ese sentimiento incómodo, casi de culpa, se ha ido desvaneciendo a la luz de mi nuevo deleite: el ocio.
No sé el efecto que tenga en mi entorno y en mis relaciones que, por largo tiempo, me han asociado con la idea de una persona laboriosa, trabajadora y diligente pero, ya que estoy disfrutando tanto mi nueva “actividad”, tal vez sea un momento de cambiar de imagen.
Así que, después de todo, Maslow tenía razón. El ocio y el descanso son parte importante de nuestras necesidades básicas y, dicho sea de paso, no hacer nada “útil”.  . . ¡es delicioso!

lunes, 19 de marzo de 2012

"Intocable"

Ni las piedras, ni hasta los más mínimos detalles de decoración son susceptibles de cambio en la Toscana. Desde que entré, quedé cautivada por los rincones y las cosas más extrañas que aderezan su belleza natural.
Fue aquí que descubrí que, por encima de la madera, la piedra me hace sentir un lugar acogedor. Los muros enmohecidos, llaves viejas colgadas y, rocas de texturas y colores distintos dispuestas con natural sentido artístico, han sido mi fascinación desde el instante que llegué a este lugar. Y, a mi rincón de piedras, sólo lo veo cambiar cuando las hojas de otoño las cubren o cuando se entintan por el florecer de los pétalos rosados que surgen junto a ellas en la primavera.
Es por eso que, la iniciativa del jardinero de cambiar la disposición original de mis rocas, me generó una gran contrariedad porque ¡me gustan justo como estaban cuando entré por primera vez!
Afortunadamente, me gusta la fotografía y recurriendo a mi archivo de imágenes, encontré una que me sirvió de guía para reconstruir la decoración de mi patio con rocas y dejarlo como originalmente me enamoré de él.
Ante la vista del restaurado espacio, no pude evadir la pregunta: ¿Qué pasaría si, de la misma manera, admitiera a la gente que me rodea con sus perfiles, creencias y convicciones, y no intentara cambiarlos para que, a mi vista, resultaran aceptables? ¿Qué sería de la relación con mi esposo si yo le diera la libertad de conservar su autenticidad, la misma que me hizo enamorarme de él al inicio de nuestra relación?
Se me ocurre que, tal vez, debería dar a la gente el mismo tratamiento de “intocable” que le he conferido a la Toscana y amarlas así, tal como son.

domingo, 18 de marzo de 2012

"Tiempo y cambio"

La pregunta que ronda, cuando has entrado a los cincuenta, es inevitable: ¿Quién será el primero de nosotros?
Cuando jóvenes, ninguno nos sentíamos aludidos con los temas de enfermedades y, mucho menos, con los que hablaban de muerte. Pero las décadas nos han alcanzado y resulta ineludible el comenzar a preguntarnos, ¿cuándo dejaremos de estar todos los que formamos la familia?
Una primera experiencia ocurrió hace muchos años cuando, mi hermano que me sigue en edad, recibió una descarga de alta tensión. Un milagro, literal, le permitió sobrevivir y continuamos la vida con la idea de que, aquello, había sido un evento totalmente fortuito.
Ahora las cosas son distintas. Un achaque por aquí y una enfermedad por allá, nos van anunciando que la edad se nos está viniendo encima. Los hermanos, que vamos de los 40 y hasta los 56 años, eventualmente tenemos conversaciones sobre los inconvenientes de salud, pero fue hasta hace dos semanas que la nube amenazante de una enfermedad mortal nos hizo reaccionar.
“Posible cáncer”, hablábamos entre nosotros y con temblor de corazón evitábamos imaginar una confirmación. Pero, gracias a Dios (y no es un decir mundano o popular), no pasó de preocupación y todos hemos retomado la idea de que, eso, aún no marcará nuestra historia. Pero, ¿para qué nos sirven estos episodios? ¿Acaso debemos archivarlos en el olvido, así nada más?
Para mí, al menos, resultó un catalizador en la conciencia de que, así como no podemos detener el curso del sol y de la luna, la vida de cada uno de nosotros, algún día, llegará a su fin. Y más que una actitud pesimista, de la experiencia renació una convicción de que ¡no hay tiempo que perder para disfrutarnos, amarnos y acompañarnos en armonía!
Aunque estamos predestinados a morir en este cuerpo, nada nos obliga a vivir absurdamente. Así que, ¡Vamos! ¡Aprovechemos el tiempo!

viernes, 16 de marzo de 2012

"Cucharas"

La nueva moda alimenticia, en casa, es la preparación de jugos a base de frutas y verduras naturales. El ritual inicia, como todo buen ritual, a primera hora de la mañana y, como el café se ha ganado un lugar especial en mi vida diaria, tiene el jugo el segundo lugar.
Así que, con el café en una mano y el jugo en la otra, inicio mi lectura diaria para comenzar el día.
Pero como el café, para disfrutarse, debe tomarse a sorbos, ha surgido un nuevo inconveniente. Al ser ingredientes naturales, el jugo se asienta y la mezcla inicialmente homogénea, se ve estropeada al igual que su impronta. Francamente, ya no resulta atractivo.
Como tampoco estoy muy dispuesta a salir de la cama e interrumpir la lectura, pues siempre olvido llevar una cuchara para agitar la mezcla, el asunto del jugo matutino comienza resultar inoperante. Al menos así era hasta esta mañana que, con un poco de desgano, me resigné a tomar el líquido fragmentado después de agitarlo moviendo el vaso en círculos cortos y muy lentamente.
Cual sería mi sorpresa que, evitando mirarlo antes de dar el primer trago, paladeé la bebida con un inesperado sabor, integrado y una consistencia perfecta. Entonces miré el vaso y me encontré con un color naranja suave en todo el contenido. El jugo había recobrado el estado original, como cuando terminé de prepararlo.
Y el hallazgo me hizo pensar. ¿Acaso en la vida, muchas veces, he esperado que aparezca una “cuchara” que agite y recomponga las situaciones? Cuando, tal vez, sólo necesitaba remover las cosas suavemente, sin violencia ni presión, para que retomaran un estado armónico y mejorara su consistencia. La actitud, al igual que con mi jugo, es pieza clave: sin expectativas, mis movimientos fueron relajados y pacientes y, más importante, estuve abierta al resultado y beber lo que resultara. ¿No será igual en las relaciones y en la forma de vivir la vida?
Curioso lo que puede revelar un simple jugo.
¡Salud!

jueves, 15 de marzo de 2012

"Segunda vez"

Cuatro estaciones me han pasado a tropel y apenas he tenido tiempo de darme cuenta. Sólo unos días y la primavera se declarará oficial aunque, en mi jardín, las flores se han anticipado para anunciarla. Y, en preparación para su llegada, el jardinero tomó varios días para retirar hierbas y hojas secas, podar y abonar. ¡Todo listo para recibirla!
Pero, al igual que el año pasado, uno de los árboles quedó con tres muñones que salen del tronco principal. Sin una rama, sin una hoja. . . troncos solamente. Su apariencia, como la primera vez, me apena y genera una inquietud incómoda. ¿Y qué tal si lo cortó de más? ¿Volverá a cubrirse de hojas y flores? ¿Tendrá el vigor para retoñar, este año? Extraño. . . me surgen las mismísimas preguntas que hace un año, después de la poda.
Aunque ahora tengo la experiencia de haber visto resurgir el follaje en el árbol, en mi interior descubro el temor y, ¿acaso no es lo mismo en muchas otras partes de mi vida?
He visto caer a mis hijos y, decenas de veces, los he visto levantarse. He iniciado nuevas aventuras y, al final, sin importar el resultado, siempre he ganado en experiencia. He fracasado, triunfado, sufrido, reído, celebrado y soportado muchas cosas y, hasta hoy, todo me ha sido útil para crecer en la fe, fortalecer mi carácter y llegar a ser quien hoy soy.
Vuelvo a mirar el árbol trunco y, prendido de su rugosa piel, descubro una flor a punto de brotar y un diminuto capullo. Todo mi cuerpo se estremece ante el susurro de esperanza que, esos dos insignificantes brotes, hoy me regalan.
Es cierto, Señor Dios, para los que te amamos y seguimos, todas las cosas nos son para bien.
Así pues, ¡Que suba el telón y bienvenido el nuevo capítulo!

miércoles, 14 de marzo de 2012

"Destierro"

Cuando jóvenes, observamos situaciones y sabemos de ellas pero, es sólo hasta que comenzamos a envejecer, que logramos comprenderlas.
Una de ellas es la etapa conocida como “el nido vacío”. Ese momento cuando la mujer mira a su alrededor y se encuentra con una casa callada, devastada muchas veces por un tedioso orden y con pocos deberes en el hogar. Pero donde también goza, después de mucho, de tiempo para hacer todo aquello que quedó pendiente y que antes no logró colarse entre los ratos de su agenda, rescatar amistades y disfrutar de un nuevo ritmo. Una nueva vida donde, por primera vez, disfruta de hijos y los nietos, sin más obligación que gozarlos.
En el caso del hombre, las cosas son distintas. Su reino, las relaciones de negocio y trabajo, a veces inesperadamente o por las limitaciones de salud, lo echa fuera con el mensaje de “obsoleto”. Él, de quien se esperó siempre que fuera un buen proveedor para clasificarse como buen padre y esposo, ahora se encuentra en un limbo de indefinición.
La casa, donde la mujer ha sido soberana, no es su espacio natural y, si intenta participar en su funcionamiento, la reina del hogar lo echará entre suspiros de impaciencia.
Tal vez su vista, también, esté en su contra y la lectura, su vieja compañera, igualmente lo abandone. Y, si ha sido un hombre de “casa”, es muy probable que los amigos no sean tampoco parte de su nueva situación.
Así parecen iniciar las vidas de muchos hombres en la última etapa de su vida: desterrados al retiro, desdeñados en su propia casa y condenados a terminar sus días en la soledad y el silencio mientras, la mujer, continúa en su propio reino, tal vez más silencioso, pero aún en su cotidiano hogar.
Aunque parece lejano el tiempo de vivir esa parte de mi vida, me pregunto: ¿Seré capaz de recordar esta reflexión cuando me llegue el tiempo, y tener compasión y empatía por mi compañero? No lo sé, tal vez por eso la escribo y espero, por el bien de él, que así sea.