martes, 30 de julio de 2013

"Erase una vez. . .mi vida: Maternidad"

“Hoy estoy buscando la mejor manera de decirte adiós,
y al mirarte siento que el dolor despierta en mi corazón,
hoy mis ojos miran como tantas veces este otoño gris,
hoy te estoy pidiendo que a pesar de todo, seas feliz.
Llegará ese día en que mi tiempo sea sólo para ti,
Llegará ese día en que mi canto sea un canto feliz,
Cuando me haya ido recuerda que alguien que piensa en ti,
Cuando muera el día recuerda que hay alguien que vive por ti”.

La canción suena, y mis ojos destilan lágrimas de pasados tristes.

Aquella canción, traduciendo los miedos que se tejían en mi mente, recitaba un canto que mi corazón de madre joven y derrotada cantaba a una pequeñita de apenas 40 días.
La primera en despedirse fue mi mente, agobiada ante la idea de que no sería capaz de hacer resurgir el mundo perfecto que había soñado para mi bebé. Aquella ilusión de dos alas, sin previo aviso, vio como una de ellas se desintegraba en la ausencia, dejándola estacionada en la tierra de la desesperanza.

A los 22 años, me preguntaba, ¿cómo se reconstruye un futuro, cuando te quedas sola y desvalida? Mi juventud, entonces, se convirtió en mi enemigo y mi única salida parecía ser “decir adiós”.
La maternidad se convirtió en el reto imposible de cumplir y mi voluntad, siguiendo los terrores de mi mente, se apagó con una última determinación: Morir. . . decir adiós.
¿Cuánto tiempo pasó antes de volver a vivir? No lo sé. Más de treinta años después, aún no me he atrevido a preguntar. Sólo sé que mi madre y mis hermanas se convirtieron en madres temporales de mi pequeña y mi hermano Carlo en su padre, hasta que la niebla de la cobardía escampó y me permitió recuperar las fuerzas.
Después, fueron las risitas de mi Nena y sus ojitos rasgándose, cuando estaba alegre, los que se convirtieron en mi motor de vida. 
Con la herida del abandono aún fresca, envejecí en meses y convertí esa vejez en experiencia. Si ya no podía volar con alas de ilusión y ensueño, tendría que aprender a andar sobre la tierra firme de la realidad. ¿La sorpresa? También aprendí que caminar, sosteniendo aquella manita, sería la aventura más maravillosa que jamás imaginé.
Después de más de treinta años, aún veo la cicatriz de aquella experiencia con la que inicié la maternidad pero, a diferencia de esa joven acobardada, hoy mi corazón se alegra de todos y cada uno de los momentos que he vivido siendo la madre de mi hija.
A sólo unos días de que ella dé a luz a su tercer hijo, esta canción me asalta y me devuelve a las memorias de mi juventud. Sonrío y una oraciónsimple brota de mi gratitud a Dios:


“Gracias por devolverme a la realidad, mi Dios, y enseñarme a ser feliz con el regalo de la maternidad, sin importar la circunstancia. Y, hoy, sólo te pido que sigas revelando a mi hija las maravillas que sólo puedes entregar a quienes tenemos el privilegio de ser madre”.

viernes, 19 de julio de 2013

"Erase una vez. . . mi vida: Capítulo Uno"

Más de diez horas de carretera y la sensación de un vacío a nuestras espaldas me hace girar el rostro varias veces.
Capítulo uno: Nuestro hijo ha partido. Es el primer día, y el regreso a casa, sin él. Ahora “nosotros” sólo incluye a dos, mi esposo y yo. ¿Qué me recuerda?. . . ¡Ya! ¡La luna de miel!
Así que comenzamos este libro de 180 capítulos y, a pesar de las lágrimas atragantadas cada vez que pensamos a nuestro viajero, nuestras manos se entrelazan y esperamos la llamada que calme la natural ansiedad de los padres que esperan noticias del arribo del que va en camino.
Las diez horas de encierro tras el volante, para mi sorpresa, se convierten en el crisol donde catalizo la realidad de nuestra convivencia. ¡Qué grato es estar tan cerca de mi mejor amigo!
Después de tres décadas, ahora conocemos nuestras debilidades y las aceptamos; nos apoyamos en la fortaleza del otro y aprovechamos cada momento para hablar de nuestros miedos, los proyectos, nuestros hijos y los nietos (nuestro tema favorito).
Sin preámbulos ni dudas, él me pide que tome al volante cuando reconoce su cansancio. ¿Cuántas veces ha hecho lo mismo pero con su vida? Él confía en mí y yo he crecido abonando mi seguridad con su voto de confianza.

Transitamos las carreteras rectas e interminables con paciencia, sin apuro. Nos entretenemos con el relato del audio libro  que suena en el auto y avanzamos, kilómetro tras kilómetro, sabiendo que a paso seguro llegaremos al destino. Pero, ¿de qué hablo? ¿Del matrimonio o del regreso por carretera? Es que ha sido tan semejante. En el trayecto, nos alertamos mutuamente cuando hay un peligro o un desvío; cuando uno está cansado, el otro toma el volante; llevamos siempre a la mano un poco de agua para refrescarnos y nos damos el tiempo para detenernos a estirar las piernas o disfrutar el paisaje. Creo que, sin esas provisiones para un largo viaje, no habríamos logrado vivir esta etapa de nuestra relación.
Llegamos a la siguiente parada para pasar la noche y descansar. Improvisamos en la selección del hotel y nos adaptamos a lo que el lugar ofrece. Atendiendo la recomendación de un amigo, con las ropas arrugadas del viaje, nos dirigimos al restaurante sugerido. ¡Adorable! (y elegante). . . nos reímos de nuestra facha y olvidamos al mundo que pueda criticarnos; es nuestro momento para disfrutar de la primera cena a solas.
El mensaje llega justo a tiempo, “Ya llegué, mamá. Todo muy bien. ¿Cómo van ustedes?”. El corazón se aplaca y oramos con gratitud al saber que nuestro hijo está a salvo después de un día de viaje. Relajados, nos burlamos de nuestras angustias. Me pregunto, ¿Cuándo extraviamos las máscaras con las que nos cubrimos en el pasado?
Platicamos y repasamos la circunstancia y futuro de cada uno de nuestros hijos y nietos. A pesar de las inesperadas desviaciones y baches, el saldo sigue llenándonos de esperanza. La certeza de que Dios está en control, nos hace concluir que todo estará bien.
La cena completa la noche perfecta, a pesar del agotamiento porque. . . ¡ni modo!, el tiempo nos está convirtiendo en personas que deben administrar su energía.
Él anuncia que tomará esa copita extra que relajará su cuerpo pues, el espíritu, ya se ha instalado en el descanso. Yo me río de sus orejas rojas y le tomo de las manos asegurándole complicidad. En eso nos hemos convertido: En amigos, cómplices, complementos y en una sola carne.
Los deberes tocan a nuestra puerta al llegar al hotel. Él quiere rehusar y yo codeo a su conciencia. Mejor una noche sin pendientes que un despertar apurado. Él me escucha y hace el último esfuerzo para enviar documentos y contestar correos (a pesar de su renuencia), por una buena razón: Nuestros hijos y nuestros nietos.
Es de noche y la habitación del hotel queda en silencio. Yo me acurruco pegándome a su espalda. Su respiración profunda me arrulla y su calor me recuerda que estamos vivos para continuar el viaje.
Hoy es el primer día en que escribimos libro donde, entre los personajes, sólo incluiremos diálogos escritos por las noticias de nuestro hijo y, donde nosotros, volvemos a ser dos. . . ¡Luna de miel, esta vez, aderezada de un amor más grande y más sabio!

Mañana, continuaremos el viaje. ¡Sea Dios con y entre nosotros!

miércoles, 17 de julio de 2013

"Erase una vez. . . mi vida: Sueños"

Un carril que serpentea entre cordones, el chirriar de un arco electrónico de seguridad y el ascenso pausado de una escalinata eléctrica que lleva a un joven, con camisa a rayas y sonrisa un poco melancólica, son el inicio de un sueño y el comienzo de una larga pausa de lo que yo llamo “mi vida normal”.
Casi dos años atrás, con un poco de incredulidad mezclada de entusiasmo, mi hijo sembró en su futuro un viaje de estudios y, hoy, cumplido el plazo de trabajo y espera, me dijo un “hasta pronto” silencioso y de ojos húmedos.
Al ver desaparecer el estuche del bajo que colgaba de su espalda, mi corazón lloró por el dolor que, como con el corte del filo de una hoja, sintió al mirar el futuro herido por su ausencia. Cerré los ojos y, así, apretados, deseé estar en casa como un día cualquiera y con mi hijo conmigo.

Pero, como todo gran sueño, hay sacrificios y entregas para lograr forjarlos. Y a mí, esta vez, me corresponde regarlo con libertad para que florezca y se convierta en triunfante realidad.
No han pasado tres horas y ya lo extraño. . .
Aquel avión se llevó, no sólo  a mi querido hijo. También van sobre sus alas: Sus pisadas apuradas al bajar por la escalera, cuando aún no ha amanecido;mis tardes palpitando al ritmo del pulsar de los dedos de mi hijo sobre las teclas, al tejer sus historias y fantasías; mis prisas por terminar su guiso favorito; nuestras escapadas al cine, cualquier tarde y a mitad de la semana; sus atinadas sugerencias para leer un buen libro o su hallazgo de una frase para invitarme a la reflexión; sus abrazos cariñosos y el juguetear de sus dedos entre mi cabello enmarañado.
El viaje ha comenzado y la maleta de ese joven tan amado, además de resguardar sus anhelos, lleva dentro la constante oración de su madre junto con infinidad de bendiciones.
¡Felices aventuras, hijo mío! Deseo que cada experiencia te siga modelando y que, mientras no estemos juntos, cada amanecer y cada noche, escuches la voz de nuestro Dios recordándote que te amamos, Él, tu padre y yo.
Dios bendiga tu entrada y tu salida, mi Tayo.

lunes, 15 de julio de 2013

"Erase una vez. . .mi vida: Incomprensible"

¿A quién le gusta levantarse temprano. . .en domingo. . .y en viaje de placer?
La respuesta es obvia, ¡a nadie! Así que eso nos incluye a mí y a mi familia. Aun así, tras algunas indagaciones, elegimos la iglesia a la que asistiremos y fijamos horario de salida. Entonces, horas después, se llega el momento de escuchar el timbrar de la alarma que nos recuerda la decisión de ir a la congregación, y las sábanas intentan boicotear nuestra resolución. Razonamientos como “no es para tanto” o “Dios está en todas partes”, fluyen como un río que quiere arrastrar nuestra decisión. ¡Están de vacaciones!, es otra frase bien intencionada que llegamos a escuchar y que se une a la guerra que libramos.
Un momento de silencio interior y la pequeña voz se escucha: “Es el día del Señor, aquel que bendice todos los días. . . incluso los domingos”. Con la conciencia despierta, saco los pies de la cama y la gratitud me infunde las endorfinas necesarias para sonreír por el placer que está por venir; ese gozo que sólo nace cuando el corazón pronuncia las palabras “¡Gracias, mi Dios, por ser mi Dios!”.
Así como invierto a mi tiempo para elegir la ropa que vestir para una fiesta, busco mis mejores prendas y me arreglo con esmero. Hoy es el día de la semana en que visito la casa de la Persona más importante en mi existencia y, con el mismo cuidado, trato de arreglar mi apariencia interior, la belleza de mi corazón y mi conciencia. Porque, igual que sonríe un padre al ver a sus niños acicalados, así imagino que mi Padre sonreirá al verme entrar a su casa.
Sí, puedo entender que resultemos incomprensibles en esta casi “absurda” costumbre de dejar la cama temprano, en un domingo y de vacaciones, para ir a la iglesia. Pero, ¿Cuándo se ha sabido que un loco amor sea sensato?

Me gusta ser absurda e incomprensible pues, el origen de esa locura es mi gran tesoro: El amor a Dios.

sábado, 13 de julio de 2013

"Admiración"

Pienso en él y la primera palabra que viene a mi mente es. . . admiración.
Me propongo descubrir mi razón para esa instantáneamente definición y la lista de razones la encabeza “su nobleza” pero, comenzaré por las que le siguen.
Admiro la forma en que abre un espacio, a fuerza de respeto, para todas las opiniones y las formas de ser. Antes de avalar una crítica o levantar el dedo contra alguien, busca el filtrarse en las posibles causas hasta llegar a plantarse en los zapatos del otro para entenderlo.
Admiro la perseverancia con la que persigue sus metas. Cuando muchos otros han olvidado su propuesta, él continúa con la entereza del gotear sobre un tejado hasta traspasar cualquier barrera y alcanzar su cometido.
Admiro la paciencia con la que acepta las prisas de sus interlocutores que, ansiosos por hablar, lo interrumpen y lo convierten en su escucha. Entonces, sin enojo, concentra sus cinco sentidos en cada palabra que el que habla pronuncia para procesarla y entenderlo mejor.
Admiro sus ganas de vivir, apreciando tanto el regalo de la vida, que evita cometer el error de desperdiciarla. Con su futuro en el bolsillo, traza los planes para hacer de su existencia lo mejor y así sacarle el más cuantioso jugo a su existir.
Admiro su búsqueda pausada y auténtica de Dios, huyendo de protocolos y fórmulas ensayadas, para conocerlo a Él como quien descubre a un amigo.
Admiro el valor para acercarse y alargar su mano sobre mis rizos antes de regalarme la sonrisa que me asegura que me quiere. Admiro su forma de escribir, profunda y esmerada en la perfección de la composición. Admiro su risa de niño, su mirada de sabio y sus silencios cuando se funde en la reflexión. 
Admiro su amor por nuestro tesoro, nuestra familia. Admiro su disposición abierta de ser tierra y base para sus sobrinos. Admiro el amor por su padre y la ternura que me regala  a mí, su madre. Admiro su sabiduría, su diplomacia sin hipocresías, su música privada, su tiempo para reflexionar, su amor por la paz, su espíritu saturado de ideales, su curiosidad felina, su fidelidad de ballenato y su abrazo franco de amigo.
Pero, por sobre todas las cosas, admiro su corazón noble y generoso que, sin importar los méritos de los demás, comparte por igual, tanto con el amigo como con los suyos. Admiro esa nobleza que deja atrás los intereses muy propios, para anteponer los de los demás, sin reservas.

Admiro a mi hijo, sí, con la pasión de una madre pero con la objetividad del extraño.
Dios me bendijo con su presencia hace 23 años y, al día de hoy, él ha agregado motivos para mí deseo genuino de seguir celebrando su llegada.
Eres ya un hombre. Eres grande de espíritu, mi Tayo, pero más allá de todo, hijo mío. . . ¡eres bueno!

¡FELIZ CUMPLEAÑOS! ¡DIOS BENDIGA CADA UNO DE TUS DIAS, POR EL RESTO DE TU VIDA!

viernes, 5 de julio de 2013

"Nomás por el gusto: Días lluviosos"

Esta mañana, poco después de levantarme, no pude distinguir si fue la lluvia quien nubló mi vista o mis ojos que, en súbito chubasco, comenzaron a llorar.
Nuestra escritora favorita @NuriaGArnaiz nos presenta: . . .”, leí y sonreí. Un segundo después, mi sonrisa se desvaneció cuando mi cerebro empató con la realidad. Esa nota, que antaño anunciaba la fidelidad de mi amigo y lector del blog, no podía haber sido escrita por él porque, recordé, ya no está con nosotros.
Cuando el llanto amainó y la lluvia afuera tomó su lugar, terminé de leer el título de la entrada del blog mencionada en el mensaje: “Despedidas”. ¿Acaso era todo aquello una broma difícil de digerir o una simple coincidencia?
Creo que lo más difícil de las visitas inesperadas de la muerte, es que no nos dan oportunidad de despedirnos; mientras que en una enfermedad terminal, la persona dispone del tiempo para dejar sus asuntos en orden y decir adiós, pedir perdón y buscar los encuentros postergados. Pero, ante una muerte súbita, la persona se ve sorprendida y sin la posibilidad de organizar su propio final.
El golpear de las gotas en la ventana me imprimieron la urgencia de pensar: ¿Qué dejaría yo atrás si, en este mismo momento, se detuviera mi respirar para siempre?

Mirando entre lágrimas, y las gotas de llanto del cielo resbalando en el cristal, respondí con la experiencia que Guillermo me dejó con su muerte: LOS RECUERDOS.
Seguramente nadie se detendría en la charola de papeles pendientes de archivar ni en los libros que pudiera yo heredar. Pero, sin duda, volverían la mente al pasado compartido y revivirían los tiempos vividos junto a mí.
Algunos me recordarían risueña y alegre; para otros mi memoria les hablaría de las prisas y días agitados por las actividades. Pudiera ser que algunos guardasen los tiempos de lucha compartida sobre las dificultades y. . . ¿qué más? ¿Qué recordarías tú de mí, lector, que me conoces?
Extraño a mi amigo Guillermo. Quisiera poder seguir escuchando sus palabras de aliento cuando me siento cansada. Añoro la sensación de protección que sus ofrecimientos de ayuda me daban. Me dan ganas de leer sus bromas, en días como hoy, que la lluvia se ha colado en mi ánimo. Cuánto disfrutaría al volver a encontrar esas fotos de amaneceres, gente abstraída en su propio mundo o el detalle ignorado de un edificio histórico.
Pero ya no tendré nada de eso. Sólo me queda su herencia, compuesta de palabras amables y expresiones graciosas; visitas improvisadas y charlas con historias familiares, recuerdos y chistes nuevos. Me quedo con buenos momentos que forjamos,  sus silencios plenos de compasión ante mis penas y una lista interminable de “cosas por hacer” para llenar un futuro que ya no le alcanzó.
Espero que, al igual que yo, su esposa, sus hijos y sus amigos, tengan un pequeño tesoro resguardado; una herencia de lo bueno que vivieron con él pues, al final del día, será el único lugar al que podremos ir para rescatar un poco de su presencia.  . . cuando nos gane la añoranza.

Hoy volví a llorar tu ausencia, querido amigo y la lluvia lloró conmigo.

jueves, 4 de julio de 2013

"Erase una vez . . . mi vida: Despedidas"

La ventaja de ser abuela es que, cuando se dan las despedidas y finales, ya tenemos plena conciencia del correr de la vida y más tiempo para disfrutar de esos cierres de ciclo que ocurren en la vida de los nuestros.
Ayer, envuelta por una mañana de sol y humedad, disfruté del fin de cursos de mi nieta. Un puñado de gente nos reunimos para celebrar los logros y perseverancia de los niños que, con orgullo, se hacen llamar “comunidad”.
En un sistema escolar, donde todos son importantes y valiosos por sus diferencias, se abrieron los espacios para que cada uno de los chicos que se graduaba expresaran sus talentos y sentimientos. Algunos cantaron, otros improvisaron palabras emocionadas y, para los que continuarán en la escuela, fue el tiempo de observar y aplaudir. Para esos pequeñitos, ¡también hubo una última lección!
Mientras en otras escuelas se extiende la pasarela para que cada niño pase por ella, en la de mi nieta también les enseñan el arte de acompañar sin andar bajo la luz de los reflectores. Con un silencio respetuoso y el ánimo de aplaudir los éxitos de los que parten, dejaron el lugar del protagonismo a quienes lo habían ganado a mérito de cursar ya varios años.

Todo me hizo pensar. ¿Qué sería de nuestra sociedad si, al igual que en esa pequeña comunidad escolar, aprendiéramos a celebrar los logros de los demás y no viviésemos el ansia permanente de sobresalir para ganar el aplauso y la atención?
Dos palabras se conjugan en mi respuesta: Armonía y equilibrio.
Se me ocurre que, en nuestras relaciones imperaría una sensación de armonía al vivir libres de la competencia; y un equilibrio en nuestras emociones se instalaría al tener la certeza de que, sin necesidad de demostrar, conservamos un lugar único y personal dentro de una comunidad.

¡Cuánta felicidad añadiríamos a nuestra vida, si también gozáramos los logros de los otros!
Un aplauso a la comunidad Montessori.

jueves, 27 de junio de 2013

"Cuenta regresiva"

En casa, en los últimos días, parece haberse activado un enorme cronómetro y, en cada tic-tac, me va recordando sobre los finales que se avecinan y los inicios que nos esperan.
Para mi hijo, las siguientes dos semanas le llenarán el tiempo con reclamos para atender los pendientes: El fin del verano en la universidad, las clases para el estudio autodidacta de su instrumento musical y los últimos preparativos antes de dejar el país por un tiempo. Y hablando de los inicios que lo acechan, están un viaje memorable entre primos y la experiencia universitaria en el extranjero.
En el caso de mis nietos, los finales también están por llegar a ellos.
Mi nieto, tras varios años de jugar y crecer con un grupo de amigos, está a días de despedirse de lo que, seguramente, en su mente, llama “mi mundo conocido”. También, en pocos días, dejará de ser el único niñito en casa y su espacio personal dejará de ser “mi” para convertirse en “nuestro”.

Y, tras casi nueve meses, como en un goteo constante, está por derramarse la última gota de la espera, en la gestación de mi tercer nieto. La expectación por la llegada de Andreas, muy pronto, llegará a su fin.
Para mis dos nietos, el umbral del futuro que se acerca, traerá los cambios que sólo la presencia de un nuevo ser puede traer. 
Será el parte-aguas que dará fin a la primera infancia de mi nieto, convirtiéndolo, muy pronto, en hermano mayor. También, enseñará a mi nieta de la existencia de quien requerirá de una paciencia que, hasta ahora, sólo le tocaba disfrutar. De ser la bebé de casa, pasará a ser la niña pequeña y hermanita.
Los vientos de cambio silban cada vez más fuerte en mi familia. El marcapasos del tiempo me recuerda la cuenta regresiva en muchas experiencias y me anuncia los nuevos mundos por vivir.
Aunque, pensándolo bien. . . ¿Acaso no iniciamos la gran cuenta regresiva desde el momento de nacer? Parece, entonces, que mientras más pronto lo entendamos, haremos mejor uso del tiempo que nos resta.

Por eso, ¡a disfrutar, a grandes bocanadas, de la presencia de mi hijo! ¡Y, que los días que seguirán corriendo, me recuerden de la gran bienvenida que estamos por celebrar!

jueves, 20 de junio de 2013

"Jacinto Cenobio"

Llegados los cincuentas, hacemos una ruidosa fiesta, celebramos con la familia y los amigos, gritando al mundo entero: ¡LLEGUE A LOS CINCUENTA!
Pero los años pasan y las fiestas anuales entonces, a veces se dan y a veces no. Por las mañanas, se materializa aquella broma que dice que “Si después de los cincuenta, no te duele nada al despertar, es que estás muerto”. Para entonces, los nuevos planes que iniciamos son menos, un poco por medir nuestra energía y un tanto por haber aprendido a discernir y no correr tras todas. Después de los cincuenta, vivimos en mundos divididos y con el deseo frustrado de no tener el don de ubicuidad que nos permitiría estar con nuestros hijos, nuestros nietos y los amigos al mismo tiempo. Y, mientras recorremos ese segmento de las estadísticas, nos estremecemos ante la idea de una muerte prematura del otro y vernos atrapados en la tan temida viudez.

Con el caer de la lluvia, como música de fondo, escucho entre notas nostálgicas la historia de quien le llegó esa hora.
Jacinto Cenobio, perdido su amor, le dice al ahijado: “Murió su madrina, la Trinidad; los hijos crecieron y donde están; perdí la cosecha, quemé el jacal; sin lo que más quero. . . que más me da”.
Acompaño al cristal que siente el correr de lágrimas del cielo y mi corazón se paraliza por la sola idea.
No –pienso– la viudez no es para mí, así como el mundo no es mi hogar. ¿Cómo siquiera imaginar que puedo yo andar por esta tierra con medio corazón y medio cuerpo? Si la mitad de mi se muere algún día, me pregunto, ¿cómo se vive a medias? ¿Dónde está el lugar para los que sobreviven con el alma cercenada?
La canción acompaña mis pensamientos y, entendiendo a Jacinto, me uno a dúo con la cantante. . .
A naiden le diga que estoy acá”.


Sí, también los temores son parte de rebasar los cincuentas.

miércoles, 19 de junio de 2013

"Hablando de inundaciones. . ."

Dentro del mundo de la psicología, las emociones son asociadas con el agua y, tras un diluvio en casa, confirmo que tiene mucho de razón pues, el efecto del agua fuera de sus límites, es devastador.
Durante una lluvia torrencial, un tapón oculto en el drenaje impidió la salida del agua por la vía apropiada y terminó formando una enorme laguna en mi recámara y la sala de televisión. Cuatro horas de batallar para contener al rebelde líquido y la asistencia profesional del plomero, lograron restablecer un poco de orden en la zona de desastre.
En un primer diagnóstico, concluimos que el piso estaba arruinado y tiene como único remedio, el reemplazo total. Algunos muebles se reblandecieron de las bases, las cortinas y rodapié requieren un lavado exhaustivo, y muchos litros de desinfectante intentan erradicar la posible presencia de gérmenes y desechos que no se ven a simple vista.
Además de lo evidente, también están los objetos almacenados bajo la cama y en el piso de los clósets; entre ellos un proyector y una cámara, que aún están bajo el rubro de “posible daño permanente” y que siguen en observación con el tratamiento de “secado ambiental”.

Metiendo primera en mis pensamientos, me repito que “sólo son cosas materiales”. Pero, atrás de mis convicciones, me empiezan a perseguir los “hubiera” con sus argumentos: “Si hubiera puesto las cámaras en alto, si hubiera mandado desazolvar, si hubiera puesto una rejilla en las bajadas de la tubería. . . si hubiera, si hubiera, si hubiera”. Pero, bien dicen que –el “hubiera” es el tiempo perfecto del “ahora te aguantas–. Así que, todas aquellas medidas preventivas y de mantenimiento, fuera de tiempo, no son más que una queja por la consecuencia inesperada.
Entonces pienso en las relaciones de matrimonio y en esos tiempos en que, en lugar de hacer mantenimiento y pequeñas reparaciones preventivas, les llega el día del desastre, y las emociones no ventiladas ni canalizadas, generan la inundación. Los daños entonces alcanzan una dimensión inesperada y, en algunos casos, también pierden el piso que los sostienes y sólo queda como opción ser desechado.
Cuando llega la inundación, también, bajo la cama del vínculo matrimonial, aparecen asuntos viejos y arrumbados que, al contacto con la crisis, huelen y contaminan el ambiente. Las emociones, como el agua, sacan a flote las cosas más inesperadas: Basura y polvo de recuerdos en los rincones, objetos perdidos   –como la confianza y el respeto– y, con el grave riesgo de un corto, se exponen cables eléctricos  pelados por el tiempo –como la mala comunicación–.
El agua, al igual que las emociones, cuando se desborda y ataca por sorpresa, puede resultar tan destructiva como la peor de las tormentas.

Por ahora, sigo en el recuento de los daños. Confieso que hay rincones a los que no he querido acercarme por el temor de lo que encontraré estropeado pero, esta inundación, me ha recordado algo de lo que no quiero huir: Es tiempo de revisar los drenajes de comunicación con mi esposo, dar mantenimiento preventivo para retirar estorbos viejos  y hacer las reparaciones respectivas. . . antes de que, a mí también,  me sorprenda una inundación.

lunes, 17 de junio de 2013

"De juguetes y tacones"

Lo miro, luciendo un corte de cabello que lo hace ver más grande y, cuando le ofrezco ayuda para prepararse la leche de chocolate, escucho su voz con tono de orgullo: -No te preocupes, Gramma,  yo ya sé prepararme la leche –; sonrío y mi suspiro echa afuera un reclamo del corazón. ¿Por qué ha crecido tan rápido?

Dos meses atrás, mi primer nieto cumplió 7 años y, a pesar de los cientos de contratiempos y dificultades, han sido los tiempos que a los llamo “Época dorada”. Sus ojos sonrientes, desde que llegó al mundo, son una luz que hace desaparecer cualquier sombra en mi ánimo y, cada vez que lo abrazo, la gratitud que se me apretuja en el alma me hace pronunciar una frase a Dios: ¡Gracias!
Pero, no es posible detener el tiempo e intentarlo es como querer parar un tren en plena marcha parándose frente a él. La nostalgia cae como neblina en mi corazón. Mi pequeñito se irá alejando de Gramma hasta convertirme en un recuerdo. ¿Será que nuestros momentos brillen de amor en su memoria o las voces que hablan contra ellos, con crítica y rigor, lograrán empañarlos de olvido?
Sé que es tiempo de levantar el vuelo hacia otras metas. Nuestra labor, como abuelos, arropando a nuestros nietos con seguridad y presencia, va llegando a su fin y ha de transformarse, urgida por los cambios, en esa visita un par de veces al mes. Sí, la circunstancia exige cambios pero, aun en medio de la ausencia, jamás logrará cambiar el amor inamovible por nuestros nietos.
Los juguetes son desplazados por agendas, muestras y listas de precios. Los planes para hacer algo divertido cada vez son menos y, mis jeans y zapatos bajos son reemplazados por la ropa formal y los tacones.
Es difícil y doloroso dejar atrás el trabajo más bello y enriquecedor del mundo, pero siempre guardaré en mi corazón estos siete años que han sido el regalo
más preciado que mi marido pudo hacerme: La oportunidad de dejar toda la carga sobre sus hombros para entregarme a ser abuela de mis nietos.
¡Que enorme privilegio ha sido ser abuela de tiempo completo para ellos!

Adiós época dorada de “Gramma”, bienvenida la era de las citas, oficina y viajes de trabajo.

domingo, 16 de junio de 2013

"Silencioso"

Estoy segura que, al hablar de amor, imágenes de ropa limpia, platillos calientitos y abrazos, vienen a la mente de la mayoría de nosotros. ¡Qué fácil es ver el amor de una madre! Niños acunados y arropados por las noches, caricias y besos se piensan, y la gente se llena de ternura al pensar en el abrazo de su madre.
Pero, ¿qué hay de todo aquello que ocurre y que da forma al hijo, en silencio y casi en secreto? ¿Acaso es fácil ver lo que el discreto y abnegado amor de un padre hace por los hijos?
De eso es lo que hoy quiero escribir. De todo aquello que los hijos no ven y que sin embargo ocurre. Esas cosas que, a puerta cerrada, nosotras, las esposas vemos y respaldamos por el bien de nuestros hijos.
Porque, ¿acaso nuestros hijos sienten cuando su padre, con sigilo y a media noche, se escurre de la cama para ir a terminar aquel trabajo pendiente? ¿Han visto, alguna vez, a ese hombre desvelado y repasando la forma de pagar el proyecto o sueño de su hijo amado? Y, cuando vencido por el sueño, ¿se enteró ese pequeño de que fueron los brazos de su padre los que lo acarrearon hasta su cama?

Y ni qué decir del silencio mediador o de las lágrimas que, por el mito de género no derraman, cuando ese mismo hijo, ya crecido, levanta el puño ofensivo y retador. ¿Acaso habrán visto nuestros hijos el dolor en los ojos de su padre cuando, después de titánico esfuerzo por brindarles apoyo, ellos olvidan pronunciar las breves palabras de gratitud que mostrarían al padre que su amor ha sido visto?
Las decisiones difíciles, esas que ponen en riesgo la simpatía de los hijos, y que tienen un alcance que determina su futuro, ¡son las que corresponde tomar a los padres y nadie aplaude su valentía!
Estoy convencida que, antes que el homenaje a la figura tan visible de la madre, los hijos deberían ponerse en pie y honrar a quienes dan sostén, equilibrio y dirección a la familia: Los padres.
Entonces, para cuando se acercan los tiempos de una vida más tranquila, llegan los nietos y, el abuelo, renuncia a sus descansos para volver a jugar, reír y proteger a esos “nuevos hijos”. Su entrega, refrendada de amor, reinicia el ciclo para ser plataforma de bienestar para los suyos, su descendencia.
Sólo espero que, cuando a mis hijos entiendan el verdadero sentido de la paternidad, aún tengan a su padre en vida y, con un corazón lleno de amor, pronuncien dos frases cortas pero sentidas de verdad:
¡Gracias, papá, por ser mi padre! Y ¡Gracias, Dios, por el mejor padre del mundo!


Salvador, Gordito mío, de pié y con ovaciones, te deseo un ¡FELIZ DIA DEL PADRE! 
¡Dios te bendiga con toda bendición posible! 

viernes, 14 de junio de 2013

"Una de cangrejos y Capuletos"

“Erase una vez. . . dos pescadores que acarreaban su pesca del día en dos cubetas. Uno, la llevaba tapada y, el otro, abierta. Cuando se topan con un amigo, este detalle le llama la atención y pregunta al que llevaba la cubeta tapada su razón para eso, a lo que el hombre contesta: -Lo que pesqué son cangrejos judíos –dijo, como quien sabe de lo que habla– y si dejo la tapa abierta, escaparán antes de que llegue a casa. Van formando una escalera, poniéndose uno sobre otro para ir escalando hasta que todos han escapado.

-¿Y tú, cómo es que no tienes que taparla?  –preguntó, el hombre, al segundo pescador.  ¡Ah!-dijo, el pescador– Es que yo pesqué cangrejos mexicanos y, ellos, cuando uno comienza a subir por la cubeta, el resto empieza a estorbarlo y detenerlo. Así que, nunca logran salir.”
Cuando, por primera vez, escuché esta fábula, muy pronto se me pasó la risa y una incomodidad, nacida del sentimiento de pertenencia e identidad, me invadió. Y, desde entonces, cuando sé de riñas, contiendas y agresiones entre mis compatriotas, el cuento me viene a la mente y me inunda una gran tristeza. ¿Qué nos impide aprender a unir esfuerzos para el logro de una meta común? ¿Son las diferencias y los rencores?
Entonces, recuerdo otra historia, igual de absurda que la anterior y que es un clásico de la literatura: “Romeo y Julieta”. Los protagonistas, dejados en segundo término, sólo representan el ideal que se persigue en el futuro y, las familias, la condición humana, dispuesta a llevar el pasado a cuestas y mantener vivo el rencor, atizando sobre las heridas y diferencias para mantener el fuego destructivo vivo hasta la última consecuencia: la muerte del futuro.
La remembranza me hace suspirar. Parada en medio de un fuego cruzado, en una guerrilla que nació antes de que yo me enterara; una en la que ofensas, calumnias y atropellos han ocurrido, y siento el jaloneo de los bandos por convertirme en enemiga de alguien al que ni siquiera conozco y de quien jamás he recibido ofensa alguna. Y entonces me pregunto, ¿tiene sentido continuar la guerra? ¿Verán el alcance de sus rencores? ¿Llevarán esta rencilla hasta las últimas consecuencias: la muerte o el nacimiento de algo parecido de un proyecto maltrecho?
Suena una música de fondo y Beethoven acompaña mis anhelos con su himno. La vocecita de mi nieta, en mi mente, canta con timbres de inocencia y esperanza:
 “El canto alegre del que espera un nuevo día
Ven, canta, sueña cantando
Vive soñando el nuevo sol
En que los hombres volverán a ser hermanos”

Un destello de esperanza brilla en mi corazón, y refulge en cada pequeño rayo con perdón, gracia, unificación y paz hasta que. . . ¡Recuerdo los mensajes, los reclamos y los insultos!
Mi esperanza muere un segundo después. ¡Naturaleza humana!, pienso con tristeza, siempre lista a la guerra, a la desunión y al reclamo.

Sí, lo más probable es que sigan adelante como cangrejos mexicanos e imitando la absurda conducta de los Montesco contra los Capuleto hasta ver morir su futuro o ver nacer el hijo de sus anhelos, débil y maltrecho, como símbolo fehaciente de la incapacidad del hombre a vivir en paz y aprender a perdonar.

"Hoy, me propongo ser un mejor ser humano, 
tan bueno como mi perro cree que soy".

martes, 11 de junio de 2013

"Erase una vez. . . mi vida: Aprendiendo"

Nacer en el seno de una familia cuyo lema es “Excelencia y no mediocridad”, siembra en cada miembro un espíritu de competencia que se convierte en el terreno sobre el que se finca la personalidad y la vida.
Sin importar la actividad o reto, aprendes a redoblar el esfuerzo para llegar a la cima, primero y más alto. La meta vital: Ganar.
Pero, ¿qué pasa con eso cuando tienes 53 años y una historia repleta de tramos cuesta arriba? Simple. . . ¡Estás exhausta! Y lista para la siguiente lección: Aprender a PERDER.

Y debo aclarar que la lección no es fácil porque, ¿a quién le disgusta ganar? Llegar primero, hacer las cosas mejor que nadie y recibir el reconocimiento por ello, en alguna forma, se vuelve adictivo y, como todas las adicciones, difícil de dejar.
Para todo cambio de hábito, estoy aprendiendo, se deben fijar nuevas metas alcanzables, sencillas. Así que, para desplazar la fanática costumbre de ganar, estoy haciendo pequeños ensayos en un juego llamado “Apalabrados”.  Y, para asegurarme el logro de mi objetivo, me he liado en el jueguito con una experta. . . mi amiga Reyna quien, 9 de cada 10 juegos, me vence.
Varias cosas he concluido en el proceso de aprendizaje con mi amiga.
Primero, que siempre tengo algo nuevo que aprender, que puedo abrevar de la experiencia de alguien más y que el límite de mi conocimiento estará en función a mi empeño, tiempo y dedicación (y que no siempre tiene que ser al límite de mis fuerzas). ¡Y vaya que he aprendido!
Segundo, que puedo disfrutar de lo que ocurre entre el comienzo y el final, aunque este implique una derrota al fin de la contienda.
Y, más importante, que el hecho de que alguien sea mejor que yo en algo, no me convierte en menos ni en fracasada.

Creo que es tiempo de ir por la vida cosechando pequeñas derrotas y, de vez en vez, de manera algo más sana, sumando éxitos. 
Así que. . . ¿Quién se anima por un partidito de “Apalabrados”?

viernes, 7 de junio de 2013

"Festejando la vida"

Hoy mi alma está de buenas y ¡no quiere dejar de sonreír!
Y es que, aunque amenazó con arruinarnos la fiesta, la muerte no llegó hasta aquí. Mi primo, un poco mallugado por la sorpresiva enfermedad, esta tarde, lucía como rey en la visita: Vestido de sonrisa y corazón de buen humor.
¡Cuánta felicidad me desbordaba al entrar a esa habitación de hospital! Con bromas y risas hablamos de la sorprendente capacidad de los “Arnáiz” de burlar a la muerte, aunque bien he aprendido que, ésta visitante, siempre se acerca hablando en serio.
Volver a ver a mi primo, Darío Arnáiz o “Arnáiz”, como algunos lo conocen, fue como volar sobre una ráfaga al país de los recuerdos.
Aun cuando Darío era de los primos pequeños, su flema y actitud adulta nos impresionaba a los demás. Sólo bastaba escucharle unas palabras, para los aires de adultez temprana se esfumaran y descubriéramos al chico dulce, inteligente y sensible que realmente era.
Y, de entre mis memorias favoritas, está aquel día junto a la fuente del Instituto Politécnico Nacional que, para nosotros, era el parque para andar en bicicleta, trepar árboles y pasear a nuestros perros.
Una tarde, animados por el día soleado y aprovechando la visita de los primos Arnáiz Salvador, decidimos cruzar la calle para pasar la tarde andando en bici. Pero, algo más atractivo que la bici cambió los planes de Darío. El agua, fresca y chisporroteante, sedujo al espíritu investigador de mi primo. Y, sin pensarlo dos veces, comenzó a competir con el chorro de la fuente en acalorada guerrilla.

¡Y que aparece mi tío! Alto y delgado, con el cuello tenso y exageradamente erguido, lo parecía aún más. Entonces llamó a su hijo, ordenándole parar. Los demás, deteniendo cada cual lo que estaba haciendo, nos concentramos en la escena. ¡Se había metido en problemas! La voz del tío Güero anunciaba un castigo y, conteniendo la respiración, nos dedicamos a observar.
-¡Deja de hacer eso! –volvió a ordenar, pero Darío hijo la estaba pasando bien y se resistió al mandato. –Te digo que saques esa mano de ahí –nuevamente amenazó, mientras continuaba con paso decidido hacia el chico que, con cara inexpresiva, jugueteaba los dedos en la fuente.
Los ojos del uno se clavaron en los del otro. Varios dejamos la bicicleta en el suelo. El castigo se vislumbraba mayúsculo cuando, quedando apenas un metro entre ellos. . . ¡Darío echó a correr con una velocidad insospechada!
Nosotros, los primos, no sabíamos si contener las ganas de aplaudirle y alentarlo a correr más rápido o reírnos ante aquella imagen del hombre, siempre tenso y en pose calculada, pegando la carrera tras su hijo, alrededor de la fuente.
La risa nos venció cuando vimos la estrategia de Darío. Como en un acto de precisión, dejaba a su padre acercarse hasta la distancia mínima de seguridad para, con ímpetus de liebre silvestre, volver a salir corriendo.
¿Qué cuantas veces se repitió la escena? Creo que las suficientes para que nadie pudiera contener las carcajadas. Montando de nuevo nuestra bici, nos alejamos para no ser escuchados mientras, tal vez cansado de tanto corretear, mi primo tomó camino de vuelta a casa. Cruzando la ancha avenida, quedó fuera del alcance de su padre y nos mostró el camino a seguir para dar fin al episodio.
Las buenas costumbres, supongo, obraron a su favor y, como una visita educada, mi tío se ahorró el montar una escena en casa de la hermana, mientras, en la habitación de los chicos, todos mirábamos con un guiño de admiración al osado primo.
Mientras pasaba nuestra infancia, la vida de nuestros padres, las distancias o, simplemente, el destino, nos fue alejando poco a poco. Las visitas se espaciaron, los hermanos dejaron de promover los encuentros entre sus vástagos y nosotros, como adultos, no opusimos resistencia a la inercia establecida. . . hasta hoy.
Dicen que “la sangre llama” y yo creo que tienen razón pues, aunque las canas y las sondas quisieron engañarme, al volver a ver a mi primo Darío, pude reconocer a aquel valiente y dulce niño, mi primito de la infancia, al que sigo queriendo como entonces.
¡Gracias a Dios por tu vida, querido primo! Y organicemos la fiesta porque, ahora sí, tú y yo sabemos, ¡el tiempo corre!


P. D. Debo confesar que ese evento cambió mi destino muchas veces pues, al reconocer la efectividad de la estrategia de mi primo Darío, comencé a usarla para dejar atrás a mi madre, cuando amenazaba con infringir un castigo. ¡Gracias por el ejemplo, primo, me ahorraste muchas tundas!

viernes, 31 de mayo de 2013

"Nomás por el gusto: Límites"

Conversar con Guillermo,  acompañados de una copa de vino tinto, era sin duda un gran placer.
Siempre con una historia en una mano y una broma en la otra, hacía de una tarde cualquiera, una especial. De una amistad de dos, pasó a ser una de tres pues, con soltura y naturalidad, mi amigo se convirtió en amigo de mi esposo, quien llegó a conocer a mi “colega” a través de las historias que le había escuchado y que yo le compartía.

La opinión de mi hija, al llamarlo “todo un caballero”, resultó cierta. Su forma de hablar, contrastante con aquellas expresiones que “El Ñerito” usaba, eran algo que disfrutaba y me hacía reír. Siempre informado y atento a gran diversidad de temas, era quien abría el juego de la plática, así, como quien pone la primera ficha en una partida dominó.
Fantasioso lector y gustoso de la historia, me recomendaba libros y compartía sus críticas como quien sabe un poco más que los demás.
Fue por eso que, cuando me enteré de su escolaridad, no sólo me sorprendí sino añadí un motivo de admiración por él. Como en muchas otras áreas de su vida, levantándose, aunque fuera de puntitas para rebasar su circunstancia, no le permitía, a lo que algunos llaman “destino”, que le impusiera sus límites.
He escuchado de historias de gente que nace en la pobreza y se supera hasta tener una vida acomodada; o aquellos que, no teniendo educación alguna, encuentran un oficio y se convierten en gente respetable y de éxito. En el caso de mi amigo, su biografía contiene un poquito de todo, pero yo recalcaría una cualidad en especial: Su permanente deseo de aprender y experimentar cosas nuevas.
Así, aunque su educación formal fue corta, se transformó en lo que reconoceríamos como un hombre culto y educado; no dejándose limitar por la edad ni por la excusa de no haber ido a una universidad, avanzó como un gran autodidacta, puliendo su intelecto y haciéndose sensible a  las bellezas más sofisticadas.
Por eso, ahora, cuando alguien justifica su ignorancia bajo la excusa de falta de escuela, pienso en  Guillermo y sonrío, pensando, ¡si lo hubieras conocido!


P. D. Un mes, amigo, y sigo buscándote en mi pantalla pero, al recordarte, las risas que me surgen en el corazón dan consuelo a mi tristeza.

sábado, 25 de mayo de 2013

"Erase una vez. . . mi vida: Momentos"

“La vida está hecha de momentos”, recitaba una frase publicitaria y, en cierto sentido, coincido. Esos momentos, a veces instantes, tienen la capacidad de imprimir matiz y realce a la cotidianidad, convirtiéndola, con sus pinceladas, en algo que se imprime en la memoria del corazón como con tinta indeleble al tiempo.
Pero, esta vez, no quiero hablar de ese tipo de momentos sino de aquellos que anunciamos y que se prolongan tanto que hacen desaparecer un mejor futuro, pero. . . creo que daré un paso atrás en la historia y mostraré de lo que estoy tratando de hablar.
Hace no mucho tiempo atrás, cuando el iPad y el iPhone con 3G no habían llegado a mi vida, y la tarde comenzaba a caer, siguiendo el impulso de un reloj interno, me levantaba para recorrer la casa. Mi olfato hacía una inspección antes de acercarme al sahumerio y verter unas cuantas gotas de la esencia que me inspiraba para acompañar la temperatura de la habitación, entonces,  encendía la vela para completar el ritual. Con la vista me aseguraba que los muebles y objetos estuvieran en su lugar, y que una luz, al menos, quedara encendida.
Luego pasaba por el espejo de mi tocador y revisaba que mis rizos lucieran en una caída casual, y que mi rostro tuviera la apariencia de quien no se ha maquillado pero que los estragos del día quedaran encubiertos. Cepillados los dientes, daba el toque final aplicándome labial. Y, complementando el ambiente preparado, rociaba mi cuello presionando dos veces el aplicador de perfume, una vez de cada lado.
¿Qué hacía después? Cualquier cosa. A veces leer, escribir, ordenar un cajón o revisar la agenda para el día siguiente. La actividad, en ese lapso del día, era lo de menos pues, lo principal, ya había sido atendido.

Entonces, portafolios en mano, entraba mi marido. Sin parecer el perrito agitando el rabo, levantaba el rostro y concentraba mis labios en recibir los suyos. Con poca originalidad, entonces preguntaba: ¿Cómo te fue? Y mis oídos, mente y corazón, se disponían a escuchar la respuesta que, en más de las veces, comenzaba con una palabra dicha con entusiasmo: ¡Bien! Y continuaba con un breve resumen de los encabezados del día.
Pero, como en todas las historias de modernidad, la tecnología obró y la escena cambió.
La computadora, para cubrir cualquier eventualidad, permanece prendida sobre el escritorio; el iPad, con la excusa de que también funciona como libro, nunca está a más de dos metros de distancia de mí y, el celular, por cualquier emergencia, o está en mi mano o en el bolsillo trasero del pantalón. Los tres elementos indispensables, hoy en día, me hacen pronunciar una palabra que pone en la fila de espera, a todos y a todo, para tener mi atención.
El reencuentro vespertino con mi esposo ahora tiene otra entrada y abre con: ¡Un momento!
Así, cuando él llega, mi mente ordena ¡momento! y se resiste a distraer su concentración de: El juego que requiere de toda mi atención, la conversación por chat con alguna amiga, el párrafo que justo presenta el clímax de la historia, la búsqueda de ese artículo en Google, la lista de canciones que estoy conformando en YouTube, el más reciente comentario de mi hijo  o la fotografía del álbum que mi hija acaba de subir a Facebook. Las opciones y razones para mantener mis ojos en la pantalla y no estirar el cuello, levantar el rostro y ofrecer mis labios para recibir los de mi esposo, en el momento de la bienvenida, son tan vastos como las opciones que ofrece el mundo cibernético.
¿El resultado? Aquellos momentos personales de contacto, íntimos, húmedos y vívidos, se enfrentan con mi actitud de “un momentito” y, para cuando termina la pausa, se han esfumado y se han perdido en un pasado en el que nunca ocurrieron ni dejaron huella.
¿Dónde estarán los momentos memorables si, atropellada por la permanente urgencia y demanda de la comunicación y la tecnología, vivo postergando lo que tengo enfrente y puedo tocar? ¿Será capaz, toda esa información de contactos virtuales, de llenar con hermosos recuerdos mi memoria y ser la fuente de vida y remembranzas para mis tiempos de vejez?
Una punzada de añoranza me hace cerrar los ojos y revivir aquellas bienvenidas, y junto con aquella imagen, se desborda una cascada de recuerdos: Las conversaciones interminables con los ojos puestos en el otro; el abrazo antes de dormir, envueltos en el silencio; las pláticas en el auto durante los trayectos; las reuniones de amigos donde la atención se fijaba en recordar un buen chiste y. . . ¿Cuánto estoy dejando que me robe la modernidad?

Ahora puedo asegurar, “El ayer tenía tiempos mejores”.

viernes, 24 de mayo de 2013

"Nomás por el gusto: Herencia"

Muchos pensamos en casas o empresas como parte de la herencia que quisiéramos dejar a los hijos. También nos esmeramos para transmitirles nuestra experiencia y buenos principios, como una herencia moral y espiritual, pero, ¿qué hacer con aquello que no está bajo nuestro control, nuestra herencia genética?
Con un recuento sobre esa herencia nació la presentación durante el primer encuentro personal que tuvimos, mi amigo Guillermo y yo.
 –Antes de conocernos, colega, tengo que confesarte algo. En tu mundo, el mundo de los sanos, yo soy un discapacitado –me escribió, a manera de introducción.
No me atreví a preguntar a qué se refería y sólo agradecí, para mis adentros, la actitud de cuidar la primera impresión, algo que, después comprendí, sería una fórmula permanente en su trato conmigo y, más tarde descubrí, con toda la gente que lo rodeaba. ¡Siempre cuidando al prójimo!
Finalmente nos conocimos y, entre bromas y anécdotas, me mostró la huella de aquella herencia genética que lo acosaba con dolores permanentes y una constante amenaza de dejarlo postrado.
¡Buen intento, genética canija!, muchas veces pensé pues, a todo dolor o presión por inhabilitarlo, mi amigo Guillermo respondía con más risas, optimismo y largas caminatas al amanecer.
Sí, la adversidad genética quería detenerlo pero nunca pudo. Con buen humor e ingenio, mi amigo sorteaba los contratiempos que la enfermedad quería imponerle y, más de una vez, me mostró nuevos trucos o raros accesorios que conseguía para manipular cosas pequeñas, abrir frascos y resolver movimientos que no lograba hacer. “Más vale maña que fuerza”, decía.
Alentada por su actitud natural y abierta, un día me atreví a preguntarle cómo hacía para escribir en el teclado y el teléfono celular, y cómo lograba hacer los ajustes en la cámara de fotografía. Entre risas, respondió –cuando ya no pueda hacerlo con los dedos que aún funcionan, lo haré con la punta de la nariz, colega que, para mí fortuna, es puntiaguda.
¡Vaya ejemplo! Hizo tal impacto en mí que, cuando pensaba en quejarme por algún malestar, recordaba a mi nuevo amigo y me animaba encontrando lo que sí podía hacer para disfrutar de la vida, aún en medio de la enfermedad.
Guillermo no sólo continuó picando teclados y pantallas, y ajustando cámaras hasta el último de sus días; también, a paso lento, y en días doloroso, fue mi permanente ejemplo de optimismo, perseverancia y amor a la vida. Ese hombre, al que tuve el honor de llamar amigo, anduvo por la vida sosteniendo, como único bastón, la voluntad de exprimir la vida a plenitud.


Tras de sí, dejó una estela de sonrisas en quienes leíamos “juar, juar” en la pantalla y disfrutábamos de las imágenes que, con la cámara vaga, le robaba al amanecer. . . ¡Y qué fotos aquellas! Pero de las fotos, también surgió una historia. . .

P.D. Hoy es viernes, amigo mío y, con el corazón acongojado confieso que ¡extraño tus mensajes, tus palabras de ánimo y hasta tu RT!