miércoles, 13 de noviembre de 2013

"¿Qué crees?"

Hace un tiempo escuché que “la gente no hace lo que sabe, sino lo que cree”*. Y desde entonces, casi con manía, observo y. . . comienzo conmigo.
Yo, por ejemplo, que una vida saludable incluye el ejercicio diario. Lo y puedo recitarlo de memoria. Sin embargo, en el día a día, vivo creyendo que aún tengo salud suficiente para llevar mi vida sin problemas y, muy en el fondo, creo que la vejez aún está lejos en mi horizonte. Algo que, bien pensado, ¡es falso!
También me he encontrado con quienes saben que los matrimonios duraderos requieren cuidados y constante inversión de afecto, respeto y amor. Aun así, viven creyendo que aquellas palabras pronunciadas el día de la boda serán suficientes y que, el otro, a pesar de vivir en la inanición afectiva, jamás se irán. Al paso del tiempo, después de que han descuidado su matrimonio, la sorpresa llega y se encuentran con el abandono y la soledad.

He visto el mismo efecto en algunos jóvenes que, sin dudar, aseguran que la competencia profesional es cada vez más difícil y que saben que sólo una preparación a conciencia les dará la oportunidad de ocupar un lugar en el campo laboral. Aun así, en su tiempo de universitarios, creen que todavía no es tiempo de hacer el máximo esfuerzo y desperdician esa época en pura diversión.
Más triste es escuchar que, la mayoría de la gente, sabe que tener a Dios en su vida es importante, que Él es el único Dios y soberano, y que la fe es lo único que les mantendrá a flote en las verdaderas crisis de la vida. Pero, a pesar de saberlo, deciden creer en su autosuficiencia o en propuestas que van desde una pata de conejo hasta un horóscopo, pasando por medallas, cadenas de la suerte, juegos de azar y hasta el poder de un manojo de ramas deslizadas por el cuerpo. Todo, para manipular el porvenir a su favor. (Y aclaro que, hace no mucho tiempo, yo también creí de esa manera).
Nuestros ejemplos como humanidad son interminables y sólo puedo concluir que, la incongruencia, según parece, se ha vuelto un signo evidente de nuestra época.

Tú que sabes. . . ¿qué crees?

* Escuchado en una conferencia de Beth Moore.

martes, 12 de noviembre de 2013

"Dos locos de amor"

-No te hagas loco, ¡te estoy viendo!
Él continuó evadiendo su mirada y no respondió a la reprimenda.
-Ya le dije que no quiero ser viuda –explicó mi madre, estirando la mano para retirar la galleta prohibida– y él sabe que no debe comer postre.
Supongo que cuando el uno ha pasado los ochenta años y la otra está a un paso de cruzarlos, es tiempo de reconocer que mis padres ya viven instalados en la vejez. . . si, ya son ancianos. Y, con muchos pasos adelante, me siguen mostrando lo que es el porvenir. Algo que hace no mucho tiempo atrás, cuando estaba infectada de juventud, no podía entender.
La lección de estos días no tiene que ver con la forma de reprender al otro, sino de cómo un amor añejo aún teme que su  otra mitad le falte. Y aunque todavía no he llegado hasta esa parte del camino, aún recuerdo aquellos días en que, infundida de una idea de libertad y fortaleza, me atrevía a declarar a mi marido: “Si pudiera elegir, elegiría yo ser la viuda y evitarte el dolor de llorar mi muerte”. ¡Cuánta osadía puede tener la juventud y cuanta cobardía puede traer el creciente amor al otro!
Hoy, mientras miro esas pequeñas contiendas amorosas entre mi par de viejos, casi puedo escuchar esas silenciosas y sabias conclusiones que los han mantenido juntos por 58 años y que, al final de sus vidas, les entregan el premio de una anhelada compañía: “Me alegro de haber perdonado; que bueno que no corrí atrás de mi orgullo en ese pleito; gracias a Dios que me ganó la cordura y seguí luchando por lo nuestro; y, afortunadamente cumplí mi promesa de que sería hasta la muerte”.
Ellos fueron jóvenes y vivieron sus tormentas, pero fieles a las promesas que se hicieron frente a un altar, han llegado a esto días donde aún se prodigan cuidados, donde el cómo ha dejado de importar y se dedican a disfrutar el valioso tiempo que les queda para seguir juntos, aceptándose tal como son y. . . amándose como nunca.


Y mientras escribo, canta la guitarra un himno para acompañar mis reflexiones, cantando "Dicen que somos dos locos de amor": “http://www.youtube.com/watch?v=vBgDq5N6lCs .

lunes, 11 de noviembre de 2013

"Bailando zamba"

¿Qué por qué tardo tanto en comenzar a trabajar? Simple, ¡estoy bailando zamba!
¿Qué por qué bailo zamba en lunes por la mañana? Porque es inevitable hacerlo cuando el corazón exige que alguien lo acompañe en su festejo. ¡Es demasiada felicidad para que la consuma él solo!
Y es que las abuelas, en especial, viven la felicidad de los suyos con exponencial deleite.
Cuando tu hija empieza a florecer, convirtiéndose en un tronco de piel suave y firme, de donde cuelgan los bellos frutos de su vida, tus nietos, es irremediable permitir a tus pies danzar de puro regocijo.

Nosotros, los padres, desde el fondo, como raíces tímidas y fieles, observamos como ella sigue creciendo hacia las estrellas y sus retoños se afianzan de sus ramas, siguiéndola en el ímpetu de crecer hasta el cielo. 
¿Qué no son más que las buenas notas de mi nieto? ¡No, señor! ¡Es mucho más que eso! Hoy brotó una flor, llamada éxito, alimentada a fuerza de constancia y amor. Sus pétalos lucen horas de atención y cuidado, su aroma encierra el descanso postergado de una madre y rebosa en el color de la comunión entre madre e hijo.
¿Acaso no es eso motivo para llorar de felicidad?

Así que, no importa que la agenda me reclame y la conciencia quiera estorbar mi gozo. Aunque es lunes y la oficina espera, Gramma, esta mañana ¡baila zamba!

martes, 5 de noviembre de 2013

"Tiempo, a tiempo y a destiempo" (Primera parte)

Como repicar de campanadas, hoy desperté con una palabra colgada en la conciencia: “Tiempo, tiempo, tiempo”. Siendo imposible ignorarla, dejé que los aromas del café se mezclaran con mi reflexión y me dispuse a seguir su rastro.
¿Qué hace tan importante al tiempo? Paradójicamente, la mayoría de nosotros lo dilapidamos en actividades inútiles, relaciones sin futuro o pensamientos destructivos cuando, en realidad, es un recurso limitado para todos, al menos aquí en la tierra.
Por ejemplo, cuando anunciamos que daremos una cena de cuatro tiempos, dejamos claro que hemos invertido mucho tiempo para agasajar a ese alguien importante para nosotros. Y si rescato la palabra “mucho” y la sumo a mi reflexión del tiempo, ¿encontraré el origen de mis pensamientos? Sigo cavilando. 

A veces, ocurren cosas a “destiempo”. Cumplir años en lunes, siendo una niña de cinco años, no es lo mejor que te puede pasar. Nada alienta a la celebración. Los deberes cotidianos secuestran a los posibles convidados y no hay lugar para una gran fiesta.
Pero ayer aprendí que el tiempo puede hacer toda la diferencia. . .
Cuando mi pequeña nieta recibió el tiempo de su mami y disfrutó de su creatividad en forma de pastel, ella vio crecer su bagaje de recuerdos de la infancia y, estoy segura, esa memoria iluminará su rostro adulto cuando vuelva su mente hacia el pasado.
Juntas, compartiendo un tiempo en exclusiva, hicieron el plan para preparar su pastel de cumpleaños y pusieron manos a la obra. Estoy segura que la pequeña no recordará que en una maniobra el pan sufrió un poco de daño pues será el tiempo madre-hija lo que eclipsará cualquier inconveniente del recuerdo. ¡Creo que encontré la clave! 

Mi nieta recibió muchos regalos, pero ninguno competirá en sus recuerdos con el más valioso y mejor de todos los regalos: ¡El tiempo de mamá!

lunes, 4 de noviembre de 2013

"Secretos"

Cuando sus padres nos hicieron el anuncio de su próxima llegada, debo confesar que un tumulto de emociones me invadió.  Ya era abuela pero algo me decía que no sería igual que la primera vez.
Un temor se apoderó de mí. ¿Podría yo amar a ese pequeño ser con tanta intensidad como a su hermano? ¿Olvidarían seguir amando a mi nieto cuando llegara ella? ¿Tendría yo lugar entre mis brazos para cobijarlos a los dos?
El día llegó y su prisa por comenzar a vivir la hizo respirar antes de tiempo, por lo que líquido entró a sus pulmones. ¡Vaya susto! Entonces no entendí que esa sería su historia: ¡Ganas de vivir y crecer de prisa!
Cuando vi su pequeño rostro colorado y el abundante cabello oscuro que coronaba su cabecita redonda, mi corazón pareció crecer y entonces comprendí que ya la amaba con locura. Empecé a soñar en vestidos y peinados, cuentos de hadas y música de Flans. Un mundo rosa se abrió en ese instante y ardía en deseos de iniciar el camino tomando aquella manita pequeña pero firme.
Muy pronto reconocí su temperamento y determinación. Parecía tener una opinión para todo, incluso cuando aún no articulaba palabra alguna. ¡Había llegado una bella guerrera a la familia!
Poco tiempo después, me enteré que sus papás la llevarían a vivir a otra ciudad. Ya no la vería todos los días y me perdería de sus gracias cotidianas. Mi corazón desfalleció. Mis dos nietos se habían convertido en el centro de mi alegría y no lograba imaginar pasar un día sin verlos. Con tanta distancia de por medio, ella no estaría segura del amor de Gramma y, tal vez, hasta me olvidaría.
Pero un día, al llegar a visitarla, ella me aseguró que había reservado un lugar para mí en su corazón. Paradita en una barda, al ver que me acercaba en el auto, brincaba y agitaba las manitas de emoción. Era cierto, ¡ella sabía que la amaba con toda mi alma!
Luego vinieron los tiempos de cambio y, como muchos hijos de familias disueltas, ella tuvo que aprender a sobrevivir las crisis, las situaciones inesperadas y las separaciones. Comencé a comprender la razón de su carácter. Dios la había preparado para enfrentarlos.
A pesar de todo, mi pequeña conservó su encanto. En medio de las tempestades, fue convirtiéndose, de una pequeña imperativa, en una niñita empeñada en ganarse el corazón de los suyos.
Su sonrisa, brillante y coqueta, se ha convertido en la llave para entrar en la vida de quienes la rodeamos. La feminidad que transpira y la chispa de su mente la han transformado en un imán con coleta y zapatillas rosas. Mi nieta es, tal como lo intuí cuando nació, una princesa. No una remilgosa y hueca, sino una valiente, sabia y toda una guerrera.
Hoy cumple cinco años y sigue sorprendiéndome con las cualidades de su corazón. Ante la ausencia, me ha puesto un ejemplo de amor y perdón. En medio de los antagonismos, me ha enseñado el camino de la reconciliación. Con una sonrisa me muestra el valor de su corazón, pues es capaz de pensar en un futuro de unión familiar con una simple frase: ¡Todos seremos amigos, Gramma!
Cuando recuerdo aquellos días en que traté de imaginar todo lo que planeaba enseñarle, veo de lleno mi ingenuidad pues, después de cinco años de tenerla junto a mí, me doy cuenta que ella ha venido a enseñarme mucho más de lo que yo soy capaz de enseñarle a ella.
Me ha enseñado a no rendirme y a creer que el amor todo lo puede; me ha mostrado el poder de una sonrisa y el valor de familia; y, para mi sorpresa, me ha enseñado a orar sin cesar por aquellos que yo creí perdidos, siempre comenzando por pedir lo más importante: “Dios, te pido que nos quieras mucho y que nos cuides. . .”
Mia Isabella, Dios tiene un futuro hermoso para ti y nunca, nunca dudes del amor de tu Gramma que es apenas un poquito menos que el que Dios tiene por ti.

¡¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS Y MIL BENDICIONES, MI PRINCESA!!!

jueves, 31 de octubre de 2013

“Erase una vez. . .mi vida: Tomando té”

Hace mucho. . . ¡pero mucho tiempo! Antes de los teléfonos celulares, el Facebook y el correo electrónico, las parejas sólo contaban con tres opciones para conocerse: Por carta, por teléfono o. . . ¡Invitando a la chica a salir!
Así fue como muchos hombres se convirtieron en héroes al superar el miedo a la temida respuesta: ¡No, gracias! Ellos debían armarse de valor y preparar el terreno con pequeños detalles que fueran dando indicios a la chica sobre su interés en ella. La creatividad era parte de la relación y se llamaba “cortejo”.
He de confesar que mi chico no fue el más romántico ni creativo, pero si fue el más considerado.
Nuestra primera cita ocurrió en el último lugar que él hubiera elegido.

En una esquina de la calle de Florencia (cuando la zona Rosa aún era congruente con su nombre y no había cambiado su tono a rojo), se dio cita el primer encuentro. Era una pequeña casa donde el menú principal era el té y en el aire flotaba música suave (¿o habrá sido el revolotear de mariposas en nuestros estómagos?). Las mesas redondas, con tan sólo dos sillas cada una, sugerían que se regían por aquel dicho que asegura que “lo que se dice entre dos, no se dice entre tres”. Los asientos, dispuestos uno frente al otro, confirmaban que las miradas estaban destinadas a tenerse una frente a otra.
Así fue que, envueltos en un aroma de té de menta, comenzamos el juego de preguntar sin hacerlo y dar las pinceladas sobre el lienzo donde pintaríamos el retrato del otro en nuestra memoria. Las ganas de conocernos hicieron que el tiempo se alargara y más de una taza fue servida en nuestra mesa.
Hoy, cuando miro a las parejas que viviendo las ansias de conocerse, se saltan esos pasajes del galanteo y viven sus prisas corriendo hacia una anticipada intimidad, siento pena pues se están perdiendo de momentos mágicos y, más allá, están haciendo a un lado los tiempos clave en el verdadero arte de aprender quién es realmente el otro. La conversación pasa a ser secundaria y le dejan la labor a la piel, tan limitada en su percepción.
Cuando preparo una taza de seductores aromas, mi mente regresa  a ese rincón de la ciudad y mi piel se eriza al recordar la mano de mi amado que, aprovechando el momento para acercarme la taza, travieso, se atrevió a rozar la mía.
¿El fin de la historia? Simple y trascendental:

TE tomo como esposo hasta que la muerte nos separe"

lunes, 28 de octubre de 2013

"El lado luminoso"

Abro el clóset y una cascada de recuerdos se mezclan con los aromas de tu vida. La habitación se inunda de tu presencia. Entre los papeles apilados descubro tus ojos atentos y a la caza de la inspiración de sueños y relatos. No hay espacio en mi ser que quede sin vibrar ante la sensación de que estás por cruzar el umbral y arroparme en un abrazo. ¡Cuánto te extraño!
Me siento sobre la cama, miro el muro frente a tu escritorio, estampado de recordatorios y frases que te has inventado para que no se esfumen tus hallazgos de sabiduría. Aspiro hondo y mi corazón se alegra al sentir los recuerdos avivados en la flama del orgullo de ser tu madre.
Pienso en tus amigos, ahora sí, de muchos años. Te has sabido ganar su cariño, su respeto y has sembrado en ellos el deseo de permanencia junto a ti. Traigo a la memoria a tus maestros, muchos de ellos compartiendo esa satisfacción por guiar tus eternos deseos de conocer, aprender y crecer. ¡Cuánto aplaudo tu férreo compromiso!

Recorro con los ojos tu espacio y siento el ondear de la bandera blanca con la que te abres paso por la vida. La paz, la conciliación y el respeto están inscritos en ella. ¡Cuánta gente como tú, amante del prójimo y la armonía, hacen falta en nuestro mundo!
Me levanto y camino hacia la puerta, resistiéndome a dejar esa compañía que me prodigan cada una de tus cosas: Partituras, libros, música y un sinfín de escritos. Entonces, como por asalto, se filtra el viento en la ventana, entretejiéndose en mis rizos, y una sonrisa aflora de mis labios. Es como si tu mano traviesa volviera a alborotarlos y te dispusieras a correr a mi habitación para, simulando un vuelo, echarte de barriga sobre mi cama. ¿Cuándo empezaste con aquella travesura? No lo recuerdo, pero lo mejor está en que no has dejado de desordenarme la melena y te sigues deleitando en desbaratar el cubrecama para tenderte cual gatito y esperar a que rasque tu espalda y acaricie tus cabellos.
Después de tantos días de lluvia y cielo encapotado, al sentirte cerca en mi memoria, me deleito al pensarte y mirar, con ojos quietos y sonrientes, el lado luminoso de la luna.


“Honra a tu padre y a tu madre, para que disfrutes de una larga vida en la tierra que te da el Señor tu Dios”. –Honra en mi hijo tu promesa, Señor.

miércoles, 23 de octubre de 2013

"Si tan sólo. . ."

Si tan sólo pudiera remontar el viento, trepada en las alas de las nubes y convertirme en cenizas al llegar al sol.
Si tan sólo pudiera sacarme el corazón y dejarlo mecerse entre las olas para curar su cansancio.
Si tan sólo pudiera llevar mi alma hasta el remoto día cuando la felicidad se enseñoreaba.
Si tan sólo pudiera desgarrar los dolores, hacerlos filamentos de escarcha y dejarlos secar al calor de las sonrisas.
Si tan sólo pudiera filtrarme en ese tronco y colarme en sus raíces para volverme a la tierra.

Si tan sólo pudiera. . . pero no puedo y me encorvo en el diminuto espacio dentro de mi cuerpo, atrapada en mi presente, destinada a vivir lo que no quiero.

lunes, 21 de octubre de 2013

"Puros cuentos"

Cuando niños, casi todos hemos escuchado el tradicional cuento de Caperucita Roja y el lobo. Hoy, casi por puro ocio, releí la tan conocida historia y encontré que, retirando los betunes infantiles, entraña enseñanzas útiles a estas alturas de mi vida.
Comencé por la madre y su instrucción a Caperucita de llevar víveres a la abuela enferma, cruzando el bosque con sus consabidos riesgos (¿o le habría hecho recomendaciones antes de enviarla?)

La madre, motivada por una buena intención, decide tomar el riesgo y envía a la inocente hacia el trayecto donde sabe habita el lobo y “otros” extraños. Su consejo es: “no te apartes del camino y no hables con extraños”. Y todo el asunto me pone a pensar.
¿Era el verdadero riesgo que ella hablara con extraños? El andar por el camino, a fin de cuentas, era la opción que más posibilidades daba para que se topara con otros transeúntes y, hablar con el lobo, ¿era el verdadero riesgo, conociendo la naturaleza carnívora de la bestia?
La vaguedad en las advertencias maternas me parece no sólo insulsa, sino casi tan infantil como la niña misma. Y, un poco más allá, irresponsable.
Entonces imagino una típica escena actual donde una madre despide a su hija para ir de campamento, a una excursión o una visita: “Pórtate bien, te cuidas”. ¡Más imprecisiones y advertencias inútiles! ¿Acaso no es obligación del adulto señalar los riesgos específicos a los que puede enfrentarse la criatura? En cambio, encapsulamos la experiencia y deseos de bienestar en la inútil frase “te cuidas”. Si además, evaluando la circunstancia de riesgo, encontramos que la niña no sería capaz de maniobrar con las posibles dificultades, ¿no es osado e irresponsable someterla a tales peligros?
Tal vez, de todos los personajes del cuento, la madre es quien más reproche me merece. No sólo es de señalarle que “sus buenas intenciones” no eran suficiente razón para poner en riesgo a su hija, sino que la lógica más elemental no es parte de su forma de advertirla sobre los peligros.
A lo largo del cuento, cada personaje actúa como su rol le exige, menos ella. Y en el diario vivir, descubro que muchos de nosotros nos justificamos con nuestras buenas intenciones, ponemos en riesgo a terceros por nuestra falta de lógica; somos imprecisos en nuestras advertencias y, al final, parece que otros tienen responsabilidad de nuestras decisiones.

¿Es en verdad un cuento para niños?

viernes, 18 de octubre de 2013

"La cueva"

Mi alma está llagada y mi cuerpo exhausto. ¿Cómo pueden diez años pesar tanto? Si fui contando los años, uno a uno, ¿por qué hoy parece que han duplicado su peso sobre mis espaldas? Mi corazón se queja dando puntapiés a su ritmo y se rebela. ¡Ya no quiero seguir!, me grita, y yo lo tranquilizo con la pastillita blanca y diminuta. ¡Pobre corazón! Retoma el ritmo a fuerza de químicos que le marcan el paso, pero nada espabila su pesar.
Los puentes de mi vida se van derrumbando, uno a uno, coartando los caminos que marcaban mi futuro. La rutina de risas y juegos se esfumó, dejando sólo los recuerdos de risas de niños y fantasías.
El puente de la esperanza, que empiezo a intuir como la imagen ilusoria de mis anhelos, ya no existe. El devastador rencor, con sus aguas de pasado, lo han destruido y el espacio hacia un futuro de paz, amistad y reconciliación parece infranqueable. Sólo un milagro podría levantar de nuevo esos peldaños. ¿Acaso tiene sentido seguir esperando ese milagro? La desolación me responde que no.
Por eso he decidido irme a la cueva. Necesito esos muros estrechos con que sólo la soledad puede abrigarme. Necesito acallar los insultos con los que se han sembrado mis recuerdos. Es imperante, para seguir viviendo, dejar de ser blanco de los ataques de quien se supone habría de amarme y respetarme. Debo, si quiero lograr echar fuera el impulso natural de odiar a quien tanto me ha herido, alejarme y resguardar mi espíritu en el hueco de la cueva, como un nuevo útero que me permita volver a nacer con fuerzas renovadas de perdón.
Puedo entrar en ese espacio y alejarme pues tengo la certeza de la presencia de quienes me esperarán afuera. Sé que puedo contar con la mano firme y tibia de mi compañero, la mirada de mi hijo, el consuelo de mi hermana y mi hermano, mis dos ángeles guardianes, y el hombro de mi amiga. Estaré en soledad, y sin embargo, siempre sentiré su compañía.
Estoy lista para seguir escuchando el eco de reclamos, sordos e ignorantes a mis penas y la decepción de mi alma. Pero lucharé por dejar de escuchar a sus exigencias y condenaciones.
Reconozco mi limitación humana, mis errores, mi participación en los fracasos pero, ¿eso me condena a ser el blanco eterno de la frustración ajena?
Preparo mi morada que, aún no sé, me alojará un día, una semana y. . . ¡qué sé yo de tiempos, sanidad y respuestas! Sólo sé que debo entrar en esa cueva pronto y hablar con Él, el único que tiene las respuestas sobre el tiempo por venir. Él escuchará mi queja: ¡Señor, estoy cansada!

Escucho pisadas y una caricia de aromas despierta mis sentidos. Abro los ojos. Un rayo se cuela entre las persianas y me entrega el mensaje: 
Quédate quieta y reconoce que Yo soy Dios”.

Respiro, casi sonrío. Estoy viva y me pongo en pie. . . ¡Sigo de pie, Señor!

lunes, 14 de octubre de 2013

"Lunes"

Lunes. Jalo la sábana sobre mi cabeza y la convierto en una barrera infranqueable que no permita el asalto de la realidad. Suspiro. La bota de un hombre se posa sobre mi pecho y mi corazón se queja, no puede palpitar. Pero el intruso, llamado tristeza, reclama su territorio y aprieta con más fuerza, machacando mi respiración.
Algo zumba y lo atrapo con la mano para arrojarlo contra el muro. Me detengo. No tengo las agallas de enfrentarme al despertador, ¿cómo entonces espero poder hacerlo con el mundo?
Me envuelvo con la tela, mi única aliada, y giro para esconderme bajo la almohada. Dentro de mi mente, aprovechando la maniobra, mis recuerdos comienzan a caer como canicas bajando la escalera.
Ahí están ellos. Sonrío.
Mis brazos se llenan con ese bulto sonriente y calientito. Rozo con mi dedo su mejilla. ¡Es hermoso!
Dos vocecitas me sacan del ambiente de ensueño que el bebé lleva consigo. Es hora de jugar, anuncian. Mi atención vive el suave jaloneo de sus juegos. Un libro, los colores, pequeñas piezas ensambladas, la pantalla con sus retos y deseo, por enésima vez, partirme en tres para no perderme un segundo de su vida, su compañía.
La puerta se abre y aprieto los ojos para no ser descubierta soñando. Los pasos del guardián de mi tristeza se detienen junto a la cama. El aroma del café que ha traído quiere convencerme de intentarlo. Espero a quedar a solas para moverme. No quiero testigos si es que fracaso en mi propósito.
Retiro las mantas y mi cabello alborotado se convierte en el retrato de mis sentimientos de añoranza y pena. Bajo un pie. Luego el otro. El frío del piso y de la realidad, espabilan mi conciencia. Abro los ojos y me doy cuenta de que, su ausencia, es tan fría como ese piso.

Miro a la ventana y compruebo mi sospecha. Mi ánimo ha pintado el cielo con nubes grises y soledad. Avecina una tormenta, sorda, como de lágrimas escurriendo en las mejillas.

viernes, 11 de octubre de 2013

"Erase una vez. . . mi vida: Cambiando mi destino"

A los 13, toda niña tiene una pasión y un hobby. En una escuela con sólo mujeres y comandada por monjas, las opciones eran un poco limitadas en lo referente al sexo opuesto. Así que muchas vertían las inquietudes juveniles en imágenes de artistas con las que decoraban sus carpetas o compartían las portadas de cantantes con las compañeras de clase. ¡Obras de arte en las que invertían sus talentos y su pasión!
En mi caso, como buen patito feo, mis alcances eran más tímidos. ¿Cómo pretender siquiera la idea de pronunciar el gusto por un joven galán, aunque fuera de papel? ¿Quién podría fijarse en alguien con cabello tan rizado, ojos tan pequeños y plana como un burro de planchar?
Pero, todos necesitan una pasión y un hobby, y no fui la excepción. Mi pasión, entonces, fue la música y mi hobby soñar en una vida llena de conciertos, yo interpretando el violín. Sí, hubo un tiempo en el que estudiaba, simultáneamente, el acordeón, el piano y el violín. Pero era el violín, por su dificultad caprichosa y su sonido melancólico el que me encendía la pasión por un futuro musical.
Lo estudiaba encerrada en la habitación y con rigurosa sordina pues, en lo que aprendía a tensar y hacer fluir el arco sobre las cuerdas, los chirridos desquiciaban la calma de mi casa. Aun así, no cejaba en el intento de dominar el complejo instrumento hasta que. . . me llené de inseguridad y cambié mi destino.
Bastaba con estar justo a mi prima, con sus uñas bien manicuradas y barnizadas, para que mi futuro se desvaneciera entre las dudas. Cuando nuestras madres nos pedían pararnos unas junto a otras, y comparaban la evolución de nuestros cuerpos, mi alma se deprimía y mi espíritu salía corriendo. ¿Cuándo dejaría de ser el pato feo? ¿Tenía caso tener un sueño de ser apreciada y amada, con semejante físico?
Así que, un día, tuve que tomar una decisión. ¿O me cortaba las uñas al ras para poder continuar mi conquista sobre el violín o las dejaba largas para comenzar a cambiar la imagen deslavada que lucía? Y mi inseguridad ganó. . . dejé el violín, de un día para otro, encerrado en el estuche negro que también guardó mi sueños de concertista.

Ayer, con uñas alargadas, esmaltadas de negro y destellando un decorado dorado, recordé esos tiempos y apliqué mi experiencia para cambiar mi destino. ¡Las corté al filo de la carne y con eso cambié mi destino!
Esa decisión tan simple, abrió el futuro inmediato, los siguientes minutos incluso, a una vida distinta. Con soltura y ligereza, mis dedos pudieron pasear por el tecleado a la velocidad de mis pensamientos y pude completar la historia que aún colgaba sólo de mi imaginación. Tal vez, a pesar del estorbo de las uñas largas, de haberlas dejado en su longitud original, hubiera podido completar la tarea pero. . . ¿cuántas ideas habrían perdido su rumbo mientras corregía el tropezar de teclas con mis dedos estorbados por las uñas? ¿Habría fluido la inspiración con el mismo ritmo de haberme tenido que volver en el camino, reescribiéndola, una y otra vez?

Después de lamentar el recuerdo de aquel sueño frustrado, creo que aprendí la lección. 
Hoy pienso que, muchas veces, son las pequeñas decisiones las que dan un rumbo totalmente distinto a nuestra vida: Un perdón no otorgado, un rencor guardado, una palabra de aliento a tiempo,  una disculpa al niño ofendido, un silencio respetando un reencuentro, una segunda mejilla para que el otro descargue la ira, una respuesta amable, unas uñas cortas, un “te quiero” o un “siempre estaré contigo”. . . todas esas pequeñas decisiones son importantes, pues sin saberlo nosotros, pueden cambiar nuestro destino.

martes, 8 de octubre de 2013

"Papeles"

Estoy convencida de que la vida es como una interminable obra de teatro, donde cada uno de nosotros elige un papel y lo desempeña en los diferentes actos. Cada circunstancia, un acto, nos da la oportunidad de seleccionar el rol que queremos interpretar.
Así encontramos a los protagonistas de la historia de nuestras vidas:
Está el villano que, aunque parezca mentira, no es tan fácil de identificar pues en nuestra sociedad, con la confusión de valores, ya no estamos seguros que es el bien y el mal, como tampoco podemos saber si la actuación va en uno u otro sentido. ¿No es el caso de quien asesina a un bebé, abortando? ¿Víctima o villana?

La víctima, el personaje al que todos podríamos señalar como el sufriente en la circunstancia, también tiene sus ventajas. El poder que ejerce sobre los que la rodean, mostrando sus reclamos y sus dolores, a veces compite con el líder del reparto. Tal vez, en el caso de los niños, este rol sea el más genuino pues ¿quién no ha visto a un niño siendo usado por sus padres como arma o moneda de cambio, sin que nadie levante la voz por ellos o luche por sus derechos? A los niños, casi por definición,  en una situación de crisis de adultos, les toca llevar el penoso rol de víctimas.
El más popular y el más reñido de los papeles es, sin duda, el de juez y le sigue el de verdugo, aunque nadie lo quiere reconocer.
Para quien se queda con el personaje del juez, una estela de reconocimiento secreto se extiende a sus espaldas. A él, con el mérito de tener pecados y errores más “pequeños” (en su propia opinión, por cierto) que el juzgado, se le concede el derecho de señalar al culpable y dictar sentencia. “Tú sí mereces perdón. . . tú no. . .”, dicta el juez y la consecuencia se impone por la aplicación de su criterio de selección.
Quien ejerce el rol del verdugo, en muchas ocasiones, se mezcla con el de la víctima. ¿Acaso no han visto a una ex esposa crucificar al padre de sus hijos, borrándolo de su vida,por las heridas que ella sufrió, olvidando su participación en esos pleitos y no asumiendo sus propias culpas? Ella, cual verdugo, corta la cabeza y se levanta en el pedestal de la víctima, papel que en realidad es natural para los hijos.
Los héroes. . . los héroes en estos días son poco populares. A riesgo de ser llamados entrometidos, la mayoría opta por jugar el papel de relleno, fuera del protagonismo y quedarse con la tranquilidad del que observa y no busca problemas. ¡Suficientes tiene ya con los suyos!, es su excusa. Así es como, los caudillos de antes, van quedando en el olvido y la obra de nuestra vida transcurre con historias de injusticia, sin la esperanza de que alguien luche por las verdaderas víctimas. Pero. . . así es la vida.

Ahora te pregunto, ¿qué papel juegas tú en la historia de tu vida?

lunes, 7 de octubre de 2013

"Humedad"

Un vistazo al techo del comedor y la pesadumbre me aplasta el ánimo.
¡Otra vez, la humedad ha arruinado el aplanado y la pintura! Como burbujas a punto de reventar, el agua acumulada abulta el esmalte que hace menos de un año aplicaron y es obvio, inminente, que el yeso caerá en cualquier momento. ¡Cuánto esfuerzo y dinero desperdiciados! ¡Qué poco me duró el gusto de ver el espacio decorado y perfecto!
Pasada la contrariedad del hallazgo, me propongo a hacer un plan para la reparación y recuerdo. . .
El origen de la humedad, que quise ignorar, está en la tina de hidromasaje del baño de la planta alta. Una gota constante que, al verla diminuta, resolví ignorar. El arreglo quedó pospuesto por considerar que el daño no pasaría de un pequeño charco que a nadie incomodaría. ¿Cómo iba yo a imaginar que, al paso de pocos meses, la avería se extendería y se trasminaría hasta la planta baja? Pero la consecuencia ya es parte de la realidad y me resigno a lo que viene.
Ahora tendré que lidiar con el polvo que invadirá toda la estancia cuando, para ventilar y secar la zona, retiren el yeso del aplanado. También me ha anunciado el plomero que le tomará algunos días romper parte del muro del baño y será necesario cambiar las tuberías afectadas. ¡Más escombros y desorden! Tendrá que cortar el flujo del agua por un par de días y el agujero en el comedor, probablemente, deberá permanecer como parte de la “decoración” por algunas semanas hasta que haya secado completamente ¡Tiempo! No hay otra solución más que dejar que el tiempo haga su parte.

El porvenir, reconozco con desgano, no se me antoja y puedo imaginar todas las incomodidades que están por delante. Las molestias postergadas están cobrando factura con intereses.
Entonces pienso en las “otras averías” y viene a mi mente la queja que alguien cercano pronunció hace unos días: “¡Otra vez! Parece que no es posible vivir en paz más de dos o tres meses”. Los desperfectos en las relaciones familiares, al igual que la gotera y la humedad en el techo, están exigiendo atención. También han sido postergadas las reparaciones e irremediablemente, esta vez, se requiere de romper, cambiar y dejar secar antes de recubrir las zonas dañadas con yeso, sellador y pintura. No tiene caso pintar y repintar, aunque lo haga con el esmalte de mejor calidad, si por dentro persiste el daño.
Esa reparación de relaciones, al igual que el techo, es impostergable y necesaria. Y, a decir verdad, sé que tampoco será placentera.
Me esfuerzo por hacerme a la idea de que tendré que trabajar ambas cosas y me repito que, en la vida, no todo lo que hacemos es grato. Hay temas que se atienden porque son necesarios.

Así que, ¡manos a la obra! Y que el tiempo haga su parte.

viernes, 4 de octubre de 2013

"Sonidos y silencios"

Decía mi padre que la música, para serlo, debía incluir tanto sonidos como silencios. Y esto, traducido a la convivencia, implicaba presencias y ausencias para dar un espacio sano a las relaciones.
Por mucho tiempo, su comentario me parecía desatinado pues pensaba en que la única forma de asegurar al otro –nuestro compañero o seres amados– que estábamos para apoyarlo, era con nuestra presencia física.
Ahora, a mis cincuenta y tres años, comienzo a entender la necesidad y beneficio de la ausencia.
Con varias décadas de vida, comprendo que nuestra ausencia le da tiempo a la otra persona de recapacitar y pensar, sin la interferencia de nuestra opinión.

Otras veces, cuando nos ausentamos, dejamos el espacio libre para que nuevas compañías enriquezcan la vida de nuestro ser amado. Y en el peor de los casos, al no estar, le regalamos una forma de revalorar la relación y recapitular sobre lo que ella trae a la vida de ambos. Sólo entonces puede re-direccionarse, si es que ha perdido el rumbo y recobra sentido cuando lo ha perdido. La distancia puede ser la oportunidad de convertirse en una mejor relación.
La música de mi vida, hoy, incluye silencios que implican ausencias  de gente importante para mí. A veces, esos silencios son dolorosos y la añoranza malluga mi ánimo. Pero, a pesar de todo, he aprendido a valorarlas y hasta agradecerlas, convencida de que una vez superadas, el vínculo estará más pulido en verdad y autenticidad.

Es difícil no estar junto a quien hace que nuestra vida tenga más sentido pero, el sacrificio de dejarlos ir lejos y no disfrutar de su presencia, tarde o temprano. . . sé que traerá su recompensa.

jueves, 3 de octubre de 2013

"Diez minutos"

Llegó la hora de apagar la luz y ajustar el despertador para el día siguiente.
Repaso mentalmente los preparativos para la jornada escolar: Uniforme, lonchera, mochilas, ropa y chamarras, ingredientes para el desayuno y maleta para clase de natación. Terminado el recuento, vuelvo al despertador y repienso la hora que habré de fijar. ¡Seis y cuarto! –concluyo, presionando las teclas de los números  y. . . dudo.
Al día siguiente, en cuarenta y cinco minutos, con un poco de apuro, estaría bañada, vestida,  maquillada y el cabello arreglado; prepararía los desayunos y el lunch del día. A las siete en punto, con el fondo de la Suite no. 3 de Vivaldi, iría a la habitación a despertar a mi nieto para iniciar con el desayuno, vestirlo, peinarlo y asearse los dientes. Aun así, el tiempo no me cuadra y no me gustan, ni en el pensamiento, las prisas.
Recapitulo las escenas y resto diez minutos al horario inicial. Seis con cinco a.m.  Sonrío ante la convicción de que todo será mejor.

Retomo mis pensamientos hasta el momento de ir a la habitación a oscuras, donde mis dos nietos respiran suavemente mientras aún duermen. Tomo a mi nieto entre mis brazos y lo acuno en mi pecho. Camino hasta mi habitación, susurrándole al oído: Buenos días, mi dulce niño. Te amo con todo mi corazón. . . Dios te bendice, mi pequeño.
Me siento sobre la cama y lo arrullo. Él comienza a abrir los ojos y me sonríe cuando le pregunto cómo ha dormido. –Bien, Gramma– responde. Acaricio su cabello y lo beso. Él, como un minino, se arrebuja y cierra los ojos otra vez, sin dejar de sonreír. – ¿Estás listo para el desayuno? Y, con el gesto más dulce del mundo, asiente y se deja abrazar y besar aún más.
Acomodo las almohadas como respaldo y lo siento frente a mí. Ajusto la charola con su comida favorita cuando, al fin, sus ojos se terminan de abrir. Tomados de las manos, hacemos una pequeña oración para agradecer a Dios y, ya totalmente despierto, alterna cada bocado con mucha conversación.

Diez minutos. Es el tiempo de un ritual, calmo y gentil, con el que decido iniciar el día de mi amado nieto. Diez minutos que restaré a mi sueño para invertirlo en el mejor proyecto de mi vida: Su felicidad.

martes, 1 de octubre de 2013

"Cuando hablaba de él"

Su nombre era Salvador. Aparentemente serio pero risueño al estar entre amigos. Fue muy buen padre y un esposo cooperativo y servicial. Me gustaba observar cómo se transformaba en un joven relajiento cuando bailaba “Sergio el bailador”, pero más me gustaba cuando hablaba de él.
Sus ojos se rasgaban y el corazón irradiaba un orgullo que le hacía brillar los ojos cuando, a la memoria, venían recuerdos de la infancia su hijo y, con una sonrisa agregaba: ¡Ese Chavas, siempre ha sido un tragón!
Entonces las anécdotas comenzaban a ventilarse. Fue así que me enteré de que, como premio por el primer lugar en la escuela, siendo aún un niño pequeño, su Chava había pedido un pollo rostizado ¡para él solito! Y se añadía el comentario sobre el libro de Macario, el primero que su hijo había leído por recomendación suya.
También supe de la rutina entre padre e hijo donde, acompañado de una pandilla de amigos, lo llevaba a las desiertas calles de Vista Hermosa para que los chicos se deslizaran en patineta y avalancha. Ahí entraba el hijo a completar la historia, recordando cómo sus amigos les preguntaban si su papá también podía ser su papá. El recuerdo le hacía surgir una satisfacción que lo hacía sonreír.
El tiempo de su cambio a Puebla, donde padre e hijo vivieron solos en la nueva ciudad, parecía ser su mayor tesoro. El hijo aún sentía gratitud por la generosidad de su padre quien, teniendo sólo un auto disponible, se lo dejaba para que fuera a la universidad mientras su padre se iba a pie. Como descubrieron el mejor lugar para comer “guajolotas” y otras delicias poblanas, redondeaban la historia.
Fue con esas anécdotas que comprendí el origen de las mejores cualidades de Chava, a quien yo llamo Gordito y que ha sido mi compañero y esposo por casi treinta años.
Hoy, es un hombre adulto. Esposo, padre de dos hijos y abuelo de tres hermosos nietos y, al igual que Salvador, su padre, yo me deleito en hablar del hombre excepcional en que se ha convertido.
Un día, cuando nuestros nietos crezcan, escucharán las historias de su abuelo, un hombre ejemplar, de mi propia voz. Sabrán de su entrega a la familia, de sus diarios sacrificios para ser el mejor proveedor; de la paciencia infinita para compartir tiempo y juegos con sus hijos y nietos, a pesar del cansancio; del optimismo inagotable y la fe en Dios que lo levantaba en los tiempos difíciles; pero sobre todo, sabrán del hombre cariñoso, fiel y servicial que ha sido para mí, su afortunada esposa.
Dios bendiga a ese hombre, mi esposo, en el día que celebramos un años más de vida.


¡FELIZ CUMPLEAÑOS, GORDITO!

viernes, 27 de septiembre de 2013

"Prejuicios"

Aunque he sido calificada, en ocasiones, de ser demasiado conservadora, mocha y hasta obsoleta en mis formas y creencias, pocos saben de mi gusto por los tatuajes. Tal vez no al extremo de recubrir el cuerpo con un montón de ellos pero, un detalle o un símbolo significativo y bien diseñado, siempre jalan mi atención.
Hoy, mientras subía una chica en el ascensor del hospital, noté que llevaba uno en la muñeca, con letras que me parecieron de caligrafía árabe y un sello en tonos azul pálido. Era pequeño y muy bien delineado. Atraída por su diseño, después decirle que me parecía muy lindo, me atreví a preguntar el significado.
-Mi hermano ha estado secuestrado cuatro meses –respondió, y sus ojos grandes se cubrieron con un espejo de lágrimas– por eso me lo puse. Su garganta se tensó y no pudo articular una palabra más.

Su respuesta me dejó sin habla y mi corazón se llenó de compasión. No es la primera ocasión que, haciendo una pregunta inocente, recibo por respuesta algo que me paraliza.
Conmovida, le dije que lo sentía y ofrecí orar por que su hermano apareciera pronto, antes de que saliera del ascensor. Ella me sonrió, aún con los ojos llorosos y dijo un “gracias” en voz baja.
Fue inevitable que mi mente revoloteara sobre el incidente las siguientes horas. Llegué al recuerdo de gente que, con mucha determinación, juzga a quienes deciden portar un tatuaje o un piercing, colocándolos de inmediato bajo etiquetas de “indeseables”, “malvivientes”, “inadaptados” o “hippies”. Tal vez, si alguna de esas personas se hubiese cruzado con esa jovencita, ella habría entrado en esa clasificación y hubiera recibido una mirada de desaprobación. Pocos podrían imaginarse la razón de ese símbolo: Un vínculo personal y permanente que decidió conservar con y por su hermano.

De ahí pasé a las críticas que he escuchado por el vestir, el peso, el color del cabello, hasta que una fue mi conclusión: Nacidos desde la ignorancia, los prejuicios, ¡cuánto daño hacen a la humanidad!

jueves, 26 de septiembre de 2013

"La verdad"

Una de las notas que abundan en los muros de las redes sociales, es la denuncia contra la hipocresía. Puedo percibir el dolor y la frustración de la gente que se siente defraudada al descubrir la máscara de falsedad en aquel en quien confió. El enojo es obvio, pues las expectativas, de lo que el “otro” debía ser, se ven rotas.
¿Será que no podemos ser honestos y vivir con la verdad en la frente?
Entonces trato de entender a ese “otro” y me surgen muchas preguntas. ¿Qué haces con la verdad cuando la conoces? ¿Hacia dónde te impulsas cuando alguien te revela sus flaquezas, defectos e impotencias? ¿Surge el juicio al conocer un pasado de decisiones desatinadas o extiendes gracia para quienes han cometido errores incomprensibles para ti?
El corazón se me encoge ante el hallazgo y confieso que no siempre he extendido gracia. Muchas veces, al encontrar la peor faceta de la gente, arrugo la nariz y hasta llego a mostrarle mi disgusto.

Si la gente percibe mi desaprobación y mi juicio, ¿por qué entonces tengo la ocurrencia de esperar que se muestren, sin pudor ni recato, con todo su pasado, sus errores o sus miedos?
Ahora que entiendo el temor al juicio, comprendo la presencia de las máscaras que transitan a mi alrededor y olvido la queja contra la hipocresía.
A pesar de tan triste conclusión, una frase me llena de esperanza, pues sé que encierra la respuesta a ese danzar de gente que se oculta y desconfía. Si tan sólo hiciéramos lo que ella dice, ¡que mundo tan distinto viviríamos!

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

martes, 24 de septiembre de 2013

"Como niños"

Después de un día extenuante, con la frustración acumulada ante un cuerpo que no termina de responder, un incidente me enfrentó y perdiendo el control ¡exploté!
En otro momento, eso no hubiera sido más que un momento de exasperación. Lo malo es que, justo en ese instante, mi nieto asomó la carita para preguntarme algo.
-¡Por favor, estoy muy enojada! –le respondí sin tacto– espérame en la recámara.
Como un ratoncito, mi pequeño se escabulló seguido de su hermana a la otra habitación.
Segundos después, lo único que podía ver en mi memoria eran cuatro ojitos asombrados y, con asombro, reaccioné. ¡Nunca había hablado así a mis nietos!
Me apresuré a la recámara, donde los encontré sentados en el sillón.
–¡Perdóname, mi niño! Estaba muy enojada y no debía haberte habla así, amor. ¡Discúlpame, por favor! – le dije, mientras lo envolvía entre mis brazos.
Separándose de mí, se paró sobre el sillón. Sus ojitos quedaron justo frente a los míos.
– No te preocupes, Gramma –me dijo, y su rostro tenía linda sonrisa con dos ventanitas al frente–. Yo he escuchado palabras horribles y esas personas no se disculpan.
 Yo también se asusté –agregó mi nieta, que nos miraba sentada junto a nosotros.
–¡Perdóname, princesa! –me disculpé con ella –no quise asustarte, cariño.
De un salto, se levantó y me abrazó por el otro costado.
Así, envuelta en el abrazo más sincero que he recibido, mis ojos se inundaron de arrepentimiento y mi corazón rebosó de gratitud por el perdón recibido.
Después de ese momento, en que mi conciencia quedó magullada y a estas alturas de mi vida, comprendí lo que Jesús dijo en su paso por la tierra: Sed como niños.

Que gran aprendizaje tuve a través de mis nietos y que sincero recordatorio a la invitación de "ser simples y pronta para perdonar".

jueves, 19 de septiembre de 2013

"Vida sin ideales"

A veces, los mensajes de sabiduría me llegan de labios jóvenes que, libres de la jactancia de la experiencia, llegan con más claridad y fuerza.
Me gusta que encaren los problemas con las soluciones que se tienen en el momento, en vez de postergarlos hasta que se presenten los planes o las situaciones "ideales" (si es que alguna vez llegan) – decía la carta, refiriéndose a los múltiples contratiempos que habían sorteado él y sus jóvenes compañeros de viaje.
Entonces revisé las situaciones “no ideales” que me rodean.
Separaciones, pérdidas económicas, enfermedades imprevistas, nacimientos no planeados y la lista creció hasta que tuve que detenerme para entender la conclusión: Mi vida, tal y como hoy está, es como un caleidoscopio hecho de circunstancias, cual cristales, irregulares, imperfectas y de aristas, algunas, filosas y punzantes. Una vida lejos de los ideales y planes iniciales.
¿Cómo es que, aun así, vivo con un sentido de plenitud y hasta felicidad?
Tal vez, como reza el dicho popular, aprendí “como el burro que tocó la flauta”, a vivir como señalaba la carta, encarando los problemas con las soluciones del momento y no me he sentado a esperar a que los ideales, con su perfección, sean parte de mi realidad.
Hoy, con la nueva mirada que da el entendimiento, vuelvo a revisar el mundo a mi alrededor. Entonces leo con agrado lo breves mensajes de mujeres que, tras perder el hogar y la familia ideales, continúan el camino reconstruyendo futuros con los trozos de sus planes y se esfuerzan por ser felices. Veo imágenes de quienes, con el proyecto de una vacación de tres días, soleada y tranquila, luchan por encontrar un buen uso a los días de encierro por las tormentas e inundaciones. Cuento las ocasiones en que una abuela, de un nieto que aún no ha tenido en sus brazos, ha dado un “Me gusta” sobre las fotos del que conocerá algún día.


Y me doy cuenta de que, allá afuera, vive gente como yo, con sus vidas sin “ideales”. Mi corazón crece en admiración y tengo ganas de aplaudir la entereza de los que siempre encuentran un motivo de esperanza que los fortalezca, para sacar partido de sus mundos imperfectos y a veces rotos.

viernes, 6 de septiembre de 2013

"Enferma"

Bajar el pie para habitar en el mundo que me ha tocado vivir, hoy, se convirtió en el gran reto. 
Mi cuerpo, sintonizado a mi alma, se reveló clamando por permanecer en el mundo del sueño para refugiarse de la realidad.
Me siento enferma, del cuerpo, del corazón y del alma.
La náusea sube a mi garganta cuando observo la destrucción entre los seres humanos que, no hace mucho tiempo, se hablaban de amor entre caricias. ¿Cómo soportar verlos ahora, atacándose con saña y famélicos de venganza?

Con saltos sin ritmo, mi corazón se conmociona cuando mira el daño de otros corazones. Corazones de niños que son usados como arma y carnada en la batalla entre sus padres. Como indefensos rehenes, degradados cual mercancías, viven para que ellos logren sus egoístas y ambiciosos deseos. Dinero y bienestar son la bandera con la que los adultos se justifican, y olvidan que sus hijos son un regalo precioso que deberían cuidar por sobre todo bien.
Esos amores impetuosos e irreflexivos, que dan luz a hijos indefensos, quebrantan mi fe en la humanidad. Sus promesas y sueños impregnados de autocomplacencia son tan efímeros y ruidosos como el correr de agua en un riachuelo. Pasan, se olvidan y cuando llega el sol de las pruebas, se seca sin dejar huella.
Por más que me esfuerzo, la espalda se me encorva y miro al suelo. Mejor mirar a un piso plano que a la naturaleza humana con su más miserable faz.
Sólo mi espíritu se aferra a una última esperanza. Esos niños de corazones maltrechos por el veneno vertido por sus padres, encaprichados en ganar su guerra, algún día, crecerán y no vivirán más en la prisión de la mentira de las malversadas razones. Al paso del tiempo, se convertirán en buscadores de su propia verdad y abrirán la oportunidad de restaurar su alma, la relación perdida y rescatarán su derecho a un presente más sincero.
Cuando pienso en que los niños son el deleite de Dios, sus hijos favoritos, toda yo ardo en la necesidad de la única justicia que reconozco perfecta y me prometo esperar con paciencia a que Él, que todo lo ve y todo lo sabe, muestre Su Justicia a favor de los niños indefensos.
Hoy levanto la voz por los que no la tienen. Hablo a cuenta de los niños que son maltratados por sus propios padres cuándo éstos inician una guerra, el uno contra el otro, usando a los pequeños indefensos. Denuncio los labios que vierten rencor y odio en el corazón de sus hijos. Y señalo su conducta como infamia y egoísmo.


“Más le valdría ser arrojado al mar con una piedra de molino atada al cuello, que servir de tropiezo a uno solo de estos pequeños” –dijo el Maestro. Lucas 17:2