martes, 8 de octubre de 2013

"Papeles"

Estoy convencida de que la vida es como una interminable obra de teatro, donde cada uno de nosotros elige un papel y lo desempeña en los diferentes actos. Cada circunstancia, un acto, nos da la oportunidad de seleccionar el rol que queremos interpretar.
Así encontramos a los protagonistas de la historia de nuestras vidas:
Está el villano que, aunque parezca mentira, no es tan fácil de identificar pues en nuestra sociedad, con la confusión de valores, ya no estamos seguros que es el bien y el mal, como tampoco podemos saber si la actuación va en uno u otro sentido. ¿No es el caso de quien asesina a un bebé, abortando? ¿Víctima o villana?

La víctima, el personaje al que todos podríamos señalar como el sufriente en la circunstancia, también tiene sus ventajas. El poder que ejerce sobre los que la rodean, mostrando sus reclamos y sus dolores, a veces compite con el líder del reparto. Tal vez, en el caso de los niños, este rol sea el más genuino pues ¿quién no ha visto a un niño siendo usado por sus padres como arma o moneda de cambio, sin que nadie levante la voz por ellos o luche por sus derechos? A los niños, casi por definición,  en una situación de crisis de adultos, les toca llevar el penoso rol de víctimas.
El más popular y el más reñido de los papeles es, sin duda, el de juez y le sigue el de verdugo, aunque nadie lo quiere reconocer.
Para quien se queda con el personaje del juez, una estela de reconocimiento secreto se extiende a sus espaldas. A él, con el mérito de tener pecados y errores más “pequeños” (en su propia opinión, por cierto) que el juzgado, se le concede el derecho de señalar al culpable y dictar sentencia. “Tú sí mereces perdón. . . tú no. . .”, dicta el juez y la consecuencia se impone por la aplicación de su criterio de selección.
Quien ejerce el rol del verdugo, en muchas ocasiones, se mezcla con el de la víctima. ¿Acaso no han visto a una ex esposa crucificar al padre de sus hijos, borrándolo de su vida,por las heridas que ella sufrió, olvidando su participación en esos pleitos y no asumiendo sus propias culpas? Ella, cual verdugo, corta la cabeza y se levanta en el pedestal de la víctima, papel que en realidad es natural para los hijos.
Los héroes. . . los héroes en estos días son poco populares. A riesgo de ser llamados entrometidos, la mayoría opta por jugar el papel de relleno, fuera del protagonismo y quedarse con la tranquilidad del que observa y no busca problemas. ¡Suficientes tiene ya con los suyos!, es su excusa. Así es como, los caudillos de antes, van quedando en el olvido y la obra de nuestra vida transcurre con historias de injusticia, sin la esperanza de que alguien luche por las verdaderas víctimas. Pero. . . así es la vida.

Ahora te pregunto, ¿qué papel juegas tú en la historia de tu vida?

lunes, 7 de octubre de 2013

"Humedad"

Un vistazo al techo del comedor y la pesadumbre me aplasta el ánimo.
¡Otra vez, la humedad ha arruinado el aplanado y la pintura! Como burbujas a punto de reventar, el agua acumulada abulta el esmalte que hace menos de un año aplicaron y es obvio, inminente, que el yeso caerá en cualquier momento. ¡Cuánto esfuerzo y dinero desperdiciados! ¡Qué poco me duró el gusto de ver el espacio decorado y perfecto!
Pasada la contrariedad del hallazgo, me propongo a hacer un plan para la reparación y recuerdo. . .
El origen de la humedad, que quise ignorar, está en la tina de hidromasaje del baño de la planta alta. Una gota constante que, al verla diminuta, resolví ignorar. El arreglo quedó pospuesto por considerar que el daño no pasaría de un pequeño charco que a nadie incomodaría. ¿Cómo iba yo a imaginar que, al paso de pocos meses, la avería se extendería y se trasminaría hasta la planta baja? Pero la consecuencia ya es parte de la realidad y me resigno a lo que viene.
Ahora tendré que lidiar con el polvo que invadirá toda la estancia cuando, para ventilar y secar la zona, retiren el yeso del aplanado. También me ha anunciado el plomero que le tomará algunos días romper parte del muro del baño y será necesario cambiar las tuberías afectadas. ¡Más escombros y desorden! Tendrá que cortar el flujo del agua por un par de días y el agujero en el comedor, probablemente, deberá permanecer como parte de la “decoración” por algunas semanas hasta que haya secado completamente ¡Tiempo! No hay otra solución más que dejar que el tiempo haga su parte.

El porvenir, reconozco con desgano, no se me antoja y puedo imaginar todas las incomodidades que están por delante. Las molestias postergadas están cobrando factura con intereses.
Entonces pienso en las “otras averías” y viene a mi mente la queja que alguien cercano pronunció hace unos días: “¡Otra vez! Parece que no es posible vivir en paz más de dos o tres meses”. Los desperfectos en las relaciones familiares, al igual que la gotera y la humedad en el techo, están exigiendo atención. También han sido postergadas las reparaciones e irremediablemente, esta vez, se requiere de romper, cambiar y dejar secar antes de recubrir las zonas dañadas con yeso, sellador y pintura. No tiene caso pintar y repintar, aunque lo haga con el esmalte de mejor calidad, si por dentro persiste el daño.
Esa reparación de relaciones, al igual que el techo, es impostergable y necesaria. Y, a decir verdad, sé que tampoco será placentera.
Me esfuerzo por hacerme a la idea de que tendré que trabajar ambas cosas y me repito que, en la vida, no todo lo que hacemos es grato. Hay temas que se atienden porque son necesarios.

Así que, ¡manos a la obra! Y que el tiempo haga su parte.

viernes, 4 de octubre de 2013

"Sonidos y silencios"

Decía mi padre que la música, para serlo, debía incluir tanto sonidos como silencios. Y esto, traducido a la convivencia, implicaba presencias y ausencias para dar un espacio sano a las relaciones.
Por mucho tiempo, su comentario me parecía desatinado pues pensaba en que la única forma de asegurar al otro –nuestro compañero o seres amados– que estábamos para apoyarlo, era con nuestra presencia física.
Ahora, a mis cincuenta y tres años, comienzo a entender la necesidad y beneficio de la ausencia.
Con varias décadas de vida, comprendo que nuestra ausencia le da tiempo a la otra persona de recapacitar y pensar, sin la interferencia de nuestra opinión.

Otras veces, cuando nos ausentamos, dejamos el espacio libre para que nuevas compañías enriquezcan la vida de nuestro ser amado. Y en el peor de los casos, al no estar, le regalamos una forma de revalorar la relación y recapitular sobre lo que ella trae a la vida de ambos. Sólo entonces puede re-direccionarse, si es que ha perdido el rumbo y recobra sentido cuando lo ha perdido. La distancia puede ser la oportunidad de convertirse en una mejor relación.
La música de mi vida, hoy, incluye silencios que implican ausencias  de gente importante para mí. A veces, esos silencios son dolorosos y la añoranza malluga mi ánimo. Pero, a pesar de todo, he aprendido a valorarlas y hasta agradecerlas, convencida de que una vez superadas, el vínculo estará más pulido en verdad y autenticidad.

Es difícil no estar junto a quien hace que nuestra vida tenga más sentido pero, el sacrificio de dejarlos ir lejos y no disfrutar de su presencia, tarde o temprano. . . sé que traerá su recompensa.

jueves, 3 de octubre de 2013

"Diez minutos"

Llegó la hora de apagar la luz y ajustar el despertador para el día siguiente.
Repaso mentalmente los preparativos para la jornada escolar: Uniforme, lonchera, mochilas, ropa y chamarras, ingredientes para el desayuno y maleta para clase de natación. Terminado el recuento, vuelvo al despertador y repienso la hora que habré de fijar. ¡Seis y cuarto! –concluyo, presionando las teclas de los números  y. . . dudo.
Al día siguiente, en cuarenta y cinco minutos, con un poco de apuro, estaría bañada, vestida,  maquillada y el cabello arreglado; prepararía los desayunos y el lunch del día. A las siete en punto, con el fondo de la Suite no. 3 de Vivaldi, iría a la habitación a despertar a mi nieto para iniciar con el desayuno, vestirlo, peinarlo y asearse los dientes. Aun así, el tiempo no me cuadra y no me gustan, ni en el pensamiento, las prisas.
Recapitulo las escenas y resto diez minutos al horario inicial. Seis con cinco a.m.  Sonrío ante la convicción de que todo será mejor.

Retomo mis pensamientos hasta el momento de ir a la habitación a oscuras, donde mis dos nietos respiran suavemente mientras aún duermen. Tomo a mi nieto entre mis brazos y lo acuno en mi pecho. Camino hasta mi habitación, susurrándole al oído: Buenos días, mi dulce niño. Te amo con todo mi corazón. . . Dios te bendice, mi pequeño.
Me siento sobre la cama y lo arrullo. Él comienza a abrir los ojos y me sonríe cuando le pregunto cómo ha dormido. –Bien, Gramma– responde. Acaricio su cabello y lo beso. Él, como un minino, se arrebuja y cierra los ojos otra vez, sin dejar de sonreír. – ¿Estás listo para el desayuno? Y, con el gesto más dulce del mundo, asiente y se deja abrazar y besar aún más.
Acomodo las almohadas como respaldo y lo siento frente a mí. Ajusto la charola con su comida favorita cuando, al fin, sus ojos se terminan de abrir. Tomados de las manos, hacemos una pequeña oración para agradecer a Dios y, ya totalmente despierto, alterna cada bocado con mucha conversación.

Diez minutos. Es el tiempo de un ritual, calmo y gentil, con el que decido iniciar el día de mi amado nieto. Diez minutos que restaré a mi sueño para invertirlo en el mejor proyecto de mi vida: Su felicidad.

martes, 1 de octubre de 2013

"Cuando hablaba de él"

Su nombre era Salvador. Aparentemente serio pero risueño al estar entre amigos. Fue muy buen padre y un esposo cooperativo y servicial. Me gustaba observar cómo se transformaba en un joven relajiento cuando bailaba “Sergio el bailador”, pero más me gustaba cuando hablaba de él.
Sus ojos se rasgaban y el corazón irradiaba un orgullo que le hacía brillar los ojos cuando, a la memoria, venían recuerdos de la infancia su hijo y, con una sonrisa agregaba: ¡Ese Chavas, siempre ha sido un tragón!
Entonces las anécdotas comenzaban a ventilarse. Fue así que me enteré de que, como premio por el primer lugar en la escuela, siendo aún un niño pequeño, su Chava había pedido un pollo rostizado ¡para él solito! Y se añadía el comentario sobre el libro de Macario, el primero que su hijo había leído por recomendación suya.
También supe de la rutina entre padre e hijo donde, acompañado de una pandilla de amigos, lo llevaba a las desiertas calles de Vista Hermosa para que los chicos se deslizaran en patineta y avalancha. Ahí entraba el hijo a completar la historia, recordando cómo sus amigos les preguntaban si su papá también podía ser su papá. El recuerdo le hacía surgir una satisfacción que lo hacía sonreír.
El tiempo de su cambio a Puebla, donde padre e hijo vivieron solos en la nueva ciudad, parecía ser su mayor tesoro. El hijo aún sentía gratitud por la generosidad de su padre quien, teniendo sólo un auto disponible, se lo dejaba para que fuera a la universidad mientras su padre se iba a pie. Como descubrieron el mejor lugar para comer “guajolotas” y otras delicias poblanas, redondeaban la historia.
Fue con esas anécdotas que comprendí el origen de las mejores cualidades de Chava, a quien yo llamo Gordito y que ha sido mi compañero y esposo por casi treinta años.
Hoy, es un hombre adulto. Esposo, padre de dos hijos y abuelo de tres hermosos nietos y, al igual que Salvador, su padre, yo me deleito en hablar del hombre excepcional en que se ha convertido.
Un día, cuando nuestros nietos crezcan, escucharán las historias de su abuelo, un hombre ejemplar, de mi propia voz. Sabrán de su entrega a la familia, de sus diarios sacrificios para ser el mejor proveedor; de la paciencia infinita para compartir tiempo y juegos con sus hijos y nietos, a pesar del cansancio; del optimismo inagotable y la fe en Dios que lo levantaba en los tiempos difíciles; pero sobre todo, sabrán del hombre cariñoso, fiel y servicial que ha sido para mí, su afortunada esposa.
Dios bendiga a ese hombre, mi esposo, en el día que celebramos un años más de vida.


¡FELIZ CUMPLEAÑOS, GORDITO!

viernes, 27 de septiembre de 2013

"Prejuicios"

Aunque he sido calificada, en ocasiones, de ser demasiado conservadora, mocha y hasta obsoleta en mis formas y creencias, pocos saben de mi gusto por los tatuajes. Tal vez no al extremo de recubrir el cuerpo con un montón de ellos pero, un detalle o un símbolo significativo y bien diseñado, siempre jalan mi atención.
Hoy, mientras subía una chica en el ascensor del hospital, noté que llevaba uno en la muñeca, con letras que me parecieron de caligrafía árabe y un sello en tonos azul pálido. Era pequeño y muy bien delineado. Atraída por su diseño, después decirle que me parecía muy lindo, me atreví a preguntar el significado.
-Mi hermano ha estado secuestrado cuatro meses –respondió, y sus ojos grandes se cubrieron con un espejo de lágrimas– por eso me lo puse. Su garganta se tensó y no pudo articular una palabra más.

Su respuesta me dejó sin habla y mi corazón se llenó de compasión. No es la primera ocasión que, haciendo una pregunta inocente, recibo por respuesta algo que me paraliza.
Conmovida, le dije que lo sentía y ofrecí orar por que su hermano apareciera pronto, antes de que saliera del ascensor. Ella me sonrió, aún con los ojos llorosos y dijo un “gracias” en voz baja.
Fue inevitable que mi mente revoloteara sobre el incidente las siguientes horas. Llegué al recuerdo de gente que, con mucha determinación, juzga a quienes deciden portar un tatuaje o un piercing, colocándolos de inmediato bajo etiquetas de “indeseables”, “malvivientes”, “inadaptados” o “hippies”. Tal vez, si alguna de esas personas se hubiese cruzado con esa jovencita, ella habría entrado en esa clasificación y hubiera recibido una mirada de desaprobación. Pocos podrían imaginarse la razón de ese símbolo: Un vínculo personal y permanente que decidió conservar con y por su hermano.

De ahí pasé a las críticas que he escuchado por el vestir, el peso, el color del cabello, hasta que una fue mi conclusión: Nacidos desde la ignorancia, los prejuicios, ¡cuánto daño hacen a la humanidad!

jueves, 26 de septiembre de 2013

"La verdad"

Una de las notas que abundan en los muros de las redes sociales, es la denuncia contra la hipocresía. Puedo percibir el dolor y la frustración de la gente que se siente defraudada al descubrir la máscara de falsedad en aquel en quien confió. El enojo es obvio, pues las expectativas, de lo que el “otro” debía ser, se ven rotas.
¿Será que no podemos ser honestos y vivir con la verdad en la frente?
Entonces trato de entender a ese “otro” y me surgen muchas preguntas. ¿Qué haces con la verdad cuando la conoces? ¿Hacia dónde te impulsas cuando alguien te revela sus flaquezas, defectos e impotencias? ¿Surge el juicio al conocer un pasado de decisiones desatinadas o extiendes gracia para quienes han cometido errores incomprensibles para ti?
El corazón se me encoge ante el hallazgo y confieso que no siempre he extendido gracia. Muchas veces, al encontrar la peor faceta de la gente, arrugo la nariz y hasta llego a mostrarle mi disgusto.

Si la gente percibe mi desaprobación y mi juicio, ¿por qué entonces tengo la ocurrencia de esperar que se muestren, sin pudor ni recato, con todo su pasado, sus errores o sus miedos?
Ahora que entiendo el temor al juicio, comprendo la presencia de las máscaras que transitan a mi alrededor y olvido la queja contra la hipocresía.
A pesar de tan triste conclusión, una frase me llena de esperanza, pues sé que encierra la respuesta a ese danzar de gente que se oculta y desconfía. Si tan sólo hiciéramos lo que ella dice, ¡que mundo tan distinto viviríamos!

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

martes, 24 de septiembre de 2013

"Como niños"

Después de un día extenuante, con la frustración acumulada ante un cuerpo que no termina de responder, un incidente me enfrentó y perdiendo el control ¡exploté!
En otro momento, eso no hubiera sido más que un momento de exasperación. Lo malo es que, justo en ese instante, mi nieto asomó la carita para preguntarme algo.
-¡Por favor, estoy muy enojada! –le respondí sin tacto– espérame en la recámara.
Como un ratoncito, mi pequeño se escabulló seguido de su hermana a la otra habitación.
Segundos después, lo único que podía ver en mi memoria eran cuatro ojitos asombrados y, con asombro, reaccioné. ¡Nunca había hablado así a mis nietos!
Me apresuré a la recámara, donde los encontré sentados en el sillón.
–¡Perdóname, mi niño! Estaba muy enojada y no debía haberte habla así, amor. ¡Discúlpame, por favor! – le dije, mientras lo envolvía entre mis brazos.
Separándose de mí, se paró sobre el sillón. Sus ojitos quedaron justo frente a los míos.
– No te preocupes, Gramma –me dijo, y su rostro tenía linda sonrisa con dos ventanitas al frente–. Yo he escuchado palabras horribles y esas personas no se disculpan.
 Yo también se asusté –agregó mi nieta, que nos miraba sentada junto a nosotros.
–¡Perdóname, princesa! –me disculpé con ella –no quise asustarte, cariño.
De un salto, se levantó y me abrazó por el otro costado.
Así, envuelta en el abrazo más sincero que he recibido, mis ojos se inundaron de arrepentimiento y mi corazón rebosó de gratitud por el perdón recibido.
Después de ese momento, en que mi conciencia quedó magullada y a estas alturas de mi vida, comprendí lo que Jesús dijo en su paso por la tierra: Sed como niños.

Que gran aprendizaje tuve a través de mis nietos y que sincero recordatorio a la invitación de "ser simples y pronta para perdonar".

jueves, 19 de septiembre de 2013

"Vida sin ideales"

A veces, los mensajes de sabiduría me llegan de labios jóvenes que, libres de la jactancia de la experiencia, llegan con más claridad y fuerza.
Me gusta que encaren los problemas con las soluciones que se tienen en el momento, en vez de postergarlos hasta que se presenten los planes o las situaciones "ideales" (si es que alguna vez llegan) – decía la carta, refiriéndose a los múltiples contratiempos que habían sorteado él y sus jóvenes compañeros de viaje.
Entonces revisé las situaciones “no ideales” que me rodean.
Separaciones, pérdidas económicas, enfermedades imprevistas, nacimientos no planeados y la lista creció hasta que tuve que detenerme para entender la conclusión: Mi vida, tal y como hoy está, es como un caleidoscopio hecho de circunstancias, cual cristales, irregulares, imperfectas y de aristas, algunas, filosas y punzantes. Una vida lejos de los ideales y planes iniciales.
¿Cómo es que, aun así, vivo con un sentido de plenitud y hasta felicidad?
Tal vez, como reza el dicho popular, aprendí “como el burro que tocó la flauta”, a vivir como señalaba la carta, encarando los problemas con las soluciones del momento y no me he sentado a esperar a que los ideales, con su perfección, sean parte de mi realidad.
Hoy, con la nueva mirada que da el entendimiento, vuelvo a revisar el mundo a mi alrededor. Entonces leo con agrado lo breves mensajes de mujeres que, tras perder el hogar y la familia ideales, continúan el camino reconstruyendo futuros con los trozos de sus planes y se esfuerzan por ser felices. Veo imágenes de quienes, con el proyecto de una vacación de tres días, soleada y tranquila, luchan por encontrar un buen uso a los días de encierro por las tormentas e inundaciones. Cuento las ocasiones en que una abuela, de un nieto que aún no ha tenido en sus brazos, ha dado un “Me gusta” sobre las fotos del que conocerá algún día.


Y me doy cuenta de que, allá afuera, vive gente como yo, con sus vidas sin “ideales”. Mi corazón crece en admiración y tengo ganas de aplaudir la entereza de los que siempre encuentran un motivo de esperanza que los fortalezca, para sacar partido de sus mundos imperfectos y a veces rotos.

viernes, 6 de septiembre de 2013

"Enferma"

Bajar el pie para habitar en el mundo que me ha tocado vivir, hoy, se convirtió en el gran reto. 
Mi cuerpo, sintonizado a mi alma, se reveló clamando por permanecer en el mundo del sueño para refugiarse de la realidad.
Me siento enferma, del cuerpo, del corazón y del alma.
La náusea sube a mi garganta cuando observo la destrucción entre los seres humanos que, no hace mucho tiempo, se hablaban de amor entre caricias. ¿Cómo soportar verlos ahora, atacándose con saña y famélicos de venganza?

Con saltos sin ritmo, mi corazón se conmociona cuando mira el daño de otros corazones. Corazones de niños que son usados como arma y carnada en la batalla entre sus padres. Como indefensos rehenes, degradados cual mercancías, viven para que ellos logren sus egoístas y ambiciosos deseos. Dinero y bienestar son la bandera con la que los adultos se justifican, y olvidan que sus hijos son un regalo precioso que deberían cuidar por sobre todo bien.
Esos amores impetuosos e irreflexivos, que dan luz a hijos indefensos, quebrantan mi fe en la humanidad. Sus promesas y sueños impregnados de autocomplacencia son tan efímeros y ruidosos como el correr de agua en un riachuelo. Pasan, se olvidan y cuando llega el sol de las pruebas, se seca sin dejar huella.
Por más que me esfuerzo, la espalda se me encorva y miro al suelo. Mejor mirar a un piso plano que a la naturaleza humana con su más miserable faz.
Sólo mi espíritu se aferra a una última esperanza. Esos niños de corazones maltrechos por el veneno vertido por sus padres, encaprichados en ganar su guerra, algún día, crecerán y no vivirán más en la prisión de la mentira de las malversadas razones. Al paso del tiempo, se convertirán en buscadores de su propia verdad y abrirán la oportunidad de restaurar su alma, la relación perdida y rescatarán su derecho a un presente más sincero.
Cuando pienso en que los niños son el deleite de Dios, sus hijos favoritos, toda yo ardo en la necesidad de la única justicia que reconozco perfecta y me prometo esperar con paciencia a que Él, que todo lo ve y todo lo sabe, muestre Su Justicia a favor de los niños indefensos.
Hoy levanto la voz por los que no la tienen. Hablo a cuenta de los niños que son maltratados por sus propios padres cuándo éstos inician una guerra, el uno contra el otro, usando a los pequeños indefensos. Denuncio los labios que vierten rencor y odio en el corazón de sus hijos. Y señalo su conducta como infamia y egoísmo.


“Más le valdría ser arrojado al mar con una piedra de molino atada al cuello, que servir de tropiezo a uno solo de estos pequeños” –dijo el Maestro. Lucas 17:2

martes, 13 de agosto de 2013

"Erase una vez. . .mi vida: La fuente"

Ni los intentos, ni la medicina, ni todos los anhelos juntos lograban darnos lo que tanto esperábamos. ¡Cuánto dolor y frustración nos afligían!
Los meses corrían y la resignación no llegaba para darnos paz. Teníamos muchas alegrías excepto una y esa ausencia empañaba todo lo demás. Al paso de los días, nuestro deseo creía hasta casi convertirse en obsesión. Además de los porqués que toda familia tiene, cada uno de nosotros, en secreto, guardábamos una razón especial para esperar esa bendición. . .la más buscada por todos.
Cuando los recursos se fueron agotando y la ilusión se convertía en urgencia, hicimos un viaje a Italia. Entonces, con la esperanza de la fe, mezclada con la fantasía de las tradiciones, llegamos junto a la monumental fuente de Trevi y refugiamos nuestra esperanza en tres monedas para que cambiaran nuestra fortuna.
Mi esposo y yo, tomados de la mano y sin necesidad de aclarar nuestro deseo, arrojamos las monedas a las aguas que rodeaban a Neptuno y sus tritones, con una sola cosa en mente: ¡Por favor, Dios, concédenos tener a nuestro hijo!

Aun cuando no hubo fotos que guardaran la memoria de ese momento, en nuestros corazones quedó grabada aquella plegaria revestida antigua tradición popular.
Muchos meses después y al límite de nuestra paciencia, una mañana descubrimos en el fondo de un recipiente el anillo rosado que confirmaba que nuestro deseo se había cumplido: ¡Esperábamos la llegada de nuestro hijo!
Hoy, a veintitrés años de distancia, miro el retrato de aquella misma fuente y unos dedos sujetando dos monedas a punto de volar hasta el fondo del magnífico estanque de Trevi. Lo maravilloso es que, esa mano que aparece frente al antiguo monumento, es la de aquel bebé por el que arrojamos tres monedas que acuñaban nuestro anhelo.

Lágrimas tibias refrescan mi memoria y mi corazón me explica lo que entonces no entendí: Ese día, esa tarde, y como siempre, mi Dios, ese Dios al que hoy amo. . . también estuvo, conmigo, junto a la fuente.

lunes, 5 de agosto de 2013

"Locura"

El enorme reloj de la vida continuó su eterno tic-toc. No esperó a que nos repusiéramos de la sorpresa, ni que entendiéramos lo que Dios había dispuesto. El señor Tiempo, simplemente balanceó su péndulo incansable y dio paso a la vida que se formaba en el vientre de mi hija, cada día agregando una maravilla divina: Su corazón, sus ojos, minúsculos deditos y un cuerpecito perfecto se mece en la cuna de agua viva.
Y, como toda recta final, es momento de prisas y terminar de palomear la lista de pendientes para recibir al nuevo miembro de la familia. Los calendarios, en varios lugares del mundo, quedan marcados en el gran día: Agosto 5 de 2013.

Nosotros, los abuelos, sentimos como el corazón se alborota, a veces en miedos y muchas más en alegría. Aunque esta es nuestra tercera experiencia de recibir a un nieto, debo confesar, seguimos viviéndolo como la primera vez. La ilusión de conocer su rostro, acunarlo y reñir entre nosotros para ser los primeros en besarlo. Las ganas de bendecirlo y amarlo nos han trastornado los días. ¿Cómo puede un ser desconocido generar tanta locura?
Cada preparativo, cada compra, han sido un motivo más para orar por él. Repetir su nombre detona un sinfín de emociones. La urgencia de tenerlo entre nosotros, a estas alturas, es casi inaguantable.

Somos dos abuelos que han orado por su nieto desde que supimos que su corazón latía y nos declaramos dos locos que, sin haber sido presentados, ya aman a su nieto más allá de la razón.

viernes, 2 de agosto de 2013

"Erase una vez. . . mi vida: Milagros"

El último acorde mayor de la sinfonía número 7 de Liszt sonó en el corredor, aún a oscuras, y mis recuerdos continuaron la danza en la penumbra. . . Dos de agosto, un aniversario más.
Después de siete cortes durante el noviazgo, el día del ultimátum llegó. Él, cansado de mis respuestas esquivas y mi incapacidad para tomar un compromiso, se coló a la fiesta de inauguración de mi pequeño departamento. Esperando a que el último invitado partiera, y armándose de valor al calor de una copa, dejó caer la pregunta que yo trataba de evadir: ¿Quieres casarte conmigo?
El mundo giró a mis pies en sentido contrario al de mi cabeza.
Ganando tiempo, hice dos preguntas para medir el terreno de mi futuro y, con voz poco firme respondí: Si.
Dos días después, él partió a Europa dejándome con la consigna de fijar la fecha de la boda bajo la sugerencia de “cuanto antes, mejor”. Llamadas frecuentes me acorralaban hasta que logré señalar el 22 de agosto y, ya de regreso, adelantamos el evento al día que daría inicio a nuestra vida, juntos: Agosto 2.
Podría mentir y decir que el tiempo previo a la boda fue perfecto y maravilloso. Pero, en realidad, no fue así. Mientras los días pasaban, ajena a preparativos que me parecían superfluos, trabajaba en preparar mi corazón para tomar un compromiso permanente. “Divorcio” era una palabra que había decidido que no formaría parte de mis opciones y las dudas parecían dardos nocturnos que me robaban el sueño.
¿Lograría llevar un matrimonio por el resto de mi vida? ¿Amaba lo suficiente como para superar los obstáculos y luchar por ese amor, a viento y marea?
Después me enteré que no era la única que navegaba las tormentas de la duda. Gente cercana, tiempo después, me confesó que no apostaban a favor de nuestra unión y auguraban un pronto rompimiento. Más que ofenderme, lo entendía. ¿Cómo pensar lo contrario cuando nuestro noviazgo sufrió siete rupturas en menos de dos años y medio?
El gran día llegó. Agazapada en mi pequeño departamento, a solas, lloré y lloré hasta que mis ojos parecían dos pequeños sapos. El terror me tenía presa y mi voluntad jugueteaba con la idea de desaparecer, llamar para anunciar que no llegaría a la boda y confesar que lo lamentaba.

¿Qué ocurrió para que cambiara de opinión? No lo sé. Tal vez una esperanza de voz callada me alentó o un sueño guardado bajo la cama me dijo que esa lista de “pros” y “contras” me ayudarían a hacerlo revivir. Quizás sólo fue que no habría sabido que hacer con eso que sentía por mi prometido. . . ¿era amor?
Rodajas de papa sobre los párpados y un maquillaje minucioso lograron que tuviera un rostro presentable. Temblando sobre los tacones, llegué al encuentro del novio más feliz del mundo. Una punzada de culpa se hundió en mi estómago. Aún no firmábamos y ya le había fallado al no estar a la altura de su amor. Y, entonces, la gran aventura inició tras un beso audaz y descarado, delicioso, que todos aplaudieron.
Varias semanas después, ya en el lecho de nuestro hogar, una madrugada me despertó abrazada a su espalda cálida. La cercanía de nuestros corazones logró un coro, fundiendo los latidos. Me senté junto a él y lo miré mientras dormía, sereno. El rasgo de su nariz y sus cejas poblados me parecieron tan bellas y, a la vez, tan ajenas. Ese hombre me gustaba y, entre lágrimas de felicidad, descubrí que lo amaba a rabiar, con una intensidad que me hizo doler el corazón. ¡El amor era tan fuerte que mi pecho parecía explotar!
Esa noche, después de haber pronunciado un "si" dudoso, semanas atrás, pude responder con plena certeza: Sí, amo a mi esposo y estaré junto a él, en las buenas y en las malas. . . hasta el último de mis días.

Hoy, en nuestro aniversario, te digo algo que antes ya te he dicho, esposo amado: Gracias por amarme. . . por lo que soy y a pesar de lo que soy.


¡Feliz aniversario! El milagro continúa, un día a la vez.

martes, 30 de julio de 2013

"Erase una vez. . .mi vida: Maternidad"

“Hoy estoy buscando la mejor manera de decirte adiós,
y al mirarte siento que el dolor despierta en mi corazón,
hoy mis ojos miran como tantas veces este otoño gris,
hoy te estoy pidiendo que a pesar de todo, seas feliz.
Llegará ese día en que mi tiempo sea sólo para ti,
Llegará ese día en que mi canto sea un canto feliz,
Cuando me haya ido recuerda que alguien que piensa en ti,
Cuando muera el día recuerda que hay alguien que vive por ti”.

La canción suena, y mis ojos destilan lágrimas de pasados tristes.

Aquella canción, traduciendo los miedos que se tejían en mi mente, recitaba un canto que mi corazón de madre joven y derrotada cantaba a una pequeñita de apenas 40 días.
La primera en despedirse fue mi mente, agobiada ante la idea de que no sería capaz de hacer resurgir el mundo perfecto que había soñado para mi bebé. Aquella ilusión de dos alas, sin previo aviso, vio como una de ellas se desintegraba en la ausencia, dejándola estacionada en la tierra de la desesperanza.

A los 22 años, me preguntaba, ¿cómo se reconstruye un futuro, cuando te quedas sola y desvalida? Mi juventud, entonces, se convirtió en mi enemigo y mi única salida parecía ser “decir adiós”.
La maternidad se convirtió en el reto imposible de cumplir y mi voluntad, siguiendo los terrores de mi mente, se apagó con una última determinación: Morir. . . decir adiós.
¿Cuánto tiempo pasó antes de volver a vivir? No lo sé. Más de treinta años después, aún no me he atrevido a preguntar. Sólo sé que mi madre y mis hermanas se convirtieron en madres temporales de mi pequeña y mi hermano Carlo en su padre, hasta que la niebla de la cobardía escampó y me permitió recuperar las fuerzas.
Después, fueron las risitas de mi Nena y sus ojitos rasgándose, cuando estaba alegre, los que se convirtieron en mi motor de vida. 
Con la herida del abandono aún fresca, envejecí en meses y convertí esa vejez en experiencia. Si ya no podía volar con alas de ilusión y ensueño, tendría que aprender a andar sobre la tierra firme de la realidad. ¿La sorpresa? También aprendí que caminar, sosteniendo aquella manita, sería la aventura más maravillosa que jamás imaginé.
Después de más de treinta años, aún veo la cicatriz de aquella experiencia con la que inicié la maternidad pero, a diferencia de esa joven acobardada, hoy mi corazón se alegra de todos y cada uno de los momentos que he vivido siendo la madre de mi hija.
A sólo unos días de que ella dé a luz a su tercer hijo, esta canción me asalta y me devuelve a las memorias de mi juventud. Sonrío y una oraciónsimple brota de mi gratitud a Dios:


“Gracias por devolverme a la realidad, mi Dios, y enseñarme a ser feliz con el regalo de la maternidad, sin importar la circunstancia. Y, hoy, sólo te pido que sigas revelando a mi hija las maravillas que sólo puedes entregar a quienes tenemos el privilegio de ser madre”.

viernes, 19 de julio de 2013

"Erase una vez. . . mi vida: Capítulo Uno"

Más de diez horas de carretera y la sensación de un vacío a nuestras espaldas me hace girar el rostro varias veces.
Capítulo uno: Nuestro hijo ha partido. Es el primer día, y el regreso a casa, sin él. Ahora “nosotros” sólo incluye a dos, mi esposo y yo. ¿Qué me recuerda?. . . ¡Ya! ¡La luna de miel!
Así que comenzamos este libro de 180 capítulos y, a pesar de las lágrimas atragantadas cada vez que pensamos a nuestro viajero, nuestras manos se entrelazan y esperamos la llamada que calme la natural ansiedad de los padres que esperan noticias del arribo del que va en camino.
Las diez horas de encierro tras el volante, para mi sorpresa, se convierten en el crisol donde catalizo la realidad de nuestra convivencia. ¡Qué grato es estar tan cerca de mi mejor amigo!
Después de tres décadas, ahora conocemos nuestras debilidades y las aceptamos; nos apoyamos en la fortaleza del otro y aprovechamos cada momento para hablar de nuestros miedos, los proyectos, nuestros hijos y los nietos (nuestro tema favorito).
Sin preámbulos ni dudas, él me pide que tome al volante cuando reconoce su cansancio. ¿Cuántas veces ha hecho lo mismo pero con su vida? Él confía en mí y yo he crecido abonando mi seguridad con su voto de confianza.

Transitamos las carreteras rectas e interminables con paciencia, sin apuro. Nos entretenemos con el relato del audio libro  que suena en el auto y avanzamos, kilómetro tras kilómetro, sabiendo que a paso seguro llegaremos al destino. Pero, ¿de qué hablo? ¿Del matrimonio o del regreso por carretera? Es que ha sido tan semejante. En el trayecto, nos alertamos mutuamente cuando hay un peligro o un desvío; cuando uno está cansado, el otro toma el volante; llevamos siempre a la mano un poco de agua para refrescarnos y nos damos el tiempo para detenernos a estirar las piernas o disfrutar el paisaje. Creo que, sin esas provisiones para un largo viaje, no habríamos logrado vivir esta etapa de nuestra relación.
Llegamos a la siguiente parada para pasar la noche y descansar. Improvisamos en la selección del hotel y nos adaptamos a lo que el lugar ofrece. Atendiendo la recomendación de un amigo, con las ropas arrugadas del viaje, nos dirigimos al restaurante sugerido. ¡Adorable! (y elegante). . . nos reímos de nuestra facha y olvidamos al mundo que pueda criticarnos; es nuestro momento para disfrutar de la primera cena a solas.
El mensaje llega justo a tiempo, “Ya llegué, mamá. Todo muy bien. ¿Cómo van ustedes?”. El corazón se aplaca y oramos con gratitud al saber que nuestro hijo está a salvo después de un día de viaje. Relajados, nos burlamos de nuestras angustias. Me pregunto, ¿Cuándo extraviamos las máscaras con las que nos cubrimos en el pasado?
Platicamos y repasamos la circunstancia y futuro de cada uno de nuestros hijos y nietos. A pesar de las inesperadas desviaciones y baches, el saldo sigue llenándonos de esperanza. La certeza de que Dios está en control, nos hace concluir que todo estará bien.
La cena completa la noche perfecta, a pesar del agotamiento porque. . . ¡ni modo!, el tiempo nos está convirtiendo en personas que deben administrar su energía.
Él anuncia que tomará esa copita extra que relajará su cuerpo pues, el espíritu, ya se ha instalado en el descanso. Yo me río de sus orejas rojas y le tomo de las manos asegurándole complicidad. En eso nos hemos convertido: En amigos, cómplices, complementos y en una sola carne.
Los deberes tocan a nuestra puerta al llegar al hotel. Él quiere rehusar y yo codeo a su conciencia. Mejor una noche sin pendientes que un despertar apurado. Él me escucha y hace el último esfuerzo para enviar documentos y contestar correos (a pesar de su renuencia), por una buena razón: Nuestros hijos y nuestros nietos.
Es de noche y la habitación del hotel queda en silencio. Yo me acurruco pegándome a su espalda. Su respiración profunda me arrulla y su calor me recuerda que estamos vivos para continuar el viaje.
Hoy es el primer día en que escribimos libro donde, entre los personajes, sólo incluiremos diálogos escritos por las noticias de nuestro hijo y, donde nosotros, volvemos a ser dos. . . ¡Luna de miel, esta vez, aderezada de un amor más grande y más sabio!

Mañana, continuaremos el viaje. ¡Sea Dios con y entre nosotros!

miércoles, 17 de julio de 2013

"Erase una vez. . . mi vida: Sueños"

Un carril que serpentea entre cordones, el chirriar de un arco electrónico de seguridad y el ascenso pausado de una escalinata eléctrica que lleva a un joven, con camisa a rayas y sonrisa un poco melancólica, son el inicio de un sueño y el comienzo de una larga pausa de lo que yo llamo “mi vida normal”.
Casi dos años atrás, con un poco de incredulidad mezclada de entusiasmo, mi hijo sembró en su futuro un viaje de estudios y, hoy, cumplido el plazo de trabajo y espera, me dijo un “hasta pronto” silencioso y de ojos húmedos.
Al ver desaparecer el estuche del bajo que colgaba de su espalda, mi corazón lloró por el dolor que, como con el corte del filo de una hoja, sintió al mirar el futuro herido por su ausencia. Cerré los ojos y, así, apretados, deseé estar en casa como un día cualquiera y con mi hijo conmigo.

Pero, como todo gran sueño, hay sacrificios y entregas para lograr forjarlos. Y a mí, esta vez, me corresponde regarlo con libertad para que florezca y se convierta en triunfante realidad.
No han pasado tres horas y ya lo extraño. . .
Aquel avión se llevó, no sólo  a mi querido hijo. También van sobre sus alas: Sus pisadas apuradas al bajar por la escalera, cuando aún no ha amanecido;mis tardes palpitando al ritmo del pulsar de los dedos de mi hijo sobre las teclas, al tejer sus historias y fantasías; mis prisas por terminar su guiso favorito; nuestras escapadas al cine, cualquier tarde y a mitad de la semana; sus atinadas sugerencias para leer un buen libro o su hallazgo de una frase para invitarme a la reflexión; sus abrazos cariñosos y el juguetear de sus dedos entre mi cabello enmarañado.
El viaje ha comenzado y la maleta de ese joven tan amado, además de resguardar sus anhelos, lleva dentro la constante oración de su madre junto con infinidad de bendiciones.
¡Felices aventuras, hijo mío! Deseo que cada experiencia te siga modelando y que, mientras no estemos juntos, cada amanecer y cada noche, escuches la voz de nuestro Dios recordándote que te amamos, Él, tu padre y yo.
Dios bendiga tu entrada y tu salida, mi Tayo.

lunes, 15 de julio de 2013

"Erase una vez. . .mi vida: Incomprensible"

¿A quién le gusta levantarse temprano. . .en domingo. . .y en viaje de placer?
La respuesta es obvia, ¡a nadie! Así que eso nos incluye a mí y a mi familia. Aun así, tras algunas indagaciones, elegimos la iglesia a la que asistiremos y fijamos horario de salida. Entonces, horas después, se llega el momento de escuchar el timbrar de la alarma que nos recuerda la decisión de ir a la congregación, y las sábanas intentan boicotear nuestra resolución. Razonamientos como “no es para tanto” o “Dios está en todas partes”, fluyen como un río que quiere arrastrar nuestra decisión. ¡Están de vacaciones!, es otra frase bien intencionada que llegamos a escuchar y que se une a la guerra que libramos.
Un momento de silencio interior y la pequeña voz se escucha: “Es el día del Señor, aquel que bendice todos los días. . . incluso los domingos”. Con la conciencia despierta, saco los pies de la cama y la gratitud me infunde las endorfinas necesarias para sonreír por el placer que está por venir; ese gozo que sólo nace cuando el corazón pronuncia las palabras “¡Gracias, mi Dios, por ser mi Dios!”.
Así como invierto a mi tiempo para elegir la ropa que vestir para una fiesta, busco mis mejores prendas y me arreglo con esmero. Hoy es el día de la semana en que visito la casa de la Persona más importante en mi existencia y, con el mismo cuidado, trato de arreglar mi apariencia interior, la belleza de mi corazón y mi conciencia. Porque, igual que sonríe un padre al ver a sus niños acicalados, así imagino que mi Padre sonreirá al verme entrar a su casa.
Sí, puedo entender que resultemos incomprensibles en esta casi “absurda” costumbre de dejar la cama temprano, en un domingo y de vacaciones, para ir a la iglesia. Pero, ¿Cuándo se ha sabido que un loco amor sea sensato?

Me gusta ser absurda e incomprensible pues, el origen de esa locura es mi gran tesoro: El amor a Dios.

sábado, 13 de julio de 2013

"Admiración"

Pienso en él y la primera palabra que viene a mi mente es. . . admiración.
Me propongo descubrir mi razón para esa instantáneamente definición y la lista de razones la encabeza “su nobleza” pero, comenzaré por las que le siguen.
Admiro la forma en que abre un espacio, a fuerza de respeto, para todas las opiniones y las formas de ser. Antes de avalar una crítica o levantar el dedo contra alguien, busca el filtrarse en las posibles causas hasta llegar a plantarse en los zapatos del otro para entenderlo.
Admiro la perseverancia con la que persigue sus metas. Cuando muchos otros han olvidado su propuesta, él continúa con la entereza del gotear sobre un tejado hasta traspasar cualquier barrera y alcanzar su cometido.
Admiro la paciencia con la que acepta las prisas de sus interlocutores que, ansiosos por hablar, lo interrumpen y lo convierten en su escucha. Entonces, sin enojo, concentra sus cinco sentidos en cada palabra que el que habla pronuncia para procesarla y entenderlo mejor.
Admiro sus ganas de vivir, apreciando tanto el regalo de la vida, que evita cometer el error de desperdiciarla. Con su futuro en el bolsillo, traza los planes para hacer de su existencia lo mejor y así sacarle el más cuantioso jugo a su existir.
Admiro su búsqueda pausada y auténtica de Dios, huyendo de protocolos y fórmulas ensayadas, para conocerlo a Él como quien descubre a un amigo.
Admiro el valor para acercarse y alargar su mano sobre mis rizos antes de regalarme la sonrisa que me asegura que me quiere. Admiro su forma de escribir, profunda y esmerada en la perfección de la composición. Admiro su risa de niño, su mirada de sabio y sus silencios cuando se funde en la reflexión. 
Admiro su amor por nuestro tesoro, nuestra familia. Admiro su disposición abierta de ser tierra y base para sus sobrinos. Admiro el amor por su padre y la ternura que me regala  a mí, su madre. Admiro su sabiduría, su diplomacia sin hipocresías, su música privada, su tiempo para reflexionar, su amor por la paz, su espíritu saturado de ideales, su curiosidad felina, su fidelidad de ballenato y su abrazo franco de amigo.
Pero, por sobre todas las cosas, admiro su corazón noble y generoso que, sin importar los méritos de los demás, comparte por igual, tanto con el amigo como con los suyos. Admiro esa nobleza que deja atrás los intereses muy propios, para anteponer los de los demás, sin reservas.

Admiro a mi hijo, sí, con la pasión de una madre pero con la objetividad del extraño.
Dios me bendijo con su presencia hace 23 años y, al día de hoy, él ha agregado motivos para mí deseo genuino de seguir celebrando su llegada.
Eres ya un hombre. Eres grande de espíritu, mi Tayo, pero más allá de todo, hijo mío. . . ¡eres bueno!

¡FELIZ CUMPLEAÑOS! ¡DIOS BENDIGA CADA UNO DE TUS DIAS, POR EL RESTO DE TU VIDA!

viernes, 5 de julio de 2013

"Nomás por el gusto: Días lluviosos"

Esta mañana, poco después de levantarme, no pude distinguir si fue la lluvia quien nubló mi vista o mis ojos que, en súbito chubasco, comenzaron a llorar.
Nuestra escritora favorita @NuriaGArnaiz nos presenta: . . .”, leí y sonreí. Un segundo después, mi sonrisa se desvaneció cuando mi cerebro empató con la realidad. Esa nota, que antaño anunciaba la fidelidad de mi amigo y lector del blog, no podía haber sido escrita por él porque, recordé, ya no está con nosotros.
Cuando el llanto amainó y la lluvia afuera tomó su lugar, terminé de leer el título de la entrada del blog mencionada en el mensaje: “Despedidas”. ¿Acaso era todo aquello una broma difícil de digerir o una simple coincidencia?
Creo que lo más difícil de las visitas inesperadas de la muerte, es que no nos dan oportunidad de despedirnos; mientras que en una enfermedad terminal, la persona dispone del tiempo para dejar sus asuntos en orden y decir adiós, pedir perdón y buscar los encuentros postergados. Pero, ante una muerte súbita, la persona se ve sorprendida y sin la posibilidad de organizar su propio final.
El golpear de las gotas en la ventana me imprimieron la urgencia de pensar: ¿Qué dejaría yo atrás si, en este mismo momento, se detuviera mi respirar para siempre?

Mirando entre lágrimas, y las gotas de llanto del cielo resbalando en el cristal, respondí con la experiencia que Guillermo me dejó con su muerte: LOS RECUERDOS.
Seguramente nadie se detendría en la charola de papeles pendientes de archivar ni en los libros que pudiera yo heredar. Pero, sin duda, volverían la mente al pasado compartido y revivirían los tiempos vividos junto a mí.
Algunos me recordarían risueña y alegre; para otros mi memoria les hablaría de las prisas y días agitados por las actividades. Pudiera ser que algunos guardasen los tiempos de lucha compartida sobre las dificultades y. . . ¿qué más? ¿Qué recordarías tú de mí, lector, que me conoces?
Extraño a mi amigo Guillermo. Quisiera poder seguir escuchando sus palabras de aliento cuando me siento cansada. Añoro la sensación de protección que sus ofrecimientos de ayuda me daban. Me dan ganas de leer sus bromas, en días como hoy, que la lluvia se ha colado en mi ánimo. Cuánto disfrutaría al volver a encontrar esas fotos de amaneceres, gente abstraída en su propio mundo o el detalle ignorado de un edificio histórico.
Pero ya no tendré nada de eso. Sólo me queda su herencia, compuesta de palabras amables y expresiones graciosas; visitas improvisadas y charlas con historias familiares, recuerdos y chistes nuevos. Me quedo con buenos momentos que forjamos,  sus silencios plenos de compasión ante mis penas y una lista interminable de “cosas por hacer” para llenar un futuro que ya no le alcanzó.
Espero que, al igual que yo, su esposa, sus hijos y sus amigos, tengan un pequeño tesoro resguardado; una herencia de lo bueno que vivieron con él pues, al final del día, será el único lugar al que podremos ir para rescatar un poco de su presencia.  . . cuando nos gane la añoranza.

Hoy volví a llorar tu ausencia, querido amigo y la lluvia lloró conmigo.

jueves, 4 de julio de 2013

"Erase una vez . . . mi vida: Despedidas"

La ventaja de ser abuela es que, cuando se dan las despedidas y finales, ya tenemos plena conciencia del correr de la vida y más tiempo para disfrutar de esos cierres de ciclo que ocurren en la vida de los nuestros.
Ayer, envuelta por una mañana de sol y humedad, disfruté del fin de cursos de mi nieta. Un puñado de gente nos reunimos para celebrar los logros y perseverancia de los niños que, con orgullo, se hacen llamar “comunidad”.
En un sistema escolar, donde todos son importantes y valiosos por sus diferencias, se abrieron los espacios para que cada uno de los chicos que se graduaba expresaran sus talentos y sentimientos. Algunos cantaron, otros improvisaron palabras emocionadas y, para los que continuarán en la escuela, fue el tiempo de observar y aplaudir. Para esos pequeñitos, ¡también hubo una última lección!
Mientras en otras escuelas se extiende la pasarela para que cada niño pase por ella, en la de mi nieta también les enseñan el arte de acompañar sin andar bajo la luz de los reflectores. Con un silencio respetuoso y el ánimo de aplaudir los éxitos de los que parten, dejaron el lugar del protagonismo a quienes lo habían ganado a mérito de cursar ya varios años.

Todo me hizo pensar. ¿Qué sería de nuestra sociedad si, al igual que en esa pequeña comunidad escolar, aprendiéramos a celebrar los logros de los demás y no viviésemos el ansia permanente de sobresalir para ganar el aplauso y la atención?
Dos palabras se conjugan en mi respuesta: Armonía y equilibrio.
Se me ocurre que, en nuestras relaciones imperaría una sensación de armonía al vivir libres de la competencia; y un equilibrio en nuestras emociones se instalaría al tener la certeza de que, sin necesidad de demostrar, conservamos un lugar único y personal dentro de una comunidad.

¡Cuánta felicidad añadiríamos a nuestra vida, si también gozáramos los logros de los otros!
Un aplauso a la comunidad Montessori.