jueves, 27 de junio de 2013

"Cuenta regresiva"

En casa, en los últimos días, parece haberse activado un enorme cronómetro y, en cada tic-tac, me va recordando sobre los finales que se avecinan y los inicios que nos esperan.
Para mi hijo, las siguientes dos semanas le llenarán el tiempo con reclamos para atender los pendientes: El fin del verano en la universidad, las clases para el estudio autodidacta de su instrumento musical y los últimos preparativos antes de dejar el país por un tiempo. Y hablando de los inicios que lo acechan, están un viaje memorable entre primos y la experiencia universitaria en el extranjero.
En el caso de mis nietos, los finales también están por llegar a ellos.
Mi nieto, tras varios años de jugar y crecer con un grupo de amigos, está a días de despedirse de lo que, seguramente, en su mente, llama “mi mundo conocido”. También, en pocos días, dejará de ser el único niñito en casa y su espacio personal dejará de ser “mi” para convertirse en “nuestro”.

Y, tras casi nueve meses, como en un goteo constante, está por derramarse la última gota de la espera, en la gestación de mi tercer nieto. La expectación por la llegada de Andreas, muy pronto, llegará a su fin.
Para mis dos nietos, el umbral del futuro que se acerca, traerá los cambios que sólo la presencia de un nuevo ser puede traer. 
Será el parte-aguas que dará fin a la primera infancia de mi nieto, convirtiéndolo, muy pronto, en hermano mayor. También, enseñará a mi nieta de la existencia de quien requerirá de una paciencia que, hasta ahora, sólo le tocaba disfrutar. De ser la bebé de casa, pasará a ser la niña pequeña y hermanita.
Los vientos de cambio silban cada vez más fuerte en mi familia. El marcapasos del tiempo me recuerda la cuenta regresiva en muchas experiencias y me anuncia los nuevos mundos por vivir.
Aunque, pensándolo bien. . . ¿Acaso no iniciamos la gran cuenta regresiva desde el momento de nacer? Parece, entonces, que mientras más pronto lo entendamos, haremos mejor uso del tiempo que nos resta.

Por eso, ¡a disfrutar, a grandes bocanadas, de la presencia de mi hijo! ¡Y, que los días que seguirán corriendo, me recuerden de la gran bienvenida que estamos por celebrar!

jueves, 20 de junio de 2013

"Jacinto Cenobio"

Llegados los cincuentas, hacemos una ruidosa fiesta, celebramos con la familia y los amigos, gritando al mundo entero: ¡LLEGUE A LOS CINCUENTA!
Pero los años pasan y las fiestas anuales entonces, a veces se dan y a veces no. Por las mañanas, se materializa aquella broma que dice que “Si después de los cincuenta, no te duele nada al despertar, es que estás muerto”. Para entonces, los nuevos planes que iniciamos son menos, un poco por medir nuestra energía y un tanto por haber aprendido a discernir y no correr tras todas. Después de los cincuenta, vivimos en mundos divididos y con el deseo frustrado de no tener el don de ubicuidad que nos permitiría estar con nuestros hijos, nuestros nietos y los amigos al mismo tiempo. Y, mientras recorremos ese segmento de las estadísticas, nos estremecemos ante la idea de una muerte prematura del otro y vernos atrapados en la tan temida viudez.

Con el caer de la lluvia, como música de fondo, escucho entre notas nostálgicas la historia de quien le llegó esa hora.
Jacinto Cenobio, perdido su amor, le dice al ahijado: “Murió su madrina, la Trinidad; los hijos crecieron y donde están; perdí la cosecha, quemé el jacal; sin lo que más quero. . . que más me da”.
Acompaño al cristal que siente el correr de lágrimas del cielo y mi corazón se paraliza por la sola idea.
No –pienso– la viudez no es para mí, así como el mundo no es mi hogar. ¿Cómo siquiera imaginar que puedo yo andar por esta tierra con medio corazón y medio cuerpo? Si la mitad de mi se muere algún día, me pregunto, ¿cómo se vive a medias? ¿Dónde está el lugar para los que sobreviven con el alma cercenada?
La canción acompaña mis pensamientos y, entendiendo a Jacinto, me uno a dúo con la cantante. . .
A naiden le diga que estoy acá”.


Sí, también los temores son parte de rebasar los cincuentas.

miércoles, 19 de junio de 2013

"Hablando de inundaciones. . ."

Dentro del mundo de la psicología, las emociones son asociadas con el agua y, tras un diluvio en casa, confirmo que tiene mucho de razón pues, el efecto del agua fuera de sus límites, es devastador.
Durante una lluvia torrencial, un tapón oculto en el drenaje impidió la salida del agua por la vía apropiada y terminó formando una enorme laguna en mi recámara y la sala de televisión. Cuatro horas de batallar para contener al rebelde líquido y la asistencia profesional del plomero, lograron restablecer un poco de orden en la zona de desastre.
En un primer diagnóstico, concluimos que el piso estaba arruinado y tiene como único remedio, el reemplazo total. Algunos muebles se reblandecieron de las bases, las cortinas y rodapié requieren un lavado exhaustivo, y muchos litros de desinfectante intentan erradicar la posible presencia de gérmenes y desechos que no se ven a simple vista.
Además de lo evidente, también están los objetos almacenados bajo la cama y en el piso de los clósets; entre ellos un proyector y una cámara, que aún están bajo el rubro de “posible daño permanente” y que siguen en observación con el tratamiento de “secado ambiental”.

Metiendo primera en mis pensamientos, me repito que “sólo son cosas materiales”. Pero, atrás de mis convicciones, me empiezan a perseguir los “hubiera” con sus argumentos: “Si hubiera puesto las cámaras en alto, si hubiera mandado desazolvar, si hubiera puesto una rejilla en las bajadas de la tubería. . . si hubiera, si hubiera, si hubiera”. Pero, bien dicen que –el “hubiera” es el tiempo perfecto del “ahora te aguantas–. Así que, todas aquellas medidas preventivas y de mantenimiento, fuera de tiempo, no son más que una queja por la consecuencia inesperada.
Entonces pienso en las relaciones de matrimonio y en esos tiempos en que, en lugar de hacer mantenimiento y pequeñas reparaciones preventivas, les llega el día del desastre, y las emociones no ventiladas ni canalizadas, generan la inundación. Los daños entonces alcanzan una dimensión inesperada y, en algunos casos, también pierden el piso que los sostienes y sólo queda como opción ser desechado.
Cuando llega la inundación, también, bajo la cama del vínculo matrimonial, aparecen asuntos viejos y arrumbados que, al contacto con la crisis, huelen y contaminan el ambiente. Las emociones, como el agua, sacan a flote las cosas más inesperadas: Basura y polvo de recuerdos en los rincones, objetos perdidos   –como la confianza y el respeto– y, con el grave riesgo de un corto, se exponen cables eléctricos  pelados por el tiempo –como la mala comunicación–.
El agua, al igual que las emociones, cuando se desborda y ataca por sorpresa, puede resultar tan destructiva como la peor de las tormentas.

Por ahora, sigo en el recuento de los daños. Confieso que hay rincones a los que no he querido acercarme por el temor de lo que encontraré estropeado pero, esta inundación, me ha recordado algo de lo que no quiero huir: Es tiempo de revisar los drenajes de comunicación con mi esposo, dar mantenimiento preventivo para retirar estorbos viejos  y hacer las reparaciones respectivas. . . antes de que, a mí también,  me sorprenda una inundación.

lunes, 17 de junio de 2013

"De juguetes y tacones"

Lo miro, luciendo un corte de cabello que lo hace ver más grande y, cuando le ofrezco ayuda para prepararse la leche de chocolate, escucho su voz con tono de orgullo: -No te preocupes, Gramma,  yo ya sé prepararme la leche –; sonrío y mi suspiro echa afuera un reclamo del corazón. ¿Por qué ha crecido tan rápido?

Dos meses atrás, mi primer nieto cumplió 7 años y, a pesar de los cientos de contratiempos y dificultades, han sido los tiempos que a los llamo “Época dorada”. Sus ojos sonrientes, desde que llegó al mundo, son una luz que hace desaparecer cualquier sombra en mi ánimo y, cada vez que lo abrazo, la gratitud que se me apretuja en el alma me hace pronunciar una frase a Dios: ¡Gracias!
Pero, no es posible detener el tiempo e intentarlo es como querer parar un tren en plena marcha parándose frente a él. La nostalgia cae como neblina en mi corazón. Mi pequeñito se irá alejando de Gramma hasta convertirme en un recuerdo. ¿Será que nuestros momentos brillen de amor en su memoria o las voces que hablan contra ellos, con crítica y rigor, lograrán empañarlos de olvido?
Sé que es tiempo de levantar el vuelo hacia otras metas. Nuestra labor, como abuelos, arropando a nuestros nietos con seguridad y presencia, va llegando a su fin y ha de transformarse, urgida por los cambios, en esa visita un par de veces al mes. Sí, la circunstancia exige cambios pero, aun en medio de la ausencia, jamás logrará cambiar el amor inamovible por nuestros nietos.
Los juguetes son desplazados por agendas, muestras y listas de precios. Los planes para hacer algo divertido cada vez son menos y, mis jeans y zapatos bajos son reemplazados por la ropa formal y los tacones.
Es difícil y doloroso dejar atrás el trabajo más bello y enriquecedor del mundo, pero siempre guardaré en mi corazón estos siete años que han sido el regalo
más preciado que mi marido pudo hacerme: La oportunidad de dejar toda la carga sobre sus hombros para entregarme a ser abuela de mis nietos.
¡Que enorme privilegio ha sido ser abuela de tiempo completo para ellos!

Adiós época dorada de “Gramma”, bienvenida la era de las citas, oficina y viajes de trabajo.

domingo, 16 de junio de 2013

"Silencioso"

Estoy segura que, al hablar de amor, imágenes de ropa limpia, platillos calientitos y abrazos, vienen a la mente de la mayoría de nosotros. ¡Qué fácil es ver el amor de una madre! Niños acunados y arropados por las noches, caricias y besos se piensan, y la gente se llena de ternura al pensar en el abrazo de su madre.
Pero, ¿qué hay de todo aquello que ocurre y que da forma al hijo, en silencio y casi en secreto? ¿Acaso es fácil ver lo que el discreto y abnegado amor de un padre hace por los hijos?
De eso es lo que hoy quiero escribir. De todo aquello que los hijos no ven y que sin embargo ocurre. Esas cosas que, a puerta cerrada, nosotras, las esposas vemos y respaldamos por el bien de nuestros hijos.
Porque, ¿acaso nuestros hijos sienten cuando su padre, con sigilo y a media noche, se escurre de la cama para ir a terminar aquel trabajo pendiente? ¿Han visto, alguna vez, a ese hombre desvelado y repasando la forma de pagar el proyecto o sueño de su hijo amado? Y, cuando vencido por el sueño, ¿se enteró ese pequeño de que fueron los brazos de su padre los que lo acarrearon hasta su cama?

Y ni qué decir del silencio mediador o de las lágrimas que, por el mito de género no derraman, cuando ese mismo hijo, ya crecido, levanta el puño ofensivo y retador. ¿Acaso habrán visto nuestros hijos el dolor en los ojos de su padre cuando, después de titánico esfuerzo por brindarles apoyo, ellos olvidan pronunciar las breves palabras de gratitud que mostrarían al padre que su amor ha sido visto?
Las decisiones difíciles, esas que ponen en riesgo la simpatía de los hijos, y que tienen un alcance que determina su futuro, ¡son las que corresponde tomar a los padres y nadie aplaude su valentía!
Estoy convencida que, antes que el homenaje a la figura tan visible de la madre, los hijos deberían ponerse en pie y honrar a quienes dan sostén, equilibrio y dirección a la familia: Los padres.
Entonces, para cuando se acercan los tiempos de una vida más tranquila, llegan los nietos y, el abuelo, renuncia a sus descansos para volver a jugar, reír y proteger a esos “nuevos hijos”. Su entrega, refrendada de amor, reinicia el ciclo para ser plataforma de bienestar para los suyos, su descendencia.
Sólo espero que, cuando a mis hijos entiendan el verdadero sentido de la paternidad, aún tengan a su padre en vida y, con un corazón lleno de amor, pronuncien dos frases cortas pero sentidas de verdad:
¡Gracias, papá, por ser mi padre! Y ¡Gracias, Dios, por el mejor padre del mundo!


Salvador, Gordito mío, de pié y con ovaciones, te deseo un ¡FELIZ DIA DEL PADRE! 
¡Dios te bendiga con toda bendición posible! 

viernes, 14 de junio de 2013

"Una de cangrejos y Capuletos"

“Erase una vez. . . dos pescadores que acarreaban su pesca del día en dos cubetas. Uno, la llevaba tapada y, el otro, abierta. Cuando se topan con un amigo, este detalle le llama la atención y pregunta al que llevaba la cubeta tapada su razón para eso, a lo que el hombre contesta: -Lo que pesqué son cangrejos judíos –dijo, como quien sabe de lo que habla– y si dejo la tapa abierta, escaparán antes de que llegue a casa. Van formando una escalera, poniéndose uno sobre otro para ir escalando hasta que todos han escapado.

-¿Y tú, cómo es que no tienes que taparla?  –preguntó, el hombre, al segundo pescador.  ¡Ah!-dijo, el pescador– Es que yo pesqué cangrejos mexicanos y, ellos, cuando uno comienza a subir por la cubeta, el resto empieza a estorbarlo y detenerlo. Así que, nunca logran salir.”
Cuando, por primera vez, escuché esta fábula, muy pronto se me pasó la risa y una incomodidad, nacida del sentimiento de pertenencia e identidad, me invadió. Y, desde entonces, cuando sé de riñas, contiendas y agresiones entre mis compatriotas, el cuento me viene a la mente y me inunda una gran tristeza. ¿Qué nos impide aprender a unir esfuerzos para el logro de una meta común? ¿Son las diferencias y los rencores?
Entonces, recuerdo otra historia, igual de absurda que la anterior y que es un clásico de la literatura: “Romeo y Julieta”. Los protagonistas, dejados en segundo término, sólo representan el ideal que se persigue en el futuro y, las familias, la condición humana, dispuesta a llevar el pasado a cuestas y mantener vivo el rencor, atizando sobre las heridas y diferencias para mantener el fuego destructivo vivo hasta la última consecuencia: la muerte del futuro.
La remembranza me hace suspirar. Parada en medio de un fuego cruzado, en una guerrilla que nació antes de que yo me enterara; una en la que ofensas, calumnias y atropellos han ocurrido, y siento el jaloneo de los bandos por convertirme en enemiga de alguien al que ni siquiera conozco y de quien jamás he recibido ofensa alguna. Y entonces me pregunto, ¿tiene sentido continuar la guerra? ¿Verán el alcance de sus rencores? ¿Llevarán esta rencilla hasta las últimas consecuencias: la muerte o el nacimiento de algo parecido de un proyecto maltrecho?
Suena una música de fondo y Beethoven acompaña mis anhelos con su himno. La vocecita de mi nieta, en mi mente, canta con timbres de inocencia y esperanza:
 “El canto alegre del que espera un nuevo día
Ven, canta, sueña cantando
Vive soñando el nuevo sol
En que los hombres volverán a ser hermanos”

Un destello de esperanza brilla en mi corazón, y refulge en cada pequeño rayo con perdón, gracia, unificación y paz hasta que. . . ¡Recuerdo los mensajes, los reclamos y los insultos!
Mi esperanza muere un segundo después. ¡Naturaleza humana!, pienso con tristeza, siempre lista a la guerra, a la desunión y al reclamo.

Sí, lo más probable es que sigan adelante como cangrejos mexicanos e imitando la absurda conducta de los Montesco contra los Capuleto hasta ver morir su futuro o ver nacer el hijo de sus anhelos, débil y maltrecho, como símbolo fehaciente de la incapacidad del hombre a vivir en paz y aprender a perdonar.

"Hoy, me propongo ser un mejor ser humano, 
tan bueno como mi perro cree que soy".

martes, 11 de junio de 2013

"Erase una vez. . . mi vida: Aprendiendo"

Nacer en el seno de una familia cuyo lema es “Excelencia y no mediocridad”, siembra en cada miembro un espíritu de competencia que se convierte en el terreno sobre el que se finca la personalidad y la vida.
Sin importar la actividad o reto, aprendes a redoblar el esfuerzo para llegar a la cima, primero y más alto. La meta vital: Ganar.
Pero, ¿qué pasa con eso cuando tienes 53 años y una historia repleta de tramos cuesta arriba? Simple. . . ¡Estás exhausta! Y lista para la siguiente lección: Aprender a PERDER.

Y debo aclarar que la lección no es fácil porque, ¿a quién le disgusta ganar? Llegar primero, hacer las cosas mejor que nadie y recibir el reconocimiento por ello, en alguna forma, se vuelve adictivo y, como todas las adicciones, difícil de dejar.
Para todo cambio de hábito, estoy aprendiendo, se deben fijar nuevas metas alcanzables, sencillas. Así que, para desplazar la fanática costumbre de ganar, estoy haciendo pequeños ensayos en un juego llamado “Apalabrados”.  Y, para asegurarme el logro de mi objetivo, me he liado en el jueguito con una experta. . . mi amiga Reyna quien, 9 de cada 10 juegos, me vence.
Varias cosas he concluido en el proceso de aprendizaje con mi amiga.
Primero, que siempre tengo algo nuevo que aprender, que puedo abrevar de la experiencia de alguien más y que el límite de mi conocimiento estará en función a mi empeño, tiempo y dedicación (y que no siempre tiene que ser al límite de mis fuerzas). ¡Y vaya que he aprendido!
Segundo, que puedo disfrutar de lo que ocurre entre el comienzo y el final, aunque este implique una derrota al fin de la contienda.
Y, más importante, que el hecho de que alguien sea mejor que yo en algo, no me convierte en menos ni en fracasada.

Creo que es tiempo de ir por la vida cosechando pequeñas derrotas y, de vez en vez, de manera algo más sana, sumando éxitos. 
Así que. . . ¿Quién se anima por un partidito de “Apalabrados”?

viernes, 7 de junio de 2013

"Festejando la vida"

Hoy mi alma está de buenas y ¡no quiere dejar de sonreír!
Y es que, aunque amenazó con arruinarnos la fiesta, la muerte no llegó hasta aquí. Mi primo, un poco mallugado por la sorpresiva enfermedad, esta tarde, lucía como rey en la visita: Vestido de sonrisa y corazón de buen humor.
¡Cuánta felicidad me desbordaba al entrar a esa habitación de hospital! Con bromas y risas hablamos de la sorprendente capacidad de los “Arnáiz” de burlar a la muerte, aunque bien he aprendido que, ésta visitante, siempre se acerca hablando en serio.
Volver a ver a mi primo, Darío Arnáiz o “Arnáiz”, como algunos lo conocen, fue como volar sobre una ráfaga al país de los recuerdos.
Aun cuando Darío era de los primos pequeños, su flema y actitud adulta nos impresionaba a los demás. Sólo bastaba escucharle unas palabras, para los aires de adultez temprana se esfumaran y descubriéramos al chico dulce, inteligente y sensible que realmente era.
Y, de entre mis memorias favoritas, está aquel día junto a la fuente del Instituto Politécnico Nacional que, para nosotros, era el parque para andar en bicicleta, trepar árboles y pasear a nuestros perros.
Una tarde, animados por el día soleado y aprovechando la visita de los primos Arnáiz Salvador, decidimos cruzar la calle para pasar la tarde andando en bici. Pero, algo más atractivo que la bici cambió los planes de Darío. El agua, fresca y chisporroteante, sedujo al espíritu investigador de mi primo. Y, sin pensarlo dos veces, comenzó a competir con el chorro de la fuente en acalorada guerrilla.

¡Y que aparece mi tío! Alto y delgado, con el cuello tenso y exageradamente erguido, lo parecía aún más. Entonces llamó a su hijo, ordenándole parar. Los demás, deteniendo cada cual lo que estaba haciendo, nos concentramos en la escena. ¡Se había metido en problemas! La voz del tío Güero anunciaba un castigo y, conteniendo la respiración, nos dedicamos a observar.
-¡Deja de hacer eso! –volvió a ordenar, pero Darío hijo la estaba pasando bien y se resistió al mandato. –Te digo que saques esa mano de ahí –nuevamente amenazó, mientras continuaba con paso decidido hacia el chico que, con cara inexpresiva, jugueteaba los dedos en la fuente.
Los ojos del uno se clavaron en los del otro. Varios dejamos la bicicleta en el suelo. El castigo se vislumbraba mayúsculo cuando, quedando apenas un metro entre ellos. . . ¡Darío echó a correr con una velocidad insospechada!
Nosotros, los primos, no sabíamos si contener las ganas de aplaudirle y alentarlo a correr más rápido o reírnos ante aquella imagen del hombre, siempre tenso y en pose calculada, pegando la carrera tras su hijo, alrededor de la fuente.
La risa nos venció cuando vimos la estrategia de Darío. Como en un acto de precisión, dejaba a su padre acercarse hasta la distancia mínima de seguridad para, con ímpetus de liebre silvestre, volver a salir corriendo.
¿Qué cuantas veces se repitió la escena? Creo que las suficientes para que nadie pudiera contener las carcajadas. Montando de nuevo nuestra bici, nos alejamos para no ser escuchados mientras, tal vez cansado de tanto corretear, mi primo tomó camino de vuelta a casa. Cruzando la ancha avenida, quedó fuera del alcance de su padre y nos mostró el camino a seguir para dar fin al episodio.
Las buenas costumbres, supongo, obraron a su favor y, como una visita educada, mi tío se ahorró el montar una escena en casa de la hermana, mientras, en la habitación de los chicos, todos mirábamos con un guiño de admiración al osado primo.
Mientras pasaba nuestra infancia, la vida de nuestros padres, las distancias o, simplemente, el destino, nos fue alejando poco a poco. Las visitas se espaciaron, los hermanos dejaron de promover los encuentros entre sus vástagos y nosotros, como adultos, no opusimos resistencia a la inercia establecida. . . hasta hoy.
Dicen que “la sangre llama” y yo creo que tienen razón pues, aunque las canas y las sondas quisieron engañarme, al volver a ver a mi primo Darío, pude reconocer a aquel valiente y dulce niño, mi primito de la infancia, al que sigo queriendo como entonces.
¡Gracias a Dios por tu vida, querido primo! Y organicemos la fiesta porque, ahora sí, tú y yo sabemos, ¡el tiempo corre!


P. D. Debo confesar que ese evento cambió mi destino muchas veces pues, al reconocer la efectividad de la estrategia de mi primo Darío, comencé a usarla para dejar atrás a mi madre, cuando amenazaba con infringir un castigo. ¡Gracias por el ejemplo, primo, me ahorraste muchas tundas!

viernes, 31 de mayo de 2013

"Nomás por el gusto: Límites"

Conversar con Guillermo,  acompañados de una copa de vino tinto, era sin duda un gran placer.
Siempre con una historia en una mano y una broma en la otra, hacía de una tarde cualquiera, una especial. De una amistad de dos, pasó a ser una de tres pues, con soltura y naturalidad, mi amigo se convirtió en amigo de mi esposo, quien llegó a conocer a mi “colega” a través de las historias que le había escuchado y que yo le compartía.

La opinión de mi hija, al llamarlo “todo un caballero”, resultó cierta. Su forma de hablar, contrastante con aquellas expresiones que “El Ñerito” usaba, eran algo que disfrutaba y me hacía reír. Siempre informado y atento a gran diversidad de temas, era quien abría el juego de la plática, así, como quien pone la primera ficha en una partida dominó.
Fantasioso lector y gustoso de la historia, me recomendaba libros y compartía sus críticas como quien sabe un poco más que los demás.
Fue por eso que, cuando me enteré de su escolaridad, no sólo me sorprendí sino añadí un motivo de admiración por él. Como en muchas otras áreas de su vida, levantándose, aunque fuera de puntitas para rebasar su circunstancia, no le permitía, a lo que algunos llaman “destino”, que le impusiera sus límites.
He escuchado de historias de gente que nace en la pobreza y se supera hasta tener una vida acomodada; o aquellos que, no teniendo educación alguna, encuentran un oficio y se convierten en gente respetable y de éxito. En el caso de mi amigo, su biografía contiene un poquito de todo, pero yo recalcaría una cualidad en especial: Su permanente deseo de aprender y experimentar cosas nuevas.
Así, aunque su educación formal fue corta, se transformó en lo que reconoceríamos como un hombre culto y educado; no dejándose limitar por la edad ni por la excusa de no haber ido a una universidad, avanzó como un gran autodidacta, puliendo su intelecto y haciéndose sensible a  las bellezas más sofisticadas.
Por eso, ahora, cuando alguien justifica su ignorancia bajo la excusa de falta de escuela, pienso en  Guillermo y sonrío, pensando, ¡si lo hubieras conocido!


P. D. Un mes, amigo, y sigo buscándote en mi pantalla pero, al recordarte, las risas que me surgen en el corazón dan consuelo a mi tristeza.

sábado, 25 de mayo de 2013

"Erase una vez. . . mi vida: Momentos"

“La vida está hecha de momentos”, recitaba una frase publicitaria y, en cierto sentido, coincido. Esos momentos, a veces instantes, tienen la capacidad de imprimir matiz y realce a la cotidianidad, convirtiéndola, con sus pinceladas, en algo que se imprime en la memoria del corazón como con tinta indeleble al tiempo.
Pero, esta vez, no quiero hablar de ese tipo de momentos sino de aquellos que anunciamos y que se prolongan tanto que hacen desaparecer un mejor futuro, pero. . . creo que daré un paso atrás en la historia y mostraré de lo que estoy tratando de hablar.
Hace no mucho tiempo atrás, cuando el iPad y el iPhone con 3G no habían llegado a mi vida, y la tarde comenzaba a caer, siguiendo el impulso de un reloj interno, me levantaba para recorrer la casa. Mi olfato hacía una inspección antes de acercarme al sahumerio y verter unas cuantas gotas de la esencia que me inspiraba para acompañar la temperatura de la habitación, entonces,  encendía la vela para completar el ritual. Con la vista me aseguraba que los muebles y objetos estuvieran en su lugar, y que una luz, al menos, quedara encendida.
Luego pasaba por el espejo de mi tocador y revisaba que mis rizos lucieran en una caída casual, y que mi rostro tuviera la apariencia de quien no se ha maquillado pero que los estragos del día quedaran encubiertos. Cepillados los dientes, daba el toque final aplicándome labial. Y, complementando el ambiente preparado, rociaba mi cuello presionando dos veces el aplicador de perfume, una vez de cada lado.
¿Qué hacía después? Cualquier cosa. A veces leer, escribir, ordenar un cajón o revisar la agenda para el día siguiente. La actividad, en ese lapso del día, era lo de menos pues, lo principal, ya había sido atendido.

Entonces, portafolios en mano, entraba mi marido. Sin parecer el perrito agitando el rabo, levantaba el rostro y concentraba mis labios en recibir los suyos. Con poca originalidad, entonces preguntaba: ¿Cómo te fue? Y mis oídos, mente y corazón, se disponían a escuchar la respuesta que, en más de las veces, comenzaba con una palabra dicha con entusiasmo: ¡Bien! Y continuaba con un breve resumen de los encabezados del día.
Pero, como en todas las historias de modernidad, la tecnología obró y la escena cambió.
La computadora, para cubrir cualquier eventualidad, permanece prendida sobre el escritorio; el iPad, con la excusa de que también funciona como libro, nunca está a más de dos metros de distancia de mí y, el celular, por cualquier emergencia, o está en mi mano o en el bolsillo trasero del pantalón. Los tres elementos indispensables, hoy en día, me hacen pronunciar una palabra que pone en la fila de espera, a todos y a todo, para tener mi atención.
El reencuentro vespertino con mi esposo ahora tiene otra entrada y abre con: ¡Un momento!
Así, cuando él llega, mi mente ordena ¡momento! y se resiste a distraer su concentración de: El juego que requiere de toda mi atención, la conversación por chat con alguna amiga, el párrafo que justo presenta el clímax de la historia, la búsqueda de ese artículo en Google, la lista de canciones que estoy conformando en YouTube, el más reciente comentario de mi hijo  o la fotografía del álbum que mi hija acaba de subir a Facebook. Las opciones y razones para mantener mis ojos en la pantalla y no estirar el cuello, levantar el rostro y ofrecer mis labios para recibir los de mi esposo, en el momento de la bienvenida, son tan vastos como las opciones que ofrece el mundo cibernético.
¿El resultado? Aquellos momentos personales de contacto, íntimos, húmedos y vívidos, se enfrentan con mi actitud de “un momentito” y, para cuando termina la pausa, se han esfumado y se han perdido en un pasado en el que nunca ocurrieron ni dejaron huella.
¿Dónde estarán los momentos memorables si, atropellada por la permanente urgencia y demanda de la comunicación y la tecnología, vivo postergando lo que tengo enfrente y puedo tocar? ¿Será capaz, toda esa información de contactos virtuales, de llenar con hermosos recuerdos mi memoria y ser la fuente de vida y remembranzas para mis tiempos de vejez?
Una punzada de añoranza me hace cerrar los ojos y revivir aquellas bienvenidas, y junto con aquella imagen, se desborda una cascada de recuerdos: Las conversaciones interminables con los ojos puestos en el otro; el abrazo antes de dormir, envueltos en el silencio; las pláticas en el auto durante los trayectos; las reuniones de amigos donde la atención se fijaba en recordar un buen chiste y. . . ¿Cuánto estoy dejando que me robe la modernidad?

Ahora puedo asegurar, “El ayer tenía tiempos mejores”.

viernes, 24 de mayo de 2013

"Nomás por el gusto: Herencia"

Muchos pensamos en casas o empresas como parte de la herencia que quisiéramos dejar a los hijos. También nos esmeramos para transmitirles nuestra experiencia y buenos principios, como una herencia moral y espiritual, pero, ¿qué hacer con aquello que no está bajo nuestro control, nuestra herencia genética?
Con un recuento sobre esa herencia nació la presentación durante el primer encuentro personal que tuvimos, mi amigo Guillermo y yo.
 –Antes de conocernos, colega, tengo que confesarte algo. En tu mundo, el mundo de los sanos, yo soy un discapacitado –me escribió, a manera de introducción.
No me atreví a preguntar a qué se refería y sólo agradecí, para mis adentros, la actitud de cuidar la primera impresión, algo que, después comprendí, sería una fórmula permanente en su trato conmigo y, más tarde descubrí, con toda la gente que lo rodeaba. ¡Siempre cuidando al prójimo!
Finalmente nos conocimos y, entre bromas y anécdotas, me mostró la huella de aquella herencia genética que lo acosaba con dolores permanentes y una constante amenaza de dejarlo postrado.
¡Buen intento, genética canija!, muchas veces pensé pues, a todo dolor o presión por inhabilitarlo, mi amigo Guillermo respondía con más risas, optimismo y largas caminatas al amanecer.
Sí, la adversidad genética quería detenerlo pero nunca pudo. Con buen humor e ingenio, mi amigo sorteaba los contratiempos que la enfermedad quería imponerle y, más de una vez, me mostró nuevos trucos o raros accesorios que conseguía para manipular cosas pequeñas, abrir frascos y resolver movimientos que no lograba hacer. “Más vale maña que fuerza”, decía.
Alentada por su actitud natural y abierta, un día me atreví a preguntarle cómo hacía para escribir en el teclado y el teléfono celular, y cómo lograba hacer los ajustes en la cámara de fotografía. Entre risas, respondió –cuando ya no pueda hacerlo con los dedos que aún funcionan, lo haré con la punta de la nariz, colega que, para mí fortuna, es puntiaguda.
¡Vaya ejemplo! Hizo tal impacto en mí que, cuando pensaba en quejarme por algún malestar, recordaba a mi nuevo amigo y me animaba encontrando lo que sí podía hacer para disfrutar de la vida, aún en medio de la enfermedad.
Guillermo no sólo continuó picando teclados y pantallas, y ajustando cámaras hasta el último de sus días; también, a paso lento, y en días doloroso, fue mi permanente ejemplo de optimismo, perseverancia y amor a la vida. Ese hombre, al que tuve el honor de llamar amigo, anduvo por la vida sosteniendo, como único bastón, la voluntad de exprimir la vida a plenitud.


Tras de sí, dejó una estela de sonrisas en quienes leíamos “juar, juar” en la pantalla y disfrutábamos de las imágenes que, con la cámara vaga, le robaba al amanecer. . . ¡Y qué fotos aquellas! Pero de las fotos, también surgió una historia. . .

P.D. Hoy es viernes, amigo mío y, con el corazón acongojado confieso que ¡extraño tus mensajes, tus palabras de ánimo y hasta tu RT!

viernes, 17 de mayo de 2013

"Nomás por el gusto: Entre líneas"


La tecnología y los tiempos parecían estar a nuestro favor. Mis noches solitarias en la Toscana, lejos de mi esposo e hijo, empataron con las estancias prolongadas, en la Quinta, de mi amigo Guillermo.  Y el creciente uso de las conversaciones electrónicas, tras un teclado, se convirtieron en el paréntesis para iniciar la amistad.
Como en un pausado juego de naipes, cada uno y por turnos, fuimos bajando cartas, escribiendo anécdotas y respondiendo a la curiosidad del otro, dibujando nuestras historias, sin ritmo ni prisa.
Así fue como supe del abuelo Eddy y el mestizaje con la tierra Oaxaqueña; conocí a la abuela, ejemplo de tenacidad y testarudez; y, con ojos risueños, leí las más curiosas historias de Lupita, su madre. Fue entonces que también descubrí el origen de una de las aficiones de Guillermo, coleccionar máquinas de escribir, y sentí mi corazón hacerse agua al escuchar la presentación cariñosa, una a una, de sus adorados hijos.
Nuestras charlas ocurrían como todo lo que tenía que ver con mi amigo, espontáneas y divertidas, tanto que, en esas tardes en las que el cansancio y la desesperanza se empeñaban en derribarme, buscaba en la pantalla su presencia y, chateando con él, me nutría de una buena carcajada.

Conocerlo fue una aventura. No encubría sus errores y parecía haberlos perdonado hace mucho tiempo. Con tono casi infantil, confesaba  a un pasado hombre iracundo y rudo que, por más que hacía por adivinarlo, nunca logré verlo bajo ese tono cálido, jocoso y cariñoso. – ¿Habrá  sido el mismo, alguna vez? –me pregunté muchas veces.
Semanas iba y semanas venían. Las cosas comunes se acumulaban y la semilla de la amistad germinaba. Entre confesiones, bromas y memorias, de “conocido”, la relación fue subiendo los peldaños del escalafón para convertirse en amigo aunque, ¡cosa extraña era no haber jamás estrechado su mano!
Buscando el día y la excusa, decidimos que era tiempo de hacer algo para conocernos personalmente y entonces hizo me una confidencia que terminó de convencerme que, aquel hombre, era especial.
En tono serio y un poco tímido, algo raro en él, se presentó a si mismo de manera oficial oficial pero. . . .¡Esa es otra historia!

miércoles, 15 de mayo de 2013

"Sin fronteras"


Era alta, de cabello negro con destellos de azul, dentadura de formación militar y se llamaba. . . Esperanza.
A mis 16 años y siendo proclive a los sueños, mi maestra de literatura universal se convirtió en la directora de mis primeros viajes sobre caminos de letras. Al iniciar el mes, una lista de cuatro o cinco libros circulaba en el salón y Esperanza, mi profesora, se encargaba de hacer una presentación para engolosinar nuestra curiosidad. Haciendo alarde de sus dones de cuentista, nos llevaba de la mano por el umbral de la historia y, como buena mujer, siempre sabía cuándo detenerse para lograr un coro unánime – ¡Aaaaah, siga por favor!– de sus adolescentes pupilos.

Entonces comenzaban mis actos de escapismo. Incapaz de resistir a la tentación de zambullirme entre las páginas de los libros asignados, por días enteros me transformaba en sombra. Para cuando los profesores entraban al salón, yo me había parapetado en la banca, al final de la fila más alejada de su asiento y,  con mejores dotes que Houdini, lograba la ilusión de mi ausencia.
Embobada en la lectura, dejaba pasar las clases de matemáticas, biología o cualquier asignatura que estorbara mi enajenación en la lectura. Ni maestros ni compañeros parecían reparar en el bulto que, escudado detrás de las portadas, pasaba el día alucinando entre historias y faenas.
El viaje terminaba cuando, antes de que hubiese pasado la semana después de la entrega del listado, pasaba la página final del último libro. El mundo a mi alrededor se redibujaba en realidades que, con urgencia, me recordaban que ahora tenía que iniciar la caza de apuntes y notas de las demás asignaturas. ¡Que martirio!, y no hablo de las clases perdidas, sino de la espera interminable hasta que llegaba la siguiente lista de lecturas.
Hoy, día del maestro, muchos chicos llevarán un regalo a sus profesores y les harán un festejo. A la distancia de 37 años, hoy recuerdo a mi maestra Esperanza y, en secreto homenaje, le escribo estas líneas para agradecerle que ella, con su pasión por los libros, haya puesto en mis manos mil mundos al enamorarme de la lectura. Con su ingeniosa presentación, me mostró el camino al refugio al que siempre viajamos solos y abrió mi pensar a otras mentes.
¿Sabrá ella que, a mis cincuenta y tres años, aún me escapo de la persecución de los deberes para esconderme en el dichoso mundo de papel, tinta  e historias, y me vuelvo invisible? Tal vez ni siquiera lo imagine pero, yo, ¡cómo disfruto desaparecer del mundo!
Cada vez que doy vuelta a la portada de un libro, recuerdo a aquella alegre mujer y agradezco que, en el cruzar de nuestros caminos, su nombre, Esperanza, se convirtiera en el anuncio profético de todos aquellos universos que, hasta en los tiempos más negros, me acogen y regalan la esencia de un futuro sin fronteras: La esperanza.
¡Feliz día del maestro, Esperanza!

viernes, 10 de mayo de 2013

"Mi mami"


Es 10 de mayo y me siento frente a la pantalla. Un borbotón de ideas me fluye y, en un segundo, se convierten en lágrimas. ¿Quién puede escribir con los ojos derramados? Y es que, en los últimos tres años, he vivido más de cinco ocasiones el conato de convertirme en huérfana. Fue así, sin llegar a ese momento (que sé que algún día me alcanzará), que comencé a valorar en toda su dimensión la fortuna de tener a mi madre conmigo.
De ahí que ahora entiendo por qué Europa ya no quiere ser madre, tan indispuesta está a renunciar a su confort y aprender a vivir en sacrificio por alguien; ya no está en su pensamiento la idea de que tiene que dejar sus planes personales y procurar un futuro, preparándolo para un hijo; los desvelos no le apetecen y la preocupación por los sentimientos de alguien que dependa de ella no le son atractivos. Todo aquello que sugiere renunciación, entrega o amor incondicional, está fuera de su agenda pero, para mi madre, todo eso constituyó su decisión y plan de vuelo por la vida.
Mi mami es madre de ocho y madrina de una decena de hijos ajenos; es abuela de 23 y bisabuela de tres, y aunque la suma se convierte en multitud, puedo ver que ha tenido y sigue teniendo amor especial para prodigar a cada uno de ellos. ¡Tanto amor maternal alberga en el corazón, para los suyos!
Su ministerio le ha exigido el desempeño de múltiples carreras: Fue enfermera y nunca hubo queja por doblar turnos cuando se trató de velar por uno de sus hijos; se convirtió en chef y desarrolló la habilidad de conocer el paladar de cada uno de los que ama; la economía fue un reto y aprendió a hacer rendir los recursos; es hada madrina y cumple multitud de deseos y hasta caprichos con regalos; con maestría, ha sido la organizadora de eventos en los que nosotros, su familia, siempre somos el invitado especial. Las cualidades que ha mostrado, como madre, son como los destellos de una estrella, cambiantes y siempre trayendo luz para nosotros.
Sigo en llanto y ahora, más que nada, de alegría. La maleta está lista y mi ánimo se siente festivo. Tengo mil bendiciones que me animan a celebrar, aunque una, especialmente una, es la que me dispone al festejo: ¡Dios me concede la compañía de mi mami! Me la regala para que mis nietos la conozcan, la disfruten y la amen tanto como yo; me la presta para que mis hijos aprendan a agradecerle a la mujer que, con amor y sacrificio, me formó y, si se detienen a observarla, tal vez hasta aprendan a seguir su ejemplo de amor con sus propios hijos.
Tras el recuento, sólo puedo agregar: ¡Gracias, Señor, por tan increíble y apreciado regalo! Y, mi Dios, siguiendo esa mala costumbre de no estar nunca conforme, hoy te pido una cosa más. . . ¡Larga vida para esta mujer extraordinaria, mi madre!

miércoles, 8 de mayo de 2013

"Nomás por el gusto: Existencia"


Dicen por ahí que recordar es vivir y yo, con cientos de horas en la carretera, en los últimos días, he tenido mucho tiempo para recordar y revivir la historia de mi amigo Guillermo o, al menos, desde que nuestras líneas de vida se intersectaron y la amistad comenzó.
Así que, nomás por el gusto de paladearla, decidí escribir algunos recuerdos y, por qué no, compartirlos con quien tenga ganas de disfrutarlos conmigo.
¿Qué cómo comenzó nuestra amistad? Supongo que como todo lo mejor en la vida, sin plan ni propósito y por pura coincidencia (aunque debo aclarar que no creo en las coincidencias, pero sí en las “Dioscidencias”).
Pero por comenzar por algún lado diré que supimos de nuestra existencia en una boda pero, no, no una cualquiera. Cabalgaba, por la plaza de Tequisquiapan, un largo cortejo de hombres vestidos de charro y monturas enjarciadas, abriendo paso a la novia que relucía en un carruaje antiguo. Y, como siempre, alguien puso el ojo en lo no evidente a los demás. Sus ojos y su lente se volvieron hacia una joven mujer, menuda y pequeña, que se acercó hasta los caballos que habían jalado la carroza hasta el frente de la iglesia y que ahora esperaban, pacientes, acosados por las miradas y manos que ansiaban tocarlos.
La mujer, a diferencia de los demás admiradores, se acercó hasta uno de los caballos y, como quien ofrece una caricia sobre la piel de un niño, le tocó el rostro y posó su frente sobre la del hermoso corcel. Sin reservas, la mansa bestia se dejó acariciar y se entregó al mimo. Entonces. . . ¡Click! ¡Click! ¡Click! El obturador de una cámara llamó mi atención y ahí estaba él, Guillermo, borrando al mundo y concentrado en aprisionar ese momento en su caja de fantasías a la que, después me enteré, llamaba la “cámara vaga”.

Mi entorno recobró el movimiento al anunciarse la salida de los novios y todos buscamos un lugar desde donde observarlos. Al furtivo fotógrafo, no lo volví a ver. Tal vez se lo tragó la multitud o tal vez se escurrió como liviana sombra para ir a la caza de nuevos momentos. No lo sé.
Fue hasta que vi el resultado de aquella cámara indiscreta, la imagen del instante de intimidad entre mi hija y el caballo, que conocí su nombre y confirmé su existencia.
-Se llama Guillermo –me respondió mi hija, cuando quise saber el nombre del autor de tan mágico retrato– aunque le gusta que le digan “El Ñero”. ¡Pero es raro! Se quiere hacer pasar por hombre vulgar cuando, en realidad, es “casi” una dama.
El mote me sirvió para retenerlo en la memoria y, por instinto, pude adivinar que algo especial había en aquel desconocido que, al paso de poco tiempo, dejaría de serlo pero. . . eso es otra historia.

martes, 7 de mayo de 2013

"Vivir al día"


Nueve días y contando pero, ¿qué es lo que realmente cuenta en nuestro paso por la vida?
Esa pregunta me ha rondado desde que Guillermo se fue e, inevitablemente, viene a mi memoria la reseña que escuché en su sepelio, la historia de alguien que vino a despedirlo con abundantes y desesperadas lágrimas.
-Todos lloramos su muerte- dijo ella, al contármelo -pero el llanto de quien dejó algo pendiente con el que se fue, es uno que no tiene consuelo.
¡Cuánta razón! Las lágrimas de quienes han vivido al día sus relaciones, tarde o temprano sentirán que las gotas se secarán al calor de los cálidos recuerdos y memorias de risas, vivencias compartidas y amor demostrado.

Pero, aquellos que dejaron sembrada la cizaña de la discordia, el pleito, el rencor o el odio, de cara al muro infranqueable que aparece cuando el otro muere, se quedan atrapados en el remordimiento y la mordaza de la ausencia que jamás les permitirá pronunciar las únicas palabras que podrían devolverles la libertad: ¡Perdón! ¡Te amo!
Las palabras de amor, frescas y pronunciadas con frecuencia, son las que nos regalan la ligereza para vivir la vida al día y estar siempre listos para la despedida imprevista. Ahora lo entiendo.
-¡Te quiero mucho, papito!- le dijo ella como despedida, la hija que ahora llora pero que, tarde o temprano, llegará al remanso suave y grato de la resignación.
Sabía eres, Marcelita, viviendo como tu padre lo hizo: ¡Con el amor al día!

Las cenizas se van enfriando, pero su recuerdo no. ¡A sonreír!

sábado, 4 de mayo de 2013

¡Feliz no cumpleaños!


Hoy, 4 de mayo, no se apagará una vela sobre el pastel. . . ¿o sí?
Desde el amanecer, un pensamiento inundó mi despertar: Mi amigo Guillermo cumpliría un año más de vida. Y el pensar que la vida lo abandonó, me hace apretar los ojos para evitar el enfrentar la realidad. Entonces, se forma en mi mente un caleidoscopio de recuerdos y sus reflejos tiñen los sentimientos que habitan en mi corazón.
En el multicolor de mis memorias, surgen frases y anécdotas que me hacen reír. Entremezcladas brotan aquellas veces que, con su típica picardía, logró hacerme sonrojar y exclamar, ¡eres incorregible, colega! Pero, junto con esos pasajes formados por los pequeños cristales alegres, relucen destellos cortantes de reclamo y, por qué no confesarlo, enojo.
Calladamente y en secreto, con el tono de la impertinencia doliente del que cree en Dios, formulo la pregunta de ¿por qué, mi Dios? ¿Por qué él y por qué tan pronto? Y cobijada en el amor infinito de mi Señor, me atrevo a hacer un lado lo qué, sin duda, sé: “Que ni la hoja se mueve sin Su Voluntad”.
Sé que es mi humanidad la que me empuja a la insensatez pues, el dolor que nace de la ausencia inesperada, se rebela a la verdad bien sabida de que, la fecha de partida de cada humano en esta tierra, está escrita con el dedo sabio del Creador.
En silencio, pido perdón por mi osadía y con lágrimas en los ojos, me atrevo a pedir una cosa más:
“Señor, una última súplica te hago. Danos la capacidad de vivir con alegría de los recuerdos que Guillermo sembró, con su presencia, en nuestra memoria. Que sea tan fuerte la carcajada de nuestro corazón, que no quede más remedio que ver pintada su evidencia en nuestros labios. Y que, aunque nuestro anhelo de sumar nuevas cosas en nuestra historia nos hagan derramar una lágrima más, te pido que el eco del pasado sea tan intenso y tan real, que su resonar nos llene de aceptación a lo que Tú decidiste para él”.

Decido encerrarme en la fantasía de mi interior. Sirvo las copas con su vino favorito. Enciendo una vela, la primera que él soplará en el nuevo espacio de la irrealidad y, entre aplausos y abrazos, brindo por él y, añadiendo buenos deseos, choco la copa por cada uno de sus hijos y sus seres amados.
¡Feliz no cumpleaños, amigo! ¡Nos seguiremos encontrando en mis sueños y recuerdos hasta que, cumpliendo con la fecha marcada para mí, yo también sea parte de ellos!

lunes, 29 de abril de 2013

“¿Quién?” Dedicado a mi querido amigo Guillermo Eddy (Q.E.P.D.)


Un mensaje, apenas un par de renglones para anunciar que se ha ido, y centenares de personas quedamos desconectadas, desvinculadas, tal vez por siempre. . .
Guillemo Eddy, a quien muchos llamaban El Ñero, con la misma forma original que usó para vivir su vida y como en el acto de magia en la chistera, simplemente partió, sin anuncio ni despedida. Mi corazón llora y se acongoja. Sólo han pasado unas cuantas horas y su ausencia empieza a pesarme. ¿Quién me escribirá esas palabras alegres y leerá, siempre el primero, mis escritos?
Sé que el número de sus amigos es incontable y, sin embargo, sólo puedo recordar esa forma de lograr hacerme sentir “especial” en sus afectos. Pero el egoísmo no me ciega y reconozco que, uno de sus tantos dones, era el de hacer amigos y abrir un camino para convertirlos en únicos.
Y si tuviera que completar la lista de sus cualidades, la capacidad de sembrar amistades tendría que aparecer junto a la generosidad porque, ¿quién no recibió de él un consejo, una foto, un regalo o un tiempo memorable? Cada vida que Guillermo tocó, hoy muestra una huella y eso lo hará inmortal en nuestro recuerdo.
Mi amigo, mi “colega”, ¿por qué te llegaron las prisas por partir, habiendo aún tanto mundo que unir? ¿Quién andará por las calles de nuestro pueblito, robándole instantes irrepetibles? ¿Quién paseará a la cámara vaga? ¿Dónde encontraré la inspiración para continuar con nuestros cuentos? ¿Quién será el heraldo de las buenas nuevas de nuestro pueblito, Tequis, y quién me hará reír con mensajes achispados?
Hoy escribo entre lágrimas y risas. Perdí a un entrañable amigo y lloro; pero no puedo evitar sonreír con los recuerdos de nuestras conversaciones y bromas.
Se nos  están quedando muchas cosas pendientes, querido amigo. En unos días, tendré que brindar por tu cumpleaños y no chocaremos las copas. Me quedaste  deber el abrazo de “post-cumpleaños”. Nuestro proyecto de cuentos mágicos quedará en un eterno momento de gestación y, aquella clase de fotografía, tantas veces pospuesta, aparecerá sin palomear en la lista de cosas por compartir.

Ya no me enseñarás a tomar fotografías, colega, pero me alegro de haber aprendido muchas otras cosas de ti: El ilimitado amor a tu familia, el cuidado por tus amigos, la generosidad sin historia, la ayuda solícita e incondicional, el espíritu aventurero, el optimismo en la adversidad, la capacidad de sembrar el futuro de planes y, sobre todo, la alegría de vivir.
Abundante es tu legado, amado amigo, y tu recuerdo será siempre motivo de sonrisas.
¡Te extraño desde ya, querido Guillermo, mi colega en la bohemia de la vida y mi amigo especial!

viernes, 19 de abril de 2013

"Tres. . . dos. . . uno"


Varios días atrás, perdí la cuenta o, ¿realmente quería seguir contando?
En el tintero se quedaron atrapadas mis reflexiones del recuento: Mis pérdidas, mis miedos y. . . mi porvenir.
Sobre las pérdidas, ¿por qué perder el tiempo en algo que ya doy por perdido? Si acaso hubiera algo que rescatar, ¿no tendría que cambiar de página y escribirlo en el renglón del porvenir?
Y los miedos, sólo me hacen pensar en algo que escuché y es que “Sólo hay dos tipos de personas: las que tienen miedo y las que no lo dicen”. Así que, reconociendo que me siguen asaltando los miedos, sólo puedo agregar que tengo un antídoto y es algo que habré de recordar en cada asalto: “El perfecto Amor, echa fuera el temor”.
Pero hoy, justo hoy, abro un capítulo nuevo, con la oportunidad de una nítida página en blanco.
Preparando un poco su entrada, la noche anterior configuré la alarma y dispuse que lo primero que mis 53 escucharían fuera mi canción favorita: “Who am I” (Quien soy yo, de Casting Crowns). La letra de la canción resume en mucho mi sentir, al preguntar a Dios, ¿quién soy yo para que me ames y hagas tanto, Tú, siendo Dios? Y es que, los 52 y sus experiencias, me redimensionaron con toda mi vulnerabilidad. Cada cosa ocurrida en esos 365 días, me recordaron mi pequeñez y me necesidad de confiar, depender y esperar, más que de mí, de un Dios que todo lo puede.
Hoy abrí la puerta al futuro llamado 53. Puedo anticipar un poco lo que viene: Una pequeña personita que apenas me está dando tiempo a preparar su llegada; la aventura de mi hijo en el extranjero; proyectos y retos que enfrentaremos, mi esposo y yo, de la mano; el deleite de ser parte de la nueva oportunidad que mi hija, en la bendición de la maternidad; sumar centímetros a mis nietos y anécdotas juntos; sueños de nieve, libros por nacer, gente por servir y amar, la Verdad por compartir. . . ¡Es tanto! que, hoy que todo está por comenzar, me pregunto si me alcanzarán 365 amaneceres para disfrutarlo.

Me detengo un instante y, a pesar de los dolores que el año que termina me trajeron, siento un poco de nostalgia. Me dispongo a echar el puñado de tierra sobre su féretro y un sentimiento me salta en el pecho, moviéndome a pronunciar un discurso en su honor:
“Queridos 52: Serás memorable por todas las cicatrices que me has dejado. Debo reconocer que fuiste un año lleno de sorpresas y, también es de mencionar, que no todas fueron buenas. Y es por aquellas que no lo fueron que quiero darte las gracias. Gracias por destruir las falsas ideas de autosuficiencia; gracias por no concederme todo lo que quise y gracias, porque al convertirme en polvo, me abriste a la oportunidad de volver a ser moldeada por la Mano del que originalmente me formó en el vientre de mi madre. Nos despedimos en paz, querido año. Ve a reposar en el pasado con la conciencia de que fuiste un importante ciclo de mi vida,uno, muy aleccionador”.

ESQUELA
Ayer, a la media noche, murieron los 52 años de Nuria. Ella lo despidió con palabras de gratitud y, al bajar el ataúd al fondo del pasado, justo en ese momento. . . nacieron los 53.

¡Los 52 han muerto. . . larga vida a los 53!

¡TRES! ¡DOS! ¡UNO!. . .  ¡¡¡COMENZAMOS!!!