miércoles, 23 de julio de 2014

"Guerra fría"

¿Qué ocurrió en la llamada “Guerra fría”?
Ante el conflicto ideológico de dos bloques de naciones, ninguno de los dos tomó nunca acciones directas contra el otro. A pesar de ello, la tensión y el conflicto fueron el origen de grandes cambios a nivel mundial –algunos de ellos, en absoluto benéficos para las naciones.
Aunque todo eso es algo del pasado, yo creo que esa fórmula de pelear está vigente –en el plano individual – hasta nuestros días. Y una de sus armas más poderosas y destructivas sigue siendo. . . EL SILENCIO.
Basta observar a una pareja convivir cuando los rencores e idea de lo que la felicidad es, para uno y para otro, y notaremos que un aparentemente civilizado silencio se levanta entre ellos tan alto como el muro de Berlín.
En esos momentos, la agresión es letal. Sin gritos, envían bombas con mensajes tan destructivos como: “no me importas”, “no eres valioso”, “no confío más en ti” y hasta un ponzoñoso aguijón de duda con un “tal vez ya no te amo más”.
El halo de graduada indiferencia, igual que las radiaciones tras un bombardeo nuclear, van deformando la relación original, obligándola a mutar y convertirse en un triste y cotidiano “sobrevivamos”.
¡Qué cruel puede ser el silencio sin paz y sin buena voluntad!

Creo que, si nos atreviéramos a confesar el dolor que una lanza de silencio nos provoca, nuestro agresor, incluso por compasión o memoria del amor, jamás la lanzaría.

lunes, 21 de julio de 2014

¨¡RENUNCIO!¨

Soy abuela y ¡RENUNCIO¡. . .

. . . A un peinado impecable, por un buen chapuzón en la piscina.
. . . Al maquillaje de moda, por un diseño con brillantinas de mi nieta.
. . . A la ensalada y los cereales, por una mordida de la paleta chupada de mi nieto.
. . . A los restaurantes en la Condesa, por una pijamada y palomitas.
. . . Al descanso en vacaciones, por el alboroto de mis nietos tras las olas.
. . . Al manicure y las pestañas, por la arena del castillo en la playa, bajo las uñas.
. . . A los conciertos y el teatro, por una matineé con marionetas.
. . . A las tardes de lectura, por los columpios en el parque.
. . . A la conversación de sobremesa, por caritas sonrientes ante una mesa con migajas.
. . . Al jacuzzi y vino tinto, por una tina con juguetes y tres niños.


Sí, por ser abuela de mis nietos y compartir su vida, renuncio a una vida llena de cosas que no importan, para tejer, junto con ellos, la capa de memorias con el que mis pequeños resguardarán los recuerdos de su infancia y con el que yo calentaré mis tiempos de vejez.

miércoles, 9 de julio de 2014

"Paradojas y otras hojas"

El anhelo de mi alma es, por naturaleza, la serenidad de lo conocido y la holgura de la rutina. Pero, contra mis deseos, mi mundo es un vertiginoso ambiente azotado por los cambios inesperados. Los compases de reposo son tan breves que no podría asegurar si son sólo momentos de transición algo más prolongados.
Mi corazón, a decir verdad, entra en las novedades con  la misma soltura que un gato en reversa sobre la alfombra. Y, a mis cincuenta y cuatro años, no se ha dado el fenómeno de la “costumbre”, a pesar del ensayo permanente al que soy sometida.
Empiezo a pensar que, bien dicen por ahí, el gusto por la rutina “es cosa de la edad”.

Hoy miro como la familia de mi hija prepara maletas hacia una nueva ciudad y con ello quedan atrás las pequeñas rutinas con mis nietos; mi hijo, con planes de lejanía en el bolsillo, se dispone a transitar el último tramo del camino; y, mi esposo y yo, vamos tomando impulso para dar el salto al siguiente escalón para acercarnos a la meta de consolidar un patrimonio laboral -con todo lo que eso trae consigo.
El caleidoscopio de mi entorno está girando y la incertidumbre de los nuevos visos me estremecen la piel. ¿Cómo será la nueva convivencia? ¿Cuánta ausencia requerirá la rutina diaria para funcionar? ¿Cuáles serán las cosas a renunciar y cuáles deben añadirse?
Tomo un sorbo de café y me doy por vencida. Repaso todos los tiempos de cambio que he sobrevivido y rescato la clave de supervivencia: ¡Hacer a un lado la anticipación y abrirme a la aceptación!

Imitando al árbol, me propongo dejar que el futuro pase en mi vida como el aire por el follaje. Respiro hondo y abro los brazos del alma para dar la bienvenida a lo que viene. 
¿Qué está en camino? No lo sé pero, eso, también es Su Voluntad.

domingo, 22 de junio de 2014

"Felices"

“¡Sean felices para siempre!”, leí en las redes sociales. Era una felicitación de bodas para la joven pareja.
Primero, sonreí. Después, los casi 30 años de matrimonio me hicieron suspirar. ¿Qué clase de idea era esa? ¡Que atrevimiento conjugar dos palabras que son como el agua y el aceite! ¿Siempre? ¿Felices? ¡Que ocurrencia! Es como desear a alguien vida eterna aquí en la tierra, simplemente, imposible.
Miré la foto de los dos jóvenes refulgiendo de alegría. Sonrisas frescas y llenas de esperanza; ojos enamorados y manos entrelazadas. ¿Acaso hay algo más dulce que unos recién casados?
Cerrando los ojos, jugué con el tiempo en mi pensamiento, sumando años y realidad. La novia apareció en mi imaginación con un rostro de piel menos tersa y él, con el cabello salpicado de plata y un cuerpo más rollizo, junto a ella. Entonces pude formular unas palabras sinceras por su boda y soñé, viéndome frente a ellos, pronunciando mis buenos deseos.
-Felicidades– les dije– por atreverse a iniciar la empresa más difícil y compleja del ser humano: el matrimonio. Aplaudo su decisión de haber sabido esperar y mantener el paso de la cordura para acercarse al lugar donde inicia la gran carrera de vivir juntos el resto de sus vidas. Alabo no haberse dejado vencer por la locura del amor y las ansias del deseo de estar juntos, esas que hacen que muchas parejas corran a una vida en común sin ningún sustento, ni legal ni de las bendiciones de la fe. Eso –aseguré– dará frutos y un piso fértil para la familia que formarán.

- Y, mis buenos deseos, más que palabras dulces y melosas –continué– son oraciones llenas de realidad. Oro para que, en las noches de tormenta y que seguro llegarán, los inspire para sujetarse de las manos con mucha más fuerza. Que cuando el cansancio les susurre una invitación a huir, la promesa pronunciada frente a Dios les grite que se queden. Que cuando la desesperanza los ataque, luchen en la fortaleza que sólo se tiene cuando se está de rodillas. Y que, cuando la piel se marchite y los cabellos escaseen, ustedes hayan cultivado una amistad tan fuerte que sea capaz de extender una gracia interminable nacida de un amor puro.
Abrí los ojos y los imaginé en el arrancadero, abrazados, felices y satisfechos. Entonces comprendí que, aún sin estar a su lado, Dios estaba en medio de ellos y había escuchado mi petición, mis oraciones y mis sinceros deseos para los recién casados. 
Así, convencida de esa verdad, sólo escribí una línea:

“Congratulations! ¡Felicidades! Dios sea con ustedes reinando en su matrimonio, chicos.

lunes, 16 de junio de 2014

"Sobre las rodillas"

Como teatro abandonado, se abrieron las puertas de la que fue mi casa paterna y que habían permanecido cerradas casi cuatro años. ¿El motivo? La amenaza de una pérdida familiar.
Cual hormiguero, pronto el olor de polvo se despejó y las visitas transitaron por pasillo que ya no cantaban un eco. El lugar se infundió de vida y las voces cariñosas tomaron el lugar del silencio propio del abandono.
Fue así que una celebración nos sorprendió. ¡Es día del Padre y no tenemos mesa!
La casa, a medio desmantelar, había perdido su comedor de doce sillas –siempre insuficientes para una reunión familiar– y pronto entrarían a tropel ocho hermanos con sus familias. Fue entonces que pude entender una de las virtudes de los retos y sufrimientos: Traen escondida, como pepita de oro. . . ¡madurez!
En una organización improvisada sobre las rodillas, una hermana rentó sillas, otra ofreció el postre, otro rescató una mesa plegable y alguien más aporto la que completó el espacio suficiente para, codo con codo, agasajar a todos los convidados. 

¿El menú? Quesos picados, carnes frías, pasta, un guiso con verduras, ensalada y un postre –especial para evitar las harinas– acompañado de una deliciosa gelatina. Nada espectacular pero igualmente delicioso. Y no por lo sofisticado sino porque fue lo que compartimos alrededor de la mesa, apretujados e hilvanados en el amor fraterno.
Embelesados con la presencia de nuestros padres y hermanos, nadie echó en falta la sala, los manteles largos ni las copas con algún vino especial para brindar. Y fueron las bromas, anécdotas y las palabras optimistas y llenas de esperanza de mi papi, lo que aderezó nuestra compañía.
Si, las lluvias y tormentas de la vida son difíciles pero, cobijados en la unión y amor de la familia, siempre son más fáciles de recorrer.

¡Gracias, mi Dios, por mi familia! ¡La amo!

domingo, 15 de junio de 2014

"Para ellos"

En una sociedad donde, al paso del tiempo, se ha ido restando valor y degradando la figura masculina, hoy, abre un paréntesis para honrar a los que, por diseño divino, deben ser el pilar y fundamento en la formación de nuestros hijos: los padres.

Pero hoy, yo también quiero sumar escandalosos aplausos a otro género de padres, que también tienen su origen en aquella primera familia y que son representados por José.

Quiero reconocer a aquellos hombres que, ignorando la biología y la genética, acogen con brazos amorosos la especial misión de la paternidad. Aquellos que siguiendo el llamado del amor, echan sobre sus espaldas cargas de las que no reclaman y sólo fijan su mirada en la meta de criar a esos pequeños seres humanos que toman bajo sus cuidados. Son hombres que no compiten ni comparan ni esperan que alguien más asuma la labor, y ponen su vida al servicio de los hijos que su corazón reclama como suyos.


Son padres que, habiéndose ganado una tarde en el televisor, lo apagan y salen de paseo con la familia formada por decisión; que al detenerse frente ante un aparador para ver los tan necesitados zapatos, se alejan con la convicción de que, una colegiatura de su hijo, será una mejor inversión.  

Mucho mérito hay en los padres que no cejan jamás en cumplir con su deber de padres pero, cuanto más lo hay en aquellos que, sin haber engendrado con el cuerpo, dan a luz una paternidad que les nace de la voluntad y del corazón.


Hoy es día del padre y, de pié, me sumo a los aplausos para honrar a los padres adoptivos, nuestro ejemplo de amor y entrega. . . más allá del deber.

viernes, 30 de mayo de 2014

"De Maléfica y otras maldades"

Cuando niña, uno de los más conocidos íconos de la maldad fue Maléfica.
Llena de belleza exótica y malos sentimientos, hacía alarde de ingenio para arruinar la vida de los que la rodeaban. Una combinación de celos, egoísmo, odio y envidia eran el combustible de sus maquinaciones.
Ahora, muchas décadas después, descubro que el protagonismo de una película no recae en el personaje tradicional: la buena del cuento. Por el contrario, el eje de la historia es esta malévola hechicera, de mi infancia.
Al igual que la leyenda original, los personajes se enredan hasta un momento en el que, en un doloroso suspenso, todos parecen haber perdido algo: una amistad, el amor, la esperanza, y hasta la cordura. Y, ¡todo iniciado por los mismos malos sentimientos de siempre!

El final nos entrega la enseñanza cuando uno de los personajes confiesa: “Me dejé llevar por el odio y el rencor”. Aunque la confesión es sincera y el arrepentimiento real, las heridas, el dolor y las pérdidas ya no pueden ser borrados. Para cuando la conciencia descubre el error, las relaciones ya han sido quebrantadas, los sentimientos heridos y el recuento de los daños es largo y penoso.   
Para fortuna de quienes vimos esta nueva perspectiva de la historia, éste también es un cuento y, como buen cuento, llegó un “final feliz”.
Pero no todo en esta cinta es puro cuento. Los celos, el odio, el egoísmo y la envidia son muy reales y son parte de la vida que me rodea. Las consecuencias de convertirlos en el combustible de nuestras decisiones y acciones, también lo son. Y las rupturas y los daños destructivos, tan ineludibles como los del cuento.

Si, cuando nos muestran semejantes realidades en una enorme pantalla, podemos identificar tan fácilmente lo pernicioso de semejantes sentimientos, entonces ¿por qué será que no somos capaces de evitarlos en nuestra propia vida?

Buena historia, buen final pero, en la vida real, ahí sigue latiendo la paradoja.

jueves, 24 de abril de 2014

"La semilla"

Un buen día, con un anuncio totalmente inesperado, la semilla cayó en mi alma y jamás imaginé lo que llegaría a ocurrir.
Primero, sólo la imaginación se ocupaba de descifrar lo que ya germinaba dentro de mí. Algo, jamás sentido, se hospedaba poco a poco en mi corazón. ¿Cómo sentir tanto, ante lo aún desconocido? Pero, un 24 de abril, esa emoción se decantó, tomando nombre el día que mi nieto nació, y lo llamé AMOR.
Acuné a mi diminuto nieto en mis brazos y, como una ofrenda, puse en sus manos mi corazón, ya llenito del amor más dulce que jamás sentí. Ante su primera sonrisa, mi voluntad se hizo suya y una felicidad contagiosa se filtró al primer contacto de su manita, al rozarme las mejillas.
Mi voz se convirtió en canción de cuna; mi tiempo comenzó a andar en diminutos pasos, como para darme tiempo de disfrutar cada instante a su lado; y fue mi nieto quien me enseñó los deleites más simples de la vida: Una mañana en el jardín, el chapotear en la tina o el tintinear de la sonaja, eran fiestas de vida a su lado.
El piso se convirtió en nuestro reino y los juguetes nuestros compañeros cotidianos. La carriola fue nuestro navío para viajar por parajes llenos de hojitas por descubrir y árboles que admirar, meciéndose, como en una caravana a nuestro paso.
La semilla desconocida, aquella intrigante y diminuta incógnita, germinó en mi vida hasta convertirme en abuela, el honor más grande que jamás imaginé recibir. Y aprendí, de la mano de mi nieto, a amar más allá de las circunstancias y modelos.

Hoy, ocho años después, miro a mi nieto y el alma explota en mil astillas de orgullo. Aunque su vida no ha sido fácil y muchos obstáculos le han salido al paso, su sonrisa, limpia y angelical, sigue brillando. Su corazoncito, noble y risueño, sigue llamándome “Gramma” mientras se arrebuja en mi regazo.
Dios, no tengo duda, un buen día, decidió hacerme feliz por mucho tiempo. Fue entonces que envió a un pequeño ángel, mi Patricio, y me convirtió en abuela. Y no una cualquiera, sino a la más bendecida de todas las abuelas.

Feliz cumpleaños, mi Pato, y que no sólo cumplas muchos años más, sino que vean estos ojos de tu Gramma, que te ama más allá de lo imposible, la profecía sobre tu vida, cumplida.

"El Señor te bendiga y te guarde;
el Señor haga resplandecer Su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia;
el Señor alce sobre ti su rostro, y te de paz".
Números 6:24-26


Dios te bendiga eternamente, mi niño.

sábado, 19 de abril de 2014

"El año en que morí"

Las palabras se agolpaban en mi mente mientras el lento palpitar del amanecer anunciaba que iniciaba el día de mi cumpleaños.
Si tuviera que titular el año que termina, como al capítulo de un libro, ¿cómo lo llamaría?, pensé.

Al recapitular los eventos que fueron dibujando los relieves de mi existencia, el nombre pasó por muchas etapas hasta llegar al que elegí.
Sin poder evitarlo, fue un año de ausencia. Con una voluntad aferrada a vivir, me alejé de muchos a los que amo más y a quienes no quería consumir con la incertidumbre de la victoria de la muerte. Incapaz de explicar la amenaza que me consumía, puse la distancia necesaria para fijar mis esfuerzos en recuperar la vitalidad perdida.
Y mientras vivía encerrada en lo que yo miraba oscuro, cual mortaja, afuera, con la paciencia del que borda un gobelino, mi Dios enmendaba parajes desgarrados y los transformaba en futuros nuevos.
Así, en el verano, dibujó la sonrisa de un milagro en el rostro de mi nieto y con ello sembró un nuevo ritmo a mi corazón cansado. Poco tiempo después, abrió el horizonte de mis otros nietos y sanó zanjas que herían sus pequeñas almas. La paz, como brisa colándose bajo la puerta, inició su regreso y, con él, nuevo aliento en mis venas.
Con el nuevo ritmo de mi alma, fui saliendo de la mortaja hasta quedar nuevamente libre. Sólo entonces vi que, aquel encierro, era en realidad un capullo donde mi Dios me resguardó para iniciar la transformación de mi fe. También descubrí que nunca estuve sola. Además de Él, la mano de mi compañero de camino, mi hermana –mi primera amiga- y mis más entrañables amigos me habían acompañado.
Para estrenar mis alas, Dios puso ante mí un viento de prueba. Una montaña que, en un principio, me pareció enorme e inconquistable. Aun así, con alas nuevas, inicié el reto para alcanzar la meta. Entonces vi que no iba sola. Muchas almas generosas se unieron al gran proyecto hasta que, en el tiempo de mi Dios, todo fue completado. Además de sentir las alas de mi fe fortalecidas, un nuevo pensamiento me alegraba: ¡Aún existen almas generosas en el mundo!
Como en el lento descorrer del telón de una gran obra, Dios fue presentando nuevos futuros para infundirme esperanza. Ante mis ojos, vi de nuevo el destello en la mirada de mi niña más amada. Día a día, Él fue armando nuevos caminos para que ella los recorriera y así recordarme que, más que su justicia, Él se da tiempo para mostrar Su Gracia y Su paciencia. Una paciencia que yo traté de aprender al orar constantemente para ver más frutos. Aprendí que, para perdonar y reconstruir, Dios tiene tiempos muy largos.

Después, en un instante, vi la primera prueba de que Dios seguía trabajando, delicadamente, en el corazón de los míos. “Estoy muy agradecido a Dios porque me está confirmando que voy bien”, fue lo que escuché de sus labios. Él, mi hijo amado, también había aprendido a confiar en Él y a preguntarle. ¡Ahora sé que, él y yo, estaremos juntos eternamente! ¡La esperanza dio más fuerza a mis alas!
Si antes escuché que, como un gran misterio, los esposos se convierten en uno mismo, después de mi muerte en el capullo, atestigüé el gran milagro del amor ágape con la devoción de mi esposo. Con un rostro envejecido y su cabellera entintada de plata, él sostuvo mi mano al salir de aquel sepulcro de tristezas que casi me arranca de sus brazos.
Pero, un día, no hace mucho, con ojos renovados y el espíritu reviviendo con bocanadas de fe, inicié el recuento. Fue entonces que pude escuchar el eco de oraciones que muchos hicieron por mí, reconocí las ayudas que pusieron junto a mí para aligerar mi carga, vi el regalo de nuevos amigos, las manos que habían tocado mi hombro para recordarme que me amaban, y recordé las lágrimas que conmigo derramaron.
Fue un año difícil, tal vez uno de los más difíciles que he vivido. El año que termina es, sin duda, el año en que morí: A las expectativas, a mi vieja idea de inmortalidad y fortaleza, a la autosuficiencia inútil y a la necia ilusión de “la vida feliz”.
Hoy tengo un año más por delante –si así es el plan de Dios– y lo inicio sintiéndome renacer de esperanza, infundida de una fe distinta y con una mano, bien asida, del Dios que hoy sé –y aseguro con plena certeza–, es el Único capaz de sostenerme.

MI GRATITUD A. . .

Gracias, Sandra, Donna, Reyna y Donají, amigas mías, por escucharme, llorar conmigo y por no cesar en sus oraciones por mí.
Gracias, Pastor Lynn, mi paciente guía, por tus incesantes oraciones y tu amistad fiel.
Gracias a mis padres, por amarme y perdonar mis ausencias. Por escucharme, acompañarme y entenderme como sólo los padres pueden hacerlo.
Gracias, hermana Lina, por no cansarte de extender tus alas de ángel sobre mí y ser mi eterna ayuda.
Gracias, sobrina Linita, porque la distancia no te impidió bendecirme y ayudarme.
Gracias, Mónica y Lidia, hermanas queridas, por su cuidado y ayuda para mantenerme con vida y recuperar la salud.
Gracias, hermano Carlo, el siempre secreto ángel que Dios usa para ayudarnos. Gracias por tu amor. ¡Dios ha de bendecirte siempre!
Gracias, mi Tayo, por aguardar paciente a que volviera a la vida para ser tu madre. Tus abrazos y presencia son siempre mi remanso, el recordatorio de que soy amada.
Gracias, Nena, mi hija amada, por no rendirte y ser mi esperanza viva.
Gracias, David, por tu mirada ligera y por ser la semilla germinando de un gran deseo de mi corazón.
Gracias a mis tres amadísimos nietos, el más grande regalo que Dios ha podido darme para alegrar mis días. ¡Nada ni nadie disfruta más de sus sonrisas!
Y, por sobre todo ser humano al que quiero agradecer, le doy gracias a Salvador, mi Gordo, pues sólo tú has vivido en carne propia mis desesperanzas, mis dolores, mis miedos, mis frustraciones, mis lamentos, mis enfermedades y mis tristezas; y, más aún, por seguir a mi lado y amándome inexplicablemente.

A para ti, Dios mío, ¿qué palabras podría escribir para mostrar mi gratitud? Esas palabras, mi Señor, no se escriben pues sólo el alma puede expresarlas y, la mía, no deja de entonarlas.


¡FELIZ CUMPLEAÑOS. . . A MI!

lunes, 24 de febrero de 2014

"Applicados"

Aunque no es enero, continúo con la propuesta de buscar todas las opciones de prevención para conservar mi cuerpo en el mejor estado de salud. Y sin muchas expectativas, descargué una aplicación que, considerando mi edad, peso y estatura, calculó la cantidad de agua que debo ingerir a lo largo del día.
Para mi sorpresa, descubrí que con mucha frecuencia no alcanzo el 100% del consumo recomendado –a pesar de que tenía la impresión que sí lo hacía. Incluso con esa alarma que discretamente me anuncia que es momento de volver a tomar agua, una llamada, la mitad de un escrito o cualquier otro distractor, terminan por desviar mi atención y olvido seguir la instrucción de la pantalla “Es momento de tomar más agua”.

Al darme cuenta de que es una de las razones por las que no llego al objetivo, me esfuerzo por concentrarme y, al momento de que suena la alarma, ¡voy y tomo agua! ¡Nada de postergar!
Lo más extraño de todo es pensar que, sin saber ni como, he aprendido a ignorar las alarmas naturales de mi propio cuerpo. ¿Acaso no es la sed una de las sensaciones que primero sentimos? ¿O el cansancio o el dolor de cabeza –por no tener suficiente líquido circulando en nuestro cuerpo –, o la sensación de resequedad en la piel?
Es innegable. Me he ido desconectando de mis impulsos y señales vitales. Ignoro el hambre, el cansancio en la espalda o la falta de sueño. Desarrollé la insana capacidad de sobrevivir a esos síntomas que quieren prevenirme de desgastar mi cuerpo o maltratarlo.
Entonces pienso en otras tantas cosas que no funcionan como quisiera, a mí alrededor. Algunas relaciones que se han ido apagando con el tiempo, proyectos inconclusos, lugares a los que prometí volver y que se quedaron como anhelos. Tantas cosas que, por distracción o falta de un recordatorio, me alargan la lista del “Y si hubiera o algún día”.
¿Y qué de las relaciones? Nos acostumbramos a ser ignorados, a esos enfados sin aparente trascendencia, a olvidarnos de un detalle o una llamada para recordarle a nuestro amado lo importante que es para nosotros. ¿Por qué entonces viene el asombro cuando nos encontramos que la relación desfallece y se seca? La aridez, por la falta de riego y atención, es tan natural como la piel marchita, los dolores de cabeza y los problemas de sueño por la deshidratación del cuerpo.

En esta era que nos inunda de tecnología, que útiles nos serían algunas Apps que nos mostraran las deficiencias en nuestras áreas relacionales y afectivas. Tal vez, entonces, seríamos más “Applicados”.

sábado, 22 de febrero de 2014

"Vida nueva para Juan"

¿Qué cómo terminó en la calle?
La historia de Juan es, como la de tantos indigentes, tan frecuente que parece haber perdido su matiz trágico para volverse “cotidiano”.
Conflictos en un hogar disfuncional, adolescencia que cataliza la falta de lazos y educación, y un chico que es echado de casa. De ahí, la soledad de las calles. Soledad que sólo se cura con compañía y, como casi todo en esta vida, la compañía tiene también su precio: alienación, la llamarán algunos; para mí es la clonación de historias de soledad, replicándose sin descanso y alcanzando a cada vez más jóvenes sin hogar.
Después, para atenuar el hambre, el frío, la soledad y el abandono, aparecen la droga y el alcohol. Luego la ignorancia esconde las pocas alertas que estos jóvenes han escuchado y vence la necesidad de sobrevivir.
A la vida de Juan, se agregó una compañía en exclusiva. Una chica que pasó por alto sus adicciones y su historia, tal vez un poco para ser aceptada con todo y la propia. Y del único calor disponible para ellos, nació Anahí para quien, como único hogar, existe un refugio bajo el puente, compartido con 12 personas. . . su única familia.
Con las reminiscencias de los anhelos que todo hombre tiene, Juan quiere construir un hogar para su compañera y su hijita. Quiere salir de la calle y no repetir la historia de la que ha surgido. Así se propone luchar, primero con sus adicciones y después con el pantano de su circunstancia.
Viene a su memoria una mano que, no hace mucho, se tendió para ayudarlo a salir. Aquella mujer del puesto de tacos, su última empleadora.
-Es tu última oportunidad –le advierte ella, antes de anunciar las condiciones–pero te presentas bañado y bien vestido con ropa limpia, el lunes a primera hora.
¡Juan tiene una puerta abierta para salir de la calle! Ahora sólo tiene que conseguir ropa para presentarse a trabajar y tomar un baño.

¿Qué cómo se hará de ropa y dónde tomará una ducha? La fuente que está frente al refugio no es opción o terminará en la cárcel. Así que, optando por un riesgo menor de ser detenido, limpia parabrisas –con permiso de los dueños de la esquina que quieren echarle una mano, pues será algo temporal–; después compra unas paletas y las vende en otro crucero –siempre con autorización de los propietarios– y, finalmente, junta lo suficiente para llevar a su familia a un hotel muy modesto.
¡Vaya que ha de luchar con la tentación al verse con dinero! ¡Cuánto alivio le traería un poco de droga o tal vez un trago de alcohol!

Pero no. Se debate, lucha contra la exigencia y debilidad del cuerpo. Y si lo logra, podrá haber una nueva vida para Juan.

viernes, 21 de febrero de 2014

"Un cuento"

Cuando miro las lágrimas de la gente que ha perdido algo, un cuento que alguna vez escuché viene a mi memoria.

“Érase una familia muy pobre que vivía del producto de su única posesión: una vaca.
De la leche que sobraba hacían algunos quesos y los vendían para comprar lo indispensable para vivir.
Una noche, tocaron a su puerta dos ángeles disfrazados de viajeros, pidiendo posada. A pesar de la pobreza, la familia conservaba un corazón generoso y ofrecieron el humilde lugar que tenían por casa y compartieron los escasos alimentos.
-Esta gente es buena, incluso en la necesidad –dijo uno de ellos– antes de irnos, debemos bendecirlos.
El otro ángel asintió con la cabeza.
A la mañana siguiente, los ángeles despertaron al escuchar el llanto de la esposa y los niños. La vaca, su única esperanza de sustento, había muerto durante la noche.
Tras despedirse, uno de los ángeles, sorprendido, dijo a su colega.
-¿Pero no estuviste de debíamos de bendecirlos? ¡Su vaca ha muerto! ¿Qué pasó con la bendición? –reclamó.
El otro ángel, en silencio, continuó caminando e ignoró la queja.
Semanas después, de vuelta de su misión, los  mismos ángeles pasaron por el camino donde la casa de aquella familia había estado y que ahora lucía abandonada.
-Seguro han tenido que irse –dijo el ángel, sintiendo nuevamente el disgusto por aquel despertar con la vaca muerta.

Fue entonces que escucharon voces que, al otro lado del camino, gritaban para llamar su atención. Los ángeles se detuvieron y vieron con asombro que la familia de la vaca muerta corría hacia ellos. ¡Se veían tan distintos con ropas nuevas y los niños sanos como manzanas frescas!
-¡Amigos! ¡Esperen a saber las buenas nuevas! –dijo la esposa, entre sonrisas. –La noche que murió la vaca, esa cuando ustedes fueron nuestros huéspedes, ha sido el mejor día de nuestras vidas.
-Después de que se fueron, ya sin la vaca, tuve que salir a trabajar para mantener a mi familia. No iba a permitir que murieran de hambre –agregó el esposo– así que busqué algo que hacer. Entonces alguien me rentó una parcela y me dio crédito para comprar semilla. Inicié la siembra y vendí la cosecha. Fue tan abundante, que pagué y renté más tierra para sembrar el doble. Eso fue hace un año y, hoy, somos dueños de nuestra tierra, compramos unas vaquitas y tenemos mucho más de lo que jamás soñamos tener. . . al menos no con nuestra única vaca”.


Ojalá pudiera recordar al autor del cuento y dar todo el crédito a su autoria. Pero hoy, por alguna razón, lo recordé y tengo la certeza que será un motivo de esperanza para alguien. . . al otro lado de la pantalla.

"Interino"

Interino: adj. y s. Que sirve por algún tiempo supliendo la falta de otra persona o cosa”.

Entiendo la definición pero, ¿cuánto “tiempo” es el que nos define como "interinos"? Como de costumbre, esto de las ambigüedades me confunde e infecta mis decisiones.
Ahora mismo, por ejemplo, me convertí en “custodia” o “dueña interina” de una perrita llamada Sadie.
Por circunstancias fuera del control de sus dueños, Sadie no puede estar con ellos en el tiempo que durará la estancia de su familia en México. El estilo de vida en la ciudad, por más alternativas que buscaron, resultó en una mala condición para ella. Así que, bajo la promesa de devolverla en dos años, Sadie ha llegado a casa y ahora es mi compañía la mayor parte del día.
Después de establecer unos días de prueba para asegurarnos de que se adaptara a la convivencia con Joy, nuestro westie, y a las dinámicas familiares, pactamos en que viviría con nosotros temporalmente.
Todo parecía muy sencillo hasta que descubrí que me miraba con simpatía y me seguía a cada paso con harta alegría. Muy pronto, Sadie comenzó a disfruta de mis rutinas y ahora es ella quien me espera, echada con paciencia, junto a mi sillón de lectura.
Atenta a cualquier ruido, da la alarma si percibe algún movimiento extraño. ¡Está decidida a protegernos! Y su respiración junto a mi cama, he de confesar, se está convirtiendo en el acompañamiento de mi paz nocturna.
Incluso, ayer, pensé enseñarle nuevos trucos de obediencia para añadir a los que ya conoce.
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que Sadie, cumplido el plazo, se irá de casa y volverá a los suyos. ¿Tiene caso enseñarle nuevas cosas y que se adapte a mis rutinas?. Dudé y “casi” me dejo atrapar por una nostalgia anticipada.

¿Qué será cuando se vaya?
Gracias a una tarde de cama forzosa, es que pude salirme de esa tristeza prematura y todo quedó en un “casi”. 
Con un poco de reflexión, comprendí que prácticamente en todo somos pasajeros: Somos padres interinos de nuestros hijos cuando niños y nos dejan, cumplido el plazo; cuando somos niños, somos hijos interinos de nuestros padres y después corremos hacia nuestra propia vida; somos estudiantes interinos hasta convertirnos en profesionales; y aún con las mejores intenciones, somos amigos interinos pues la vida nos lleva lejos de aquellos a los que prometimos estar junto a ellos “para siempre”.
¿Tiene caso entonces reservarnos en todas esa experiencias? ¿O lo sabio es zambullirnos hasta la coronilla para vivir el interinato a más no poder?

La respuesta llegó tras la reflexión. 
Sadie y yo salimos al parque todos los días, reposamos escuchando música clásica y, sí, le estoy entrenando en nuevas suertes.

jueves, 20 de febrero de 2014

"Fragilidad"

El complot de un puñado de células bajo la piel, forman un tumor; la llamada que distrae al conductor, quien no ve al peatón que arrolla; un cromosoma de más que cambia el futuro de un bebé; el despertar de una enfermedad auto inmune que postra en dolor, anunciando el final; el corazón que se agota de bombear para un cuerpo agrandado por la grasa; la mirada femenina que atrae a un hombre, cansado de los reclamos diarios en casa; el agua hirviendo cayendo sobre el cuerpo de un niño; la obstrucción en una arteria que ancla, de por vida, a un cuerpo sobre una silla de ruedas; un resbalón en el baño, una falla en un avión,  un olvido en la cocina, ¡cualquier cosa!. . . y nuestra frágil vida cotidiana se quiebra con el estridente grito del “hubiera”.


Entonces ese “hubiera”, en medio de la nueva y cruda realidad, se ensaña con obstinación, obligándonos a imaginar lo que pudimos haber evitado de la tragedia que nos aplasta.
Un nuevo equilibrio se impone. Bajo el peso de la pérdida, el privilegio en el que vivíamos unos instantes antes del instante fatídico, parece esfumarse y no hay manera  de volver a atrás para recuperar lo perdido.
¿Qué alienta nuestra insaciable inconformidad? ¿Quién o qué nos convenció de que, para ser felices, agradecer y disfrutar, nuestra circunstancia debe ser perfecta, y nuestras necesidades, anhelos y expectativas deben ser todos satisfechos?

No puedo evitar sentir frustración y vergüenza. Frustración al ver todas aquellas bondades y bendiciones en la vida de la gente, que no son agradecidas. Y vergüenza por descubrir que. . . no soy muy distinta a ellas.

martes, 18 de febrero de 2014

"Quejas y reclamos"

Con todo el apuro matutino, sequé mi cabello y me escuché diciendo: “¡Qué bueno que tengo el cabello rizado!”. 
No terminaba con la vertiginosa tarea de peinarme (algo que no me toma más de 4 minutos), cuando vinieron a mi memoria aquellos tiempo juveniles, en los que me quejaba con testaruda amargura por mis chinos ensortijados.
Fue inevitable caer en la tentación de revisar las cosas que, a lo largo de mi vida, me hicieron infeliz y que, al paso de los años, han resultado una verdadera fortuna.
Comenzando por mi cuerpo, recordé la frustración por su carencia de curvas durante mis años mozos, y cómo ahora es tan cómodo que me permite usar prendas de elegancia simplista.
La falta de facilidad de palabra, en mi juventud, me hizo sentir un tipo de minusvalía por no poder discutir o debatir mis ideas. A mis cincuenta y tres, me doy cuenta que esos tiempos juveniles, en donde el ego es insolente y colmado de un extra de necedad, no tuvieron un foro para expresar tantos desatinos que lamentar. Es más, hoy me doy cuenta de que son pocos los momentos y la gente con la que merece la pena discutir. En la gente de mi edad, observo una fuerte tendencia a exigir ser escuchados y menos dispuestos a escuchar. A fin de cuentas, ¿para qué hacerlo? A mi edad, muchos ya se han comprado su verdad y no están dispuestos a negociarla, sin importar el argumento.
Y ni qué decir de mi anacrónica afición por los libros y tendencia al ensimismamiento, pues fue esa combinación la que me llevó a encontrar la pasión que hoy me hace escribir.

Es en este recuento que llego a una conclusión: Antes de recurrir a la queja o la inconformidad, quizás deba esperar a llegar a la vejez; no vaya a ser que al paso del tiempo, el motivo de mi demanda, resulte una bendición.

viernes, 14 de febrero de 2014

"Erase una vez. . .mi vida: Mi historia de amor"

Todo comenzó cuando, rota del alma y el cuerpo, él me encontró – ¿O tal vez debería decir que no me encontró sino que me buscó hasta encontrarme– y nuestra historia, juntos, inició.
Le bastó verme a los ojos para descubrir en mi mirada una herida vieja, aún abierta y supurando resentimiento. Bajo unos ojos desdeñosos, encontró la sombra de una niña de cinco años, cuya pureza, aplastada bajo la lascivia de un desconocido, aún reclamaba justicia desde un silencio el que resguardaba el secreto, sórdido y vergonzoso.

Sin prisas, con una ternura indescriptible, él fue quitando las costras con las que había protegido mi alma y que me tenían aprisionada en la soledad. No hubo reproches, no hubo reclamos. Sólo escuché de él, una y otra vez: Te amo por siempre.
Cuando hablamos de la traición y la injusticia de quienes me había herido, me abrazó y, con la más sincera compasión, lloró conmigo. Pude sentir como lo estremecía mi dolor. Yo le importaba y,  confiada, creí en su amor.
Al paso de los días, en nuestras primeras caminatas, juntos, nos fuimos conociendo aunque, a decir verdad, él parecía conocerme desde siempre. ¡Qué fascinante ha sido conocerlo!
Cada día, sin importar la fecha, él me procura con regalos inesperados, detalles que me hacen sonreír y me recuerda cuanto me ama. Cada vez me convenzo que, esa promesa que escuché desde el principio, contiene una inagotable intención de hacer realidad nuestra relación.
Pero, como toda relación, no todo ha sido perfecto entre nosotros, y he de confesar que nuestra historia de amor ha sido empañada muchas veces por mis descuidos, mi inconsistencia y, por qué no decirlo, por ignorarlo en los momentos en que me he empecinado en vivir sólo para mí misma.
Aun así, cuando regreso a la sensatez, él se muestra comprensivo y me regala un perdón sin memoria de mi infracción.
Este, proclamo, es el amor de mi vida. Uno que sé que no merezco pero al que no quiero renunciar. Quiero disfrutar de él hasta el último de mis respiros y, cuando parta de este mundo, con todas mis ansias contenidas, iré a vivir con él, con mi Dios. . .con el amor más grande que jamás he conocido.

¡FELIZ DIA DE NUESTRO AMOR, SEÑOR!