domingo, 10 de agosto de 2014

"Mala madre" (Segunda parte)

Entonces ocurrió lo que creo que pasa siempre. La vida se impuso. La realidad se limpió los pies con el mapa de amor que había trazado y todo mi esfuerzo tuvo que ocuparse en intentar sobrevivir.
El embarazo, lejos de una jornada de paz y seguridad, se convirtió en una lucha por retener a aquel fruto de mi vientre dentro de mi cuerpo. Aquel compañero de viaje, lejos de vivir con ilusión el tránsito, se alejaba y corría ante la sola idea de una atadura de por vida. Hasta que, poco después del nacimiento, desapareció dejándome con una hermosa criatura entre los brazos. . . y nos quedamos solas.
Pero Dios es grande y había puesto junto a mi a una persona capaz de hacer lo que yo después aprendí: dar la vida por su hija. Sí, mi madre, después de ayudarme a recoger los trozos de ilusión y vida que me quedaron, se apostó junto a mi puerta y esperó, con mi hija en brazos, a que la vida, la fe y los sueños revivieran. Ella me esperó, me soportó, me cargó y me perdonó lo imperdonable porque así es mi madre.

Cuando mi cabeza volvió a apuntar al cielo, retomé el camino a ojos y corazón abiertos. Sin fe en la humanidad y llena del coraje que sólo un hijo puede infundir, me levanté en armas contra la adversidad y decidí que mi hija viviría una gran vida.
Comencé por convertir en prioridad cada fiesta infantil y festejo escolar. Me comprometí a que su alimentación tuviera todo el balance necesario para cuidar su cuerpo. Y no faltó una revisión médica en la fecha precisa. Busqué toda la información disponible para enterarme de las necesidades y cuidados de mi hija, en cada etapa, y me esforcé por aplicar lo que aprendía.
Después, sin darme cuenta, nos alcanzaron tiempos que siempre parecían rebasar mi entendimiento. Antes de estar lista, nos llegó la adolescencia y, sin haber terminado de digerir la propia, me encontré con que debía comprender la suya.
Más difícil fue comprender la juventud que, en mi propia historia, sólo tenía de bueno la llegada de mi hija.  ¿Qué hace una joven con su vida? ¿Cómo se divierte? ¿Qué disfruta? ¿Cómo decide su futuro profesional y como toma el rumbo a la felicidad?

Sin una referencia en mi propia vida, para ese entonces, me dediqué a improvisar y tratar de estar a la altura de lo que exige ser madre de una joven mujer. (Continúa. . .)

"Mala madre" (Primera parte)

Es extraño enterarse de que algunas sustancias como vacunas, antídotos y medicamentos, tienen como elemento esencial el veneno de alguna planta o animal. Parece contradictorio pensar que algo diseñado para matar, termine sanando o fortaleciendo al organismo.
Y recordé mi reflexión cuando, un dedo acusador, acompañado de palabras llenas de ponzoña, me acusó como “mala madre”.
Confieso que, mi primera reacción, casi fue la bien aprendida opción del mundo: devolver el golpe. Pero apreté los dientes y contuve todos las posibles críticas al ejercicio de la paternidad de mi agresor. Entonces callé. Al instante comprendí que dar un golpe bajo no me haría mejor persona, que el veneno había hecho efecto matando la relación y que el daño estaba hecho.
Entonces ocurrió lo inesperado. La somnolencia que acompaña a un gran dolor, me llevó a un lugar donde procesar mi experiencia: mis recuerdos.
Entre lágrimas, volví a esos días cuando tenía 21 años. La noticia de la llegada de mi primera hija me llevaba a caminar con saltitos por la vida. Comencé a vivir ajena al mundo que anunciaba una guerra entre Argentina e Inglaterra, una devaluación inminente y mil desgracias por doquier. Pues, lo único en que yo pensaba era que, en pocos meses, tendría entre mis brazos a mi bebé.
Y cuando se tiene dentro una felicidad tan grande, lo inevitable ocurre. . . se desborda y es indispensable compartirlo. 
Así fue como, una mañana, mi hermanita –apenas 4 años menor que yo- escuchó el plan de vida completo que había diseñado para mi hija. Incluía clases de natación, una formación musical bien estructurada y, por supuesto, muchos viajes. Le revelé mis hallazgos sobre los beneficios de que escuchara música clásica desde el vientre y que le leyera en voz alta buenas historias.
Auguraba para ella una vida perfecta y yo estaba comprometida a lograr que consiguiera todas sus metas porque, según había leído, lo más importante era descubrir sus talentos, su personalidad y sus intereses. Así podría alentarla, guiarla y acompañarla para desarrollar todo su potencial. ¡Todo sería maravilloso!

Ese desayuno, que terminó convirtiéndose en almuerzo, se volvió en algo memorable para mí. Me sentía fuerte, valiente, poderosa y capaz de cruzar el mundo entero, a pié, por amor a mi hija. (Continúa. . .)

sábado, 2 de agosto de 2014

"Mi historia de amor: ¡Presente!" (Segunda parte)

“Si no te amara, no estaría aquí”. Esa era la respuesta que mi, en aquel entonces novio, me daba cuando le preguntaba si me amaba.

Joven e insegura, buscaba en su respuesta la certeza de que podía confiar nuevamente. Para su desgracia, aún recién casados, las heridas de una relación previa –prematura –me habían convertido en un caracol.
Sobreviviendo a mi desconfianza en sus palabras, desde recién casado, tuvo que intentar algo distinto: Traspasar la barrera con hechos.
Así fue que vivió conmigo, los primeros años, desarrollando la paciencia del minero. Cavando y retirando las piedras tras las que había decidido resguardarme. Tuvo que soportar la soledad por la distancia que yo imponía y que solo le permitía acortar de vez en cuando.

Pero, para tener mi amor, no sólo esperó mientras reconstruíamos mi fe en la humanidad. Ahí estuvo en cada evento escolar y deportivo de nuestros hijos, respondiendo con sus actos como lo había hecho antes: “Si no te amara, no estaría aquí”.
A lo largo de los años, él me ha enseñado con su alegría y desenfado, que está bien reírse por cualquier cosa. Con su silencio y prudencia, me ha convencido de que puedo equivocarme, enojarme y derrumbarme, y revivir con la certeza de que él seguirá esperándome sin reproches.
Con sus palabras buenas y de reconocimiento, me ha enseñado a amar lo bueno que yo no pude ver en mi misma, por mucho tiempo. Por amor, convirtió su abrazo en una cueva donde puedo refugiarme cuando el mundo me parece inhabitable. Y, con su esencia transparente, logró que yo creyera en sus palabras que me aseguran que siempre estará presente.

Cuando pienso en nuestra historia de amor, recuerdo la labor de un jardinero. Que sabe sembrar, esperar y disfrutar las flores cuando crecen. . .amando también a sus espinas.

"Mi historia de amor: Las dudas" (Primera parte)

¿Y estás muy enamorada? –me preguntó la chica mientras me hacía el manicure. No pude responder y la pregunta, desde ese momento, me rondó y atormentó hasta el día de mi boda.

¿Realmente estaba enamorada o simplemente convencida por el número de cualidades que, en mi lista de evaluación para dar el “si”, rebasaba los puntos negativos de mi prometido? –Sólo quien, como yo, ha cometido un error muy grande, ha aprendido que las decisiones ya no debe tomarlas el corazón sino el entendimiento.

La incertidumbre me atormentó hasta el punto de dudar si llegar o no a nuestra boda, hoy, hace 28 años.

Para mi bendición, las cualidades y mis sentimientos por él ganaron. A la hora convenida, llegué y acepté ser su esposa ante la sociedad.
El inicio, para todos, fue complicado. La vida de familia que intentábamos organizar nació con situaciones muy ajenas para un hombre soltero. Vivíamos sorteando esos contratiempos hasta que, una madrugada, en la inconciencia del sueño, descubrí con un intenso dolor en el corazón que lo amaba más allá de lo que podía reconocer.

Entre lágrimas, lo abracé con tal fuerza que lo desperté y, por primera vez,  le confesé el sentimiento que apenas descubría.
Así nació nuestra historia de amor. Con un camino lleno de obstáculos, un montón de miedos y con dudas que casi lo abortan antes de nacer.
Pero muchas cosas surgieron en ese camino escabroso y, hoy, por Gracia de Dios, podemos tomarnos de las manos para sostenernos cuando la tormenta arrecia, para levantarnos cuando el cansancio nos derriba, para jugar y correr por la vida sin perder el ritmo, y para recordarnos que "hasta que la muerte nos separe" seguiremos juntos. . . un día a la vez.


¡Feliz aniversario, amor!

viernes, 1 de agosto de 2014

"¡Cuánta razón tenía!"

Ella tenía una máxima: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”.

Desde que la escuché pronunciarla, me dediqué a observarla. Al paso del tiempo, me acostumbré a ver que sus acciones estaban siempre bajo la sombra de su convicción de vida: el servicio.

Pero no fue sino hasta hoy que comprendí la extensión y efecto de la enseñanza de vida de Licha, mi suegra.

Entendí que servir al prójimo no se limita a dar con generosidad a los necesitados y hacer “cosas” que mejoren la vida de los que nos rodean. El servicio tiene otras formas de actuar e incluyen: renunciar, soportar y, en su máxima expresión, el sacrificio.


Y descubrí la otra cara de la moneda al observar como mucha gente sustenta sus relaciones esperando recibir y no servir. Cargan el vínculo con las expectativas de: “Tú me harás feliz” o “Tu debes completar mi propósito de alcanzar la felicidad”. Cuando la persona no cumple el cometido, corre el riesgo de ser desechado y reemplazado.

La fórmula de mi suegra, por el contrario, se finca en la meta de “contribuyo a tu bienestar, te acompaño a crecer y, de ser necesario, sacrifico mi estado de felicidad para que tú florezcas”.

Poner la propia vida al servicio de otros, no es la opción más popular ni la más entendida. Incluso, me atrevo a decir, es criticada y menospreciada por contradecir a la egocéntrica y moderna idea que nos seduce con su propuesta de: ¡Yo primero debo ser feliz!

Entre más conozco a la gente, más admiro a mi suegra.

Gracias por tu ejemplo, Licha.
Tu nuera que te extraña

Nuria

miércoles, 23 de julio de 2014

"Guerra fría"

¿Qué ocurrió en la llamada “Guerra fría”?
Ante el conflicto ideológico de dos bloques de naciones, ninguno de los dos tomó nunca acciones directas contra el otro. A pesar de ello, la tensión y el conflicto fueron el origen de grandes cambios a nivel mundial –algunos de ellos, en absoluto benéficos para las naciones.
Aunque todo eso es algo del pasado, yo creo que esa fórmula de pelear está vigente –en el plano individual – hasta nuestros días. Y una de sus armas más poderosas y destructivas sigue siendo. . . EL SILENCIO.
Basta observar a una pareja convivir cuando los rencores e idea de lo que la felicidad es, para uno y para otro, y notaremos que un aparentemente civilizado silencio se levanta entre ellos tan alto como el muro de Berlín.
En esos momentos, la agresión es letal. Sin gritos, envían bombas con mensajes tan destructivos como: “no me importas”, “no eres valioso”, “no confío más en ti” y hasta un ponzoñoso aguijón de duda con un “tal vez ya no te amo más”.
El halo de graduada indiferencia, igual que las radiaciones tras un bombardeo nuclear, van deformando la relación original, obligándola a mutar y convertirse en un triste y cotidiano “sobrevivamos”.
¡Qué cruel puede ser el silencio sin paz y sin buena voluntad!

Creo que, si nos atreviéramos a confesar el dolor que una lanza de silencio nos provoca, nuestro agresor, incluso por compasión o memoria del amor, jamás la lanzaría.

lunes, 21 de julio de 2014

¨¡RENUNCIO!¨

Soy abuela y ¡RENUNCIO¡. . .

. . . A un peinado impecable, por un buen chapuzón en la piscina.
. . . Al maquillaje de moda, por un diseño con brillantinas de mi nieta.
. . . A la ensalada y los cereales, por una mordida de la paleta chupada de mi nieto.
. . . A los restaurantes en la Condesa, por una pijamada y palomitas.
. . . Al descanso en vacaciones, por el alboroto de mis nietos tras las olas.
. . . Al manicure y las pestañas, por la arena del castillo en la playa, bajo las uñas.
. . . A los conciertos y el teatro, por una matineé con marionetas.
. . . A las tardes de lectura, por los columpios en el parque.
. . . A la conversación de sobremesa, por caritas sonrientes ante una mesa con migajas.
. . . Al jacuzzi y vino tinto, por una tina con juguetes y tres niños.


Sí, por ser abuela de mis nietos y compartir su vida, renuncio a una vida llena de cosas que no importan, para tejer, junto con ellos, la capa de memorias con el que mis pequeños resguardarán los recuerdos de su infancia y con el que yo calentaré mis tiempos de vejez.

miércoles, 9 de julio de 2014

"Paradojas y otras hojas"

El anhelo de mi alma es, por naturaleza, la serenidad de lo conocido y la holgura de la rutina. Pero, contra mis deseos, mi mundo es un vertiginoso ambiente azotado por los cambios inesperados. Los compases de reposo son tan breves que no podría asegurar si son sólo momentos de transición algo más prolongados.
Mi corazón, a decir verdad, entra en las novedades con  la misma soltura que un gato en reversa sobre la alfombra. Y, a mis cincuenta y cuatro años, no se ha dado el fenómeno de la “costumbre”, a pesar del ensayo permanente al que soy sometida.
Empiezo a pensar que, bien dicen por ahí, el gusto por la rutina “es cosa de la edad”.

Hoy miro como la familia de mi hija prepara maletas hacia una nueva ciudad y con ello quedan atrás las pequeñas rutinas con mis nietos; mi hijo, con planes de lejanía en el bolsillo, se dispone a transitar el último tramo del camino; y, mi esposo y yo, vamos tomando impulso para dar el salto al siguiente escalón para acercarnos a la meta de consolidar un patrimonio laboral -con todo lo que eso trae consigo.
El caleidoscopio de mi entorno está girando y la incertidumbre de los nuevos visos me estremecen la piel. ¿Cómo será la nueva convivencia? ¿Cuánta ausencia requerirá la rutina diaria para funcionar? ¿Cuáles serán las cosas a renunciar y cuáles deben añadirse?
Tomo un sorbo de café y me doy por vencida. Repaso todos los tiempos de cambio que he sobrevivido y rescato la clave de supervivencia: ¡Hacer a un lado la anticipación y abrirme a la aceptación!

Imitando al árbol, me propongo dejar que el futuro pase en mi vida como el aire por el follaje. Respiro hondo y abro los brazos del alma para dar la bienvenida a lo que viene. 
¿Qué está en camino? No lo sé pero, eso, también es Su Voluntad.

domingo, 22 de junio de 2014

"Felices"

“¡Sean felices para siempre!”, leí en las redes sociales. Era una felicitación de bodas para la joven pareja.
Primero, sonreí. Después, los casi 30 años de matrimonio me hicieron suspirar. ¿Qué clase de idea era esa? ¡Que atrevimiento conjugar dos palabras que son como el agua y el aceite! ¿Siempre? ¿Felices? ¡Que ocurrencia! Es como desear a alguien vida eterna aquí en la tierra, simplemente, imposible.
Miré la foto de los dos jóvenes refulgiendo de alegría. Sonrisas frescas y llenas de esperanza; ojos enamorados y manos entrelazadas. ¿Acaso hay algo más dulce que unos recién casados?
Cerrando los ojos, jugué con el tiempo en mi pensamiento, sumando años y realidad. La novia apareció en mi imaginación con un rostro de piel menos tersa y él, con el cabello salpicado de plata y un cuerpo más rollizo, junto a ella. Entonces pude formular unas palabras sinceras por su boda y soñé, viéndome frente a ellos, pronunciando mis buenos deseos.
-Felicidades– les dije– por atreverse a iniciar la empresa más difícil y compleja del ser humano: el matrimonio. Aplaudo su decisión de haber sabido esperar y mantener el paso de la cordura para acercarse al lugar donde inicia la gran carrera de vivir juntos el resto de sus vidas. Alabo no haberse dejado vencer por la locura del amor y las ansias del deseo de estar juntos, esas que hacen que muchas parejas corran a una vida en común sin ningún sustento, ni legal ni de las bendiciones de la fe. Eso –aseguré– dará frutos y un piso fértil para la familia que formarán.

- Y, mis buenos deseos, más que palabras dulces y melosas –continué– son oraciones llenas de realidad. Oro para que, en las noches de tormenta y que seguro llegarán, los inspire para sujetarse de las manos con mucha más fuerza. Que cuando el cansancio les susurre una invitación a huir, la promesa pronunciada frente a Dios les grite que se queden. Que cuando la desesperanza los ataque, luchen en la fortaleza que sólo se tiene cuando se está de rodillas. Y que, cuando la piel se marchite y los cabellos escaseen, ustedes hayan cultivado una amistad tan fuerte que sea capaz de extender una gracia interminable nacida de un amor puro.
Abrí los ojos y los imaginé en el arrancadero, abrazados, felices y satisfechos. Entonces comprendí que, aún sin estar a su lado, Dios estaba en medio de ellos y había escuchado mi petición, mis oraciones y mis sinceros deseos para los recién casados. 
Así, convencida de esa verdad, sólo escribí una línea:

“Congratulations! ¡Felicidades! Dios sea con ustedes reinando en su matrimonio, chicos.

lunes, 16 de junio de 2014

"Sobre las rodillas"

Como teatro abandonado, se abrieron las puertas de la que fue mi casa paterna y que habían permanecido cerradas casi cuatro años. ¿El motivo? La amenaza de una pérdida familiar.
Cual hormiguero, pronto el olor de polvo se despejó y las visitas transitaron por pasillo que ya no cantaban un eco. El lugar se infundió de vida y las voces cariñosas tomaron el lugar del silencio propio del abandono.
Fue así que una celebración nos sorprendió. ¡Es día del Padre y no tenemos mesa!
La casa, a medio desmantelar, había perdido su comedor de doce sillas –siempre insuficientes para una reunión familiar– y pronto entrarían a tropel ocho hermanos con sus familias. Fue entonces que pude entender una de las virtudes de los retos y sufrimientos: Traen escondida, como pepita de oro. . . ¡madurez!
En una organización improvisada sobre las rodillas, una hermana rentó sillas, otra ofreció el postre, otro rescató una mesa plegable y alguien más aporto la que completó el espacio suficiente para, codo con codo, agasajar a todos los convidados. 

¿El menú? Quesos picados, carnes frías, pasta, un guiso con verduras, ensalada y un postre –especial para evitar las harinas– acompañado de una deliciosa gelatina. Nada espectacular pero igualmente delicioso. Y no por lo sofisticado sino porque fue lo que compartimos alrededor de la mesa, apretujados e hilvanados en el amor fraterno.
Embelesados con la presencia de nuestros padres y hermanos, nadie echó en falta la sala, los manteles largos ni las copas con algún vino especial para brindar. Y fueron las bromas, anécdotas y las palabras optimistas y llenas de esperanza de mi papi, lo que aderezó nuestra compañía.
Si, las lluvias y tormentas de la vida son difíciles pero, cobijados en la unión y amor de la familia, siempre son más fáciles de recorrer.

¡Gracias, mi Dios, por mi familia! ¡La amo!

domingo, 15 de junio de 2014

"Para ellos"

En una sociedad donde, al paso del tiempo, se ha ido restando valor y degradando la figura masculina, hoy, abre un paréntesis para honrar a los que, por diseño divino, deben ser el pilar y fundamento en la formación de nuestros hijos: los padres.

Pero hoy, yo también quiero sumar escandalosos aplausos a otro género de padres, que también tienen su origen en aquella primera familia y que son representados por José.

Quiero reconocer a aquellos hombres que, ignorando la biología y la genética, acogen con brazos amorosos la especial misión de la paternidad. Aquellos que siguiendo el llamado del amor, echan sobre sus espaldas cargas de las que no reclaman y sólo fijan su mirada en la meta de criar a esos pequeños seres humanos que toman bajo sus cuidados. Son hombres que no compiten ni comparan ni esperan que alguien más asuma la labor, y ponen su vida al servicio de los hijos que su corazón reclama como suyos.


Son padres que, habiéndose ganado una tarde en el televisor, lo apagan y salen de paseo con la familia formada por decisión; que al detenerse frente ante un aparador para ver los tan necesitados zapatos, se alejan con la convicción de que, una colegiatura de su hijo, será una mejor inversión.  

Mucho mérito hay en los padres que no cejan jamás en cumplir con su deber de padres pero, cuanto más lo hay en aquellos que, sin haber engendrado con el cuerpo, dan a luz una paternidad que les nace de la voluntad y del corazón.


Hoy es día del padre y, de pié, me sumo a los aplausos para honrar a los padres adoptivos, nuestro ejemplo de amor y entrega. . . más allá del deber.

viernes, 30 de mayo de 2014

"De Maléfica y otras maldades"

Cuando niña, uno de los más conocidos íconos de la maldad fue Maléfica.
Llena de belleza exótica y malos sentimientos, hacía alarde de ingenio para arruinar la vida de los que la rodeaban. Una combinación de celos, egoísmo, odio y envidia eran el combustible de sus maquinaciones.
Ahora, muchas décadas después, descubro que el protagonismo de una película no recae en el personaje tradicional: la buena del cuento. Por el contrario, el eje de la historia es esta malévola hechicera, de mi infancia.
Al igual que la leyenda original, los personajes se enredan hasta un momento en el que, en un doloroso suspenso, todos parecen haber perdido algo: una amistad, el amor, la esperanza, y hasta la cordura. Y, ¡todo iniciado por los mismos malos sentimientos de siempre!

El final nos entrega la enseñanza cuando uno de los personajes confiesa: “Me dejé llevar por el odio y el rencor”. Aunque la confesión es sincera y el arrepentimiento real, las heridas, el dolor y las pérdidas ya no pueden ser borrados. Para cuando la conciencia descubre el error, las relaciones ya han sido quebrantadas, los sentimientos heridos y el recuento de los daños es largo y penoso.   
Para fortuna de quienes vimos esta nueva perspectiva de la historia, éste también es un cuento y, como buen cuento, llegó un “final feliz”.
Pero no todo en esta cinta es puro cuento. Los celos, el odio, el egoísmo y la envidia son muy reales y son parte de la vida que me rodea. Las consecuencias de convertirlos en el combustible de nuestras decisiones y acciones, también lo son. Y las rupturas y los daños destructivos, tan ineludibles como los del cuento.

Si, cuando nos muestran semejantes realidades en una enorme pantalla, podemos identificar tan fácilmente lo pernicioso de semejantes sentimientos, entonces ¿por qué será que no somos capaces de evitarlos en nuestra propia vida?

Buena historia, buen final pero, en la vida real, ahí sigue latiendo la paradoja.

jueves, 24 de abril de 2014

"La semilla"

Un buen día, con un anuncio totalmente inesperado, la semilla cayó en mi alma y jamás imaginé lo que llegaría a ocurrir.
Primero, sólo la imaginación se ocupaba de descifrar lo que ya germinaba dentro de mí. Algo, jamás sentido, se hospedaba poco a poco en mi corazón. ¿Cómo sentir tanto, ante lo aún desconocido? Pero, un 24 de abril, esa emoción se decantó, tomando nombre el día que mi nieto nació, y lo llamé AMOR.
Acuné a mi diminuto nieto en mis brazos y, como una ofrenda, puse en sus manos mi corazón, ya llenito del amor más dulce que jamás sentí. Ante su primera sonrisa, mi voluntad se hizo suya y una felicidad contagiosa se filtró al primer contacto de su manita, al rozarme las mejillas.
Mi voz se convirtió en canción de cuna; mi tiempo comenzó a andar en diminutos pasos, como para darme tiempo de disfrutar cada instante a su lado; y fue mi nieto quien me enseñó los deleites más simples de la vida: Una mañana en el jardín, el chapotear en la tina o el tintinear de la sonaja, eran fiestas de vida a su lado.
El piso se convirtió en nuestro reino y los juguetes nuestros compañeros cotidianos. La carriola fue nuestro navío para viajar por parajes llenos de hojitas por descubrir y árboles que admirar, meciéndose, como en una caravana a nuestro paso.
La semilla desconocida, aquella intrigante y diminuta incógnita, germinó en mi vida hasta convertirme en abuela, el honor más grande que jamás imaginé recibir. Y aprendí, de la mano de mi nieto, a amar más allá de las circunstancias y modelos.

Hoy, ocho años después, miro a mi nieto y el alma explota en mil astillas de orgullo. Aunque su vida no ha sido fácil y muchos obstáculos le han salido al paso, su sonrisa, limpia y angelical, sigue brillando. Su corazoncito, noble y risueño, sigue llamándome “Gramma” mientras se arrebuja en mi regazo.
Dios, no tengo duda, un buen día, decidió hacerme feliz por mucho tiempo. Fue entonces que envió a un pequeño ángel, mi Patricio, y me convirtió en abuela. Y no una cualquiera, sino a la más bendecida de todas las abuelas.

Feliz cumpleaños, mi Pato, y que no sólo cumplas muchos años más, sino que vean estos ojos de tu Gramma, que te ama más allá de lo imposible, la profecía sobre tu vida, cumplida.

"El Señor te bendiga y te guarde;
el Señor haga resplandecer Su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia;
el Señor alce sobre ti su rostro, y te de paz".
Números 6:24-26


Dios te bendiga eternamente, mi niño.

sábado, 19 de abril de 2014

"El año en que morí"

Las palabras se agolpaban en mi mente mientras el lento palpitar del amanecer anunciaba que iniciaba el día de mi cumpleaños.
Si tuviera que titular el año que termina, como al capítulo de un libro, ¿cómo lo llamaría?, pensé.

Al recapitular los eventos que fueron dibujando los relieves de mi existencia, el nombre pasó por muchas etapas hasta llegar al que elegí.
Sin poder evitarlo, fue un año de ausencia. Con una voluntad aferrada a vivir, me alejé de muchos a los que amo más y a quienes no quería consumir con la incertidumbre de la victoria de la muerte. Incapaz de explicar la amenaza que me consumía, puse la distancia necesaria para fijar mis esfuerzos en recuperar la vitalidad perdida.
Y mientras vivía encerrada en lo que yo miraba oscuro, cual mortaja, afuera, con la paciencia del que borda un gobelino, mi Dios enmendaba parajes desgarrados y los transformaba en futuros nuevos.
Así, en el verano, dibujó la sonrisa de un milagro en el rostro de mi nieto y con ello sembró un nuevo ritmo a mi corazón cansado. Poco tiempo después, abrió el horizonte de mis otros nietos y sanó zanjas que herían sus pequeñas almas. La paz, como brisa colándose bajo la puerta, inició su regreso y, con él, nuevo aliento en mis venas.
Con el nuevo ritmo de mi alma, fui saliendo de la mortaja hasta quedar nuevamente libre. Sólo entonces vi que, aquel encierro, era en realidad un capullo donde mi Dios me resguardó para iniciar la transformación de mi fe. También descubrí que nunca estuve sola. Además de Él, la mano de mi compañero de camino, mi hermana –mi primera amiga- y mis más entrañables amigos me habían acompañado.
Para estrenar mis alas, Dios puso ante mí un viento de prueba. Una montaña que, en un principio, me pareció enorme e inconquistable. Aun así, con alas nuevas, inicié el reto para alcanzar la meta. Entonces vi que no iba sola. Muchas almas generosas se unieron al gran proyecto hasta que, en el tiempo de mi Dios, todo fue completado. Además de sentir las alas de mi fe fortalecidas, un nuevo pensamiento me alegraba: ¡Aún existen almas generosas en el mundo!
Como en el lento descorrer del telón de una gran obra, Dios fue presentando nuevos futuros para infundirme esperanza. Ante mis ojos, vi de nuevo el destello en la mirada de mi niña más amada. Día a día, Él fue armando nuevos caminos para que ella los recorriera y así recordarme que, más que su justicia, Él se da tiempo para mostrar Su Gracia y Su paciencia. Una paciencia que yo traté de aprender al orar constantemente para ver más frutos. Aprendí que, para perdonar y reconstruir, Dios tiene tiempos muy largos.

Después, en un instante, vi la primera prueba de que Dios seguía trabajando, delicadamente, en el corazón de los míos. “Estoy muy agradecido a Dios porque me está confirmando que voy bien”, fue lo que escuché de sus labios. Él, mi hijo amado, también había aprendido a confiar en Él y a preguntarle. ¡Ahora sé que, él y yo, estaremos juntos eternamente! ¡La esperanza dio más fuerza a mis alas!
Si antes escuché que, como un gran misterio, los esposos se convierten en uno mismo, después de mi muerte en el capullo, atestigüé el gran milagro del amor ágape con la devoción de mi esposo. Con un rostro envejecido y su cabellera entintada de plata, él sostuvo mi mano al salir de aquel sepulcro de tristezas que casi me arranca de sus brazos.
Pero, un día, no hace mucho, con ojos renovados y el espíritu reviviendo con bocanadas de fe, inicié el recuento. Fue entonces que pude escuchar el eco de oraciones que muchos hicieron por mí, reconocí las ayudas que pusieron junto a mí para aligerar mi carga, vi el regalo de nuevos amigos, las manos que habían tocado mi hombro para recordarme que me amaban, y recordé las lágrimas que conmigo derramaron.
Fue un año difícil, tal vez uno de los más difíciles que he vivido. El año que termina es, sin duda, el año en que morí: A las expectativas, a mi vieja idea de inmortalidad y fortaleza, a la autosuficiencia inútil y a la necia ilusión de “la vida feliz”.
Hoy tengo un año más por delante –si así es el plan de Dios– y lo inicio sintiéndome renacer de esperanza, infundida de una fe distinta y con una mano, bien asida, del Dios que hoy sé –y aseguro con plena certeza–, es el Único capaz de sostenerme.

MI GRATITUD A. . .

Gracias, Sandra, Donna, Reyna y Donají, amigas mías, por escucharme, llorar conmigo y por no cesar en sus oraciones por mí.
Gracias, Pastor Lynn, mi paciente guía, por tus incesantes oraciones y tu amistad fiel.
Gracias a mis padres, por amarme y perdonar mis ausencias. Por escucharme, acompañarme y entenderme como sólo los padres pueden hacerlo.
Gracias, hermana Lina, por no cansarte de extender tus alas de ángel sobre mí y ser mi eterna ayuda.
Gracias, sobrina Linita, porque la distancia no te impidió bendecirme y ayudarme.
Gracias, Mónica y Lidia, hermanas queridas, por su cuidado y ayuda para mantenerme con vida y recuperar la salud.
Gracias, hermano Carlo, el siempre secreto ángel que Dios usa para ayudarnos. Gracias por tu amor. ¡Dios ha de bendecirte siempre!
Gracias, mi Tayo, por aguardar paciente a que volviera a la vida para ser tu madre. Tus abrazos y presencia son siempre mi remanso, el recordatorio de que soy amada.
Gracias, Nena, mi hija amada, por no rendirte y ser mi esperanza viva.
Gracias, David, por tu mirada ligera y por ser la semilla germinando de un gran deseo de mi corazón.
Gracias a mis tres amadísimos nietos, el más grande regalo que Dios ha podido darme para alegrar mis días. ¡Nada ni nadie disfruta más de sus sonrisas!
Y, por sobre todo ser humano al que quiero agradecer, le doy gracias a Salvador, mi Gordo, pues sólo tú has vivido en carne propia mis desesperanzas, mis dolores, mis miedos, mis frustraciones, mis lamentos, mis enfermedades y mis tristezas; y, más aún, por seguir a mi lado y amándome inexplicablemente.

A para ti, Dios mío, ¿qué palabras podría escribir para mostrar mi gratitud? Esas palabras, mi Señor, no se escriben pues sólo el alma puede expresarlas y, la mía, no deja de entonarlas.


¡FELIZ CUMPLEAÑOS. . . A MI!

lunes, 24 de febrero de 2014

"Applicados"

Aunque no es enero, continúo con la propuesta de buscar todas las opciones de prevención para conservar mi cuerpo en el mejor estado de salud. Y sin muchas expectativas, descargué una aplicación que, considerando mi edad, peso y estatura, calculó la cantidad de agua que debo ingerir a lo largo del día.
Para mi sorpresa, descubrí que con mucha frecuencia no alcanzo el 100% del consumo recomendado –a pesar de que tenía la impresión que sí lo hacía. Incluso con esa alarma que discretamente me anuncia que es momento de volver a tomar agua, una llamada, la mitad de un escrito o cualquier otro distractor, terminan por desviar mi atención y olvido seguir la instrucción de la pantalla “Es momento de tomar más agua”.

Al darme cuenta de que es una de las razones por las que no llego al objetivo, me esfuerzo por concentrarme y, al momento de que suena la alarma, ¡voy y tomo agua! ¡Nada de postergar!
Lo más extraño de todo es pensar que, sin saber ni como, he aprendido a ignorar las alarmas naturales de mi propio cuerpo. ¿Acaso no es la sed una de las sensaciones que primero sentimos? ¿O el cansancio o el dolor de cabeza –por no tener suficiente líquido circulando en nuestro cuerpo –, o la sensación de resequedad en la piel?
Es innegable. Me he ido desconectando de mis impulsos y señales vitales. Ignoro el hambre, el cansancio en la espalda o la falta de sueño. Desarrollé la insana capacidad de sobrevivir a esos síntomas que quieren prevenirme de desgastar mi cuerpo o maltratarlo.
Entonces pienso en otras tantas cosas que no funcionan como quisiera, a mí alrededor. Algunas relaciones que se han ido apagando con el tiempo, proyectos inconclusos, lugares a los que prometí volver y que se quedaron como anhelos. Tantas cosas que, por distracción o falta de un recordatorio, me alargan la lista del “Y si hubiera o algún día”.
¿Y qué de las relaciones? Nos acostumbramos a ser ignorados, a esos enfados sin aparente trascendencia, a olvidarnos de un detalle o una llamada para recordarle a nuestro amado lo importante que es para nosotros. ¿Por qué entonces viene el asombro cuando nos encontramos que la relación desfallece y se seca? La aridez, por la falta de riego y atención, es tan natural como la piel marchita, los dolores de cabeza y los problemas de sueño por la deshidratación del cuerpo.

En esta era que nos inunda de tecnología, que útiles nos serían algunas Apps que nos mostraran las deficiencias en nuestras áreas relacionales y afectivas. Tal vez, entonces, seríamos más “Applicados”.