viernes, 13 de mayo de 2016

GRACIAS PAPÁ: ¡Otra vez llorando!

"Mi hija se ha convertido en la madre de dos hijos extraordinarios", escribiste en aquel mensaje hace unas semanas descubierto.Y –aunque yo ya lo sabía–, es hasta esta época que lo voy viviendo. . . ¡entre lágrimas!

Lo que también es cierto es que, hace unos días, volví a extrañarte y otra vez me quedé con las ganas de llamarte para que te alegrarás conmigo. Como verás, sigo viviendo con esa manía de sentir el impulso de llamarte para darte las buenas nuevas cuando éstas llegan a mi casa.

Esta vez, la que nos ha traído nuevos motivos de felicidad y orgullo ha sido mi hija. 

"Nadie sabe lo que pesa, más que aquel que carga el saco", decía mi abuelo. Y ese dicho no podría estar mejor aplicado que ahora pues –en el caso de tu nieta– el camino ha sido largo y su equipaje muy pesado. Los menesteres de una casa, la atención a su esposo y a sus tres hijos, encausar su vida profesional y levantar una empresa; todo esto salpicado de fiestas infantiles, gripas y resfriados, cancelaciones de citas, reuniones familiares, travesuras de tres perros y tareas escolares, se escriben en tres renglones pero ¡cuánto esfuerzo se requiere para mantener el juego de su vida en marcha!

Pues su vida –saturada de pendientes que la jalonean para tener su atención–, también incluyó, durante dos años y cuatro meses, el estudio de una maestría como parte de su proyecto de crecimiento profesional. Y el viernes 6 de mayo, con un breve mensaje, satisfecha nos anunció: "No hay fecha que no llegue, ni plazo que no se cumpla. ¡Se acabó! ¡Se acabó! ¡Se acabó! 10 en la última materia".

Sí, con esas cuantas palabras, ella nos resumió: las noches de desvelo que invirtió en estudiar y preparar proyectos escolares; el cansancio que tuvo que ignorar para levantarse el fin de semana y asistir a clases; el dolor por no acompañar a alguno de sus hijos a fiestas o participar en reuniones familiares; y el pesar de ser la silla vacía junto a su esposo, en el desayuno familiar.

Pero para alcanzar su objetivo, no sólo hubo sacrificio. También hubo entrega y exigencia para lograrlo con excelencia. Su compromiso fue a la altura de sus capacidades y talentos, por lo que no se permitió la mediocridad ni el desgano. Llevó adelante la empresa elegida con el mérito de quién ha puesto la meta muy alta y está dispuesta a pagar el precio para llegar a la cima donde sólo llegan los más brillantes y comprometidos, de los que se atreven a soñar.


Por eso, ese día –y hasta hoy–, mi corazón se alegra tanto que sólo le queda llorar para no estallar de tanto orgullo. Lo que tú dijiste de tu primera nieta, hoy sigue cumpliéndose como una profecía de vida. Ella es ejemplo de tenacidad y fortaleza, es valiente, inteligente y osada; tiene la extraña belleza del ave fénix y, sobre todo, lleva en sus venas la dulzura de un corazón noble y fiel.

Ella es tu nieta, pá, mi hija, orgullo de los dos e inspiración de muchos y, como bien dijiste:
¡Una mujer extraordinaria!

viernes, 6 de mayo de 2016

GRACIAS PAPÁ: Y le llegó el día a "Algún día". . .

–Nunca dejes de escribir– me dijiste un día. Y tus palabras se convirtieron en combustible para mi pasión por la escritura.

No estoy muy segura de que hayas recordado mi cumpleaños, papi, pues ¿no era mi mami tu apuntadora para todos esos menesteres sociales? Hasta donde recuerdo, ella te mencionaba al hijo que cumplía años ese día y te pasaba la bocina del teléfono para que nos felicitaras. Lo tuyo, simplemente, ¡nunca fueron los detalles!

Pero sí lo fueron las semillas que sembraste en la gente con tus palabras, algunas de aliento y otras de orientación. En mi caso –y te agradezco por eso–, fueron las de confianza, cuando invertiste tu tiempo para leer mis manuscritos y para escribir en tus reflexiones personales: "Bienaventurada sea mi adorada hija, que utiliza el don de la palabra escrita, para consuelo del desesperado y para felicidad de los que leemos –una y mil veces– sus pensamientos de amor hacia nosotros". Con eso, me sembraste la determinación de que "algún día" me dedicaría a convertirme en escritora.


Pues, ¿qué crees, pá? Le llegó el día a "algún día" y voy a dar un paso (uno de los más grandes, anacrónicos y audaces que he dado) hacia el comienzo de ese día.


Confieso que aún siento el estómago como avispero cuando lo pienso y no quiero platicarte todas las barreras que tuve que vencer para dar ESE primer paso. Cosas como participar en un examen de oposición, arriesgarme a descubrir que habría 15 personas mejores que yo y que –de salir victoriosa– tendría que invertir algo más que tiempo. ¡Me forzaría a renunciar a las compañías que amo y arriesgarme a que el futuro me hiciera la partida!

Pero el "algún día" ya parecía impostergable. Las condiciones, todas, estaban dadas y –la más importante– el tiempo me recordó que su paso no era negociable (al morirte, papi, me enseñaste que el tiempo es un recurso limitado y cargado de incertidumbre, por lo que no hay que jugar a "perder el tiempo").

Así pues, "algún día" se convirtió en "muy pronto" y ¡siento el alma como galgo en el arrancadero! La aventura está por arrancar, pá, y no dejo de pensarte. ¡Si tan sólo pudieras dejar de estar muerto, al menos unos minutos, para que yo pudiera contarte todo lo que estoy sintiendo!

Pero, como no puedes volver y a mí no me ha llegado el tiempo de alcanzarte, te lo escribo y además lo comparto. Porque, ¿acaso no debe saber esa parte del mundo –ese que ya ha pasado de los cincuenta y que tal vez no tuvo un padre como tú– que siempre es tiempo de transformar el "algún día" en "una aventura del presente"?

Así que, ¡vamos á por el futuro, pá!

martes, 5 de abril de 2016

"GRACIAS, PAPA: Pero el cielo no me basta. . ."

Muchas gente tiene anécdotas de las actividades o intereses que los unieron a personas significativas de su vida. Así, está el abuelo que enseña al nieto a jugar al ajedrez o la tía que prepara postres con su sobrina favorita.

En nuestro caso –a decir verdad– poco hicimos juntos que forjara la relación padre-hija de manera especial. Cierto es que un tiempo salimos a cabalgar en las madrugadas, tú y yo. . . ¡y cinco hermanos más! Y que jugábamos en la cancha de tenis de la Granja Los Compadres, tú y yo. . . ¡y quince amigos más que hacían los turnos! ¡Ah! También me enseñaste a manejar cuando apenas cumplía doce años y que salíamos los domingos para practicar. . . ¡con tres hermanos sentados en el asiento trasero!

El resumen, pues, es que no fue tarea fácil encontrar los momentos o actividades íntimas y únicas que pueda reseñar ahora en mis memorias.  Pero un día –poco después de que cumplí 30 años–, algo cambió entre tú y yo. El 11 de julio nació un interés común que nos uniría y nos llevaría a disfrutar conversaciones que a ambos dejaban con una sensación de orgullo compartido.

Poca gente lo sabe pero, tú, después de haber tenido ocho hijos y para entonces cinco nietos, por primera vez cargaste en brazos a un bebé y debutaste con tu nieto “Salvador Octavio”, como siempre lo llamaste, casi con tono ceremonioso. Fue con el nacimiento de mi hijo que tú disfrutaste de mí y, más de una vez, me miraste con ternura cuando yo misma me embelesaba contemplando a mi bebé. ¿Habrá sido entonces que tú mismo quedaste prendado de aquel niñito? 


Desde entonces, una conversación obligada entre nosotros ocurría cuando me pedías las últimas noticias de tu nieto. Primero, incluyeron sus avances en el patinaje artístico sobre hielo, después siguió el beisbol y –a los pocos años– sobre sus estudios y viajes en el extranjero. El tema de nuestras charlas cambió  a lo largo del tiempo pero –el final– permaneció intacto hasta que, hace un poco más de un año, te fuiste. –Tienes un gran hijo, flaca, ¡es un hombre excepcional! Eres muy afortunada, ya no  queda mucha gente como él”– me decías,– dile que tenemos que buscar una oportunidad para salir a conversar.

Parece que, después de todo, tú yo tuvimos algo en común, papi; alguien que nos unió por el orgullo y por convertirse en nuestra permanente fuente de satisfacción.

Es por eso que –ayer por la noche– odié no poder tomar el teléfono y platicarte que a nuestro Salvador Octavio, mi Tayo, la universidad donde se formó profesionalmente le otorgó dos menciones honoríficas; que no podría recibirlos por seguir siendo el eterno viajero y que, por su clásica humildad y discreción, la noticia me cayó totalmente por sorpresa.

Y ahora que te escribo, confieso que poco se me antoja que alguien –con todo el amor y buena voluntad– me recuerde que tú seguramente estarás disfrutando de la noticia desde el cielo, porque ¿sabes?, hoy, el saber del cielo no me basta. Porque no puedo ver esa chispa de merecida vanidad en tus ojos; porque no escucho esas palabras llenas de satisfacción por mi hijo –tu nieto favorito–; ni puedo sentir tu mano palmeándome la mejilla recordándome lo bendecida que soy de ser su madre ni escucharte decir que Salvador –mi marido– es un hombre excepcional y que no le sorprende que su hijo también lo sea.

Me alegra que estés viviendo en el cielo y sé que la vida eterna es lo importante, pá, pero esta vida también lo es y –los momentos como éstos– hacen que valga la pena vivirla, sobre todo, si los compartes con quienes más te importan y que amas. . . y tú. . hoy tú ya no estás.


¡Te extraño hoy y te extrañaré siempre! Nadie como tú para compartir las buenas noticias de nuestro Salvador Octavio. . . en eso, ¡eres irremplazable!

¡FELICIDADES A MI TAYO! ¡FELICIDAD PARA TI Y PARA MI, PÁ, QUE TANTO LO AMAMOS!

viernes, 1 de abril de 2016

GRACIAS PAPA: Hacer las cosas “de tal manera”. . .

Una de tus frases “célebres” fue: “Voy a hacer las cosas de tal manera para . . . “ y agregabas algún plan o proyecto al que tenías intención de dar vida. Y uno de los que más frecuentemente escuché se refería a los viajes que deseabas hacer con tu esposa –mi mami– aprovechando que vivían en la etapa del “nido vacío” y sin presiones cotidianas que los ataran.
A pesar de escucharlo con mucha frecuencia, hoy lamento que la mayoría de tus planes, al final, se quedaran en suspenso y que ustedes, como matrimonio, no hubieran disfrutado lo que se ganaron a pulso de compromiso y entrega para con nosotros, sus hijos.
Aún así, escucharte pronunciar aquella introducción de planes frustrados no fue en vano pues –ahora que yo misma vivo en la etapa en la que empezaste a imaginar recorridos por el mundo–, ésta se ha convertido en una premisa para vivir mi propia vida.

¿La diferencia? Primero, ¡yo no tengo ni ocho hijos ni 25 nietos para quienes estar como red de seguridad! Y, segundo, me he empeñado en aprender de las experiencias de otros y ahorrarme –en lo posible–, los desencuentros y administrar mi vida como si tuviera una sentencia muerte (lo que es real para todos porque ¿acaso no todos vamos a morir?).
Es por eso que he inaugurado –en el segundo lustro de mi andar por los cincuentas– mi época de “locuras” y “cierre de cuentas”. Y como bien ha dicho mi prima asegurando que “organizo hasta lo espontáneo”, me he trazado un plan de vida que inicia con agradecer con hechos a quienes me han dado tanto en vida, combinándolo con el propósito de ver ese mundo que a ti se te quedó pendiente.
Ahora, para sorpresa de algunos, esa frase tuya ha pasado a ser parte de mi arsenal y te prometo, papi, que iré completando los renglones que tú no tuviste tiempo de llenar.

¡Gracias, papi! Porque sé que te alegrarías de que me apropie tu frase y la viva a plenitud.

miércoles, 10 de febrero de 2016

"¡GRACIAS, PAPA!: Los hijos desconocidos de mi padre” (Parte 2)

Entre los muros de la oficina, aquella chica de ojos grandes y actitud risueña, te escuchó atenta. . . ¡muy atenta, papi!

Con la parsimonia con la que la edad te fue revistiendo, esa que reta al tiempo y que termina venciéndolo, le contaste historias de tu juventud; le regalaste anécdotas y las conclusiones de una vida llena de experiencias. Frente a ese público de una sola persona, vertiste horas de tu paso por la vida y la entretejiste con un poco de las nuestras, tu familia.

Y –entre plática y plática–, fuiste añadiendo trabes hasta formar un puente entre tu oyente y tú. Con las amarras de tus consejos, sin proponértelo, la convertiste en una hija más. Ese vínculo de adopción comenzó a alojar confianza ciega y ella, sin reparos, se cobijó bajo las ramas de tus palabras cariñosas de apoyo y dirección.

–¡En verdad!– dice el mensaje, y ese corto texto me revela su tristeza, –¡extraño mucho a su papi! ¡Lo extraño y lloro!


Mientras me describe sus encuentros contigo, papi, de los que ahora sólo le quedan un sillón de respaldo alto, el más vacío que cualquiera de tu oficina, la imagino con ojos inundados –como tantas veces siento los míos cuando intentan aclarar la visión de un mundo sin ti, echando fuera la tristeza– y me entero que pone una flor sobre tu escritorio para recordar tu vida.

En momentos en que la gente intenta tomar ventaja de tu ausencia o levanta el puño contra alguno de nosotros –los tuyos–, ella regresa a buscar entre sus recuerdos y busca tus consejos –los que atesora como su brújula de vida–, y responde a los ataques con la fidelidad de una hija porque, sí, papi, ella es una de las tantas hijas e hijos que fuiste adoptando a tu paso y que ahora, tras tu partida, me estoy encontrando por la vida.


Fuiste un hombre bueno, pá, un ser humano generoso; y eres –aún cuando tu cuerpo ya no refleja tu presencia entre nosotros– un padre para muchos hijos que –con tus consejos– engendraste.

sábado, 30 de enero de 2016

"GRACIAS PAPÁ: Los hijos desconocidos de mi padre" (Parte 1)

El día de trabajo ha sido largo y lo que más deseo es apagar la pantalla e irme a la cama. Coloco el cursor sobre la manzanita para cerrar el sistema cuando, en el lado derecho de la imagen, aparece un recuadro con el mensaje: “¿Está por ahí?”

Pero demos un paso atrás, papi, y retomemos esta historia hasta el día donde todo este difícil capítulo de mi vida comenzó: el 10 de marzo del 2015 a las 5:33 a. m., el instante en que moriste.

Desde ese día, mi mente comenzó una transformación que me fue casi imposible descifrar por muchos meses: lloré sin lágrimas, reclamé sin palabras y viví deprimida sin dejar de moverme y caminar por el mundo ni un sólo instante. Hasta que un día, como presa con muros cansados de contener tanta agua, lloré y grité a mitad de la montaña, anunciando que no podía seguir así. . . ¡tenía que dejarte ir!


Quisiera continuar diciendo que –después de desgañitarme la garganta con esa declaración– así ocurrió, pero mentiría. Sin embargo, algo cambió. Tras esa mañana, en mis pensamientos comenzaron a ocurrir conversaciones “tripartitas” –como llaman a esas tele conferencias por Skype o en llamadas múltiples–; sí, me nació la costumbre de hablarte y, junto contigo, a Dios. Fue como, entre los tres, empezamos a vivir una comunicación que a ratos me parece tan real como interminable.

Nuestras “conversaciones”, desde entonces, dejaron de ser privadas porque ¿acaso no explica el dicho que “lo que se dice entre dos, no se dice entre tres”? En eso se ha convertido nuestra relación: en una comunicación entre tres, permanente y cotidiana. Y es por ello que encuentro el arrojo para dejar de hacer nuestras charlas algo “privado”. Tú, al fin y al cabo, fuiste una persona que tomaba la palabra –en cada oportunidad– y hablaba con la gente sobre la forma adecuada de vivir.

Así que, con tu permiso (a la distancia de un pensamiento), he decidido compartir nuestras conversaciones con los que leen estos escritos y, de alguna forma, pasar con honestidad el aprendizaje que adquirí a través de tus innumerables pláticas de sobremesa.

Explicada mi razón, jalo la hebra de la historia surgida con aquella notificación que inició una “conversación virtual” con una de tus hijas desconocidas para el mundo.


(continuará. . .)

viernes, 1 de enero de 2016

"DISFRUTANDO DE LO NUEVO"

Al final del 2015 –en mitad de una crisis por los cambios inesperados y abruptos que sufrió mi vida– escuché el consejo de un amigo, diciéndome: “¡Disfruta de lo nuevo!”.

Cuando comprendí que las opciones que me esperaban incluían novedades en abundancia. Para bien o para mal, tendría que enfrentar muchas cosas bajo la etiqueta de “nuevo”. Así que –no con poca rebeldía–, me propuse hacerlo. Y no sólo eso, de mi propia voluntad sumé cosas nuevas que llevaba guardadas en mi propia lista de posibilidades.

Entonces, me inscribí a clases de canto (algo singularmente extraño para alguien –como yo­– que no logra superar la pena de enfrentarse a un público); también, me compré una guitarra y elegí la primera canción que aprendería en la academia de música. Por invitación de una “nueva” amiga, acepté explorar –este año que inicia– las bondades del yoga; y me aventuré a ensayar la técnica de Pilates para mejorar mi elasticidad. 


Pero sé que los meses por venir aún tienen cosas “nuevas” menos gratas, (y el tender ropa por la ventana es la menos), como la lejanía prolongada de los que amo y el proceso de recuperación –que a ratos me impacienta– de quien vive esforzándose en la lucha contra una enfermedad. Esas cosas que no elegí, cosas nuevas que a ratos han empañado mi entusiasmo, son las que no puedo cambiar y que son ineludibles de enfrentar.

Entendiendo que las circunstancias no iban a cambiar y decidida a seguir aplicando el consejo de mi amigo, decidí incluir algo aún más “nuevo” en la ecuación (quienes me conocen, saben que puedo ser muy testaruda): Viviré lo que me espera con contentamiento que –aclaro– no tiene el resabio amargo de la resignación, sino el sabor de la aceptación endulzada de sabiduría.

Esta nueva actitud –que ahora se fragua en mi interior–, tal vez sea el reto más grande y con el aprendizaje más importante para el 2016. Pero algo más me llenó de esperanza y me confirmó que saldré avante en mi intento pues, añadido al buen consejo recibido, uno que vino de lo alto –en este primer amanecer– me aseguró: ¡Voy a hacer algo nuevo! (Isaías 43:19).

¿Me estás incluyendo a mí en esta renovación, Señor? ¡Sea pues yo hecha nueva!




miércoles, 30 de diciembre de 2015

“Erase una vez. . . mi vida: ¡Brindo por mí!”

Inicio mi resumen del año –como cada año– y el corazón se me acelera. ¡Cuánto duele recordar!

Fueron doce meses que sumando emociones, sentimientos, experiencias, principios y finales, sin orden ni medida, me dejaron extenuada.

En este ciclo: Aprendí el verdadero significado de “nunca más” cuando perdí a mi padre; experimenté la más profunda nostalgia cuando tuve que dejar por meses enteros mi hogar; supe de la añoranza cuando hice maletas y abandoné mi país; comprendí lo que significan la impotencia y la desesperanza, al mirar sufrir a uno de mis seres amados, sin poder hacer nada por aliviar su dolor; y entendí de soledades al ver a mis hermanos dispersarse.


Viví el abandono cuando –llena de preguntas sin respuesta– huí de Dios; me sentí extraviada al no escuchar los pasos de mi padre cada vez que visité su casa; sufrí el aguijón de la tristeza más agobiante cuando entendí la soledad de mi madre; y viví días en que, con todo el corazón, deseé el descanso de la muerte al resistirme a tomar más de la enseñanza de esta etapa.

Pero también en este año –por meses– viví inmersa en el sueño hecho realidad junto a mi hija; mi familia creció, integrando a un hombre del que me siento orgullosa y, a pesar de las dificultades, reconocí a mis verdaderos amigos cuando escuché sus voces de cariño, sus oraciones y al sentir sus abrazos rodeándome los hombros.

Y como cosa extraña, este año, tan falto de misericordia –con todos sus retos y pesares–, hizo resurgir a la joven que hace mucho tiempo reclamaba libertad para vivir ensueños, viajes y experiencias nuevas. Y así, mientras yo huía por semanas enteras de la realidad que me asfixiaba con sus tristezas, la dejé cantar por las mañanas mientras contemplaba parajes en lugares nuevos; le regalé el derecho perdido a escribir poemas, estremecerse y reír por tonterías; esa joven que nunca tuvo suficiente tiempo de vivir su etapa, también alzó su voz para quejarse y mostrar su rebeldía. Sí, esa mujer joven que nunca respiró al aire de sus deseos, sueños y amores imposibles –pues le tocó pagar el precio de mis malas decisiones– se adueñó de mi tiempo otoñal por unos meses.


“Casi” fui feliz al sentir entusiasmo por aquellas cosas que no había estrenado la joven, esa que jamás fui. Hasta que –una mañana de invierno– perdió la vida a manos de mi cordura y mi buena conciencia. Fue un acto de valor –y de amor– que me llenó de tristeza aunque, al final, supe que era tiempo de dejarla atrás para siempre. Ese tiempo con mi pasado partió dejándome libre de la esclavitud del “hubiera” y ahora guardo el dulce sabor de los nuevos recuerdos que me acompañarán hasta la tumba.

Doce meses terminan. . . los más difíciles 365 días que he vivido hasta hoy y– paradójicamente–, los que me regalaron: las alegrías más grandes junto a mi hija, las satisfacciones más deliciosas por mi hijo, las semanas más divertidas con mis nietos, las más grandes muestras de apoyo de mi esposo, y los tiempos de mayor intimidad con presencias del pasado. Son todas ellas experiencias que llenaron mi bagaje de las más profundas enseñanzas.

Hoy te despido, año 2015. Me alegra que termines y cierro tu última página dándote las gracias por todos esos recuerdos –buenos y malos– pues sé que serán la poda y la tierra enriquecida donde terminaré de crecer antes de que llegue mi invierno.

Esta noche, levanto mi copa para brindar por mí, ¡logré sobrevivirlo todo! Y a ti, Dios, mi Dios, hoy te pido que me tomes de la mano para iniciar el viaje hacia el tiempo por venir y reclamo la promesa que me hiciste mucho tiempo atrás: ¡Nunca jamás me abandones!


¡Vamos á por el 2016!

lunes, 21 de diciembre de 2015

"EL ERROR" (de mi padre)

Un sol frío ilumina las calles empedradas de Toledo y mientras camino frente a las vitrinas que devuelven mi reflejo, aderezado de las más caprichosas formas, llego a uno que –tomándome por sorpresa–desata lágrimas que se desbordan de mis ojos.

Aquellas espadas, haciendo ramillete con cuchillos, relojes antiguos y armaduras, me obligan a pensarlo: ¡Cómo le gustaba a mi papi todo aquello! En cada viaje, él agregaba un reloj a su colección y, en un viaje, sin importar los inconvenientes del transporte, se hizo de unas espadas que a la fecha cuelgan de sus muros. 


Trato de huir de la tristeza y me doy cuenta que esa lucha ha sido interminable. Los meses pasan y su ausencia no deja de atenacearme el alma. Entonces descubro que –mi pá– cometió un error que aún me persigue.

Ante el final inminente –con serenidad y convencimiento–, mi padre nos reiteró sus instrucciones: Sin velaciones ni anuncio públicos, y creman mi cuerpo de inmediato.

Así que, obedientes, seguimos su voluntad y sólo una misa entre los más cercanos cerró el momento del adiós, sin mucha bulla, sin muchas lágrimas y aceptando calmos los abrazos de quienes viajaron para acompañarnos en el adiós.

Cuanto más tiempo pasa, me convenzo que –el velorio–, ese espacio de lamentos y de palabras que hablaran de su vida, no era para él sino para quienes tuvimos que dejarlo ir. Debió ser un paréntesis donde no habrían sido invitados ni el valor ni la mesura. Ese debió ser nuestro legítimo momento para llorar sin el límite de las fórmulas sociales y sin el juicio que nos señalara como débiles.

Sí, papi, nos hizo falta que la gente nos rodeara con alabanzas a tu memoria. Sin ese lugar de llanto, nos quedamos cortos en las lágrimas que teníamos guardadas para derramar tu muerte, y ahora, como gotera lastimosa, yo voy llorándote frente a vitrinas que me hacen recordarte y vivo evitando hasta esa música que te traiga a mi memoria.

Aún cuando sé que tus deseos tuvieron la mejor de las intenciones –como todo lo que hiciste en vida por y para nosotros, tus hijos–, tengo que aprender de tu error. Así que, cuando me llegue el día, regalaré a mis hijos la libertad de llorarme y hacer todo aquello que a su corazón les de consuelo.


Y –con tus errores y defectos–, papi, así te amo, te extraño y te admiro.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

"¡EN-TENDIDO!"

“Yo lo hago desde los trece”, me confesó mi joven amiga entre risitas.

Sus palabras hicieron que me invadiera una mezcla de vergüenza y diversión. Agradeciendo su sentido del humor, le respondí apenada que –a mis cincuenta y cinco años– había sido mi primera vez. Pero ¡la vida de cada uno puede ser tan distinta!

Desde que llegué a Madrid, mi capacidad de adaptación se ha puesto a prueba. Me descubro buscando mil formas para convertir mi espacio y estilo de vida en una réplica del hogar que dejé. A pesar de toda mi previsión –trayendo las esencias que aromatizaran mi ambiente, fotografías, tortillas empacadas y mi ropa favorita–, he tenido que enfrentar cambios que a ratos me disgustan y hasta enojan.
Pero el colmo de los retos fue encontrarme que no sólo tendría que hacerme cargo de llevar la basura hasta el depósito en la comunidad sino que también ¡¡tendría que prescindir de la secadora de ropa!!
Y por favor, antes de juzgarme como inútil, escucha mi historia.
Sin que yo lo eligiera, nací en una familia donde lo que sobraba era ropa sucia. ¡Somos ocho hermanos! Y, sin que mi opinión participase, mi padre decidió aligerar la carga de mi madre a toda costa. Así que, desde que tengo uso de razón, hubo personal de limpieza que se encargara de la tarea de lavar, tender y planchar la ropa de diez personas. Después —como siempre ocurrió en mi casa—, la tecnología de última generación trajo la secadora de gas y sustituyó a las cuerdas de tendido.
Cuando inicié mi vida independiente, como era de esperar (uno aprende lo que ve), la secadora de ropa encabezó la lista de los artículos de primera necesidad y desde entonces sólo ha sido actualizada siguiendo los avances tecnológicos de mi época.

Aunque mi amiga iniciara su experiencia de tender ropa a los trece, eso no me ha ayudado para lidiar con este inusitado reto.
Primero, he tenido que observar los horarios en que los vecinos lo hacen. . . sí, ¡soy la chismosa de la ventana! Pero con el clima ajeno—que tampoco me es familiar— todavía no entiendo como pueden secarse las prendas expuestas a un día nublado con temperaturas que no rebasan los cuatro grados centígrados.
Después, enfrenté el mismo temor con el que me siento a una mesa ajena. Mi inteligencia espacial, desafortunadamente, no es la mejor y con más frecuencia de la que quisiera, termino derramando el vaso de agua. Sí, las cosas parecen estar aceitadas y resbalan de mis manos, o las tropiezo contra otras. Y si esa falta de habilidad manual la llevamos a la poco práctica idea de poner los tendederos fuera de la ventana ¡de la cocina que está a cuatro metros de altura y que da a un patio al que no tengo acceso! Ahora, ¿pueden imaginar lo estresante de la actividad? (hasta ahora, sólo ha caído al vacío un calcetín y por lo menos sé donde está el par “extraviado”). Y no quiero ni hablar de las pinzas, el sentido de los rieles y el poco espacio.
Para completar el drama de mi nuevo deber doméstico, a pesar de que he encontrado el “mejor” momento de hacerlo (cuando hay sol que no calienta y que sople un poco de viento), ese mismo aire gélido me entumece las manos (imposible utilizar guantes o incrementaría el riesgo de perder el guardarropa familiar) me da directo al pecho y, dos semanas y un día después, ¡ya estoy enferma y con una crisis asmática que no había tenido en tres años!

Tal vez Madrid sea una de las ciudades más lindas de Europa y con un bagaje histórico sensacional y propuestas culturales incalculables; que vivir en un lugar distinto siempre atiza mi curiosidad por ver cosas nuevas y que sus parques me inspirar un montón de historias pero, me atrevo a asegurar, sería mucho mejor si. . .¡tuvieran secadoras para secar la ropa!

martes, 8 de diciembre de 2015

"Equipaje"

Dos semanas atrás –parada frente a un montón de ropa y una mezcla variopinta de objetos–, intentaba decidir cuales correrían mi misma suerte y emprenderían un viaje de 9000 kilómetros dentro de una maleta.
La decisión debía responder a un sinfín de variables: lo largo de la estancia y mi necesidad de llevar aquella ropa que me hiciera sentir en casa pero que sirvieran para el clima que pasaría por el invierno y la primavera; debía incluir aquellos objetos que simplemente quería conservar junto a mí por su valor sentimental; y contar con lo indispensable para tener una vida cotidiana operativa y con lo más necesario –que obviamente incluyera la tecnología de la que a veces dependo de más.
Hecho el primer intento, el anuncio de que sólo podía subir al avión con 23 kilos me empujó a pasar el rasero por un segundo tamiz. ¡Mi vida reducida a 23 kilos! Una nube de pánico y desasosiego se instaló sobre mi cabeza, haciendo aún más difícil mi selección final.
Mi criterio inicial: un suéter de cada color, que usaría según mi estado de ánimo; indispensable mi blusa favorita para leer y el pull over holgado para sentarme cómodamente y por horas a escribir. De cuatro pares de zapatos tenis, pasé a uno solo. E imaginando caminatas vespertinas, sólo los zapatos más cómodos tuvieron cabida en mi equipaje; y –a pesar de que la lógica me reñía– un pequeño cuadro se coló para representar un cachito de muro de mi hogar.
¡Cómo envidié a las tortugas esa noche!
Casi me sentí infeliz por la partida cuando –una imagen del pasado– me vino a la memoria:
Apilados en desorden, velises –todos medianos y de todos los tonos de piel– junto a un altero de zapatos, aparecían bajo una inscripción a la entrada del campo de concentración de Auschwitz, en Polonia.  Era la primera parada de los judíos que ingresaban al campo y que debían despojarse de las pertenencias acarreadas durante días enteros, con gran dificultad.

¿Qué llevaron en esos maletines personales? Las fotografías me aseguraron que –aunque con mucho menos espacio disponible que yo– esa gente había utilizado mi mismo criterio de selección pues llevaban menoráhs que imaginaron colocarían con sus siete velas en su aún desconocido hogar; talits para cubrirse al momento de orar, retratos hechos a lápiz para recordar a los suyos y las mudas que probablemente les abrigaran mejor. Ante el futuro desconocido –con un viaje sin fecha de vuelta– seguramente intentaron llevar consigo un pedacito de su hogar.
Cerré mi adelgazada maleta y suspiré al pensar que no faltaría quien tachara mis extravagantes necesidades de apegos pero, a fin de cuentas, ¿no son también esos objetos parte de nuestro pasado? ¿Y no es nuestro pasado el cimiento de nuestro futuro?

Estaba lista para instalarme en el futuro. . . con mis retazos de pasado bajo el brazo y en 23 kilogramos.

lunes, 7 de diciembre de 2015

"Vintage"

Siguiendo una recomendación que alguna vez leí, cada año cumplo con pequeños retos que enriquecen, no sólo mi vida, sino el arsenal de recuerdos para mi vejez. Así pues, cada año: visito un lugar desconocido, leo al menos 12 libros, conozco y entablo amistad con una persona y. . . aprendo algo nuevo.
Este año, aprendí la técnica básica para remosar muebles y objetos al estilo “Vintage”. Sin entrar en etimologías y definiciones sobre la diferencia entre este estilo y el “retro”,  mencionaré que dichos objetos –para considerarse Vintage– deben tener al menos 20 años y aún no se consideran antigüedades. Y, como los buenos vinos, se piensa de ellos como algo exquisitamente mejorado por el tiempo.
Dicha técnica se utiliza para reciclar o rescatar muebles, por ejemplo, y consiste en ir aplicando deferentes capas de pintura, esmaltes y ceras que imprimen la idea del paso de los años. Las capas superpuestas representan las épocas y, para hacerlas manifiestas a la superficie, se lijan pequeñas áreas y hasta se simulan depostilladas que terminan de dar el toque de “personalidad” al objeto.
Para quienes me conocen –y saben que el perfeccionismo es el pié del que cojeo– imaginarán que fue todo un reto para mí carecer de patrones o estándares para lograr un técnica impecable. Más soprendente para mí fue escuchar de mi maestra cuando –notando mi temor de excederme en el pulido–, sin empacho me aclaró: Esta es una técnica “sin errores”.

Me tomó varios minutos de reflexión silenciosa entender la esencia de lo que ella aseveraba. Hacer algo, sin importar si se hace con perfección o con descuido, y tener al final un producto final “perfecto”, rebasaba mi entendimiento.
Sólo hasta que explicó que el valor de la técnica radicaba en la originalidad y el natural paso del tiempo, fue que me aventuré a jugar con las ceras y el pulido con más soltura. Al fin y al cabo, pensé, como salga, ¡estará perfecto! Fue entonces que pude relajarme y disfrutar de mi creación.

Mientras lijaba con soltura y untaba generosamente las ceras para dar el acabado final, fue irremediable pensar que ­–de aplicar la filosofía de la técnica Vintage– nuestra vida podría ser más placentera y relajada si tan sólo recordáramos que somos creaciones únicas; que hasta las despostilladas que nos hacemos al tropezar nos forjan una personalidad; que el transcurrir del tiempo nos cubre de capas que añaden hermosura a nuestra historia y –más importante aún– que este ensayo de vivir, a fin de cuentas, es una técnica sin errores y que será perfecta. . . porque ha sido vivida.

viernes, 4 de diciembre de 2015

"Cohabitar"

Hay quienes aseguran que –para cuando hemos vivido más de medio siglo–, ya tenemos una idea clara y precisa de hacia donde queremos ir en la vida. Pero, sin afán de polemizar o contradecir, me atrevo a decir que no es así. Si acaso, cuando hemos adquirido algo de madurez y experiencia, lo que hemos aprendido es a sortear los eventos que nos salen al paso, con herramientas más acertadas y hemos desarrollado un grado mayor de resiliencia.
Si realmente pudiéramos imponer nuestra voluntad sobre todo aquello que sale de nuestro control, entonces sí que podríamos asegurar que al final del camino terminaríamos justo en la meta marcada. Pero, ¡nada más falso que el control! ¿Será que esa falsa idea puede ser la que origina tanta infelicidad en la vida?
A estas alturas del camino, mi vida me sugiere más la idea de ser un cometa que –a ratos– parece tener una órbita definida y que avanza sobre una rutina predescible. Pero –las más de las veces– siento que mi ruta cambia de dirección cuando –como enormes planetas jupiterianos– las circunstancias me atraen obligándome a cohabitar un tiempo junto a ellas. Es tan grande su influencia que hasta parece que amenazan con absorbernos y dejarnos atrapados en ellas. Es ahí donde pienso que sólo podemos sobrevivir a esa cohabitación si somos capaces de mantenernos a suficiente distancia, resistimos, y logramos salir de la órbita de la circunstancia en el momento necesario para continuar el viaje.

Pero, ¿hacia donde nos dirigimos cuando hemos pasado de una órbita a otra? ¿Realmente podemos redireccionar nuestra vida con la facilidad con la que aseguran muchos? ¿Cuánto nos ha cambiado el cohabitar al paso con situaciones difíciles o con gente que gana influencia sobre nosotros? ¿Realmente somos capaces de retomar la ruta y el ritmo cuando las energías han mermado por el esfuerzo de sobrevivir al reto de no ser absorbido por las circunstancias?

Creo que –aún en los cincuentas– tenemos que vivir todavía un sinfín de replanteamientos y reinventarnos nuevos mapas de viaje. Y si alguien aún guarda la fantasía de que puede controlar su futuro y que puede conservar su destino final intacto, tal vez esté en lo cierto: porque seguro. . . todos vamos a morir.