viernes, 10 de julio de 2015

"LA PROMESA: Después

Caminé sin rumbo y me sorprendí cantando.
Escuché música y me sorprendí danzando.
Me topé con gente y me sorprendí mirándola a los ojos, sonriendo.
Volví a la soledad de mi refugio y me sorprendí anhelando un abrazo.
Hundí la yema de mis dedos entre mis rizos y me sorprendí deseando.
Escuché risas de niños y me sorprendí soñando.

Respiré hondo hasta ensanchar el cuerpo y me sorprendí. . . viva, renaciendo.

jueves, 9 de julio de 2015

LA PROMESA: Más allá de la montaña (sin remitente) FINAL

Aquel recuerdo me entretuvo mientras, recargada contra un árbol de hojas vaporosas como nubes, miré a un par de caballos retozando y –al fondo del paisaje –la neblina luchaba por despegarse del suelo. La escena me hizo sonreír y una nueva memoria me tomó de la mano para continuar con el viaje hacia el pasado.

¡Si tan sólo pudiera volver a esos días cuando el campo era nuestro entorno y el amanecer nuestro mejor tiempo! ¿Sabes qué haría? Volvería a echar montura al Tonatiuh, mi alazán tostado, antes de que el sol saliera; me calaría el sombrero y me cabalgaría a tu lado para cruzar el vaho de la tierra húmeda y temprana de la madrugada. Me taparía la espalda con el jorongo de lana para disfrutar del silencio apenas interrumpido por el golpear de herraduras contra el piso. Me acercaría al viñedo, sin bajar de mi caballo, para cortar un racimo completo. Y en el atardecer, por el rabillo de ojo, me toparía con tu sonrisa viéndome salpicada cuando –al agitar sus crines – mi caballo se sacudiera el agua. ¡Vaya que sé que tú también lo disfrutabas! 

Papi, ¿cómo es que no me di cuenta entonces que era feliz? ¿Porqué no te dije "gracias" por todos aquellos años llenos de mimos y privilegios, y que me regalabas por el sólo hecho de quererme?

Hay cosas que hoy lamento y no haber sido más agradecida es una de ellas. Pero no me haré daño con ello, papi, pues sé que amaste siempre sin importar mis errores y mis defectos. De estar aquí, no dudo, de eso también me absolverías.

Pero me llega la hora de volver. Mucho he recorrido a través de estas montañas, pero sé que debo regresar al refugio y a mi vida. Solo una última pregunta me asalta antes de iniciar el retorno:

Si yo pudiera hoy, papi, hacerte volver, ¿qué haría?

La respuesta en mi mente agita una rebelión de llanto en mi garganta y el corazón amenaza con estallar en mis astillas. Lloro hasta quedar ronca y termino en mis rodillas al descubrir que, si yo tuviera el poder de hacerte revivir, papi, si yo tuviera el dominio sobre la vida y la muerte, no. . . ¡yo no te reviviría!

Y no es que no te extrañe hasta sentir que me falta el aire, o que tu presencia no me haga falta para andar completa por el mundo. Pero es que tú me enseñaste que hemos de vivir para dar y, lo que tú tienes ahora, padre mío, no está en mí podértelo entregar. Porque creo en el cielo con cada palpitar de mi corazón; porque sé que no me equivoqué cuando –desde niña –te creí eterno. Porque no -por cobardía- haré a un lado la lección que sé que me toca aprender: dejar a Dios ser Dios, en paz y sin reclamos.

¡Oh, Dios! ¡Cuánto te extraño! ¡Cuánto dueles! ¡Cuánto pesa no tenerte!

Pero, papi, ¡estoy cansada de llorar! Me duelen los huesos de tristeza. A ratos – te confieso –quisiera dejarte de extrañar para reposar un poco el alma. Pues ahora sé que ni llorándote un mar cambiaré el futuro. . . ni siquiera lo haría si pudiera. Así que, como esa charla a solas -treinta y dos años atrás- hoy te acomodo en la repisa que cuelga -alto, muy muy alto- en lo más alto del cielo al que ahora perteneces.


Y no pretendo olvidarte pues es tan imposible como tratar de revivirte. Mejor echaré mano de esas palabras que me dijiste en aquella habitación en penumbras y las traeré al presente: ¿No te das cuenta que te quiero? – me dijiste – ¿y que no puedo verte así?

Salgamos, pues, de la habitación en penumbras que me ha mantenido cautiva desde que moriste, hace cuatro meses. Prometo esforzarme y tratar de enamorarme de la vida para seguir viviendo;  y aprender a ser feliz con nuestros recuerdos, y sonreír cuando te descubra en mis manos o en el reflejo del espejo porque, hoy me alegro con el alma, de parecerme a ti.

Tu hija, desde más allá de las montañas (sin remitente), que te ama tanto como a su propia vida.

Nuria


P.D. ¿Está mi Lorenzo contigo allá en el cielo?

"LA PROMESA: Más allá de las montañas (sin remitente) PRIMERA PARTE

Esta mañana, al escampar las nubes, las montañas aparecieron en el horizonte con una invitación o más bien un llamado de urgencia para que yo las caminara. Entonces, sin pensarlo, eché a andar para encontrarme con ellas.

Caminando entre veredas y senderos de tierra, comencé el ascenso, paso a paso; a ratos lenta y ratos a trote, hasta que las piernas me ardieron y el dolor bajo las costillas superó al que sentía en los ojos, irritados de llorar.

Como tantas veces –papi –pensé en ti y me abatió una lluvia de llanto. Y mientras seguía el instinto de conquista sobre la montaña, me fui percatando que aquella empresa se dibujaba inagotable. Atrás de cada curva, una nueva brecha se tendía para avanzar y, cuando alcanzaba la cresta de un cerro, una ladera me esperaba más adelante.

Tuve que detenerme para recuperar el aliento y darme tiempo de entender lo que la cordillera intentaba explicarme: Que al igual que aquella sierra, la vida puede ser interminable con sus cumbres retándonos para alcanzar la cima; con sus colinas cuesta abajo para que tomemos vuelo y con sus valles para dejarnos descansar. Y que cuando caminamos por la montaña –al igual que por la vida –no existe una meta final en esta tierra.

Entonces detuve el ritmo ansioso de mi carrera y me propuse disfrutar, atenta a las pequeñas y grandes maravillas que anidan en la cordillera. Fue entonces que nuestros recuerdos contigo decidieron visitarme.

Vino a mi memoria aquella vez cuando, entrando a la habitación en penumbras donde yo estaba decidida a morir, me tomaste de la mano para hablarme bajito. Buscabas las palabras –mientras  luchabas contra el nudo de llanto en la garganta –para hacerme desistir de la decisión de morir y animarme a rescatar el deseo de vivir.

"Lo único que tienes que hacer es acomodar a esa persona que pusiste en la repisa alta, creyendo que lo merecía o valía la pena, y que ocupe el lugar que le corresponde", me dijiste para que no siguiera flagelándome con la culpa por el error cometido.

Frustrado por descubrir en mi mirada que no reaccionaba a tus palabras, con lágrimas en los ojos, te lamentaste: “¡Te has convertido en una anciana de 23 años, hija! ¿No te das cuenta de que te quiero y que no puedo verte así?

Mi corazón terminó de romperse al darme cuenta de que estaba haciéndote sufrir. ¡Cuánta razón tuviste! A mis 23, mi corazón perdió la lozanía de la inocencia y juventud. La maleza del odio contra aquel hombre que me había abandonado –y que invadió mi corazón como mala yerba –me impidió volver a ser la misma. ¡Más de veinte años pasaron antes de que soltara esa carga y volviera a caminar libre de rencores!

Pero el daño estaba hecho. No volví a soñar. A mis ilusiones puse bridas para que nunca jamás cabalgaran sin control y asfixié mis aventuras entre los muros de estrictos planes sin riesgos. Había cometido un error. Había dañando al ser que más amo en este mundo y a ti, me lamentaba. . . te había fallado.


Aunque pasaron semanas antes de que lograra volver a mirar de frente a la vida, tu visita fue sin duda la razón por la que lo hice. Te debía mi vida, papi. . . por segunda vez.

Continúa. . .

martes, 7 de julio de 2015

"LA PROMESA: Y. . ."

Caminé por semanas en círculos hasta que formé un agujero profundo desde donde solo alcanzaba a atisbar la orilla o mirar sobre mi cabeza; y descubrí que sólo me quedaba continuar mi búsqueda en el cielo.

Anuncié que partía para “tener perspectiva”, y descubrí que en realidad era mi huída.
Dejé atrás al mundo con todas sus demandas y algunos corazones entristecidos por mi partida. Tomé el camino jamás andado, me envolvió la niebla, me acarició la brisa mientras –cuando llegué a la cima –detuve mi andar para mirar la existencia desde arriba; y me descubrí buscando lo que no sabría reconocer pues era por mí desconocido.

Llegué al lugar que llamé destino. Caminé bajo la lluvia sin más compañía que mis recuerdos; y me descubrí acompañando a la lluvia con mi llanto mientras los charcos reflejaban cachitos de cielo.
Cerré la puerta del refugio dándole la espalda al mundo para dejarlo fuera; y me descubrí dudando de mis pensamientos y, de mi voluntad, su cauce.
Hice de las sábanas mi mortaja sin más prendas que mi tristeza. Lloré hasta caer dormida; y me descubrí durmiendo sin más compañía que un silencio sin tiempo, llamándome insensata.
        Desperté tarde, sin prisas. Desperecé mi cuerpo. La lluvia había cesado. El sol dibujaba contornos y matices; y me descubrí con el deseo de mezclarme con los bosques.
        Miré el horizonte. Los colores me punzaron en los ojos. No pude contar los árboles ni las nubes; y me sorprendí extasiada al descubrir a Dios –y a mi padre –en cada hoja.
Eché a andar –con ojos y alma bien abiertos –hacia la montaña, pensando que iniciaba un imposible; y descubrí que –aún en los más ensortijados montes –siempre hay veredas ocultas para alcanzar la cima.
Dos tórtolas pasaron a mi lado y me descubrí recordando a mis padres que volaron juntos tantos años.
Pensé –como hago ahora, obsesionada –en pares y de dos en dos pasé por árboles, caminos, piedras y aves; y me descubrí mirando al halcón que pintaba círculos sobre los vientos de lo más altos cielos.

Recordé a mi padre muerto y mi alma lanzó a Dios un reclamo; y posado entre las ramas, muy quieto, descubrí que un petirrojo silencioso me observaba.
Continué por la vereda hasta quedar al pié de un árbol de raíz enorme; y me descubrí imaginando que a mis pies crecían raíces, como preparándose a hundir sus puntas.
Topé con un puente. Crucé sudando temor por su crujir bajo mi peso; y me descubrí festejando mi osadía.
Anduve sobre mis pasos. Los parajes ya no eran para mí ajenos; y descubrí que aún en lo conocido –al igual que en la rutina –siempre hay algo escondido, un regalo nuevo que encontrar.
Al paso me salió un riachuelo. Me arrodillé a su lado y sumergí la mano –la misma mano que te sujetó a las 5:33 del diez de marzo –y salté de frío. Y entonces descubrí que estoy viva y que tú, papi. . . tú estás muerto.
Sentí el correr del agua entre los dedos e hizo eco en mí el concierto de vida que me rodeaba. Me estremecí en el silbar de pájaros sin tonada, latí con el deambular de diminutos bichos persiguiendo sus quehaceres; y me sorprendió una voz que surgió del centro de mi ser diciendo: Hija, sigue adelante. . . ¡no te rindas!

¿Qué si fue tu voz o la de Dios? No lo sé pero, aún así, sembrando una última lágrima en aquel riachuelo, me levanté, sequé mis ojos y eché a andar. . .  caminando sin rendirme. . . y viva.

domingo, 5 de julio de 2015

"LA PROMESA: Demasiado pronto"

Esfuerzo mi memoria y me doy cuenta que no tengo el registro preciso de mi edad cuando mi papi me enfrentó al reto de andar en bicicleta sin llantitas. Sólo recuerdo una bicicleta roja pequeña que sirvió para aprendiera a mantener el equilibrio mientras pedaleaba haciendo zigzagueos. ¿Acaso tendría cinco años o no menos?
Ni mencionar que aprendí a conducir un auto antes de los diez. Sobre una almohada, mirando el camino asomando la nariz entre el volante y sujetándome con fuerza cuando el auto parecía reparar como caballo si no lograba soltar el pedal del clutch con la delicadeza necesaria, practiqué junto a mi papi hasta lograr pasar los topes sin respingos.
Tampoco percibí en mi padre intención alguna de reclamar cuando el entrenador del equipo de pre-selección nacional decidió incorporarme al grupo donde los nadadores por mucho me rebasaban en edad.
Y cuando mis compañeras de escuela aprendían algún instrumento o idioma en clases particulares, mi papi no dudó en dejarme aprender piano, acordeón y violín. . . ¡al mismo tiempo! 

Poco después de cumplir 19 años, él me dejó partir de casa –aún a sabiendas de que enfilaba mi futuro al error – y tras cumplir los 20, no intentó persuadirme para volver y dejándome luchar para aprender a ser económicamente independiente.
Seguramente alguien podría poner en duda su responsabilidad como padre o sus criterios pedagógicos. Pero yo –al mirar atrás –descubro algo mucho más que un acierto educativo. En cada “descabellada” decisión, mi papi me enviaba un indudable mensaje: ¡Tú puedes! ¡Yo confío en ti!
Y esa confianza de mi padre –que no dejó espacio a la duda –que me aseguraba que podría resolver lo que me propusiera o que me levantaría de cualquier tropiezo, esta noche me susurra algo al oído: ¡Hija, tú puedes!
Entonces pienso en Dios –mi Padre celestial que decidió quitarme a mi padre terrenal –y lo imagino recordándome que, si Él decidió hacerlo así, es porque también está seguro que. . . ¡yo puedo!
Hay días, confieso, que odio hasta la idea de no tener a mi papi conmigo. La nostalgia se me pega al alma como sopor de verano en el desierto y no soy capaz de integrarme al mundo de los vivos. ¡Su ausencia es tan grande que me vacía la alegría de un solo pensamiento!

Pero esta noche quiero y decido confiar en mi papi que –sin rendirse –partió en paz. Y decido creer que él, junto con Dios, sabía que estaba lista para seguir adelante y que sólo tendría que recordarme ,hablándome a través de los recuerdos, que. . .¡Siempre he podido! 
Si tú creíste que yo podía vivir sin ti, papi. . . ¡YO PODRÉ PORQUE PUEDO!

jueves, 2 de julio de 2015

"La Promesa: La tilde"

Observo mi entorno y repaso con la mirada lo que me rodea.

Estoy entre las sábanas que reconozco como los vestidos de mi propia cama y mi cabeza se apoya sobre la almohada que vive impregnado de mi perfume. Junto a mí, mi compañero por más de treinta años dormita y el ritmo de su respiración me recuerda las décadas de compartir el mismo espacio.
Mis libros, mi ropa ordenada siguiendo el abanico del arco iris y. . . todo, todo es un retrato de mi vida.

Entonces, ¿porqué me siento ajena y perdida en mi propio mundo? ¿Puede alguien extraviarse en un camino cientos de veces andado?

Trato de entender la sensación que por primera vez me visita y me rehuso a usar las explicaciones trilladas sobre el duelo, esas que quieren encajonar lo que siento en teorías cuadradas en tres capítulos.

Busco opciones que me ayuden a entender. ¿Será el cansancio de diez años de pesadas cargas o quizás el síntoma inevitable del tiempo vivido sobre los mismos huesos? 

Le doy vueltas y busco mi propia forma de explicarlo, en mi idioma, como sólo un escritor lo haría.
Ahora lo sé. Lo que me ha hecho perder el rumbo es haber quedado atrapada en la existencia pendular de una tilde.
¿Que qué diferencia hace una tilde?
¡Toda!, he aprendido.

La pérdida requiere llanto para aplacar el dolor y aún me quedan muchas lágrimas guardadas. ¡Cuanto pesan!

Y perdida –sin la tilde – es como yo me siento ahora que la ley de la vida ha amputado mi raíz.

Tal vez sea momento de partir para poner distancia, entre mis parajes y yo, para encontrar un nuevo mundo sin ti, papi.

martes, 23 de junio de 2015

"LA PROMESA: La sopa"

- ¡Nada como una sopa caliente! - comenté con mi mami, mientras el mesero disponía de un plato de consomé humeante frente a mí, -¡me encanta!
- No lo hurtas, lo heredas. Tu abuela Josefina no perdonaba la sopa - me respondió, sonriendo.
- Pues a mi papi le gusta mucho también - agregué y, antes de terminar la frase, nuestros ojos se inundaron y las palabras se nos atragantaron.
Los recuerdos me llevaron a Guadalajara y hasta esos días en que, cuando empezamos a perder la contienda, encontrábamos un motivo de celebración cuando mi papi lograba tomar unas cuantas cucharadas de sopa, seducido por el aroma que le llegaba desde la cocina. Desde la primera ocasión que el deleite de la fragancia a consomé recién cocinado lo motivó a intentar comer, tener siempre un poco de consomé se convirtió en la regla del menú diario.

Cuando me mente volvió al restaurante, acaricié la mano de mi mami y le confesé que lo extrañaba tanto que aún no podía dejar de llorar cada vez que salía a la conversación o me asaltaban los recuerdos. Ella siguió llorando y yo no hice nada por parar mi llanto.
- Cada vez que hablo de él, sé que terminaré en lágrimas. Pero ya me di cuenta de que sólo tengo dos opciones - comencé a explicar a mi mami entre hipos - y una es no hablar más de él para evitar el llanto, algo que terminaría por matarlo y sacarlo de mi vida para siempre. La otra es mantenerlo vivo en mi recuerdo, hablar de él, hacerlo parte de mi presente en las conversaciones. . . aunque eso venga acompañado de llanto. ¿Tú que prefieres, mami? ¿Matarlo para siempre o recordarlo entre lágrimas?
¡No! -se apresuró a responder. -No vamos a dejar de hablar de él.
Sin importarnos que la gente de las mesas alrededor nos vieran, nos tomamos de la mano y volvimos a llorar frente al plato de sopa. 
Entonces prométeme que nunca vamos a dejar de hablar de él, mami - le pedí, sin soltar su mano.
Nunca - prometió entre gemidos.
Usando la servilleta para borrar los surcos que se habían dibujado en nuestros maquillajes, suspiramos. Y ambas comprendimos que teníamos un pacto para mantener vivo a mi papi con cucharadas de recuerdos, y que estaríamos juntas para saltar los charquitos de lágrimas que vendrían con ellos porque, sí, nos dimos permiso de llorar y hacerlo juntas.

sábado, 6 de junio de 2015

"LA PROMESA: Guadalajara"

“Mi tía”

Lo que ocurrió en Guadalajara –para los más cercanos –no es ningún misterio: fue ahí donde mi papi cerró los ojos, expiró y dejó esta Tierra para siempre. Fue ahí donde experimenté la primera e incalculable pérdida y donde, también, encontré a una de las personas que me aseguran que el amor de verdad existe.
De sus brillantes ojos verdes –que sólo compiten con los destellos que le gusta llevar en su ropa, accesorios y hasta la funda de su celular –recibí la fuerza interior que me ayudó a caminar los largos y agotadores días en los que mi papi, de a poquito cada día, moría. 
¿Qué habría sido sin su compañía? Supongo que Dios me habría enviado otro recurso para hacerlo pues creo, sin el menor asomo de duda, que nunca me da más de lo que puedo cargar. Pero, por alguna razón que sólo Él sabe, puso a mi tía Chayo junto a mí y tal vez fue para que yo tuviera un lugar donde pudiera desesperar o quejarme, perder la esperanza, cansarme y hasta llorar, sabiendo que no perdería ni su amor ni su respeto.
Para muchos, llorar es un acto público o privado, indistintamente. Pero para la gente como yo –introvertida desde la médula de los huesos –compartir mi llanto es casi como desnudar mi alma. Así que hacerlo bajo los reflectores de los desconocidos es casi un suicidio a la intimidad.

Mi tía parece haberlo entendido desde siempre, cuando pasaba su mano por mi cabeza –como cuando se acaricia un gato suavemente para no ahuyentarlo –y yo apenas tenía cinco años.
En Guadalajara –teniendo yo el alma de escritora y careciendo mi voz la práctica para hablar las cuitas del corazón –, mi tía se convirtió en portavoz de mis propios pensamientos, ayudándome a ponerlos en palabras y escucharlos flotando en el aire para entenderlos.
Durante esos meses, fue como tener de regreso a esa aliada que –en mi adolescencia –me defendía cuando se abrían zanjas entre mis padres y mi yo; sólo que ahora el contrincante era uno invencible y con el que no podía negociar: la acechante muerte de mi padre.
Han pasado casi tres meses y aún la extraño. Cada mañana, al abrir los ojos, quisiera amanecer en aquel departamento que se convirtió en nuestro hogar por tantas semanas. Deseo, en secreto, salir de la habitación para encontrarla esperándome para compartir el cereal –nuestro ritual para desayunar y hablar del reporte de salud de mi papi, la buena o mala noche de mi mami y –algo que rara vez ocurre en mi vida –para preguntarme como estaba yo y no sólo de lo físico.
Extraño sus cuidados, sus consejos, su paciencia para escuchar mis temores. Añoro tomarnos de la mano para orar –a mi modo –junto a ella. Me hace falta su compañía y no tenerla es a veces tan triste como la realidad de haber perdido a mi padre.
Sí, nos vemos de vez en cuando y conversamos, pero aquella comunión en medio del dolor, aquella paz y complicidad nacida del exilio de nuestros hogares, no volverán a ser jamás. Y entonces comprendo que Dios hace regalos sin importar si vivimos en mitad de la tormentas pues ella, mi tía Chayo y su compañía, fueron uno de los más amados y memorables obsequios que Dios me ha dado jamás.

¡Te extraño, tía Chayo! Pido a Dios que no tenga límite en sus bendiciones para ti y que sea tan generoso prodigándolas como tú lo has sido conmigo. 
¡Te quiero!

viernes, 5 de junio de 2015

"A MITAD DEL CAMINO: Adolescencia"

Adolescencia (Wikipedia): Además de los cambios fisiológicos que son conocidos y aceptados por la mayoría, por poca que sea su información, se producen otros cambios psicológicos, que son considerados como normales, pero que cogen desprevenidos a muchos. . .
Detengo la lectura y confirmo mis sospechas.
Cuando inicié mi experiencia como habitante de los “cincuentas”, algo había leído sobre todo lo que venía en camino. Y a cinco años de iniciada la aventura, justo ahora a la mitad del camino, puedo asegurar que esta etapa de vida es como un “dejavú” que me ha hecho detener y pensar: ¡esto ya lo viví!
Sí, los cincuentas son muy parecidos a la adolescencia por sus continuos cambios fisiológicos que me han llevado –a veces con asombro y otras con horror – a preguntarme frente al espejo: ¿quién eres tú y en qué te estás convirtiendo? 

Y los cambios psicológicos, por mucho, son motivo de un análisis exhaustivo para lograr entenderlos. Cuando a los cuarenta vivía con una certeza de hacia donde iba y creyendo que finalmente comprendía de qué se trataba vivir, poco imaginé sobre las arenas movedizas que me esperaban en los cincuentas y lo poco que sabría sobre como resolver o sobrellevar los cambios.
Así me encuentro muchas mañanas –y a veces días enteros –desmenuzando la esencia de mi existir, tratando de configurar un plan de vida armada con las piezas que me van quedando disponibles, y reinventando respuestas para comprender lo que está pasando tan rápidamente.
Mis piezas, a medida que corre el tiempo, van mermando: la salud dejó de ser impecable; el tiempo va acortándose – y no porque la tierra esté girando más rápido –sino por la energía vital que ya no es tan abundante y que debo administrar de una nueva forma; y mi cuerpo, esa imagen que había cultivado a lo largo de tantas décadas para lograr la mejor versión de mi misma, ahora me exige un trabajo que incluye: la aceptación de líneas que comienzan a marcarse en la piel, dimensiones agregadas –aquí y allá – o actitudes corporales que aún me parece prestadas.
Las preguntas sobre todo lo que ahora soy, lo que tengo pendiente por vivir y lo que aún me falta por perder, se acumulan por día. Y junto a esas interrogantes, por más valor que saco del pasado y del porvenir, se van apilando los temores, los invitados malqueridos.
Recuerdo que en la adolescencia, llena de dudas y temores, también luchaba por reconocerme en el espejo; también me preguntaba si había un amor esperándome para compartir mi vida; me esforzaba por forjarme un futuro y, más allá, pasaba las tardes descifrando el mundo –mi mundo – para aprender a vivirlo. ¡Cómo se parece todo aquello a lo que ahora estoy experimentando!
Suspiro y me canso de sólo pensarlo.

Entonces sobreviví la época en donde adolecí de tanto, así que ahora, con otras herramientas, me respondo como me consolaba entonces: ¡esto también pasará!

miércoles, 6 de mayo de 2015

"LA PROMESA: El engaño" (final)

Entonces ocurrió lo inesperado. Mi mami, haciendo a un lado su papel rector, se convirtió en cómplice. Después de varios días de mantener bajo resguardo los acordeones y mi violín, y custodiar con celo el piano, nos citó para proponernos un plan de rescate de nuestros instrumentos.

–Se acerca el día del cumpleaños de su papá –nos recordó –¿porqué no preparan un programa con sus melodías favoritas? Tal vez así los perdone y les de una nueva oportunidad.

Emocionados con la idea, aceptamos el reto. Ella nos advirtió que tendríamos que hacerlo mientras mi papi estuviera fuera de casa. Que ella estaría alerta para avisarnos cuando llegara y debíamos esconder las partituras e instrumentos muy rápidamente para que él no se diera cuenta.

La primera sesión para llevar a cabo el plan también incluyó la participación de mi mami. Sólo ella podía revelarnos las melodías que más gustaban a mi papi. "Dos arbolitos", "Farolito" y "Simplemente una vez" fueron las elegidas para el acordeón y "Serenata" de Schubert sería la interpretación de mi hermano mayor y yo, en un dúo de piano y violín. Misteriosamente, la maestra volvió a casa con las partituras necesarias e iniciamos las prácticas con sigilo y contando con la complicidad de mi mami.

Aquella rutina de supervisión al estilo Gestapo quedó eclipsada por tardes de prácticas que incluían el palomear en el estómago que sólo una travesura oculta puede generar. Las carreras y prisas para esconder los instrumentos, cuando mi mami lanzaba el aviso de alarma por la llegada de mi papi, añadían una emoción infantil inolvidable.

El 28 de agosto, el repertorio estaba listo para el sorpresivo estreno. Mi mami, encargada de propiciar el momento, logró que mi papi se sentara en la sala para vernos desfilar con el acordeón colgado hasta sentarnos frente al atril donde descansaban las notas de las melodías favoritas de mi padre.

Al terminar el recital de cumpleaños, los hijos esperábamos con aprehensión el veredicto final. ¿Obtendríamos el perdón y con él nuestros instrumentos? ¿O se agregaría a la sentencia una consecuencia mayor por desobedecer la orden de no volver a tocarlos?

Ahora que soy madre y abuela, puedo imaginar el deleite que habrán vivido mis padres con aquel engaño. Y descubro, al recordar el rostro de mi papi, sus gestos de sorpresa fingida y su expresión indecisa –al final de nuestra ejecución– antes de pronunciar la sentencia final.


Esa tarde de agosto, hubo aplausos de mi papi y lágrimas felices de mi mami, corazones satisfechos de nosotros –los niños –, y una meta cumplida: Los instrumentos musicales recibieron el indulto.

"LA PROMESA: El engaño" (Primera parte)

Cuando niños, nuestra vida transcurría entre horarios y deberes. Los cinco primeros, nacidos con diferencia de once meses o un año –entre uno y otro– formábamos un pequeño regimiento que mis padres criaban a base de reglas y diversas clases privadas: música, inglés, natación, karate, gimnasia y otras que eventualmente completaban nuestra formación escolar.

Para apuntalar los logros –y relajar un poco el ejercicio de la autoridad de mi madre –mi papi instituyó el mecanismo de control de "La libreta". Funcionaba así: Cada uno contábamos con una y en ella asentábamos los horarios en que debíamos cumplir con nuestras obligaciones. Iniciaba después de la comida y, por medias horas, señalaba el tiempo para realizar los deberes escolares, las prácticas de piano, la clase de inglés, etc. Y para asegurar el cumplimiento, cada uno de nosotros tenía un hermano que firmaba al final del día cuando el programa era seguido religiosamente. 


Las cosas marcharon bien, en un principio, pero pronto se confabularon alianzas donde el supervisor firmaba por simpatía, aún cuando el dueño de la libreta no hubiera cumplido con el programa. Hasta que un día se descubrió el fraude y mi padre aplicó la sanción: Los instrumentos musicales –piano, acordeones y violín – serían vendidos y mientras se ejecutaba la sentencia ¡nadie podía tocar una sola nota más!


Ahí aprendimos la verdad del dicho que "Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido" pues, de la noche a la mañana, ninguno de nosotros pudo volver a tocar su instrumento. Las tardes se volvieron mucho más largas y el poco ensayado arte de perder el tiempo sumó aburrimiento a nuestros días. Ya no teníamos retos técnicos que resolver en la ejecución de alguna partitura ni disfrutábamos al tocar con soltura una melodía resuelta. ¡Qué gran pérdida fue la ausencia de la música en casa!

Continuará. . .