martes, 28 de febrero de 2012

"Deleite"

Son 7 horas, así que, podemos pasarla bien o podemos pasarla mal. . . decidan”.
Tal fue mi anuncio cuando, en la antesala del aeropuerto de París, escuchamos que el vuelo de regreso a México estaba demorado.
El tiempo, cuando estás acompañado de un niño, toma otra dimensión al pensar en que puede aburrirse o desesperarse. Aunque, también los adultos, podemos tomar actitudes muy negativas por impaciencia.
Esa mañana, frente a las dos opciones, todos optamos por la primera: “Pasarla bien”. Tanto que, cuando llamaron para abordar, nos lamentamos por no tener más tiempo y completar el juego que habíamos iniciado. ¡Cuánto disfrutamos echados en el piso de aquel aeropuerto!
Y tal vez, de los motivos de deleite más extraños que he escuchado, ha sido el de mi suegra quien, durante su convalecencia y a pocos días de morir, me confesó: “De las cosas que he disfrutado más en esta vida, ha sido barrer la calle frente a mi casa, muy temprano, cuando no hay nadie aún. . . ¡Cuánto extraño hacer eso!”.
Mi suegra, mi esposo y una joven amiga, han sido mis maestros en el arte y la disciplina de “disfrutar” porque, como yo lo veo, “Disfrutar” tiene mucho de ambas cosas. Es un arte porque, de manera única, la persona logra hacer, casi de cualquier situación, un motivo para gozarse en ella. Y es una disciplina, distinta al optimismo, pues la circunstancia no siempre tiene que ser perfecta para regocijarse pero, buscar el motivo de solaz, requiere ejercer incesantemente la voluntad de hacerlo.
A disfrutar, que eres buena en eso”, escribí a mi amiguita. “¿Es eso un cumplido o un insulto?”, respondió en tono de broma, en el muro de la red social. Y, para mis adentros, pensé: ¡Es un don, jovencita! Uno que el mundo, en el que me incluyo, necesita con urgencia.

sábado, 25 de febrero de 2012

"Punto de restauración"

En los programas para las computadoras existe un mecanismo llamado “Punto de restauración” que, en caso de que el sistema se colapse, sirve para volver al último momento donde aún operaba con eficiencia. En la mayoría de los casos, la información se conserva y se rescata la funcionalidad de los diferentes programas. Pero, no siempre se puede reparar el sistema al cien por ciento.
Eso me recuerda mi propia vida que, por la entrada de alguna influencia “virulenta” o elemento que desbalancea mi sistema familiar y de vida, toda mi existencia conocida se colapsa y vivo en riesgo de pérdidas. ¡Qué difícil resulta a veces volver al último momento donde aún podía operar sin dificultad!
Entonces, mis códigos de creencias se trastornan, las líneas de comunicación entre los distintos ámbitos se bloquean y todo entra en crisis. Y, parece ser, la edad “mediana”, como la llamó Carl Jung, es un tiempo en donde ocurre con más frecuencia de la que quisiera.
Al igual que con la computadora, apretar el botón para resetearla, puede resultar muy angustiante. Ver parpadear el guion blanco en la pantalla negra, me hace estremecer por la interrogante que me asalta, ¿volverá a servir, nuevamente? Lo fatal de todo es que, de no presionar el interruptor para reiniciar, la vida puede resultar miserable de vivirla.
Así que, con temblor de corazón y manos sudorosas, me preparo para vivir los momentos de silencio interior y fondos oscuros frente a mí. Pulsaré con determinación el botón y observaré mientras, mi corazón y mi razón, repasan cada parte de mi vida, sus valores y parámetros, mi sistema de fe, mis relaciones para que, al final, lo que aún funcione se confirme y, lo que deba ser borrado, se pierda y se deseche en la bandeja de reciclado.
¡Qué complejo es vivir, a veces! Y, ¡cuánto valor se requiere para intentar volver al “Punto de restauración”!

viernes, 24 de febrero de 2012

"Sin borrador"

Todo cuanto ha quedado escrito, siempre, ha tenido un borrador, un primer intento para depurar ideas y palabras antes de compartirlas. Y, a diferencia de todos mis mensajes, el de hoy, ha salido directo del corazón.
Cuando las ideas son tan claras, las cortapisas y pausas están de más. Los sentimientos y pensamientos fluyen con tal nitidez que merecen ser expuestos sin contratiempos y, este es uno de esos.
Hoy, no es un día especial ni se conmemora algún aniversario. Simplemente, al despertar, una idea y una nostalgia se apoderaron de mi voluntad para arrastrarme al pasado. Tenían urgencia de que recordáramos juntas el tiempo, así, sin discernir entre los momentos buenos y los difíciles. ¿Qué era tan importante como para detenerme a hurgar en la memoria?
Una canción y la respuesta afloró, extraño, a manera de pregunta: ¿Volverías a elegir ser su madre? Y, sin la menor duda, mi contestación saltó sin esperar: ¡SI Y MIL VECES SI!
Y es que, las historias que se tejen entre los padres y los hijos, por definición, incluyen ternura y desencuentros, lejanía e intimidad, confrontación y alianza, amor e incomprensión pero, jamás, desamor u odio.
He aprendido que, la comisión que Dios otorga a los que nos bendice siendo padres es difícil y a veces reculamos pero, estoy convencida, no hay mayor gozo que ser madre.
Sí, era momento de volver la vista atrás y recordar lo que ha sido tenerla entre mis brazos, acompañarla en sus retos, llorar sus derrotas, enfadarme por mi incapacidad de explicarme, reírme de sus bromas, estremecerme en sus confusiones, caminar a la distancia, siempre atenta para rescatarla y correr para alcanzarla en sus aventuras. . .pero, sobre todas las cosas, amarla, siempre amarla.
Soy su madre, lo sé, pero una que elegiría serlo de ella y de ella solamente.

martes, 21 de febrero de 2012

"No recuerdo"

No recuerdo cuando casi muero ni el tiempo que debimos permanecer en cama hasta que el sangrado desapareció y pudimos seguir la espera.
No recuerdo cuando, el cordón enroscado en mi cuello, tiraba de mí, devolviéndome hacia su vientre mientras yo intentaba ver el mundo.
No recuerdo su rostro, aún matizado de sudor, cuando me vio a los ojos por primera vez.
No recuerdo sus argumentos para heredarme el nombre de su madre y que, por el resto de mi vida, llevaría para distinguirme de todos los demás.
No recuerdo su entusiasmo al verme caminar, un poco demasiado pronto, ni el suspenso colgado de sus ojos ante cada conato de caída.
No recuerdo sus lágrimas cuando, al tropezar, me rompí la nariz al golpearme contra el escalón, ni cuando crucé el portal, maleta en mano, para dejar su casa.
Tal vez una foto desteñida o una anécdota contada me han hablado de todo lo que me recuerda su amor pero, al ver sus ojos acuosos cuando parto y ese destello verde sonriendo a mi regreso, entonces, sin dudar. . . lo creo.

martes, 14 de febrero de 2012

"Paradoja"

Cuando rondamos los cincuentas, la vejez de nuestros padres se convierte en una realidad. Y, yo, no vivo en la excepción.
La lucha por recuperar la salud continúa para mi mami y, para mí, a su lado. Las bajas, a últimas fechas, comenzaron a ser más frecuentes que las altas y, con ellas, mi tranquilidad mermó. Las visitas médicas, terapias y remedios han vuelto a llenar la agenda diaria y, entre los vaivenes, alguien comentó: ¡Qué bueno que eres fuerte! Eso le da mucha tranquilidad a ella.
¿Realmente creen que soy más fuerte?, pensé. ¡Nada más errado!
Cada ocasión, cuando juntas enfrentamos un “mal día”, viene a mi mente algo que aprendí de la Biblia: “Dios no nos da más allá de lo que podamos soportar” y, entonces, recordándolo a cada paso, jalo aire para sobrevivir el día. . . Ese, sin duda, se convierte en mi  punto de partida.
Pero, dentro de mí, veo cuán poco es lo que a veces debo cargar. Comparo mi situación con la de mis numerosos hermanos y descubro que Dios me ha entregado la carga más ligera. Porque, si tuviera que despertar a cientos de kilómetros y escuchara a mi madre triste, yo misma moriría de tristeza. O, si no pudiera correr y en cinco minutos estar a su lado al saber que ese día su cuerpo se resiste a levantarse, ¿cómo soportaría la distancia?
Para mí, a diferencia de los otros hijos, bastan unos minutos para llegar a abrazarla cuando el desánimo la acecha. Y no tengo que vivir las horas del día con la incertidumbre de saber si alguien la acompaña o si tiene todos los cuidados.
Paradójicamente y aunque parezca lo contrario, Dios ha elegido para mí la labor menos difícil, "justo lo que yo puedo soportar". Y, al saberme tan protegida por Él, no puedo evitar decirle: ¡Gracias por dejarme ser yo quien esté a su lado, Señor! ¡Qué privilegio el mío el disfrutar a mi madre en este punto del camino!

sábado, 11 de febrero de 2012

"Paternidad"

¿De qué se trata ser padre a los cincuentas?
Es el tiempo de celebrar la entrada a la universidad, para algunos, y de los frutos profesionales de otros. Es también cuando, los más adelantados, disfrutamos de los nietos y de las reuniones familiares nuevamente bulliciosas.
Para quienes tenemos hijos adultos, es el anhelado instante de verlos formados, con una personalidad única y valores bien cimentados. La convivencia deja de ser una lucha de vencidas contra las rebeldías insensatas y deja paso a la conversación y el intercambio. Aunque, tal momento. . . no llega para todos.
Y me hace recordar a aquel padre, que por mucho tiempo, vive atisbando el horizonte en la esperanza de ver volver al hijo pródigo. Ese hombre joven que, sin mucha cordura, sale del hogar para dilapidar la herencia reclamada al padre.
¿Qué se llevan los hijos para dilapidar cuando, por su falta de madurez, dejan la tutela paterna?
Imagino que, parte de su bagaje, es el honor familiar, sus principios y enseñanzas. Equipaje que va mancillando y deshonrando a lo largo del viaje. También, mientras vive sin responsabilidad, gasta su propia reputación y juventud, las mismas que algún día le cerrarán algunas puertas.
Cuando los hijos son pequeños, decía mi padre, pequeños son también los problemas. Pero, cuando crecen, éstos y sus consecuencias tienen mucho más alcance.
Vuelvo a pensar en ese padre y el dolor me aqueja. ¡Qué tristeza no poder más tomar al hijo por el brazo para sentarlo y recordarle los principios de una vida honesta!
Entonces descubro que, a pesar de la esperanza, muchos padres jamás ven caminar al hijo pródigo por el camino de vuelta a casa. No viven el momento de alegrarse por su llegada y, más aún, por su arrepentimiento, el único símbolo de aprendizaje para avalar su regreso. Entonces, sólo será su consuelo el vivir con la conciencia limpia de haber hecho lo mejor posible para formarlo.
No, no todos los hijos regresan y, esa incertidumbre, es parte de la paternidad. . . a los cincuenta.

jueves, 9 de febrero de 2012

"Entierro"

Cuando un indigente muere, el destino de sus restos es la fosa común donde, sin luto ni duelo, queda en el olvido en presencia de nadie.
Pero, cuando es alguien preciado por los suyos y su ausencia es resentida, se ven largas colas de dolientes pasar frente a sus restos. Algunos llorándole y otros rindiéndole honor a su memoria.
Los anhelos, desde mi forma de ver, son como el segundo caso. Para mí, al menos, tienen un gran valor y, muchas veces, he trabajo en ellos mucho tiempo, haciendo sacrificios y esfuerzos para alcanzarlos. Así que, cuando mueren malogrados, merecen un minuto de silencio.
No quiero consuelo ni palabras de compasión. Pido al mundo me dejen desgarrar las vestiduras de mi alma y morar sobre silicio para llorar mi pérdida. Y a ti, cuyos ojos se han llenado de mundo, ¿cómo explicarte, el dolor que siento, al mirar la virtud y honestidades muertas? ¿Cómo hacerte ver que, este anhelo, desde que la acuné en mis brazos, fue cultivado con ejemplos, enseñanzas y amor? Son tus oídos sordos, lo sé, al llanto mudo de quienes, junto a mí, sembraron semillas de honradez y hoy lamentan que jamás germinaron. 
Pero, abro el cajón y pongo en él la prenda blanca y los azahares, la alfombra reservada a los pies virtuosos, las bendiciones de Dios sin estrenar y pongo junta ellas las astillas de todos los corazones rotos. Limpio las lágrimas de mis ojos y miro, por última vez, el cadáver lánguido del anhelo que jamás será realidad.
Ahí va ya el ataúd al paso de la mudanza rumbo al crematorio donde, dentro de muy poco, todo será cenizas. Y, aunque muchos no lo entiendan, las guardaré en algún cajón para cuando tenga ganas de soñar en el futuro que jamás llegó y hacerlas parte de las ensoñaciones, con la mente dispersa de mi vejez.
Hoy, déjenme llorar. Que nada me impida guardarle luto y duelo a ese, algún día, hermoso sueño.

miércoles, 8 de febrero de 2012

"Releyendo a Fromm"

Cuando el amor te llame, síguelo”, escribió una bella mujer. Y, al leerlo, agregué: “Cuando el verdadero amor te llame. . .”
Ahí está el problema. Distinguir la diferencia”, respondió
Horas después, recibí de regalo un libro: “El arte de amar” de Erich Fromm. Desde entonces, a cada momento, mi mente ha paseado buscando la definición del amor que pudiera resolver la duda: ¿Cómo distinguir la diferencia?
Repaso las primeras páginas del libro, ya leído hace tres décadas, y descubro algo importante: mi percepción de los conceptos, ahora a los 51, es totalmente distinta a cuando iniciaba la preparatoria, primera ocasión en que lo leí.
Tal vez, aunque las ideas y propuestas estaban claramente planteadas, para la joven “yo” sin experiencias ni con un intelecto o capacidad emocional maduros, el mensaje no fue el mismo o, simplemente, no pude recibirlo como fue originalmente escrito por las defensas propias de mi juventud. Concluyo: aunque digas una verdad, si el receptor no está listo, es inútil tratar de mostrársela.
Pero, como si esta fuera la primera lectura, voy captando como el autor comienza mostrando lo que “no es el amor”, como cuando el arqueólogo va retirando todo aquello que se ha adherido a una pirámide sepultada. El amor no son esos abrojos, ni las piedras, ni nada que lo hace lucir como un montículo. Así, el escritor nos prepara para mostrarnos la verdadera obra de arte: la pirámide oculta. . . el verdadero amor.
Y al primero que señala como un “impostor del amor” es el enamoramiento, ese estado alterado de la conciencia que llena de excitación y magia, aislando a los amantes de las realidades. Entonces, Fromm, escribe: “Al comienzo no saben todo esto –refiriéndose al momento de fantasía de los enamorados- : en realidad, consideran la  intensidad del apasionamiento, ese estar <<locos>> el uno por el otro, como una prueba de la intensidad  de su amor, cuando sólo muestra el grado de su soledad anterior”. (1)
Sin restarle importancia a la intimidad, Fromm muestra la confusión y, entonces, puedo comprender mucho de mi entorno y lo que prevalece en él. Parejas que surgen y mueren al vapor. Familias disueltas y proyectos mal logrados. Todo, en aras de la búsqueda incansable del amor y movidos por la soledad en la que los individuos, en nuestra sociedad, están atrapados.
Erich Fromm, en un primer capítulo, señala al primer responsable y falso amor: el enamoramiento.
Parece que, tal vez, mi joven amiga y yo, encontraremos en este obsequio algunas respuestas.
(1) "El arte de amar". Erich Fromm. Paidós contextos 90. Pag. 17.

lunes, 6 de febrero de 2012

"Sabios"

Por alguna razón, los sabios siempre son representados con ancianos. Parece que la vejez fuera el precio para gozar de la sabiduría pero, dos días atrás, comprobé que no es privativa de la gente mayor. Aunque es más frecuente encontrarla en ellos, de vez en cuando, cruza por nuestra vida alguna personita joven que nos demuestra que no es exclusiva de los viejos.
Esta joven mujer, que aún no completa su tercera década de vida, supera la adversidad con gran optimismo pero sin dejarse arrastrar por las ligerezas propias del corazón. Sus ojos, bien abiertos a la realidad, le mantienen alerta de las consecuencias y, con gran madurez, cifra sus decisiones en prioridades sensatas y plenas de integridad.
Pero, lo que más admiro en ella, es su capacidad de reconocer lo importante: sus hijos. A pesar de sus anhelos de compañía y de un futuro sintiéndose amada, camina hacia sus metas pero sin olvidar que, ellos, dependen de su buen juicio para construir un futuro. . . el mejor para ellos.
Fácil sería para ella justificarse bajo la bandera de la juventud pero, contrario a ello, sólo sustenta la dirección de sus pasos en la rectitud, la más importante herencia para sus hijos.
Observo mi mundo, a veces tan decadente y la encuentro a ella, como una joya entre los escombros. Sólo para recordarme que, también entre los jóvenes, puede encontrarse ejemplo de sabiduría y honestidad.
¡Mi admiración a ti, joven mujer! Gracias por tu ejemplo y por recordarme que, incluso en estos tiempos, los hijos, como tú, son motivo de honra y orgullo para sus padres.

martes, 31 de enero de 2012

"Prioridades"

Las 13:40 y, la cama, revuelta como mar en tempestad, espera ser alisada y lucir ordenada para el nuevo día. Se unen a su espera los pijamas y la ropa, prematuramente cambiada, por el intervalo de intimidad.
El fregadero se adhiere a la queja. Platos, copas y cuchillos se amotinan impacientes. ¿Cuándo recobrarán la limpieza y se resguardarán en el orden convenido?
Con migajas y envoltura de chocolates, el mantel se incomoda. Nadie está frente a la mesa y, sin embargo, el caos mantiene su dominio sobre la mesa desierta. Sin comensales, el desorden se mira incómodo y la sobremesa pierde sentido. Esa botella de vino, tan llenita de deleite, es ahora basura sin el preciado líquido consumido por nuestros paladares sedientos.
La revuelta de objetos nos demanda un tiempo, uno que nos oponemos a gastar en ellos. Tenemos tan poco, nos es tan escaso que, de tener un poquito, lo gastaremos en miradas y besos. ¡Son tantas las cosas que reclaman de nosotros! Que, con el cinismo de los amantes, guardamos silencio a sus llamados y, en lugar de buscar orden, nos compartimos sueños, nos secreteamos miedos, nos secamos las lágrimas el uno al otro y, a pesar de todo, nos amamos.
Hoy nos damos cuenta que, sin alertas previas, nos alcanzó la vida. La regalamos sin empacho a nuestros hijos. La compartimos a los amigos y la entregamos a nuestros nietos. Hemos dilapidado tanta vida que, con algo más que intenciones, hoy nos guardamos un poquito para lo nuestro.
El tiempo se nos va, nuestra vida se agota y, como jóvenes revoltosos, ansiamos nuestras prioridades porque, a fin de cuentas, todos se van, todos nos dejan y al final, nos quedaremos solos.
¡Cama, cocina, mesa y desorden, escuchen ahora y escuchen bien!: Aprenderán a esperar porque, el tiempo, es nuestro y es poco. Y es amarnos, ahora, nuestra prioridad. 

"Activos"

El hombre del que hablo, no tiene un capital líquido en abundancia pero, si alguien pregunta por él, recibirá una respuesta casi idéntica: es un hombre de honor.
Sí, él no usará la mentira como salida cuando la situación lo apremie o quiera sortear la consecuencia de sus actos. Tampoco mentirá para mejorar su imagen o conseguir sus objetivos. La verdad, en toda circunstancia, es su arma para enfrentarlo todo.
Las madrugadas y las noches se convierten en sus aliadas si, el tiempo, es necesario para cumplir con sus promesas y sus prioridades. El descanso profundo no entra en el programa si de servir a su familia se trata.
No atesora recursos para satisfacer sus necesidades y, siempre, antepone las de los suyos para vivir en paz.
Jamás hace cimiento sobre lo ajeno y lo único que espera es una retribución justa para todos.
Su honor y sus valores son su código de vida y, por vivir a su capricho o conveniencia, no los sacrifica ni los olvida. Paga el precio por resguardarlos, a veces, con el rechazo de quien más deberían amarlo. Levanta su voz para señalar lo que sabe que está mal aunque el respeto se diluya en la respuesta de quien lo escucha.
El trabajo honesto es su fórmula de vida y la única opción para proveer a los suyos. Los socios, quienes quieran que sean, tendrán su máximo esfuerzo y una lealtad llena de honestidad, siempre. Y, sus amigos, encontrarán en su abrazo la aceptación y apoyo incondicional.
Este hombre, tal vez, no tenga el dinero que lo haría llamarse “rico” pero, más valioso que lo material, son sus activos: sus valores, su honorabilidad, su rectitud y su lealtad.
Él es un ser humano valioso entre los más valiosos y, yo, la más afortunada al tenerlo por esposo.
Tal vez, después de leerme, deberíamos preguntarnos: ¿Cuáles son tus activos?

lunes, 30 de enero de 2012

"De puertas y llaves"

En épocas del Imperio Romano, en ocasión de fundarse una nueva ciudad, se procedía a trazar su perímetro mediante un surco provocado con un arado según un viejo rito etrusco y, para dar entrada, se deja una segmento sin trazar, siendo entonces el origen de lo que ahora conocemos como “puerta”.
Las puertas, como tal, me resultan fascinantes y me apasiona observarlas en todas sus formas y materiales, desde las más ordinarias hasta las inmensas como la de la catedral de la Sagrada Familia en España con sus grabados de los pasajes bíblicos con la vida de Jesús en la tierra.
La puerta es, además, el símbolo que me recuerda que, detrás de lo obvio, pueden esconderse mundos y secretos, a veces, jamás descubiertos. Las vidas de los seres humanos, detrás de una puerta, se tejen en historias, leyendas y misterios.
Pero, también, son el arma contra la destrucción en su uso más cotidiano.
Es con un portazo que gritamos a la gente que estamos marcando un límite o anunciamos el fin de la comunicación. También protege al prójimo cuando, a piedra y lodo, nos encerramos para ganar tiempo y aplacar los sentimientos que en ese momento nos llevarían a rodear el cuello del agresor con nuestras propias manos. Entonces, la puerta, se convierte en un instrumento de preservación, tanto del uno como del otro.
Y, en mejores circunstancias, la puerta es la combinación perfecta para las llaves, icono que envían el mensaje de quien las otorga a quien las recibe, de que es bienvenido y depositario de nuestra más profunda confianza. Así se entregan las llaves de ciudades enteras y, otras más valiosas, del corazón.
Los invitados a los que entregamos las llaves de nuestro hogar, a veces, sin saberlo, llevan en ellas nuestra expectativa de que, jamás, atentarán contra la gente de nuestra familia y honrarán con su conducta los códigos de honor de la morada en que residen.
Las puertas y las llaves, llevan en sí, mucho más que maderas, clavos y cerraduras. Por sus rendijas, tablones y cristales, ocurren un millón de ideas, conductas e intenciones que, si las meditáramos al cruzarlas y abrirlas, seríamos, por mucho, más cuidadosos y mejores humanos.

miércoles, 25 de enero de 2012

"Sueños y romance"

Aunque para algunos suene ridículo, confieso que aún me deleito en el romance. Sí. . . a mi edad. Y, por si fuera poco, me declaro soñadora. Todavía encuentro emocionante una noche con vino, velas y música, y aún sueño con ese viaje a Grecia, rentar la casita pequeña y escribir frente al mar Egeo.
Pero, como muchas otras cosas, la sociedad ha distorsionado, los sueños y el romance, al utilizarlos fuera de contexto para justificar su obsesivo reclamo por la libertad, tantas veces, excesiva.
Así he visto jóvenes mujeres que, enredándose en una supuesta bandera del amor, se arrojan al vacío tras un amante y, violentando las reglas sociales, lo viven en lo que alguien bautizó como “amor libre”. Sólo para terminar con hijos sin padre y en el desamparo.
Y los hombres que, volando los vientos de un romance desmedido, se van tras un nuevo amor sin importar dejar esposa e hijos en el abandono. Mas, cuando el aire aquieta, los he mirado solitarios, perdidas familia, esposa y amante.
No puedo olvidar los ojos de frustración de jóvenes que, con el sueño de vencer los cánones escritos, cruzaron la puerta del colegio con el discurso de que “ellos no necesitarán recorrer los caminos trazados de la educación formal para lograr sus sueños” y, alcanzados por la edad adulta, se viven fracasados y con planes malogrados.
¡Cuánta arrogancia encuentro en los romances fuera de lugar! ¡Qué absurdos son los sueños que huyen de la sensatez y la cautela! Y, que tristeza, verlos hechos añicos cuando se estrellan inevitablemente con la realidad y tragando el amargo sabor de las consecuencias.
Si los amantes y los soñadores entendieran que, tejiendo sus sueños y romances entre la malla de las reglas y las normas, lograrían mantenerlos largo tiempo, dejarían de oponerse a las leyes, los principios, y valores que, hasta ahora, han preservado las instituciones y proyectos más valiosos: la familia, la integridad humana y la sociedad. 

lunes, 23 de enero de 2012

"La respuesta"

El alma, como necedad de lengua, puede martirizarme con su ansia de respuestas hasta que llega una que le de reposo.
Pensando y buscando las opciones sobre la teoría de las repisas y escalafones, tropiezo con un pensamiento contundente. Cuando Dios envió al Salvador, no envió a otro, sino a su hijo. Y, eso, convierte a la relación, padre-hijo, en la más sublime, fuerte y llena de amor, por sobre cualquier otra.
Y mi duda se despeja cuando comprendo que, los hijos, con un derecho inalienable, deben ser colocados en la cumbre de nuestros amores y ser los portadores de nuestras más íntimas esperanzas. Porque, ¿puede alguien vaciar su propia sangre y salir con vida? Así de vitales son los anhelos de los padres, a través de sus hijos.
Alma y corazón, ahora, están de acuerdo.
La conclusión está dada y, con mermadas fuerzas, alargo mi mano para colocarla de vuelta en el escalafón más alto cuando, La Voz, sorda y suave, irrumpe.
-Entrégamela. . .
Trato de ignorar el susurro y vuelvo a la faena de pensar las consecuencias de la reubicación de mis afectos.
-Ella es mía, hija. .  .entrégamela. 
Las lágrimas afloran y siento mi puño tenso, dolorido de apretar.
-Pero, es mi hija-, le respondo.
-También lo es para mí. . .entrégamela.
Que difícil es rebatir la Verdad, Señor. Tómala, es tuya más que mía”, confieso, en silencio.
La respuesta a mi pregunta, esta noche, la ha dictado Él.
 A los hijos, no se les pone en las repisas ni en un escalafón, sino en las únicas manos a las que realmente pertenecen: las de Dios.
Alma y corazón, al unísono, exhalan un suspiro tibio. Estamos en paz.

domingo, 22 de enero de 2012

"Gaudí"

Quien ha visitado España, la parada obligada al pasar por Barcelona es el parque Güell, conjunto inicialmente diseñado para casas habitación y que fue convertido en una obra de arte arquitectónica sui géneris.
Y, en estos días de tanta volatilidad emocional, mi memoria me llevó a recordar los “trencadís”, que tanta fama dieron a la obra de Gaudí, el renombrado arquitecto español.
Los “trencadís” fueron su peculiar y artística forma de remozar la arquitectura a través de la incrustación de pequeños pedazos de desechos de cerámica sobre muros, bancas y barandillas, lo que se convirtió en el sello de su arte.
Al mirar toda clase de objetos tapizados con multicolores piezas, que antes fueran parte de losetas, jarrones y muchos otros tantos artefactos con el destino común de haber sido rotos, descubro que, en el pecho de algunos seres humanos, existe una obra semejante.
Sí, ahí donde casi todos albergan un corazón, muchos padres resguardamos uno, pero al estilo Gaudí. Pues en vez de una textura uniforme, al ejercer el ministerio de la paternidad, lo hemos ido reconstruyéndolo, una y otra vez, con los pedazos que han ido quedando cada vez que es destrozado.
Aquellos que tenemos hijos, tenemos la costumbre de dejarnos romper el corazón para, después, pegar las piececitas con el amor por nuestros hijos, uno que parece inagotable.
Es un deleite a los ojos contemplar los balcones y barandales cubiertos de trencadís, y estoy segura, para Dios, es también un orgullo mirar dentro del pecho de los padres y sonreír, diciendo convencido: ¡que hermoso corazón de trencadís!

"R. I. P."

Después de una noche, de las más oscuras sin luna, abrí los ojos para verla aparecer.
Cubierta con los andrajos de ilusiones tercas y desprovista de los anhelos con la que intenté, por largo tiempo, recubrirla, la expectativa, fría y muerta, se presentó ante mí. En las hebras de esperanza que colgaban de sus hombros, pude reconocer fragmentos de las bellezas con las que quise verla tanto tiempo. Pero, ya sin nada para cubrirla, mis ojos tuvieron que reconocer que, aquello, no era más que algo muerto.
Con tan cruel revelación, lloré y lloré. Mi corazón, en un último intento, trató de convencerme de que aún podía revivirla. Pero la imagen fue tan convincente: ni un mínimo fragmento de mi expectativa se movía.
¡Está muerta! ¡Está muerta!, le grité a mi corazón, más de una vez. Y, avergonzado, dejó de insistir y me observó callado.
Entonces pude ver mis afanes, todos inútiles, tratando de hacerla parecer real y palpitante. Con hilos la moví por largo tiempo y, hasta yo misma, llegué a creer que ella solita existía. La levanté erguida, la senté paciente, la llevé y la traje pero, ahora me doy cuenta, que no había nada dentro de ella que continuara su existencia.
Así, con un poco de sabiduría, digo frente a la tumba de aquello que esperaba: Requiescat in pace, descansa en paz y hasta nunca. Arranco de mi piel las vestiduras negras y doy la espalda al largo luto.
Con huesos doloridos, miro el amanecer. Es domingo, el día cuando la más notable resurrección ocurrió y, con sorpresa descubro, que mi libertad ha resucitado. Aunque el cansancio aún me agobia, me siento libre y ligera. ¡No más cargar con expectativas muertas e inútiles! ¡No más esperar lo que no es, que no será y que no llegó!
Que los muertos entierren a los muertos que, yo. . . aún estoy viva.

sábado, 21 de enero de 2012

"Alfombras rojas"

En la vida, como en los buenos vinos, encontramos ilusiones y anhelos que mejoran su aroma, color y calidad con los años. Y, como todo aquello que merece distinción, los vemos desfilar sobre una alfombra roja para resaltar su importancia y su belleza.
Hoy, frente a mí, disfruté de esos momentos que ameritan un pasillo especial. La novia, adornada con la naturalidad y firmeza nacida del anhelo resguardado por una década, entró caminando del brazo de su padre. Sonriente, aquel hombre recibió un regalo que no todos los padres tienen la fortuna de recibir de sus hijas: el honor de presentarse con orgullo, ante Dios, por el deber cumplido.
El novio, recibiéndola de manos de su padre, sonrió con la ilusión en los ojos para decir a su esposa, que era y seguiría siendo el amor de su vida.
La voz de dos pequeños leyendo el mensaje de la liturgia, hicieron rebosar lágrimas emocionadas en los ojos de los novios. Si aquel sueño estaba haciéndose realidad, se convirtió en la celebración perfecta al compartirlo con sus grandes amores, sus propios hijos.
El festejo continuó y, sin importar donde mirara, me asaltaban colores, adornos y detalles revelándome los meses de preparativos esmerados que la pareja invirtió. ¡Cuánto no habrán acariciado ese sueño!, uno que yo, ahora, compartía.
Cuando la música dio el turno al padre para bailar con la novia, mi corazón se estremeció. Sus miradas, tan llenas de amor y admiración, del uno para el otro, lucieron sus sentimientos sin pudor y, los aplausos, cual orquesta alborozada, se unieron con su bullicio a la cariñosa danza.
Sí, me gustan las bodas, pero no las que vienen de las rutinas y costumbres sino aquellas, como ésta, que surge del gozo auténtico de consagrar la unión más sublime entre un hombre y una mujer: el matrimonio.
¡Felicidad y mucha vida a los novios!

"Repisas y escalafones"

Muchas veces escuché a mi padre decir que, cada uno, es responsable de las decepciones que sufre en las relaciones con la gente. Y sostiene que, el error, comienza cuando colocamos a la gente en una repisa que no le corresponde.
Según su explicación, cada repisa es parte de un escalafón y, cada quien, va colocando a las personas que van llegando a su vida en un nivel de la pirámide en función a sus acciones, valores y principios. La base, mucho más poblada y amplia, es para la gente de la que no se debe esperar una conducta honorable y, los de la punta, los más escasos, aquellos con códigos de conducta moral y lealtad.
Así que, cuando llega la prueba, no esperamos de la gente más que lo que corresponde a la clasificación que hemos hecho de ellos. Eso, a fin de cuentas, nos evita el sentirnos defraudados o engañados ya que, sólo nosotros, somos los responsables de haberlos colocado adecuadamente y no esperar, ni más ni menos, de ellos.
Pensando un momento su teoría, descubro que los padres tenemos una tendencia, motivada por el amor, a dar un lugar muy alto a los hijos y lo hacemos mucho antes de que ellos hayan demostrando su verdadera naturaleza o ganado, por méritos, un lugar cada vez más alto en el escalafón. Y lo mismo sucede con los amantes que, conforme a sus necesidades, acogen al otro exaltando aquello que esperan e, incluso, cayendo en el autoengaño antes de mirarlos a ojos abiertos. Entonces, cuando las máscaras caen, el depositario de sus expectativas se desploma hasta el fondo de la pirámide, estrellando su ilusión con profundo dolor.
¿Qué hacer, entonces? ¿Arrancar de cuajo, como padres, las esperanzas de ver florecer las enseñanzas y esperar a ver los frutos, en los hijos, para acomodarlos en nuestra vida?
En ésta, como en muchas otras preguntas, otra vez, estoy sin respuesta. Tal vez, sea el momento de escuchar el consejo de mi padre. . . ¿Será?

"Una probadita"

Aunque, al mirar atrás, puedo ver mi caminar por las distintas etapas de mi vida, mi mente se defiende tratando de ignorar que, delante de mí, aún quedan varias por vivir.
Ahora mismo, el nido vacío, es a veces amortiguado por los juguetes y manitas de mis nietos pero, cuando escasean en presencia, el silencio me convence que, la casa es ahora sólo de mi esposo y mía.
Estos días, como sórdido presagio del indefectible porvenir, la ausencia de mi amado me hace pensar en una etapa aún más temida: la viudez.
Su ausencia, además de volver frías mis noches y tristes mis mañanas, es un puente que se rompe para muchos otros ambientes. Las convivencias con otras parejas y la inclusión en reuniones con familias completas, parecen inapropiados para alguien que, sin anuncio, se convierte en "uno", “la sin par”. Y sólo resultan naturales las invitaciones donde, un grupo de mujeres que momentáneamente dejan atrás al compañero, se juntan para hablar y, aun así, la conversación resulta incompleta porque, la viuda, sólo puede hablar de su historia, aquella que atesora con momentos compartidos con él, su complemento y eso, al fin. . . es pasado.
El corazón me tiembla de pensarlo y, aunque entiendo lo natural de la viudez, huyo y me rehúso a prepararme. Total, si ha de alcanzarme y espero sea en muchos, muchos años, ya me quedarán los tiempos que me sobren para intentar acostumbrarme.
¡Que dura es la soledad que el compañero deja!

viernes, 20 de enero de 2012

"Acusado"

Hoy levanto el puño contra ti y que el mundo sepa tu fechoría.
Como hormigas al acecho, día tras día y en silencio, te lo fuiste llevando y, con la misma perseverancia, lo remplazaste por el tuyo. Sin pensar en que tu ausencia, algún día, te delataría y yo descubriría tu secreta maniobra: ¡Me robaste el corazón!
Porque, hoy al despertar a solas, a mitad de la noche, noté que algo me faltaba. No podía mantener el ritmo porque no podía seguir el tuyo. Y mis lágrimas, tan heridas de lejanía, confirmaron que ya no respiro el aire, pues tu aliento, se convirtió en mi sustento.
Me he vuelto mitad, he perdido la independencia que tanto defendí. En tus besos, sin disimulo, me fuiste despojando de ella y, en los abrazos, infundiste en mi tu alma.
Odio tu partida al mirar, que mis pies, sin ti, han perdido la alegría.
Hoy te denuncio, amado mío, como un ladrón que se robó mis suspiros, mis anhelos y, ahora que lo entiendo, hasta mi propia vida.
¡Te extraño!