miércoles, 9 de diciembre de 2015

"¡EN-TENDIDO!"

“Yo lo hago desde los trece”, me confesó mi joven amiga entre risitas.

Sus palabras hicieron que me invadiera una mezcla de vergüenza y diversión. Agradeciendo su sentido del humor, le respondí apenada que –a mis cincuenta y cinco años– había sido mi primera vez. Pero ¡la vida de cada uno puede ser tan distinta!

Desde que llegué a Madrid, mi capacidad de adaptación se ha puesto a prueba. Me descubro buscando mil formas para convertir mi espacio y estilo de vida en una réplica del hogar que dejé. A pesar de toda mi previsión –trayendo las esencias que aromatizaran mi ambiente, fotografías, tortillas empacadas y mi ropa favorita–, he tenido que enfrentar cambios que a ratos me disgustan y hasta enojan.
Pero el colmo de los retos fue encontrarme que no sólo tendría que hacerme cargo de llevar la basura hasta el depósito en la comunidad sino que también ¡¡tendría que prescindir de la secadora de ropa!!
Y por favor, antes de juzgarme como inútil, escucha mi historia.
Sin que yo lo eligiera, nací en una familia donde lo que sobraba era ropa sucia. ¡Somos ocho hermanos! Y, sin que mi opinión participase, mi padre decidió aligerar la carga de mi madre a toda costa. Así que, desde que tengo uso de razón, hubo personal de limpieza que se encargara de la tarea de lavar, tender y planchar la ropa de diez personas. Después —como siempre ocurrió en mi casa—, la tecnología de última generación trajo la secadora de gas y sustituyó a las cuerdas de tendido.
Cuando inicié mi vida independiente, como era de esperar (uno aprende lo que ve), la secadora de ropa encabezó la lista de los artículos de primera necesidad y desde entonces sólo ha sido actualizada siguiendo los avances tecnológicos de mi época.

Aunque mi amiga iniciara su experiencia de tender ropa a los trece, eso no me ha ayudado para lidiar con este inusitado reto.
Primero, he tenido que observar los horarios en que los vecinos lo hacen. . . sí, ¡soy la chismosa de la ventana! Pero con el clima ajeno—que tampoco me es familiar— todavía no entiendo como pueden secarse las prendas expuestas a un día nublado con temperaturas que no rebasan los cuatro grados centígrados.
Después, enfrenté el mismo temor con el que me siento a una mesa ajena. Mi inteligencia espacial, desafortunadamente, no es la mejor y con más frecuencia de la que quisiera, termino derramando el vaso de agua. Sí, las cosas parecen estar aceitadas y resbalan de mis manos, o las tropiezo contra otras. Y si esa falta de habilidad manual la llevamos a la poco práctica idea de poner los tendederos fuera de la ventana ¡de la cocina que está a cuatro metros de altura y que da a un patio al que no tengo acceso! Ahora, ¿pueden imaginar lo estresante de la actividad? (hasta ahora, sólo ha caído al vacío un calcetín y por lo menos sé donde está el par “extraviado”). Y no quiero ni hablar de las pinzas, el sentido de los rieles y el poco espacio.
Para completar el drama de mi nuevo deber doméstico, a pesar de que he encontrado el “mejor” momento de hacerlo (cuando hay sol que no calienta y que sople un poco de viento), ese mismo aire gélido me entumece las manos (imposible utilizar guantes o incrementaría el riesgo de perder el guardarropa familiar) me da directo al pecho y, dos semanas y un día después, ¡ya estoy enferma y con una crisis asmática que no había tenido en tres años!

Tal vez Madrid sea una de las ciudades más lindas de Europa y con un bagaje histórico sensacional y propuestas culturales incalculables; que vivir en un lugar distinto siempre atiza mi curiosidad por ver cosas nuevas y que sus parques me inspirar un montón de historias pero, me atrevo a asegurar, sería mucho mejor si. . .¡tuvieran secadoras para secar la ropa!

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